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Biblioteca del Club «Vida Nueva» 



TÍGTOR PÉREZ PETIT 



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LOS 



MODERNISTAS 



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LA LÍBICA EN FRANCIA 

HAUPTMANN 

D'ANNUNZIO 

T0L8T0I 

YEBLAINE 

EUGENIO DE CASTBO 

STRINDBEBG 

i^HTBéN DABÍO 

y/hcíCHAKOF 

MALLABMÉ 



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MONTEVIDEO 

Ihpbbnta y Encuadbbnación, db Dobnalbchb t Bbtbs 

Calle 18 de Julio, númB. 77 y 79 

1903 



LOS MODERNISTAS 



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LA LÍRICA EN FRANCIA 



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El decadentismo f algar<5 en estos últimos años 
en el cielo del arte como una aurora boreal: ex- 
plosiones de luz, relámpagos de colores^ migajas 
del iris tiñeron el cénit como un deslumbramiento. 
Y al par, un cálido espasmo, un estremecimiento 
voluptuoso vibró sobre todos los seres, como el 
que arrastraba en una hilarante y frenética teo- 
ría á las enardecidas afroditas cuando en las ho- 
ras somnolientas del mediodía iban á aplacar las 
ansias del sexo contra los salientes ángulos de 
la estatua de Pan. Una muchedumbre de poetas, 
como vibrantes luciérnagas, constelaron los pra- 
dos de la poesía, dejando sobre ellos todo un 
reguero de fosforescencias. Y el alma, un se- 
gundo hipnotizada por las voces ultraterrenas, 
como una golondrina nostálgica del Ecuador, se 




8 YÍCTOB PÉREZ PETIT 

adurmió blandamente al arrullo de las harpas que 
agonizabati -en la'^disfMcaA; 

¿C<$mQ .Mei<J -el deca^eiM^il^íño y cómo vinieron 
BUS ¿crdialr Í>''oht5iar *etí*¿I*iíiaravillo8o altar del 
arte contemporáneo? 

Para responder á tan delicadas cuestiones, es 
imprescindible historiar la evolución de la Ifrica 
en Francia. 



No hablaré de Andró Chónier, el último de los 
clásicos^ el Apolo guillotinado, cuya obra diaman- 
tina cierra como un guión de oro el período de 
los siglos marmóreos de la poesía francesa. Sus 
versos admirables, — por los que corre una cla- 
ridad helénica, — de un aticismo elevado y de una 
majestuosidad verdaderamente olímpica, no son 
ya recordados por las nuevas generaciones que 
enervan los licores románticos. En vano quisie- 
ron los primeros idealistas, los revolucionarios, 
encontrar en él un precursor, pues sus Églogas 
son verdaderos mármoles greco -latinos, y sus 
Tambos soberbias columnas dóricas de la gran 
literatura de los siglos xvii y xviu. Su frase 
es límpida, irreprochable, elegante, serena y plás* 



LOS MODERNISTAS 



tica: dijérase que se baña en ondas poderosas de 
luz cíclica; creeríase qne brotó de nna lira de 
bronce pulsada en el atrio helado de blancura 
del Parthenón. Apenas si en sus Elegías, — el 
florón menos valioso de su corona de poeta, — 
asoma un estremecimiento revelador del hombre 
moderno, del corazón humano. 

No hablaré tampoco de Lamartine, el dulcísimo 
creador de la melodía, el poeta melancólico y 
errabundo de las Meditaciones, el cantor que por 
tanto tiempo llenó de desmayados perfumes el 
alma de los jóvenes y de dulcísimas rapsodias 
el corazón de los viejos. De él pueden decir to- 
dos los hombres, lo que de los amantes llegados al 
invierno de la vida decía el melancólico Ronsard: 



« Ce n'est pas d'aujourd'hui qne je suis ia conqnéte ; 

Cinq lustres ont suivl le joiir oü tn me pris, 

£t, depuisi j'ai toujoars chérl ta chére tete 

Sous tes cheTeuz eh&tains et bous tes cheyeux gris. » 



El poeta melodioso de Jocely^i está hoy, sin 
embargo, poco menos que olvidado, y sus imi- 
tadores han muerto en el silencio que lapida los 
esfuerzos fracasados. Sus cantos no arrullan el 
sueño de las doncellas, ni sus mágicos acentos 
revolotean en torno del hogar en las heladas no- 
ches hibernales. Sólo las almas quietas, los co- 
razones que laten por memorias pretéritas, los 



10 yíCTOB PÉItEZ FETIT 



i 






amantes verdaderos de que nos habla Bonsard, 
leen de cuando en cnandoy en reposado silencioi 
sus hemistiquios harmoniosos y sus lentos é ins- 
pirados ritmos. ¿Quién recuerda hoy^ sin recu- 
rrir al libro, cómo empieza esa deslumbrante poe- .-. 
BÍa titulada c Le Lac » ? ¿ Quién sabría decir á qué J 
composición pertenece este verso: 

< Pleurez I pleuras ma honte, ó filies de Lesbos I » 

Hugo es el que vive. Hugo es el que aún se 
alza sobre su pedestal granítico de La Légende 
des Siécles, proyectando el perfil marcial de un 
águila sobre la inmensidad del cielo. El autor 
de Oraxiéla era demasiado amable, por así de- 
cirloi demasiado sereno, demasiado plácido para 
lograr estremecer las generaciones nuevas, estas 
generaciones hijas del espasmo y de la histeria. 
Hay en su harpa acentos melodiosos, muy sutiles, 
un tanto melancólicos, que corren susurrantes so- 
bre un cauce de jaspe como una corriente de 
fuente cristalina; tiene versos claros, luminosos, 
llenos de encantadora suavidad, de harmonía ce- 7 ^ 

leste; tiene concentos misteriosos que se llegan I 

muy quietos al alma para adormecerla tenue- 
mente; — pero todo ello no puede hacer vibrar 
el corazón de esta edad indiferente, que dijo Nú- 
fiez de Arce^ de estos hombres de hoy saturados 
de lóbrego pesimismo. 



LOS H0DEBNISTA8 11 



Hugo, por el contrario, vive más con Buestra 
existencia; y hasta en la hipérbole encuentra un 
recurso para hacer vibrar nuestros nervios. Tiene 
fuerza, tiene vida; plétora de vida, torrentes de 
fuerza. Su voz, ya muy lejana, al través de la 
eternidad, conserva el poder olímpico de sacudir- 
nos de nuestro letargo: nos obliga á oirle, á asom- 
brarnos, á tributarle homenaje. En el poeta ge- 
nial de Les Orientales y de Les Contemplations 
existe innata la grandeza de los dioses griegos, 
que no hemos llegado á olvidar al través de dieci- 
nueve siglos de fe cristiana. Y es que el alma 
de este rapsoda soberbio es un alma universal, 
eterna como el tiempo, gloriosa como los astros. 
Su acento es grave, sonoroso, con toques épicos 
de clarín guerrero; su frase cae relampagueante 
en medio del cerebro como un rayo sobre una 
encina; su reclamo vibra con el eco de los feli- 
ces amores y de la eterna primavera del alma; 
su dicción deslumhra como un haz de sol incrus- 
tándose repentinamente en una retina poblada aún 
por las negruras del sueño. Habla con la voz del 
tenante Júpiter, y así su canto es una diana de 
victoria y una explosión de alboradas, y así sus 
cóleras son un derrumbe de montañas y una con- 
vulsión frenética de soles. Todo en él es grande, 
todo inmenso. Sus hombres son colosos, como 
aquellos de la Bíada, que departían mano á mano 



i 



12 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



con Jano^ Marte 6 Minerva. Sus escenarios son 
el Océano^ el Firmamento^ el abismo colosal de 
la Conciencia hamana. Sus símbolos alcanzan la 
cumbre del cénit. Sus ideas esplenden ante el 
trono de lo absoluto. Tiene la visión de lo su* 
blimCy de lo trágico, de lo inmenso, de lo re* ^ 

pugnante. Su pensamiento es una Vía Láctea de 
creaciones. Sus ojos geniales contemplan la na- 
turaleza, y, sobre el espejo del alma, reflejan co- 
sas grandiosas, imponentes, inauditas. Su imagi* 
nación crea, con el omnímodo poder de la di- 
vinidad. Y por tal modo, el sencillo granito se 
convierte en un Cáucaso; el mezquino pulpo, en 
un monstruo fabuloso de tentáculos colosales; un 
campanero sordo, mudo y contrahecho, en un grifo 
horrible; un soldado de la Vendée en un juez 
subhumano y heroico; un buen hombre, en un 
Dios. Su Satanás, en el poema que sirve de pró- 
logo á la colosal Légende des Siécles, es gigan- 
tesco : 

«Depuis quatre mille ana U tombait dans Tablme.» r \ 

Milton mismo no tuvo una visión más gran- ^ 

diosa del ángel protervo despeñándose por los 
abismos insondables de lo infinito en una caída 
vertiginosa de siglos y siglos. — Su Han de Is- 
landia, el monstruo abominable que bebía en un 
cráneo la tibia sangre de sus víctimas, parece la 

•i 



LOS MODERNISTAS 13 



« 



visión fantástica de un cerebro calenturiento j 
desordenado. — Su Jean Yaljean, ese símbolo glo- 
rioso de las contradicciones humanas^ se yeigue 
como un mundo atroz de la personalidad que tu- 
viera oculta una mitad en la sombra, como nues- 
tro planeta, mientras la otra fulgura á la luz del 
sol. — Su Claudio Frollo, en una celda de Notre- 
Dame, interroga los vagos espectros de Bjblos, 
persigue el secreto de Cassiodoro, cuya lámpara 
ardía sin mecha y sin aceite, 7 busca la palabra 
mágica que pronunciaba Zachielé cuando al des- 
calcar su martillo sobre el clavo quería llevar la 
desgracia á un enemigo. — Él sabe, como Ursus, 
\ el humanista de L'homme qui rit, de la existen- 
cia del hoemorrhous, la víbora vista por Treme- 
Uius; conoce la fabulosa serpiente marina de que 
nos hablan las actas de Plinio 7 las narraciones 
noruegas del obispo Pontoppidan; ha visto las he- 
catombes indostanas en las festividades de Sí va; 
oyó los clamores de los leones crucificados en el 
circo romano, 7 no ignora las fiestas bárbaras en 
que los guerreros apuran las copas rebosantes con 
la sangre de las vírgenes inmoladas. Las sensacio- 
nes artísticas horriblemente bellas, no son extra- 
fías á su alma. El tirano Diomedes dando de 
comer carne humana á sus caballos, no ha tenido 
más imaginación que él. Tampoco la tuvo ma7or 
Calígnla haciendo devorar por los perros á su 



14 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

propia mujer. Es un poeta cíclico, fiíntástícoy co- 
losal. Siéntase á la diestra de Apolo y nos obliga, 
de buena 6 mala voluntad, á reverenciarlo. Te- 
memos hablar cuando él habla; tememos pensar 
cuando piensa; tememos oir cuando su látigo, 
como un terceto del Dante, flagela con sus tren- 
zas de llamas un funesto emperador; tememos vol- 
ver la vista hacia él, cuando su luz traspone el 
horizonte, porque recordamos el castigo de Se- 
melé. Los acordes de su lira son los únicos que 
llenan el cielo desde hace más de cuarenta años. 
El impuso á la poesía el tirso y la veste román- 
tica, y ésta tiene para mucho tiempo, antes de 
poder abandonar el manto de pedrerías con que 
la ha cubierto. Sería menester tejerle otro tan 
valioso, y ¿quién podrá hacerlo? ¿quién nos ha- 
blará de la estola de oro del sol enganchada á 
los altos baobabs de la India, 6 de los claros za- 
firos del Labrador enhebrados á los cabellos de 
una mujer más pura y rubia que el ámbar de 
las víigenes bizantinas, después que el poeta im- 
perial fué á sentarse en el mismo tridinio de 
Mecenas, remedó los acentos trágicos de Licofrón 
de Chaléis, se rozó con los fakires orientales en 
las seculares pagodas brahmánicas y vistió la tá- 
nica de esmeralda del Califa de Damasco? 

En vano ha luchado el cantor de Namouna: 
éste, casi no tiene imitadores. En su tiempo, tuvo 



LOS MODERNISTAS 15 



una fugaz influencia, pero anquilosada siempre por 
la del autor de las Hojas de Otoño. 

Alfredo de Musset fué el poeta de los jóve- 
nes, y y por mucho tiempo, también fué su alma 
inspiradora. Sus contemporáneos estaban enton» 
ees cansados de la fría y matemática poesía de 
los clásicos. Las reglas les hacían el efecto de 
un chaleco de fuerza. Boma 7 Grecia se habían 
agotado; Nerón no podía animar, sin aburrimiento, 
á la tragedia; como Medea 6 Prometeo no po- 
dían revivir después de Eurípides 7 Esquilo. El 
espíritu del Capitolio 7 el viejo Olimpo se en- 
contraban de pronto con los cimientos carcomi- 
dos. Y el verso, el verso que se inspirara en 
aquellas clásicas fuentes, parecía transformarse en 
estalactitas 7 estalagmitas. Ahora era necesario 
una corriente oxigenada de vida nueva, de san- 
gre 7 de savia. Por eso, todo el mundo pareció 
salir de aquella atmósfera de carbono cuando el 
verbo de Hugo resplandeció en el Oriente. Pero 
no era bastante: si la rigidez clásica los tenía 
maniatados 7 los obligaba á estarse graves 7 tie- 
sos sobre los coturnos, las gigantes frases de alto 
vuelo lírico de Lamartine 7 Hugo no les satis- 
facían por entero, — á ellos que tenían sed de luz, 
sed de matices; afán de aire 7 de libertad. La 
poesía deslumbrante, como cuajada de amatistas 
7 turquesas, de Hugo, les había dado la vida; 



16 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

pero les faltaba vivir. Y esto es lo que vino á 
proporcionarles Alfredo de Musset. 

Las Primeras poesías y las Poesías nuevas co- 
rrieron de mano en mano^ haciendo estremecer 
aceleradamente los corazones y empapar con lá- 
grimas los ojos. Al fin surgía el poeta que de- 
jaba la rigidez escultural del mármol; para crear 
ó cantar los seres de carne 7 hueso. La pasión, 
la verdadera pasión humana^ era el alma de aque- 
llos versos. Y el público, que ya estaba abru- 
mado por aquellos otros alejandrinos fundidos en 
bronce y duros é irreprochables como el diamante, 
ae enamoró de éstos, más terrenales, escritos con 
el corazón y que hablaban hasta á los sentidos. 
¡Qué importaba la nota escéptica que en ellos 
gemía con el rumor de los sollozos y brillaba con 
la mortecina luz de las lágrimas! ¿Qué impor- 
taba que el poeta bajara á la tierra, mostrando 
el prosaísmo de todas sus cosas, como en aquella 
balada que empieza: 



«C'était, dans la ouit brnne, 
Sor le clocher jamii, 

La lune, 
Oomme un point 8ur un i ! » 



«Qui t'ayait éborgnée 
L'autre nait? T'étais-tu 

Cognée 
A quelque arbre pointu?» 



LOS MODERNISTAS 17 



Aquella no era la línea imprescindible 7 pre- 
cisa de la estatua, el contomo obligado del frío 
cincel; — era, por el contrario, el dolor humano, 
la sangre caliente, la fiebre del amor, la carca- 
jada franca, las lágrimas sentidas, que al cabo un 
hombre sincero cantaba con ardiente inspiración 
y ponía de relieve con soberbia ingenuidad y ad- 
mirable sencillez. 

La juventud tenía en los versos del autor de 
Bolla y Las Noches un fiel espejo que les repro- 
ducía sus amores y sus pesares; que les hacía 
vivir y enternecerse: esto era lo que se deseaba 
hacía ya largo tiempo. Y Alfredo de Musset pudo 
creer entonces que destronaba al maestro. — En 
realidad completaba la obra de Hugo y contri- 
bufa á implantar el romanticismo. Los clásicos 
recibieron el golpe de gracia. La escuela revolu- 
cionaria, como se le llamó entonces, encontró eco 
simpático en todos los corazones. Por eso, no 
fué más que un escándalo de apariencia y fingi- 
miento, el de la concurrencia de Teófilo Gautier, 
con chaleco encarnado, al estreno de Hernani, 

Y es digno de notarse el primer albor del pe- 
simismo que se presenta á la escena con el au- 
tor de Namouna. Es un leve destello, un lampo 
sutilísimo, un pálido reflejo del de Byron — á 
quien tanto imitó Musset en el poema citado. — 
Y si esta levísima tendencia parece exagerada, 



18 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

y en realidad asustó á los espíritus conservado- 
res y timoratos, débese en gran parte á este he- 
cho: la poesía fué hasta ese entonces eminente- 
mente cristiana; tanto, que las mismas tragedias 
de Racine, vaciadas en los modelos griegos y lati- 
nos, respiraban el vivificante aliento del monte 
Sinaí. 

Pero ya las filas se estrechaban, y la ola subía 
siguiendo los tumbos trazados por Hugo. No 
era Musset el único prosélito del gran maestro. 
Los imitadores y los discípulos luchaban también 
con bravura en la tremenda obra de destronar 
al clasicismo. Algunos de ellos caían en medio 
de la lucha como aerolitos, deslumhrando un 
instante para desaparecer después. Otros, queda- 
ban firmes, asombrando á la multitud. Pero todos 
perseguían el mismo fin. 

Barbier tuvo un día de gloria, un relámpago vi- 
vísimo de genio, y sus Yainbos cruzaron silbado- 
res y potentes, con voces de vendaval y crujidos 
de encinas tronchadas. El cielo de Francia vi<5se 
cruzado por aquel astro resplandeciente y fugitivo, 
y todos los hombres se sintieron conmovidos — 
ala manera como nuestros antepasados se atemori- 
zaban con la presencia de los cometas voladores 
de larga cola brillante. — Un momento la multitud 
se arremolinó asombrada en torno de aquel hom- 
bre cuya voz leal revelaba los males sociales y po- 



LOS MODERNISTAS 19 



nía de patente, con sinceridad y atrevimiento^ las 
llagas cancerosas que cubrían á los hombres y á 
las instituciones. Era el Camilo Desmoulins del ro- 
manticismo: se le abrió paso; la cerviz se doblegó 
ante él; se le miró con respeto. Y él cruzó enton- 
ces en silencio para volver á la sombra de donde 
surgiera bruscamente con tanto estrépito. Y sen- 
tado en un sillón de la Academia^ ya no dio más 
señales de vida. — El cometa amenazador había 
proseguido su marcha vertiginosa, perdiéndose allá, 
á lo lejos, tras los límites del sistema planetario, 
en el espacio inconmensurable y desconocido. 

Alfredo de Vigny, el de los hermosísimos ver- 
sos pulidos, cincelados como verdaderas ánforas 
venecianas, sufre igual suerte que Barbier y La- 
martine. Para imitarle ya no se recuerda apenas 
la inspiración byronesa de su drama Chaiterton, ni 
ese soplo shakespeariano que informa á Shylock 
y Le more de Venise. El poeta encantador que so- 
ñaba, como es del dominio de todos, con ence- 
rrarse en una torre de marfil; el poeta ñno y de 
versos afiligranados y puros; el soñador sereno que 
conducía su período al compás del rumor de la 
castálica fuente, bajo la desmayada sombra de los 
mirtos y laureles, no deja tras de sí ni sucesores 
ni descendientes espirituales; y, sólo los buenos 
adoradores de Erato le conservan en el Narthe- 
sio de su inteligencia. 



20 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

De Béranger^ el poeta popular, cuyas canciones 
vibraban marciales y sonoras por calles y plazas, 
cubiertas de polvo y sudor, con latidos apresurados 
del corazón del pueblo, tendría que repetir lo que 
dicho queda acerca de Vigny y Barbier. Ni aún 
el ser popular y ser cantado por los gavrockes y 
soldados, salva un nombre de rodar al abismo del 
olvido. 

Pero, á pesar de faltar otro genio como Hugo, 
estos genios parciales, por así decirlo, hacían buena 
obra; y el romanticismo penetraba en la masa de 
la sangre del pueblo. 

Entonces la valiente falange se adelantaba, es- 
trechando las ñlas. La hora suprema, el auge y 
el favor de la escuela resplandecía en el cénit. Pa- 
sada esta primera etapa, la escuela decaerá poco 
á poco y vencida por el espíritu del siglo. 

Aquí es donde debo mencionar á Teófilo Gautier, 
el limador escultórico, el estilista por excelencia, 
el de la frase que canta y que pinta á la vez. Sus 
obras tienen todo el fulgor de una cascada de pe- 
drería y todos los relampagueantes colores de una 
aurora boreal; ruedan sobre sus páginas oleadas de 
luz, desde el esmeralda y el violáceo hasta el púr- 
pura y el amarillo anaranjado; hay torrentes ca- 
denciosos de harmonía y acentos triunfales ; canta 
cada uno de sus párrafos, labrados como antiguos 
joyeles, un hosanna viril á la frase domada por 



LOS MODEBNISTAS 21 



el genio del artista^ y vese en ellos el tono rítmico 
de esos murmullos de la naturaleza en Iss melan- 
cólicas tardes del otoño. El autor de los Esmal- 
tes y Camafeos ha luchado contra la aridez é in- 
gratitud del idioma; y después de ruda labor, ha 
podido encontrar al cabo las palabras que tienen 
todas las luces del prisma, todas las notas de la 
gama, todas las enervantes esencias de los limo- 
neros en flor. Tiene imágenes deslumbrantes de 
matices, cuadros llenos de primorosos j exóticos 
caprichos, formas esculturales y voluptuosas que 
hacen pensar en las Venus de los cincelen atenien- 
ses. Es verdad que la idea, el fondo de la obra, 
en otros términos, no aparece en medio á aquel 
derrumbe de harmonías y colores ; pero, ¿ qué im- 
portaba? La frase lo era todo. Ella satisfacía al 
oído, y á la vista, y al corazón. El poeta creaba 
un mundo y le enseñaba al través de un verjel. 
El verbo cantaba el excelsior inmortal. La pala- 
bra era música. La estrofa era un antiguo y ar- 
tístico bajo - relieve. ¿Podía pedirse algo más á la 
virgen poesía? 

Gautier estremeció con una onda de fuego la 
imaginación de sus contemporáneos. Las ráfagas 
lumínicas que irradiaban sus libros, deslumhraron 
á los lectores ; por otra parte, el fenómeno de las 
interferencias no debía conocerse por allá. Así es 
que aquello era el triunfo, el canto de victoria, la 



22 VÍCTOR PÉREZ PETtT 

apoteosis mágica del romantíeismo. El pentagrama 
y la paleta prestaban á la pluma sus notas y sus 
tintaS; respectivamente. Y el idioma^ rebosante de 
vida^ vestido con tánica imperial^ con incrustacio- 
nes de nácar y bordados de oro, pareció vengarse 
de la prolongada cuaresma gramatical á que le 
obligó el clasicismo. 

Pero de pronto aparecía Baudelaire^ y otra rá- 
faga^ algo distinta á la precedente, pero que la 
completaba, caldeó la atmósfera. Al imperio de la 
frase trabajada como una maravilla de orfebrería, 
sustituye el imperio- del sentimiento y del pesi- 
mismo. Era la nota esperada^ y las Flores del mal 
la alcanzaron. 

Una infinita tristeza, un inmenso desaliento, una 
vaga melancolía surgía de aquellas páginas y mar- 
•chitaba el corazón. Gemían al unísono todas las 
•cuerdas del laúd y acentos desesperanzados te- 
jíanse en la estrofa de Baudelaire. Eran ayes do- 
lorosos, sollozos entrecortados, maldiciones impo- 
tentes, relámpagos de ira, de impiedad, de sumi- 
sión, de dolor, de fiebre. Todo el sufrimiento del 
hombre, todas sus amarguras, todas sus miserias 
estaban allí, en aquellos hemistiquios de fúnebre 
eadencia y enhebrados por palabras de nácar ne- 
gro y tintes cenicientos, cantando en pesarosa es- 
trofa los dolores del mundo y lo deleznable de esta 
existencia que cruzamos á la luz de un blandón 
mortecino — nuestra propia inteligencia. 



LOS MODERNISTAS 23 



Baudelaire es original, es grandioso, muchas ve- 
ces magnífico : por eso el puesto que ha conquis- 
tado en el Parnaso francés nadie podrá disputár- 
selo. Hay en él algo de satánico que nos hace es- 
tremecer con sudores fríos. Su frase nos penetra 
en el pecho como un estilete napolitano, destro- 
zándonos el tejido 7 los músculos y dándonos la 
vaga sensación de la muerte que pasa rozándonos. 
Una claridad de sudario fluctúa sobre aquellas poe- 
sías que inmediatamente despiertan en nosotros la 
idea de la tierra aniquilada, muerta y fría por la 
extinción de su fuego central y de los rayos so- 
lares. Es una pena, una opresión, una nostalgia in- 
mensa é inenarrable la que anega nuestro corazón, 
llenándole de hastío y del cansancio de la vida. 
La poesía combate allí la poesía : la luz vivificante 
é incorpórea aparece como. una vibración de la ma- 
teria ; la flor de recortada corola y caprichosos pis- 
tilos no es más que oxígeno, carbono y sus- 
tancias minerales; el rostro encantador de las mu- 
jeres, un hacinamiento de carnes que, en faltán- 
dole un poco de sangre, ó de aire, ó de groseros 
alimentos, se convierte en amoníaco y fosfatos con 
penetrante olor de sustancias descompuestas; y la 
amistad, y el amor, y la virtud, todo ello no es 
más que cuestión de temperamentos. Esto es lo 
que se lee entre líneas por los lectores que saben 
leer las Flores del mal — ese libro grandioso, de 



24 VÍCTOR P^ÉREZ PETIT 

fama satánica^ universalmente admirado; que le- 
vanta la nota pesimista de Alfredo de Musset á 
su más alta vibración, destrozándonos el cerebro; 
ese libro inmenso que condensa todo el 9nal del 
siglo, la duda que corroe á los hombres de 1830 
para acá y que es á la par una represalia del acen- 
drado fanatismo de los antepasados ; ese libro, en 
fin, qae canta en verso lo que Schopenhauer mas- 
tica en prosa, y que inspirará más tarde á Juan 
Riehepin su aeento más terrible, su libro maldito, 
Les Blasphémes. 

£1 autor de las Flores del mal, debemos de- 
cirlo francamente, es un pésimo modelo para los 
jóvenes. Sus tétricos acentos, su pensamiento 
sombrío no pueden ser imitados sino por espíri- 
tus muy elevados y que ya estén lejos de la pri- 
mavera de la vida; de lo contrario, el que le 
siga puede incurrir en la falta imperdonable de 
falsear el pensamiento, 6 de pervertir el propio co- 
razón, ó de mentir dolores que sólo existen en la 
mente. — Cansados estamos de ver esos poetas 
melenudos y llorones como sauces, que andan 
por ahí, á la vuelta de la primera esquina, lan- 
zando gemidos y desdeñando todo lo creado y 
por crearse. El ejemplo de los imitadores de Es- 
pronceda y Bécquer, en España, nos puede dar 
una idea, aunque pálida, de lo que serían los con- 
tinuadores chirles de Baudelaire. Y es que si en 



LOS MODERNISTAS 25 



los dos poetas españoles citados^ la nota eseép- 
tica es prestada — quiero decir, que el primero 
la tomó del autor del Don Jíian y el segundo 
de Enrique Heine — aquí en Baudelaire^ ese es- 
cepticismo es más claro 7 preciso^ por cuanto 
nace del mismo poeta^ del ser pensante. Baude- 
laire tiene el mal del siglo, como se ha dado en 
llamarlo, en las venas, y no es más que un re- 
flector de lo que también sienten todos sus com- 
patriotas. En España, Espronceda era un hombre 
extranjero, una nota discordante ; — la misma Ale- 
mania, la patria de Schopenhauer no puede olvi- 
dar á Lutero y su reforma religiosa ; pero Fran- 
cia, la Francia hija de la revolución de 1789, 
que escuchó la voz tenante de Dantón y sintió 
sobre sus hombros el peso de la garra de Marat 
— esa Francia curada de espantos, por así decirlo, 
desde que había hecho caer la cabeza de un rey 
para hacer caer más tarde las de cientos de ciu- 
dadanos mediante una orden firmada en blanco 
por la Convención — esa Francia que había es- 
cupido el fuego de sus cañones, durante el primer 
Imperio, sobre el vientre de la Europa, sobre las 
frías y heladas calles de Moscou y allá abajo, al 
pie de las legendarias Pirámides — Francia era 
la nación fatigada de la vida, ahita de sensacio- 
nes, cansada del placer, abrumada de glorias, 
rendida de tedio; y después de haber sido grande 



26 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

y buena cristiana con los apóstoles Lamartine 7 
HagO; se hacía librepensadora con Andrés Che- 

nier, el Apolo guillotinado^ y con Musset^ para 
concluir siendo escéptica con toda la inmensa 
pléyade de los escritores contemporáneos. 

Baudelaire es el alma de esa Francia que acabo 
de describir; el medio hace al hombre^ y el 
poeta es el signo revelador de dicho medio. Bau- 
delaire no ha mentido^ no ha podido mentir^ — 
como Zola^ en la novela, no ha calumniado á sus 
compatriotas. — He leído, no recuerdo en qué 
autor, que un poeta es el alma de un país — me 
parece que es Carlyle quien lo dice. — Pues esta 
profunda verdad encuentra su más plena aplica- 
ción en el autor de las Flores del mal: Baude- 
laire es toda la Francia. 

No se debe, pues, tomar á este poeta por mo- 
delo si no se tiene inspiración y talento ; — pero 
debo añadir que tampoco conviene á los jóvenes 
Teófilo Gautier : el primero es peligroso por cues- 
tión de las ideas, del fondo de la obra, y el 
segundo por las dificultades de la forma. Pero 
existe una distinción : á Baudelaire no se le imi- 
tará, porque él sólo puede escribir las Flores del 
mal, y no debe imitársele porque se corre el 
riesgo de exagerar la nota pesimista, tal vez no 
siendo pesimistas; entretanto que á Gautier, si 
se puede imitar su estilo, su forma, no debemos 



LOS MODERNISTAS 27 



hacerlo porque peligramos de caer en lo ridículo 
si no alcanzamos las cumbres que él ha alcan- 
zado^ y ademáS; porque pecaríamos por descuido 
del pensamiento y exaltación al romanticismo. 

Y prosiguiendo nuestro estudio^ debemos colo- 
car muy cerca del satánico Baudelaire á Luisa 
Choquet de Ackermann, la inspirada autora de 
Ouenfos, en verso, y de las Poesías fihsóficas, 
obra esta última admirada por Sainte-Beuve. — 
Mad. Ackermaun residió por algún tiempo en 
Berlín, y á ello, precisamente^ atribuye la crítica 
ese desconsolador pesimismo que campea en to- 
dos sus trabajos y principalmente en los versos 
de El grito. La gueirra. El amor y la muerte, 
etc. Esa triste filosofía que parece darse la mano 
con la de Baudelaire, é hija del germanismo más 
puro y refinado, encontró resonante eco entre la 
juventud francesa; y Mad. Ackermann, al día si- 
guiente de la publicación de sus Poesías filoso- 
ficaSf se hizo célebre. 

t 

Su poesía es severa y desprovista de esos 
adjetivos rimbombantes de los grandes maestros ; 
aseméjase algo, por su majestad, á la forma de 
Leconte de Lisie, aunque por el fondo, según 
queda dicho, es una segunda edición de Baude- 
laire (no hay que olvidar que Ivís Poesías filo- 
sóficas aparecieron en 1872 y las Flores del mal 
en 1857); pero todo esto no obsta para que la 



28 VÍCTOR PJÉBEZ PETIT 

poesía de Mad. Ackermann tenga un sello de 
particular originalidad. 

Y be aquí^ en fín^ al poeta exótico, al que 
cierra el primer período de esta evolución de la 
lírica francesa que vamos estudiando, el autor de 
los Poemas bárbaros^ al olímpico dios cuyo in- 
flujo ha sido 7 es indiscutible y al que sus ad- 
miradores han tratado de colocar por encima de 
los grandes maestros. Una nueva nota se encuen- 
tra en la poesía de Leconte de Lisie, y es ella 
la de la corrección esmerada, casi clásica, que 
da á los "párrafos la rigidez y belleza severa de 
una estatua de bronce. Es el Gustavo Flaubert 
de la poesía. Nada de distender los músculos con 
sonrisas ó contraerlos con gestos de dolor. La 
imponente serenidad de los perfiles griegos es la 
idea que inspira y anima sus versos hermosísi- 
mos; — nada absolutamente de esos encajes y 
labrados de Gautier, ni de ese dolor pasional de 
Baudelaire. 

Leconte de Lisie es un tilma de rapsoda, de 
aquellos rapsodas que recitaban al compás de la 
lira de tres cuerdas los inmortales cantos del ciego 
de Smirna ; y por nada se hubiera dignado bajar á 
la calle donde la multitud pudiera rozarle y donde 
sus oídos olímpicos pudieran ser manchados con 
los llantos y las risas del vulgo : en esto, es el ge- 
melo de Vigny. Él no sabe de esos placeres que 



LOS MODERNISTAS 29 



sacuden al mundo con oleadas de fuego, ni sabe 
tampoco de esos pesares que ennegrecen las horas 
de la vida humana : no podría encontrarles notas 
correspondientes en su lira de marñl orlada de 
achiras de oro. Vive lejos, muy lejos de todas esas 
pequeneces : el lodo del arroyo no salpica su veste 
de armiño, ni los dulcísimos encantos de la vida 
privada lograrían destronar de su corazón á las 
bellas hijas de la noble Mnemosina. Pasea, con sus 
sueños, por el jardín de las Hespérides, y tan sólo 
se detiene ante el mármol de Paros animado por el 
soplo de Pigmalión. Francia no existe ; el Oriente 
es su patria. Y olvidando lo moderno, el poeta se 
sepulta en las brumosidades del mundo antiguo, 
para desentrañar su misterio, levantando el pesado 
velo de Isis. 

Hijo de una isla ecuatorial, vestida de sol y 
con un manto de lujuriosa y espléndida vegetación, 
á donde llegan para hacer nido los pájaros cantores 
del África y la perezosa brisa del desierto, Le- 
conte de Lisie ha sido dominado desde un princi- 
pio por la naturaleza libre y salvaje. El espléndido 
cielo del ecuador, con sus noches de plata y el mar 
inmenso de ondas azules, le enseñó las grande- 
zas del infinito. Desde su infancia, pues, adoró á 
la India y á Grecia. Más tarde, cuando llegó á él 
la voz de Hugo, prestó atento oído, estremecido y 
anhelante como la corza que se detiene en su ga- 



30 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

lope al sentir el rugido de la pantera. El colosal 
cantor de La Légende des Siécles hablaba; Leconte 
de Lisie creyó oír la voz tenante de Júpiter. 

Ambos helenos se comprendieron al momento. 
Víctor Hugo^ que miraba despreocupado bullir á 
su alrededor la turbamulta de románticos^ oyó 
asombrado el primer, verso de aquel joven enton- 
ces desconocido. Una sonrisa alboreó en sus labios; 
su corazón sintió un secreto placer .... «He aquí 
á mi hijo, » — pareció decirse el gran poeta ; y era 
su hijo^ en efecto. Desde aquel instante vivieron 
conjuntamente la vida intelectual^ y cuando el 
maestro abrumado por el peso de su gloria cayó al 
píe del Pantheón^ fué Leconte de Lisie el que pro- 
nunció con su oración fúnebre el tributo de agrade- 
cimiento que él y toda la Francia le debían. 

Y entonces, en una avalancha avasalladora, el 
nuevo poeta de los mágicos alejandrinos lanzó á 
la publicidad su grandiosa trilogía Poemas bár^ 
baros, Poemas antiguos y Poemas trágicos; esas 
aureolas enceguecedoras de regiones casi igno- 
radas, esas páginas exóticas de raros perfumes y 
misteriosas leyendas, esos perdidos y lejanos es- 
pejismos de ciudades de mármol y pagodas ocul- 
tas en el misterio de las selvas indostanas. El 
pueblo hebraico, Tebas, Atenas, la Polinesia, Ir- 
landa, el Oriente y Damasco, aparecen sucesiva- 
mente en la trilogía, en apretados y esculturales 



LOS MODERNISTAS 31 



hemistíqaios^ resplandecientes como alcázares gra* 
nadinos^ sólidos como altas colamnas de jaspe 6 
bronce. Allí la fantástica pintura de los tiempos 
primitivos despierta en nuestro espíritu el re- 
cuerdo de las primeras miserias del hombre^ — 
Caín^ el fratricida; el rey Khons en su barca; 
la horrible visión de Snorr en el país de los es- 
caldas;- los fakires incomprensibles como carac- 
teres rútnicos; Agantir; los emires de Oriente; 
— evoca las ciudades donde Anaxágoras paseó su 
destierro y donde Aspasia tenía su palacio de 
cortesana; hace soñar con l«s corales de Ormuz, 
las pieles del Tibet, el oro de Ofír y las perlas 
de Golconda; pensamos, sin quererlo^ en el circo 
de Roma, donde las níatronas impúdicas^ luciendo 
sus collares y ebrias de Chipre, alzan el dedo 
para ver cómo el espadón del gladiador quita la 
vida á su vencido enemigo, y vemos á Nerón 
arrastrándose de la orgía hasta su carro con una 
prostituta, para pasear las calles de la Ciudad que 
ha mandado incendiar; y en esta inmensa fantas« 
magoría, en estas visiones que Leconte de Lisie 
nos muestra de relieve ó evoca por asociación 
en nuestro espíritu, hay tal misterio, tanta gran- 
deza, que nos sentimos nosotros también humi- 
llados y pequeños ante esos mundos y esas épo- 
cas desaparecidas. 
El autor de los Poemas bárbaros es un román- 



32 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Á 



tico de raza que hace versos magníficos; pero 
su magnificencia se diferencia algo de la de Víc- 
tor Hugo. Este deslumhra, ciega, vierte un to- 
rrente colosal de melodías y fulgores; el otro 
es magnífico por su serenidad olímpica y por su 
corrección de líneas, que recuerdan un tanto la es- ^ 

tética de los clásicos. 

Tales son los poetas que forman la primera 
falange del romanticismo: Lamartine, lihre de toda 
escuela, no deja, sin emhargo, de admirar á los 
clásicos y de querer á los románticos; pero él 
es poeta por serlo, y nada más. Es lo que él 
mismo dice en los Filies de la poesía (estudio 
puhlicado al frente del tomo lu, Jocelyrif edición é 

de sus ohras completas): < . . . pero siempre he 
rogado á Dios no me dejara morir sin haberle 
revelado á él, al mundo, á mí mismo, una crea- 
ción de esta poesía que lia sido mi segunda vida 
en la tierra; de dejar tras de mí un monumento 
cualquiera de mi pensamiento. » — Quedan, pues, 
Víctor Hugo y Alfredo de Musset como maes- 
tros, con toda una legión de imitadores, y Alfre- 
do de Vigny, y Augusto Barbier, cuyo numen no ^ 
tuvo secuaces. El movimiento revolucionario de 
1830 se inicia con Hugo, y al llegar Teófilo Gau- 
tier, Carlos Baudelaire, Mad. Ackermann y Le-' 
conté de Lisie, el romanticismo alcanza á su ma- 
yor esplendor. De esta hora suprema en adelante, 



LOS MODERNISTAS 33 



la escuela decaerá poco á poco^ para ceder el 
puesto á las nuevas tendencias líricas. 

Otro hecho que debemos tener muy en cuenta 
es el lento progreso del pesimismo á medida que 
se pronuncia la caída de la escuela romántica. 
Lo que en Chateaubriand (pese á su cristianismo) 
no era más que un ligero barniz, j en Hugo una 
aurora^ en Alfredo de Musset se acrece rápida- 
mente, se detiene en Vigny y Gautier, vuelve á 
animarse con Barbier y declárase mal del siglo 
en los sucesores: basta leer á Leconte de Lisie, 
Baudelaire y Mad. Ackermann. En éstos ya es 
verdadera dolencia, filosofía corriente, pesimismo 
germánico el más neto. Entretanto, la novela su- 
fre idéntico influjo; pero como no es ella objeto 
del presente estudio, concretóme á citar media 
docena de nombres que por sí solos hacen plena 
prueba: Stendhal (Enrique Bey le), Flaubert, Gon- 
court, Maupassant, Zola y Dumas (hijo). 

Así, pues, en esta rápida y fulgurante explo- 
sión del romanticismo podemos encontrar la causa 
de su muerte. Estudiando el segundo período de 
la evolución romántica, fruto obligado del pri- 
mero, nos convenceremos una vez más de lo 
exacto de tal aseveración. 



3 



34 VÍCTOB PÉREZ PBTIT 



II 



Sully - Prudhomme es el poeta fildsof o^ el poeta 
pensador^ el poeta de los versos severos y pro- 
fundos^ — el que consiguió del hosco Sainte-Beuve 
ardiente aplauso para su tomo Stances et poémes; 
— 7 como si su lira de Aeda tuviera las siete 
cuerdas de Terprando; es, sucesivamente^ filósofo, 
sabioy poeta^ viajero 7 artífice. La justamente cé- 
lebre colección de sus sonetos Les Épreuves le 
ha valido el título de < único poeta f ranees^ des- 
pués de Leconte de Lisie 7 Baudelaire.» 

Pero, si es cierto que Sull7-Prudhomme des- 
cuella como poeta - filósofo, no es menos cierto 
que encanta como poeta sencillo. Cuando des- 
ciende de su trono para cantar los objetos do- 
mésticos, su talla no decrece ni una línea, — an- 
tes por el contrario, esa serenísima poesía del 
hogar adquiere entre las cuerdas de su lira una 
melancolía encantadora. El corazón se estremece 
blandamente con esos acentos queridos que nos 
recuerdan el techo paterno. Su ternura inmensa 
rinde nuestro ánimo. Ha7 estrofas sentidísimas 
que leemos al través de las lágrimas que acuden 
á nuestros ojos, 7 otras, de tan finas 7 delicadas 



L06 MODERNISTAS 35 



observaciones, que hacen hervir sonrisas sobre 
los labios. Por esto^ SuUy-Pradhomme es el an- 
tecesor de Fran^ois Coppée. 

Mauricio Bouchor publicó en 1874 su primer 
tomo de versos. En medio del marasmo com- 
pleto que postraba al mundo literario^ aquellos 
acentos viriles é inspirados rodaron alegremente 
y palpitantes como un rajo de sol. Los parna^ 
sianos que entonces empezaban á enseñorearse 
del Parnaso^ alzaron la cabeza, llenos de temor, 
inquietos, asombrados, mientras Francia entera 
aplaudía al evocador de Alfredo de Musset. Un 
relámpago de alegría, de dulcísima esperanza, 
cruzó por todos los cerebros. ¡Un nuevo Musset! 
¡Al fin, un poeta de corazón! Porque aquellos 
versos de Sinfonías no eran los versos fríos y 
esculturales de los parnasianos, sino los versos 
hijos del alma, — esos versos humanos que se 
sienten, que se ríen ó se lloran, que inundan el 
pecho con su dulzura infinita y sus tibios estre- 
mecimientos de paloma. Allí, al cabo, se encon» 
traba un ser humano, un hombre que cantaba sus 
dolores y sus alegrías con toda franqueza, y en 
estancias robustas y homéricas. Y así como SuUy- 
Prudhomme puede ser considerado el antecesor 
de los poetas naturalistas, así, en sentido inverso, 
Mauricio Bouchór es la última vibración del laúd 
de Alfredo de Musset. 



36 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

Eduardo Grenier aparece á su vez. El autor 
de Franciney Jacqueline, etc., á pesar de su ori- 
ginalidad altiva é imperante, engendra casi todos 
sus cantos á la sombra de los viejos y grandes 
modelos, — como puede verse, sin que quede lu- 
gar á duda alguna, en Proméihée délivré que 
recuerda á Esquilo, en la Mort du Juif Errant 
que hace pensar en Edgard Quinet, en el Pre- 
mier jour de VÉden que evoca el nombre de 
Milton, y en Une visión que es una sombra del 
sublime poema del Dante. 

Y he aquí, por fin, el verdadero vexilífero de 
la fórmula el arte por el arie, Teodoro de Ban- 
ville. Es el poeta que trata de realizar la be- 
lleza, estampando en sus versos la másica y los 
colores, porque esto, según él, es el verdadero 
Arte. Muy difícil, por no decir imposible, sería 
encontrar un enemigo más declarado de la ten- 
dencia docente. Odia con un odio inveterado todo 
lo que diga de real. Su vida, su pensamiento, 
su obra, hasta su comida, es lo ideal. La fanta- 
sía anda por su cerebro en remolinos, como un 
maelstróm. Leed las Odas funambulescas^ su 
mejor libro; leed las Estalactitas; leed las Oc- 
cidentales, y decid si esos versos encantadores 
no parecen escritos por un Pierrot genial én una 
orgía de carnestolendas; si no hacen el efecto 
de una saturnal moderna manchada de risaS; 



LOS MODERNISTAS 37 



de perfumes j de burbujas de champagne ; si no 
hay en ellos la alegría 7 chisporroteo de los fue- 
gos de artificio que constelan la noche con su 
fugaz colorido. Y el numen de Banville es así, 
un numen gesticulante; risueño, infantil. No co- 
nozco mejor definición de un poeta que ésta que 
traduzco del libro de Lemaitre, Les Contempo- 
rains : < Mr. Théodore de Banville es un poeta 
lírico hipnotizado por la rima, el último llegado, 
el más alegre y en sus buenos días el más en- 
tretenido de los románticos; un clown en poesía 
que ha tenido varias ideas en su vida, siendo la 
más persistente entre todas ellas la de no expre- 
sar ninguna en sus versos. » 

No se podría hacer tan bien ni tan brevemente 
un retrato del autor de las Cariátides: ahí, en 
esos renglones que acabo de transcribir, queda 
patentemente bosquejado su carácter 7 valor ar- 
tístico, así como el de la obra á que él debe su 
celebridad, la oda funambulesca. 

¿Qué es ésta? El mismo Banville se encarga 
de definirla: «Un poema rigurosamente escrito 
en forma de oda, en el cual el elemento bufo está 
estrechamente unido al elemento lírico, 7 donde, 
á semejanza del género lírico por excelencia, la 
impresión cómica, ó la que el trabajador haya que- 
rido producir, se obtiene por combinaciones de 
rimas, por efectos harmónicos y por sonorida- 
des particulares.» 



38 VÍCTOR PÉEtEZ PETIT 

Banville ha publicado un Petit Traite de Poésie 
IVanfaise, donde detalla interesantes datos sobre 
sus procedimientos de composición. 

Haré, de paso, notar que este poeta es el que 
pretende ser el primero que ha < buscado el me- 
dio de traducir lo cómico, no por la idea, sino por 
las harmonías, por la virtualidad de las palabras^ 
por la magia todopoderosa de la rima. » 

De ahí que-sus versos sean una algarada, un 
cascabeleo, un tropel de sonoridades rítmicas que 
no expresan ninguna idea, ningún sentimiento. El 
€jo» del artista desaparece por completo, y su 
impasibilidad hace resurgir la alegría de sus con- 
sonantes. La borrachera de colores y harmonías 
que hace bambolear sus estrofas, no revelan el 
pensamiento del poeta. Éste permanece oculto 
entre bastidores, y sus frases se crispan ante el 
espectador, solitarias, huérfanas. 

Es desde este punto de vista de donde puede 
considerarse á Teodoro de Banville como el pre- 
cursor de los parnasianos. La ausencia de la per- 
sonalidad, de todo sentimiento humano, de toda 
sensación propia; la descripción helada y escultu- 
ral, sin un asomo de pasión, sin un aliento 'de 
vida ; el imperio de la frase labrada como un joyel, 
del ritmo majestuoso y de la rima brillante y 
evocadora, — capítulos del misal de la iglesia par- 
nasista, — están en germen en la teoría del autor 



LOS MODEBNISTAfi 39 



de Les odes funambuksques y en los propios veiv 
sos de esta recopilaciÓD. 

Sin embargo, los poetas de la nueva escuela no 
habían lanzado aún su manifiesto ni librado la 
gran batalla. Sus primeros ensayos se perdían en 
vagas imitaciones, en tanteos torpes, en vacila- 
ciones infructuosas. Como un reguero de hormi- 
gas extraviadas, bullían locamente sin acertar con 
su camino, agotando sus energías en trabajos inú- 
tiles. 

Hacia el año 1860, la poesía lírica parecía ago- 
nizar en Francia : se recordaba con veneración á 
Víctor Hugo, y nada más. Acontecía algo seme- 
jante á lo que en España sucedió en el último 
tercio del siglo xvi y durante todo el xvn: 
el amaneramiento y el artificio, — que alcanzaron 
su período álgido con Yillamediana y Góngora, 
hasta dar lugar á la infecundidad poética del siglo 
xvín, — sustituían á la inspiración; y ya no se 
hacía más que admirar el esplendor y grandeza de 
los maestros Fray Luis de León, Garcilaso y Fer- 
nando de Herrera. Los Argensolas, Baltasar de 
Alcázar, Juan de Jáuregui y Santa Teresa de Je- 
sús, de fines del siglo XYi, tienen sucesores en 
el siglo siguiente, sin que sea posible entresacar 
ie entre todos ellos más de cuatro nombres ilus- 

res : Rioja, Quevedo, Lope de Vega y Góngora. 

fi primera mitad del siglo xvni se alcanza sin 



40 VÍCTOB PÉBEZ PETIT 

encontrar otra cosa que medianías, poetastros en 
los que domina la obscuridad é hinchazón de la 
frase, faltándoles numen y luciendo^ en cambio, pe- 
dantesca erudición; vates, en fin, que pretenden 
ser grandes» sesudos y originales empleando giros 
duros 7 difíciles, metáforas revesadas, concep- 
tos quintesenciados, y haciendo de las estrofas 
verdaderos laberintos en los cuales el lector infor- 
tunado puede envidiar, sin exageración, al Dédalo 
de la mitología helena. 

Pues lo mismo, exactamente lo mismo, — aun- 
que fué cosa de pocos años, — sucedió en Francia 
hacia 1860. 

Una reacción se inició, sin embargo. Un joven 
atrevido que acababa de llegar de Burdeos y que^ 
apenas casado con la hija mayor de Teófilo Gau- 
tier, se hizo asiduo concurrente á los sábados de 
Leconte de Lisie, CatuUe Mendés, alzó su pabe- 
llón de guerra. Todos aquellos jóvenes que no 
conseguían entrar bajo la arcada gótica y tradi- 
cional de la Revue des Deux Mondes, ni en nin- 
guna de las otras que oficiaban ante el marmóreo 
altar del clasicismo, acudían al salón democrático 
y vivificado con aires de Fronda del autor de Les 
soirs moroses, Mendés fué el fundador de nume- 
rosísimas revistas que apenas vivían cuatro ó 
cinco meses, pero que se sucedían rápidamente 
las unas á las otras, y donde la juvenil y revo- 



LOS MODERNISTAS 41 



lucionaria legión hacía sus primeras armas. Tan 
sólo les faltaba un distintivo^ un nombre, un tí- 
tulo ; mas pronto dieron con él. El eáitor Lemerre 
les publicó una colección de versos rotulados El 
Parnaso contemporáneo, y desde ese día se lla- 
maron clos parnasianos». 

Los profanos creyeron ver en este renacimiento 
poético á los continuadores de Hugo, — como 
quien dice, la nueva era romántica que haría ol- 
vidar por completo á los viejos clásicos. No se 
sospechaba entonces que aquella intrépida falange 
era la predestinada á dar el golpe de gracia al 
romanticismo. — Cierto es que los parnasianos 
amaban á Hugo, pero le amaban como se ama á 
un antepasado ilustre que no hemos conocido y 
cuya sangre corre débilísima por nuestras venas. 
Eran románticos . . . así, por lo menos, se lo figu- 
raban ellos mismos. Continuaban la evolución poé- 
tica, adoptando los principios de Leconte de Lisie 
y de Teodoro de Banvílle, exagerando las ideas 
y las reglas artísticas hasta convertirse ellos mis- 
mos en unos détraqués morales y sensitivos. Con 
tal procedimiento, desempeñaron el doble papel 
de verdugos y de suicidas, pues se aniquilaron á 
sí mismos y dieron el último golpe de hacha á la 
escuela romántica. 

Su principio, — la piedra sagrada de los parna- 
sianos, — fué formulado por CatuUe Mendés, que 



42 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

se inspiró para ello en el poeta exótico de los 
Poemas antiguos: hacían voto de indiferentes; 
ia impasibilidad debía ceñir con su rayo nítido é 
impalpable la frente de los jóvenes Apolos. Nada 
de cantar los amores del corazón ni llorar las pe- 
nas del alma; nada de sonreír á impulso del tibio 
7 amoroso fuego dé la ventura^ y mucho menos 
de amargar el gesto ante esas miserias humanas 
que pueblan de sombras la mente 7 estrujan do- 
lorosamente el corazón; nada de descender hadta 
el arroyo, donde la multitud, con su vaivén inter- 
minable de carneros de Panui^O; nos roza^ nos 
aturde^ nos marea y nos mancha; nada, en fin, 
de vulgar^ nada de preciso, nada de real^ nada de 
lo que se vive. Había que irse muy lejos, en sueños: 
á lo desconocido, á las regiones de la luz increada, 
á las selvas vírgenes del último rincón de la tierra, 
á las salvajes montañas cuya cúspide tan sólo han 
contemplado las eternas estrellas. Era el espíritu 
de Leconte de Lisie el que se enseñoreaba triun- 
fal de aquellas estrofas pulidas, tersas, cuasi bron- 
cíneas ; y por ello la poesía de los poetas parna- 
sianos tiene toda la serenidad olímpica de la vieja 
estatuaria ateniense, — esa poesía que traza la 
línea firme y augusta á golpes de cincel, que 
hiela los afectos del alma, las dulcísimas rapso- 
dias del oorazón y los perfumados recuerdos de la 
mente; esa poesía que reproduce en* fríos bajo- 



LOS MODERNISTAS 43 



relieves y marmdreás colamnas los desmayos y 
langaideces de la carne, el fuego sagrado de la 
inspiración 7 las queridas melancolías de los pri- 
maverales amores. No hay allí un latido humano^ 
un hálito de vida, un estremecimiento de pasión, 
una dulcísima queja, ni un errático suspiro ; todo 
es yerto, mudo, indiferente, glacial, con la majes- 
tad del bronce labrado maravillosamente y los 
resplandores del diamante ; con la tersura del pór- 
fido escultural y la imponente severidad de los 
mausoleos. 

Así, la versificación de todos estos poetas re- 
sulta originalísima. Sus consonantes no son los 
casi vulgares de Lamartine y los sonorosos de 
Hugo, sino que se destacan al final de los hemis- 
tiquios como notas metálicas, raras, caprichosas, 
desconocidas. Y en esto no hacen otra cosa que 
seguir la estética de Banville, — ó de Malherbe, 
para ser justos, pues cualquiera que haya estu- 
diado con detención á este célebre gramático 
del siglo xvn, podrá encontrar muchas de sus 
reformas á la poesía reproducidas en el Petit 
Traite de Poésie Fran^aisej — esa que exige la 
corrección esmerada y la pureza ideal de la línea 
á los alejandrinos, la amplitud y rigidez de la 
escultura á las estrofas, y á las rimas novedad, 
música, colores, reproducción de la vida por el 
genio todopoderoso de la palabra. Las rimas, pues, 



44 . VÍCTOR TÉSEZ PÉTIT 

obedecen á un verdadero estudio de acústica^ ya 
que con su sonido tan sólo debe el poeta, las más 
de las veces^ dar la inmediata sensación de lo 
que quiere decir ó significar. <Si sois poeta, — 
dice Banville en la obrita citada, — comenza- 
réis por ver en la cámara obscura de vuestro ce- 
rebro todo lo que queréis mostrar á vuestro audi- 
torio, y al mismo tiempo que las visiones, se pre- 
sentarán espontáneamente á vuestra mente las 
palabras que, colocadas al fin del verso, ten- 
drán el don de evocar esas mismas visiones para 
vuestros oyentes. * Esta sugestión producida por 
las palabras, esta virtud omnipotente de la har- 
monía del verso por la rima, es, según queda di- 
cho, el artículo de fe de los parnasistas y la 
línea imperceptible que los une á los decadentes. 

Lo que no dejará de ser admirado en los ver- 
sos de los parnasianos es la forma; en cuanto á 
la idea, la desprecian á la manera de Gautier. El 
idioma sale de sus manos pulido, terso, sin una 
mancha, como láminas de oro labradas artística- 
mente para ser empotradas en pirámides de gra- 
nito. 

José María de Heredia, el autor de Les TrO" 
phées, es uno de los príncipes más culminantes 
de esta escuela. Sus sonetos son copas de oro 
labradas prodigiosamente por un cincel florentino. 
Hay en ellos primores de ejecución, caprichos ar- 



LOS MODERNISTAS 45 



tfsticos^ líneas inimitables^ rasgos maravillosos que 
deslumhran la retina y dejan suspensa el alma 
como en la aurora de un susto. Imposible extre- 
mar la perfección, el dibujo, el contorno, como lo 
ha hecho este sublime artífice del renacimiento. 
Sus frases son lapidarias; evocan una imagen 6 
crean un paisaje por el poder de su ritmo. Sus 
cadencias son hieráticas; levantan en el corazón 
todo un vuelo de pensativas cigüeñas. 

Y así, en estrofas adamantinas, en estrofas que 
resplandecen como joyeles bárbaros, vemos surgir 
el gigantesco horror de la sombra de Hércules 
atemorizando el tropel de fugitivos centauros; — 
escuchamos el ronco clamoreo de los leopardos, 
llenando la noche de Ortygia, cuando Artemisa 
empapa sus manos en la sangre de las ñeras de- 
golladas; — oímos la risa dé Pan, en el silencio de 
la media noche, celebrar las danzas de las Ninfas, 
que su siringa ha atraído al borde del tranquilo 
lago; — entrevemos á Ariadna, tendida junto á su 
tigre real, esperando los besos del Conquistador 
del Asia; — contemplamos la fuga exasperada de 
las Bacantes ante los saltos elásticos de los tigres 
del Ganges; — advertimos á Andrómeda encade- 
nada á la roca que azota encolerizado el Océano, y 
la vemos al fin libertada por Perseo sobre las alas 
luminosas de Pegaso; — desde la alta terraza de un 
palacio de Egipto, vemos á la voluptuosa Cleopatra 



46 VÍCTOR PÉBSZ FETCr 

encadenar con sus mórbidos brazos al ardiente 
triunviro^ mientras sobre una mar inmensa huyen 
sus galeras derrotadas; — en las gradas de su mar» 
móreo palacio veneciano^ admiramos la dogaresa 
que desdeña los altivos señores de rojas dalmáti- 
cas para sonreir al negrillo que recoge la cola de 
su vestido; — sobre sus carabelas, inclinadas por 
la ráfaga del alisio, vemos á los conquistadores del 
oro de Cipango observar estremecidos la subida 
de las nuevas estrellas sobre los horizontes nue- 
vos, — y sobre un cielo de cinabrio manchado por 
la aurora, sentimos palpitar la silueta roja del sa- 
mourai que concurre á la cita haciendo relucir, 
con el acorde de su paso apresurado, las dos an- 
tenas de oro que tiemblan en su casco. 

José M. de Heredia es un mago evocador del 
genio de las palabras. Hasta su ortografía concurre 
á robustecer la belleza de los vocablos. ¿No re- 
sulta más artístico escribir Ichtyophage que icHo^ 
phcige, Thympreste que Timpreste, Caystre, que 
Gaistre, Thymos que Timos^ Rhadamanthe que Ra^ 
damantef Chrysaor c^xie Orísaor? Es indudable que 
los vocablos tienen su fisonomía 7 que todas esas 
letras que los logoclastas, 6 c masacradores de 
palabras », pretenden extirpar para hacer más acce- 
sible al vulgo las reglas ortográficas, les prestan 
un tinte exótico que se hermana más fielmente 
con el pensamiento que expresan, 7 dan, por de- 



LOS MODERNISTAS 47 



cirio así^ un bla8<$n de nobleza á las palabras más 
hermosas del idioma. Por otra parte^ esas letras 
supletorias sirven para prestar al alma del verso 
la rareza de la expresión^ lo maravilloso del país' 
descripto y las medias tintas del pensamiento evo- 
cador. — Ved, por ejemplo, cómo, por la sola vir- 
tualidad de las palabras, surge ante nuestros ojos 
todo el exotismo bárbaro del legendario Egipto : 

« Bétes, peaptet et rois, ils Tont. L'oroeut d'or 

S'enroule, étinoelant, autour des fironts farouches ; 

Mai8 le Utome éjMds 80«Ile Ie« nudgrM boacbes. 

En tete, les gnnáa dieox : Hor, Khnoam, Ptah, Neith| Hathor. 

Puis tous ceux que conduit Toth Ibiooáphale, 
Vétus de la schenti, coiffés du pschent, oniés 
Da lotus bleu. La pompe errante et triomphale 

Ondule daos l'horreor des temples ruines, 
£t la lune, éclatant au paTé froid des salles, 
Prolojqge étrangement des ombres colossales. » 

¿Tendría el soneto ese tinte semi- salvaje 7 
semi- religioso que en la descripción de la abi- 
garrada multitud nos da el poeta, si en vez de 
escribir, como los escribe, los nombres de los dio- 
ses y los nombres de las vestimentas, lo hiciera 
suprimiendo todas las letras que no se pronun- 
cian 6 que son innecesarias según las reglas or- 
tográficas del idioma francés ? 

Al lado de Heredia se yergue la figura admira- 
ble de Laurent Tailhade, el artífice primoroso 



48 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

de Vitraux. Con este poeta, la poesía toma tintes 
prerrafaelistas, de una sencillez prodigiosa, de ana 
harmonía celeste. La calma grave j helada que cae 
de las altas naves de los. templos pesa también so- 
bre estos versos, y sobre ellos se aduerme como un 
ave fatigada. Aquí y allá resbalan silenciosos re- 
flejos que dan la impresión grandiosa de las cosas 
muertas : di jérase un rayo de sol penetrando al tra- 
vés de los altos vidríales, para venir á reposarse 
sobre el blanco mantel de un altar. Yed en Le 
blasón de Flore la descripción del jardín en donde 
Puck con Tribly, cerca de los lagos violáceos, jue- 
gan con adorables posiciones : 

c La lune qui descend, le loog des #)omenoirs, 
Sor les blanca escaliera traine sea mules blanches 
Et sea rajons légen palpltent dans les branches 
Comme dea seqoins d'or parmi dea cheveux noirs. » 

La serenidad de las líneas, el reposado desen- 
volvimiento de la frase, la placidez augusta de 
la idea, resbalan ante el lector como un prodi- 
gio único. Leed en voz alta estos primeros versos 
de Vitrail: 

c Un crépnacule d'or baigne le sanctuaire. 

Dans la nef oü a'inscrit l'orgueil obitnaire 
Dea ch&ssea, les prélata d'ivoire et de granit 
Joignent lenra maina que fit un dérot atatuaire. » 

La impasibilidad parnasiana se levanta aquí 



UOa UODERNISTAS 49 



en todo sa esplendor. El poeta es un rapsoda 
qae canta las glorias místicas, es an artífice qae 
combina las líneas de los vidriales, es un alma 
qne no siente el amor sino por lo qne tiene de 
litúi^co. Cuando el recuerdo de la mujer baja 
hasta su coraziín, sus sentimientos palpitan como 
las blancas palomas de una Pascua florida : nada 
de humano se traduce en ellos; todo es celeste, 
frío, lilial. Así, en el conocidísimo Sonnet li- 
turgique; así en el Hortus conclusus: 

« Vitrseí TOQS njonnes oomme une anbe irrorée, 

Sons la moUe darte das lampea de Termell, 

Et, Toua euTéloppant de lear onde dorée, 

Vos longa chereux roas font un mantean de aoleil. 

Tel qu'un parfum de myrrhe autonr d'nn aanotnaire, 
De Toa blanehea beantéa Jaillit nn eharme amer 
Et anr les coeura meurtris, comme un électnaire, 
Yoiía poaes la doneeur de roa yeuz d'outremer.» 

Aún habría que citar, entre los oficiantes del 
ara pamasista, á Juan Ramean, cuya Canción de 
los Astros revela un sublime estih'sta ; á Delaure 
de Strada, el poeta filósofo de La mort des Dieux; 
á Mérat, el creador de Quimeras; á Anatole 
France, el Chénier de las Bodas Corintias; á 
Armand Silvestre, el soñador elegante de La 
chanson des étoiles j de La gUdre des souvenirs; 
á Albert Glatigny, uno de los fundadores de la 
escuela; á León Yalade, á Augusto Vacquerie, y 



50 vfcrroR pérez petit 

tantos y tantos otros qae fuera imposible citar 
ahora. En la imposibilidad, pues, de decir de to- 
dos y cada uno de estos poetas algo que revele 
su temperamento personal, — lo que haría inter- 
minable este estudio, — me resigno á dejarlos 
citados solamente, para poder hablar algo de 
Henri de Régnier, el trovador elegante que sirve 
de lazo de unión entre los poetas parnasianos y 
los simbolistas. 
Henri de Eégnier es un poeta c melancólico y 
suntuoso,» dice Remy de Gourmont. Sus poe- 
mas parecen jardines de imperiales orquídeas y 
de crisantemos enfermizos. Sus rimas despiden 
irisaciones de madreperlas y reflejos de plata 
bruñida ; sus ritmos son cadenciosos y mórbidos 
como los gestos silenciarios de una señorita tí- 
sica. Un vago perfume de rosas marchitas res- 
bala sobre cada estrofa: perfume desolado de 
unas pobres rosas que murieron sobre el alabas- 
tro de un seno espléndido en una noche de fiesta, 
á la luz de las bujías y al compás desfallecido 
de losviolines. Es un poeta suntuoso; es un poeta 
taciturno. 

Sus primeros versos reverberaban con la im- 
pasibilidad parnasiana : semejaban ánforas artísti- 
camente labradas; vasos de plata con prodigios 
del cincel. La luz se quebraba en ellos como 
sobre una rodela bruñida. Y ni un lamento bro- 



LOS MODERNISTAS 51 



taba del alma del poeta. — Pero sus últimos ver- 
sos DO tienen nada que envidiar, en cuanto al 
símbolo, á los de Hallarme. La portentosa imagi- 
nación del poeta, como si se quisiera desquitar de la 
prolongada abstinencia á que la tuvo sujeta la tira- 
nía parnasiana, se desborda de pronto como un 
río de oro fundido y centellante. Y entonces las 
imágenes saltan, esplenden y refulgen en un tropel 
de walkirias desmelenadas y llenan las estrofas del 
poema como estanques de lujuriosa vegetación. Y 
el poeta, con la esplendidez de un potentado, deja 
escurrir entre sus dedos los versos sonoros, los 
versos deslumbrantes, los versos encendidos como 
una constelación de astros. 

He aquí un ejemplo de su primera manera : 

« La terre retentit da galop des eentaures : 

II en yenait du fond de l'horizon sonoro 

Et l'oQ Yoyait, assis sur la eroupe qui rae, 

Tenant des thyrses tors et des outres yentrues, ^ 

Des satyres boifeux piqaés par des abeilles, 

Et les boliches des crin et les léyres yermeilles 

Se baisaient, et la ronde immense et frénétique, 

Sabots lourds, pieds légers, toisons, croupes, tuniques, 

Toornait éperdument autour de moi qui, graye, 

Au passage, sculptais aux flanes gonflés du yase 

Le toorbillonnement des forces de la yie. » 

He aquí, ahora, otro ejemplo en el que se obser- 
vará la variedad del ritmo y la fugaz amplitud del 
verso libre: 



52 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

« Et la lórét redeTienéra la forét monte 
Sana reatlgea poiir mol de rirea et á'oiaeaaz ; 
Ea ta robe, J'enteiida piétiiier la lioonie 
Qui brise lea nibis au bria de tea Mbota. 

L'ombre immense dont ton >flence eit le mjatéra 
Beprend ton rire épara en ion éeho natal ; 
Jaaqn' i Pheure oü Tiendra qxwlqa'nn qni soit num frére, 
Dora en tea groltea d'or^ de flenn et de alatal. • 

Y he aquí, finalmente, al imaginativo simbo- 
lista desgranando todas las perlas del rosario de 
sa numen: 

« La Terre doaloorease a ba le umg dea rérea I 

Le Tol éranoni dea ailea a paiaé 

Et le flux de la Mer a oe aoír eflheé 

Le mjBttee dea paa anr le láble dea grifes ; 

An Delta débordant son onde de maaaacre 
Fierre h plerre ont cronlé le temple et la títé 
Et sous le flot rayonne un édair irrité 
D'or barbare írisant au front d'un simulaere ; 

Yers la For6t néfaste Tibre un eri de mort, 
Dana l'ombre oü son paaaage a hurlé gronde enoor 
La disparítion d'nne borde fuouche, 

Et le maaque du Sphlnz muet oü nul n'ezpliqne 

L'énigme qui criapait la ligne de aa bonohe, 

Bit daña la ponrpre en lang de ce eoncher tragiqne I » 

Por todo lo dicho, vemos que, en cuanto á la 
forma, los parnasianos han realizado verdaderos 
prodigios, 7 que, aun cuando no les debiéramos 
otra cosa, siempre hemos de agradecerles el que 
hayan dado á la poesía lo que nunca debió per- 



LOS MODERNISTAS 53 



der: su carácter, su timbre aristocrático^ su ele- 
ganda^ su exquisitez, su refinamiento. 



in 



Hacia el año 1860. el naturalismo convulsionó 
las artes. Mientras los parnasianos trataban de 
devolver á la lírica el cetro de oro que había 
rodado por el polvo cuando Hugo, encorvado bajo 
el peso de los laureles, había desfallecido sobre 
la orilla de la Castálica fuente, en el país de la 
eterna luz y del ensueño eterno, los naturalistas, 
á golpes furibundos de hacha seguían la senda 
contraria, devastando la floresta romántica para 
trazar en ella los. gigantescos boulevares de sus 
construcciones modernas. Y en tanto que Glatignj, 
Catulle Mendés, León Dierx, Fran90is Coppée, 
José M.* de Heredia, León Valade, Laurent 
Tailhade y Henri de Bógnier pugnaban por el 
triunfo del lirismo, en su más alta y noble ex- 
presión, Gustavo ^B^laubert, los hermanos Gon- 
court, Emilio Zola y Alfonso Daudet luchaban 
denodadamente por la causa del realismo y de la 
verdad en el arte. 

En tan desigual contienda, debían triunfar estos 



54 VÍOTOB PÉREZ PETIT 

creadores colosales, cuyos acentos estentóreos con- 
movían los orbes. Los poetas delicados y frági- 
les como vibrantes cristales de Bohemia, que no 
presentaban á los rudos embates de sus férreos 
enemigos otras armas que sus hemistiquios de dia- 
mantes, en los que no eran admitidos ni una 
sinécdoque, ni una metonimia, 6 ese tan común y 
usado tropo que se denomina metalepsis, debían 
caer pulverizados por manos cubiertas con guan- 
telete de hierro. Y así fué como muchos de 
los que habían adiestrado sus oídos con la mú- 
sica de los violines parnasianos, concluyeron por 
amar tan sólo las fanfarrias bélicas y altisonan- 
tes del naturalismo. SuUy - Prudhomme, Fran90Ís 
Coppée y Jean Bichepin abandonaron las bande- 
ras que flamearon sobre sus primeros triunfos y 
vinieron á combatir bajo las de sus adversarios. 
Y de entonces, con toda la potencia de su nu- 
men, con toda la energía de su estro, con todos los 
acentos de la verdad, sin oropeles ni escintilacio- 
nes, sin rebuscamientos ni imágenes, cantaron las 
costumbres de la vida diaria, los dolores de los 
pequeños seres, las miserias y el hambre de los hu- 
mildes, las conquistas de la ciencia, los triunfos de 
la filosofía, y los odios, caprichos, pasione's, blas- 
femias y rebeldías de la canalla. La boutade de 
Henri Béranger : « prefiero el grito de la loco- 
motora al lamento vago y vano que viene de un 



LOS MODERKISTAS 55 



campanario^ » servía de triaca á las esplendorosas 
é imaginativas teorías de Buskin y era el credo del 
espíritu público. Entretanto^ la imaginación lloraba 
en el destierro la muerte de sus príncipes imperia- 
les, los geniales románticos. Ya no se quemaba en 
sus altares la fragante verbena de Eurípides ni la 
mirra perfumada del pastoril Virgilio; antes bien, 
Pangloss se unía á Falstaff 7 á Sancho para ir á 
pasear sus alegres carcajadas por las bodegas y 
tiendas que acampan al pie del Pindó. Y los 
poetas, esas almas azules hijas del sol y del per- 
fume, los que todavía hubieran sido dignos de 
cantar á las Filis y á las vírgenes lesbianas, ú 
ofrendar en márrimos vasos lentos pirriquios y 
majestuosos espondeos á nuevas Lidias y Gli- 
ceras; los que aún hubieran logrado hacernos 
oir en la lengua de los dioses la belleza de los 
juegos ístmicos y el valor de las justas medioeva- 
les 6 el nocturno espectáculo de los sacriñcios 
druídicos en las abruptas entrañas de los desfila- 
deros; los que llevaban en el corazón un estre- 
mecimiento de gacela y en el cerebro un lampo 
de. luz zodiacal 5 los poetas, los nuevos pastores 
del Himeto que debieran enervarse con la pali- 
dez de los lirios^ desmajar de ventura ante los 
cambiantes de un vaso venusino ó tejer una es- 
trofa como un kakemono japonés, dejaban sus 
sandalias en el atrio de la Verdad, convertían sus 



56 YÍCTOE PÉBEZ PETIT 

ojos hacia los seres vulgares, repetían las frases 
recogidas en medio del arroyo 7 celebraban pin- 
dáricamente las columnas de humo que se alza- 
ban lentas 7 serenas de las chimeneas de las 
nsinasi manchando con tonos grisáceos 7 negruz- 
cos la diáfana transparencia de los cielos. El reto- 
ricismo suplantaba á la poesía, 7 del mismo modo 
que en el siglo de Luis XV se hubiera dado un 
imperio por un madrigal 7 todas las jo7as de Creso 
por un gesto de Fríné, en estos tiempos de po- 
sitivismo 7 pura prosa se hubiera decretado una 
cruz á aquel gramático de Drbnthrein que se dio 
la muerte por no encontrar la razón de que Júpi- 
ter haga Jovis en genitivo. 

Toda tiranía provoca una reacción. El natura- 
lismo se había alzado triunfante sobre las ruinas 
de la Ciudad ideal. Sus víctimas — los románticos 
7 los parnasianos — los proscriptos del mundo del 
arte, no podían sufrir la derrota. Por otra parte, 
los excesos 7 demasías cometidos por aquella es- 
cuela, su empuje avasallador, su despotismo impe- 
rante, levantaron un clamoreo de rabia. Y enton- 
ces, todos los hijos del Ensueño formaron legión 
contra los hijos de ^a Realidad. Una bandera tre- 
moló en los aires. Una barricada se levantó en la 
calle. La lucha estaba empeñada al fin. 

Pero como no era posible resucitar muertos, los 
nuevos paladines del idealismo abandonaron sin 



LOB M0DEBNIBTA8 57 



vacilar las doctrinas románticas y parnasianas: 
éstas no habieran ya decidido á nadie. Había qne 
hacer guerra radical 7 temeraria^ para destronar á 

una escuela que^ en su día^ también había sidfi 

temeraria 7 radical. Y entonces surgió la exagera^; 
cien como la más pujante^ como la más temerá- ; 
na arma de combate. La Verdad era el culto de 
los naturalistas; los decadentes proclamáronla Fic- 
ci<6n. El análisis era el norte de aquéllos, 7 éstos • 
escogieron el del símbolo. Lo real perseguían los ) 
primeros; los últimos se enfrascaron en lo srtiG-^ 
ciaL Y así, por exageración 7 contraste, al culto 
de las reglas se opuso el olvido completo de ellas; 
al examen científico, el arte enfermizo ; á la sin- 
ceridad, el ensueño ; á lo común, lo excepcional. 
Y la paradoja de Oautier pasó á ser verdad incon- 
cusa : € Para el poeta, las palabras tienen en sí 
mismas, 7 fuera del sentido expresado por ellas, 
una belleza 7 un valor enteramente propios, como 
esas piedras preciosas que aún no han sido ta- 
lladas ni engarzadas en pulseras, collares 7 ani- 
llos, 7 que, sin embargo, encantan al conocedor 
que las mira centellar satisfecho, cual lo ha- 
ría un artífice que calculara una jo7a. No se 
puede negar que existen palabras que son dia- 
mantes, zafiros, rubíes, esmeraldas, 7 que exis- 
ten otras como el fósforo frotado, 7 no es pe- 
queña la tarea de saberlas escoger. > Esta idea 



58 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

del autor de Esmaltes y Camafeos, fué extre- 
mada por los decadentes : los vocablos del idio- 
ma^ en sus manos evocadoras, se encendieron 
como farolillos chinescos. Así fué como se descu- 
brió — por un doble fenómeno mental y sensitivo, 
que convirtió las impresiones del oído en ondas 
lumínicas trasmitidas á la retina — que la pala- 
bra aire tiene un color azul, que la voz triunfo 
es de un color de púrpura, que mujer es co- 
lor de rosa, riolín completamente blanca, abalorio 
de tonalidad negra, etc., etc.; y así se dijo que 
no sólo los nombres propios tienen un matiz 
característico ( Esteban Mallarmé dice que Emilio 
tiene un color verde lapislázuli), sino también 
que cada vocal representa un tono distinto. Es 
conocido el célebre soneto de Bimbaud : 

cA noir, E blanc, I rouge, U Tert, O bleu, Toyelles 
Je dirai quelque joar tos nalssances latentes. 
A, noir eorset vela des mouches éclatantes 
Qai bombillent aatour des puanteurs cruelleSi 

Golfe d'ombre; E, candeur des vapeurs.et des tentes. 
Lance das glaciers fiersi rois blancs, frissons d'ombelles; 
I, poorpresi sang craché, rire de Ifevres bellos 
Dans la colére oa les iyresses penitentes ; 

U, óyeles, vibrements divins des mers virídes, 
Paix des p&tis semés d'animanx, paix des rides 
Que ralchimie imprime aux grands fronts stndieux ; 

O, supremo Clairon, plein de strideurs étranges, 
Silences trayersés des Mondes et des Ang^s: 
— O rOméga, rayón yiolet de Sos Yeux I » 



LOS MODERNISTAS 59 



Rene Ghil^ otro maestro de la secta decadente^ 
presentó un raro Misal — Traite du Verbe — para 
ofrendar i la nueva divinidad. Pero sus impresiones 
é ideas diñeren algo de las de Rimbaud. Mientras el 
autor del Smmet d>es Voyelles dice que la letra 
I es roja, la O axul y la U verdea el poeta de Le- 
gendes d'áme et de sang afirma que la I es axul, 
la O roja y amarilla la U, — Vemos, pues, que 
los mismos apóstoles del decadentismo no se en- 
tienden entre sí, y que en esta iglesia hay cis- 
mas como en todas las religiones. Por lo demás, 
esto es un detalle que no tiene mayor importancia, 
desde que en el fondo de la cuestión no hay 
otra cosa que el propósito de épater les bour- 
geois. No negaremos que los sonidos pueden 
estar sujetos á una ley de coloración, ya que el 
sonido y el color no son otra cosa que una doble 
y simétrica emanación de la luz y se propagan 
por vibraciones de ondas; como no negaremos 
tampoco que hay ó existe una especie de sugestión 
entre las palabras y las ideas por ellas expresadas, 
que nos hacen representar determinadas voces con 
una tonalidad particular; — pero es indiscutible 
que la apreciación sobre el matiz de las palabras 
puede variar según las ideas y el temperamento 
del que la haga. Mas los apóstoles del decaden- 
tismo han elevado á la categoría de axioma lo que 
no es una verdad inconcusa. Por ejemplo, el mismo 



60 VÍCTOB PÉREZ FETIT 

Rene Ghil^ en su Traitidu Fer^e, dice: c Anali- 
zando su soberanía, las Harpas son blancas; y 
azules son los Yíolines desfallecidos á menado por 
una fosforescencia para exagerar los paroxismos ; 
en la plenitud de las Ovaciones los cobres son 
rojos ; las Flautas, amarillas, modulan la ingenui- 
dad al asombrarse del resplandor de los labios; 
7 sordina de la Tierra j de las Carnes, síntesis 
simple de los únicos instrumentos simples, los ór- 
ganos completamente n^ros lloran ...» < ^ ^ 

Es dudoso que este párrafo (que puede servir 
de ejemplo de los extraordinarios galimatías que 
cometen los decadentes) nos convenza de lo que 
trata de demostrar; pero es indudable, en cam- 
bio, que de él, como de todo el Traite du Yerbe, 
fluye la idea de que la poesía debe hablar á 
nuestro sensorio y no á nuestro cerebro. Debe 
hacerse música agradable al oído, música que pro- 
voque el ensueño, música que arrobe el alma. Es 
lo que dice Yerlaine: 

« De U mniiqae avant tonto choae, 
Et pour cela, préftre Plmpair 
Pías Tague et pla> aoloble dana Tair 
Sana rien en loi qni péae on qvi pote. > 

No es de extrañar, pues, que persiguiendo este 

(1) Salvador Roeda» el simpático estilista espafiol, qne tiene ra 
miga de deeadente, pablieó baee algún tiempo un artfenlOi pretendiendo 
demostrar en él qne las palabras tienen jmso. 



LOS MODERNISUS 61 



solo propósito, se haya llegado á afirmar que laa 
roces del idioma no deben emplearse en el verso 
por su significado corriente 6 etimoldgicOi sino 
por su sonido onomatopéyico y por su color, por 
su ritmo Y por sus gestos. En esta hiperestesia 
musical, los decadentes llevan á su período álgido 
la estética de Banville, haciendo de sus estrofas 
veidaderas zarabandas dignas de acompañar las 
danzas sagradas de Haití, con sus sonidos primi- 
tivos de tam-tam 7 sus modulaciones nasales 
de kinores hebraicos. Los insirumentistas j los 
wagnerianos (que así se denominan éstos, para 
diferenciarse de los romanistas, delicuescentes y 
progresistas que dan la supremacía á la línea, al 
color 6 al tema excepcional), logran por tal modo 
componer estrofas que son un hacinamiento de 
palabras sin sentido 7 sin relación las unas con las 
otras. 

Otro rasgo distintivo de la tendencia decadente 
es lo excepcional. Sus cultores, — ese enjambre 
de rubias abejas que zumba en la cumbre del He- 
licona para libar el néctar de las flores de Apolo, 
— buscan en el alma contemporánea todo lo que 
ella puede encerrar de extraño, raro, sutil, abs- 
truso 7 anormal. Los sentimientos 7 pasiones, las 
ideas 7 principios comunes 7 vulgares, no marcha- 
rían de perfecto acuerdo con esa estética extrava- 
gante 7 agudísima. La forma aérea, musical, llena 



62 VÍCTOR PÉREZ PBTIT 

de irisaciones, cuajada de obscuridades, no puede 
expresar sino estados de alma complejos, abstru- 
sos, desordenados. Y de ahí que toda esa litera- 
tura resulte, á veces, incomprensible 6 incoherente, 
vibrante 7 simbólica. «Habéis dotado el cielo 
del arte — dice un autor francés — de no sabemos 
qué luz macabra; habéis creado un estremecimiento 
j un espasmo nuevos. > Hay algo de eso, en ver- 
dad; pero lo cierto es que casi todas esas cosas 
raras nos resultan ininteligibles 7 que nuestro pen- 
samiento queda extraviado en ese laberinto de 
versos libres, amorfos j musicales. 

¡El verso libre! Francis Vielé - Griffin, Gus- 
tave Kahn j el conde Robert de Montesquiou 
Fezensac nos han dado numerosos ejemplos de los 
efectos musicales que obtienen al utilizarlo. Por- 
que los decadentes, si bien no desdeñan < la rima 
rica» de los románticos (todos esos consonantes 
sonoros que titilan colgados al extremo del verso 
como las cadenillas de oro de las esclavas cir- 
casianas), j no olvidan del todo «la consonante 
de apoyo» que da más harmonía á la estrofa, 
han hecho todo lo posible por desterrar las viejas 
reglas métricas, descoyuntando los hemistiquios 
vértebra por vértebra y deshaciendo todos los 
acentos prosódicos que marcaban el compás en 
los augustos alejandrinos clásicos. La frase aérea, 
lírica, diluida, que expresa sentimientos sutiles é 



LOS MODERNISTAS 63 



indefinibles, encuentra así un molde adecuado, y 
se extiende fluida 7 ligera como un vapor de in- 
cienso sobre la calma infinita de una tarde otoñal. 
Y nada importa entonces que el círculo de hie* 
rro de la medida j el ritmo pretendan contener 
los desbordes del pensamiento: éste levanta el 
vuelo como un poderoso alción de las tormentas 
7 sigue el rumbo caprichoso á que le arrastre el 
batir de sus alas. Entonces vemos un heptasílabo 
apareado á un alejandrino 7 un verso nonasí- 
labo seguido de otro de dieciocho 6 veinte 
sílabas. Pero sobre toda esa selva desigual, en 
la que los arbustos se encaraman á los altos tron- 
cos seculares, divaga una extraña cadencia que 
alimenta la idea de poesía : es la másica anhelada 
por estos poetas. 

Finalmente, haremos notar que la metáfora, — 
que tan grande parte tiene en la lírica de los ro- 
mánticos, — es apenas empleada en los versos 
decadentes. Las imágenes no surgen en éstos por 
términos de comparación, sino por el sonido pro- 
pio de las palabras, por su color ó por sus com- 
binaciones rítmicas. No tienen, pues, razón los 
críticos que encuentran una relación directa entre 
esta literatura 7 la de la sociedad preciosa del siglo 
XVII. Es indudable que existe un abismo entre 
estos poetas 7 Voiture, por ejemplo. Nada tienen 
de común unas imágenes con las otras. Las prC" 



6i yfCTOB TÉMEZ PETIT 

doBOs ridiculas de Moliere quedan haciendo an- 
tesalas ante los justadores del decadentismo, c Por 
favor, — dice Cathos á Mascarilla eo la satírica 
comedia de Moliércí — no seáis inexorable con 
este silkSn que os tiende los brazos hace un cuarto 
de hora; acceded al deseo que tiene de abraza- 
ros. » Esto es pueril 7 trivial. Esto, que sintetiza 
la ridicula ezageradón de una literatura efímerai 
es ingenuo como uq pensamiento iofantíL Los 
decadentes no emplean tales recursos. Los tn»- 
trumeniistas do crean imágenes siao por la vir- 
tualidad prapia de las palabras. 

c Tm hénats qnl ■onnaitnt aox horisoni, 
Tes étoBdardf qui llottaient aux horisont, 
Et ton debont dant Pire obaenre 
Et tea fiuiaax dam ma nuit obaeore. 



Et tontea mea minutea m foole 

Et tontei mea penaéea en houle, 

Et lea eheTaux cabréi de mei rouloin 

Éperonnéa des folies de ta glolre 

Aa lit pierreux da fleuTe mort roolaient boira. » 

— dice Gustave Kahn en Les Palais Nómades. — 
Y Yielé-Griffin, cantando la dulzura otoñal que 
arrastra las hojas de los árboles por los caminos, 
dice en estos versos, que darán al mismo tiempo 
una idea de lo que son los 7a mencionados ver^ 
sos libres: 

c— Elles ítiient, il lea nlanee 
Jnaqu'á ee qa'ellea tombe&t laaaea, 



LOS MODERNISTAS 65 



Alora il passe et rit — 

Qoe rien n'est triste, iei| 

SiDon, aa loin, sar I'aatre cdte, 

MoDotone comme un aonnant la inéme Bote, 

Le heurt dea haches brandi tout un Jour 

Peaant et sourd. > 



Er decadentismo cs^ pues^ la reacción inevita- 
ble contra el genio del naturalismo que imperó 
en Francia, y la conclusión obligada de la evolu- 
ción seguida por la lírica desde Víctor Hugo á 
nuestros días. Todas las reformas á la métrica, de 
este genial poeta^ el pesimismo de Baudelaire, 
las orgías coloristas de Gautier, la impasibilidad 
de Leconte de Lisle^ los juegos malabares de Ban- 
ville, la ortografía de Heredia y la musicalidad 
de Verlaine, vinieron en tropel á engendrar un^ 
era de decadencia. Y entonces surgieron los coló- ^ 
ristcts, los wagnerianos, los instrumentistasy los 
delicuescentes, los romanos y los progresistas, — 
toda esa falange de poetas extraordinarios, verda- 
deros cultores de lo exótico y de lo raro, soña- 
dores excéntricos que pasean sus sueños por el 
reino de la Quimera, platicando con los faunos y 
grifos, persiguiendo los gnomos y gorgonas, res- 
pirando el aroma de flores envenenadas, acari- 
ciando monstruos fabulosos como raanticoros y ca- 
toblepas, oyendo harmonías de instrumentos á la 
distancia y embelesándose con las bacantes que 
cruzan desenfrenadas al través de los bosques cen- 



66 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tenarios 6 desmayando de ventura ante las pálidas 
nereidas que rondan por los lagos azules del jar- 
dín délas Hespérides; — toda esa turbamulta de 
< los nuevos »^ borrachos de sensaciones refinadas 
j agudísimas, sedientos de claridades j rumores, 
espíritus hipnotizados por el genio de las pala- 
bras, por sus modulaciones arcanas y sublimes, 
por sus colores tenues y desmayados ; que viven 
en una vibración continua, cual si fueran crista- 
les sutilísimos de baccarat heridos por una varita 
mágica de plata; almas enfermas que contemplan 
arrobados la ternura de Nerón besando la veste 
de su madre asesinada, la compasión de Xerxes 
lamentándose de la fragilidad de la vida humana, 
el pundonor de Palnatoke — el terrible corsario 
danés del siglo x — cantado en una tragedia de 
CEhlenschloeger, la sublime locura de Ornar incen- 
diando la biblioteca de Alejandría, que encerraba 
toda la historia y la ciencia de la antigüedad, y 
la mansedumbre de César Borgia inclinándose al 
capricho de Lucrecia por su hermano el duque 
Valentino; hilarantes visionarios, taciturnos .pro- 
fetas, enharinados Píerrots que discurren al tra- 
vés de los mundos siderales empapando su frente 
en el rocío de los soles, ó sepultándose en las 
tenebrosidades de la Germania legendaria, donde 
aún palpita la tremenda venganza de Crimilda y 
donde los enanos de luenga barba blanca y bas- 



LOS MODERNISTAS 67 



tenes nudosos balbucean esas palabras incompren- 
sibles que presiden á los destinos del hombre, 
bajo las sombras de las grandes encinas y á ori- 
llas del Rhin sombrío y taciturno. 

Cada uno de estos poetas es original, ánico, y 
permanece aislado en medio á sus compañeros. 
No haj escuela literaria propiamente dicha, sino 
manifestaciones particulares. No pertenecen á 
iglesia determinada, y cada uno oficia en el altar 
propio de su capricho personal, incensando la di- 
vinidad y derramando en su loor perfumes y un- 
güentos arrobadores. La frase de Wagner : « no 
imitéis á nadie, y menos á mí, » es la consigna 
de estos poetas independientes. Y por ello cada 
uno sigue el sendero de sus naturales inclinaciones, 
aunque todos estén de acuerdo en los principios 
generales. Espíritus abrasados por llamas celestes, 
por amores frenéticos, por lascivias infernales, por 
dolores dulcísimos, por recuerdos legendarios, por 
filosofías olvidadas en los negros panteones de 
las civilizaciones desaparecidas, no viven la vida 
que nosotros vivimos, y ora resultan contemporá- 
neos de los bárbaros que cruzaban en rápidos cor- 
celes las planicies del Asia Menor, ora visten la 
tánica de armiño de los Áedas atenienses, ya ofi- 
cian á la par de los sacerdotes sálicos, ya filosofan 
en un tenebroso rincón de Alejandría, al lado 
del viejo Ptolomeo Evergetes, ora, en fin, se arro- 



68 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

jan á lo8 mundos saturnianos, á las Alfas del Cen- 
taurO; á lo infinito, á lo desconocido, para deleitarse 
con el concierto de ios soles que oían Pitágoras 
y Timeo de Loores. 

No debemos confundir, sin embargo, á los de- 
cadentes — cuyos principales rasgos acabamos de 
señalar — con Iob simbolistas. Algunos críticos, al 
estudiar los poetas modernos de Francia, envuel- 
ven en una misma censura á unos j otros, cuando, 
bien considerados, tanto difieren, que mientras 
aquéllos se nos antojan unos neuróticos, éstos 
son perfectamente equilibrados. Trataremos de bos- 
quejar rápidamente su doctrina para evidenciarlo. 

Desde luego, conviene advertir que no es lo 
mismo poesía simbólica que poesía simbolista. 
Aquélla fué realizada en las obras monumenta- 
les de la literatura sánscrita, en la llíadá, en La 
Divina Comedia^ etc.; ésta sólo ha sido reali- 
zada por los poetas nuevos Henri de Régnier, 
Verhaeren, Vielé - Griffin, Samaín, Stuart -Merrill, 
Moeterlinek, Quillard, etc. — Las obras simbóli- 
cas son representaciones figuradas de lo abstracto ; 
es decir, que utilizando el símbolo y la alegoría, 
le dan forma sensible á una idea abstracta pre- 
concebida ; — mientras que las obras simbolistas^ 
equilibrando el pensamiento filosófico á la forma 
plástica, no materializan la idea, sino que desen- 
trafian los caracteres místicos 7 humanos de la 



LOS MODERNISTAS 69 



naturaleza, simplificándolos, para hacer un símbolo 
del símbolo. En las obras simbólicas hay dos elemen- 
tos que se subsiguen, j, para desentrañar uno de 
ellos, hay que analixar el otro. En las obras sim- 
bolistas esos elementos son simultáneos, concomi- 
tantes, j no se pueden separar : provocan la sín- 
tesis. En las obras simbólicas, la idea genera la 
forma emblemática ; por el contrario, en las sim- 
bolistas^ la forma es la que nos sugiere la idea 
abstracta. 

La poesía simbolista, pues, no describe nada, 
no estudia al individuo, no representa las cosas, 
en tanto que realidades. La observación, de los 
parnasianos, y la psicología, de los románticos, son 
sustituidas por el idealismo más puro, y nuestros 
sueños, las representaciones de nuestro «yo», 
son todo su propósito. El poeta simbolista per- 
cibe una imagen que le sugiere una idea abstracta, 
y al representar aquélla, la vela para transfor- 
marla en símbolo y ocultar su «yo». De ahí 
que este género de poesía sea inaccesible al 
vulgo y que su obscuridad sea el regocijo de 
los verdaderos artistas y la desesperación de los 
burgueses. « Me contrariaría, — dice Hallarme, — 
que mis versos fueran comprendidos por más de 
veinte personas. » 

Los simbolistas han empezado por plantearse 
este problema : ¿ cómo se puede expresar un es- 



70 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tado psíquico determinado, 6, lo que viene á ser 
lo mismo, cómo llevar al ánimo del lector las 
sensaciones y sentimientos de nuestro yo? Y 
contestan: preparándole progresivamente; envol- 
viéndole poco á poco, 7 sin que dicho lector se 
dé cueota de ello, en medias tintas, en una es- 
pecie de ueblina quQ haga el efecto de medio am- 
biente; sosteniendo la nota hasta que se imponga 
al cerebro de los oyentes, y haciendo brotar, en 
fin, de esas líneas y sonidos confusos al princi- 
pio, más claros luego, la figura y la nota que re- 
producen fielmente la propia nota y figura conce- 
bidas por el autor. La colocación de las palabras en 
la oración, la medida precisa de los adjetivos, las 
sinalefas y diéresis, el mismo acento prosódico y 
el propio del verso, la eufonía de las palabras, 
todo esto tiene su importancia ; y bien manejado 
puede dar al lector la sensación misma que ex- 
perimenta el poeta. 

Es claro que la primera impresión que causa 
el procedimiento de los simbolistas es desagra- 
dable y chocante. No sabemos con quién habla- 
mos y hasta llegamos á creer que se trata de un 
loco. Pero, lentamente, esa excentricidad nos llama 
la atención, nos hace sonreír con benevolencia; 
después, tomamos interés y examinamos despacio 
el trabajo ; poco á poco y paso á paso descubri- 
mos los hilos y dibujos de esa especie de kamousa 



\ 



LOS MODERNISTAS 71 



poética; el mérito y la conciencia de la labor 
se nos imponen, y no sonreímos ya ; — entretanto, 
la persistencia de aquella música, verdadero leimO' 
tiv, cuyo origen no acabamos de penetrar, y de 
aquellos colores que vemos no sabemos cuándo ni 
dónde, forman en torno nuestro una atmósfera 
especial, un ambiente de ensueño, á la manera 
del que da el opio á sus fumadores ; el contorno, 
el perñl, la silueta, se precisan y empiezan á dan- 
zar en el claroscuro tejido por el poeta, y, por 
último, penetramos de lleno en el alma de nuestro 
autor: reímos con su risa, lloramos con sus lágrimas, 
vemos los mismos colores que él y sentimos los 
perfumes que él siente. 

Stéphane Mallarmé, el más grande de los sim- 
bolistas, resume así toda la teoría : < Nombrar 
un objeto es suprimir las tres cuartas partes del 
placer que se experimenta adivinando un poema 
poco á poco; sugerirlo, he ahí el ideal. El uso 
perfecto de este misterio es lo que constituye el 
símbolo ; evocar por partes un objeto para mos- 
trar un estado de alma, ó, á la inversa, escoger 
un objeto y desprender de él un estado de alma 
por medio de una serie de soluciones. » 

Esta poesía, verdadera antítesis de la de los 
parnasianos, reviste la forma de ensueño, y tiene 
todos los refinamientos y exquisiteces de las sen- 
saciones más vaporosas é inmateriales. Las pala- 



72 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

bras pierden su forma^ su rigidez, su estricta y 
descarnada representación del pensamiento; j como 
si una extraña luz las iluminara por dentro, esfu- 
man sus contornos, toman morbideces y relieves 
fugitivos, destellan matices y resplandores, para 
tejer, sobre un fondo impalpable, apocalípticas ale- 
gorías, brumas emblemáticas, maravillosos borda- 
dos de espejismo que parecen diluirse en movibles 
volutas de humo, 6 para representar al través 
de nieblas blanquecinas, reverberaciones de pie- 
dras preciosas ocultas en terreno» lacustres y re- 
flejos de astro, extraviados sobre las aguas de los 
estanques. 

Ved un ejemplo de esta poesía simbolista: 

« Parmi l'étang d'or sombre 
£t les nénaphara blanca, 
Un Tol passant de héroni lenta 
Laisse tomber des ombres. 



Elles a'ouvrent et se ferment sur l'eau 
Tontea grandes, comme des mantés ; 
£t le passage des oiseaux, \h - hant, 
S'indéfinise, ailes ramantes. 



Un péeheur grave et théorique 

Tend rers elles son filet c!air, 

Ne Toyant pas qu'elles battent dans l'air 

lies larges ailes chiméiiqaes, 

Ni que ce qu'il guette, lejour, la nuit, 
Poar le serrer en des mailles d'ennui, 
Bn bas, dans les Tases, au fond d'un trou, 
Passe dans la lumi^, insaislbsable et fou. » 



LOS MODERNISTAS 73 



El símbolo de estos hermosos versos de Yerhae- 
ren está bien claro : cualquiera de nosotros es ese 
pescador grave que arroja su anzuelo al fango de 
la vida, sobre el cual reverbera un miraje encan- 
tador, creyendo lograr el amor 6 la fortuna. Tam- 
bién es claro el símbolo de estos otros sentidos 
versos de Samain : 

« Remonte, lent rameur, le cours de tes années, 
£t, leí yeux cIob, suspenda ta rame par endroits... 
La brise qui s'élére aux jardins d'autrefuis 
Courbe suaTement les ftmes inclinées. 

Cherche en ton c<snr, loin des grand'rontes caldaées, 
L'enclos plein d'herbe épaisse et yerte oü sont les creix. 
Econtes - y l'air triste oü reyiennent les toíX| 
Et baise au coeur tes petites mortes fiuiées. 

Songe á tels jeux poignants dans la faite da jour. 
Les henres, que tencha l'ongle d'or de l'amour, 
A jamáis sous l'archet chantent mélodieuses. 

Lapidaire secret des soirs quotidiens, 

Taille tes souvenirs en pierres précienseSi 

Et íais - en pour tes doigts des bijoux anciens. » 

Pero el símbolo es ya más obscuro en los pre- 
cursores, en los maestros, en los primeros simbo- 
listas. Leed este soneto salvaje de Trístan Cor- 
biére, cuya fúnebre idea nos llegará al corazón : 

« Anmóne en malandrín en chasse ! 

Manyáis ceil á l'oeil assasrin ! 

Fer eontre fer au spadassin ! 

— Mon ame n'est pas en état de gr&ce ! — 



74 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Je 8uis le fou de Pampelune, 

J'ai peur du rire de la Lune 

Ca&rde avec son crépe noir... 

Horreur I tout est done sous un éteignoir. 

J'entends comme un bruit de crécelle. . . 

C'est la male heure qui m'appelle. 

Dana le crenx des nuits tombe un glas... deux glaa. 

J'ai compté plus de quatorze heures... 

L'heure est une larme. — Tu pleures, 

Mon coeur! . . . Chante encor, ya ! — Ne compte paa. » 



Y ved, en fin, este otro de Mallarmé: 



< Qaand Tombre mena^a de la fatale loi 

Tel vieux Rere, désir et mal de mes vertebres, j 

Affligé de périrsous les plafonds fúnebres J 

II a ployé son aile indubitable en mol. 



\ 



Lnxe, ó salle d'ébéne oíi, pour séduire un rol, 
Se tordent dans leur mort des guirlandes célebres, 
Vous n'étes qu'un orgueil mentí par les ténébres 
Aux yeux du solitaire ébloui de sa foi. 

Oui, je sais qu'au lointain de ceite nuit, la Terre 

Jette d'un grand éclat Tinsolite mystére 

Pour les siócles hldeux qui Tobscurcissent moins. 

L'espace á soi pareil quMl s'accroisse ou se nie 
Boule dans cet ennui des feux vils pour témoins 
Que s'est d'un astre en féte allumé le génie. » 

¿Necesito, ahora, escudriñar el cielo del arte 
para revelar esos astros rutilantes que en la gran 
nebulosa simbolista se llaman Adolphe Retté, 
Mauricio Moeterlinck, Stuart - Merrill, Ilenri de 



1 






LOS MODERNISTAS 75 



Régnier, Vielé-Griffin, Verhaeren, Samain, Qui- 
llard, Herold, etc., etc.? ¿Necesito describiros los 
resplandores de esos soles del decadentismo que 
se llaman Paul Verlaine, Arthur Bimbaud, Geor- 
ges Bodembacb, Jean Moréas, Jules Laforgue, 
Gustave Kabn, Rene Ghil, Louis Le Cardonel, 
Saint - Pol - Roux^ Ivanboé Rambosson, Mathias 
Morhardt, el conde Robert de Montesquiou Fe- 
zensac, Maurice du Plessys, Edouard Dubus, Char- 
les Vignier, Ernest Jaubert, Claude Céhel, Louis 
Dumur, Fernand Mazade, Jean Court, Albert Jhou- 
ney, la Tailhéde, Signoret, Labor, Redonnel, Vé- 
rola,, Ténib, Ibels, etc., etc.? 

Adolphe Retté, el autor de Cloches en la nuit, 
divaga en torno al Walhala como un fabuloso 
sonámbulo, y sepultado entre las espesas nieblas 
del Norte tiene todas las salvajes é indescifrables 
harmonías de un wagneriano exaltado, refinando 
sus voluptuosidades y sus dolores con arpegios 
metálicos, de bronce, y con sangrías acústicas 
que empañan aún más sus nublados ojos de vi- 
sionario germánico. — Mauricio Moeterlinck, el 
loco divino, el creador de seres extraños y de- 
monomaníacos, que reside en agrestes regiones y 
escucha voces trágicas en el gran silencio de las 
noches plañideras, ve alzarse los fantasmas de la 
princesa Maleína, de Aglavaine y Sélysette, de 
Pelléas y Mélisande, y de AUadine y Palomides 



76 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

entre las sombras de esos dramas dolorosos, cuaja- 
dos de balbuceos pueriles, salpicados de sangre 
infantilmente, atravesados por lascivias litái^icas, 
vestidos de miedos incomprensibles y que en me- 
dio de sus síntesis y abstracciones soberbias 
resultan reales á fuerza de irrealidad. — Stuart- 
Merrill, el arpista enamorado de las notas sagradas 
que arranca á su instrumento de oro y que se 
estremece de placer, como la piel de una pan- 
tera en el celo, ante la sola vibración de las 
palabras y el fuego de las rimas, se yergue como 
un Lobengrín vestido de sol para celebrar las 
harmonías de su Eisa musical: 

« En casques de cristal acur, les baladines 
Dont les pas mesures aux eotdes de kinnors 
Tiotent sous les tissus de tulle roidis d'ors, 
Exulten! de leurs yenx pales de paladines. 

Toisons fiiuves sur leurs lévres ineamadines, 
Bras lourds de bracelets barbares, en easors 
Tentants vera la lueur lunaire des décors, 
EUes murmuient en malveillantes sourdines : 

Nous sommes, ó nioriels, danseuses du Désir, 
Salom^'s dont les corps tordus par le plaisir 
Leurrent tos heurs d'amour vera nos perven arcanes. 

Prostemez - vous avec dea hosannas, ees soin ! 
Car, surgissant dans des aurores d'encensoira, 
Sur nos cymbales nous feront tonner vos cránes. » 

— Francis Vielé - Griffin, el poeta religioso y 
reposado, que tiene la visión de las imágenes 



LOB MODERNISTAS 77 



hieráticas y serenas, que experimenta el encanto 
de toda la flora terrenal j de toda la flora del en- 
sueño, siente cruzar por su alma el espasmo que 
divaga sobre los misterios de la selva y sobre 
el orgullo de la mar, — las dos creaciones más 
grandiosas de toda su obra de poeta. — Emile 
Verbaeren, que lleva en sus venas la sangre lu- 
minosa de Víctor Hugo, parece un alucinado di- 
vino, perseguido por las flechas doradas de Apolo; 
y son alucinaciones sus poemas, y son alucina- 
ciones sus rimas, y hasta lo son los títulos de sus 
versos, Les campagnes halludnées. — Albert Sa- 
main es un desterrado de la escuela parnasiana, 
dulce, melancólico, enfermizo, que vierte sus nos- 
talgias en ricos vasos etruscos y combina tonos 
intermedios en fabulosos mosaicos para decirnos 
las aventuras de su alma, — de esa 

c infante en robe de parado 

Dont Pexil se refléte, éternel et royal, 

Aax grande miroirs deserta d'un Tieil Escnrial, 

Ainsi.qa'one galére oubliée en la rade. » 

— Fierre Quillard, alma encendida por el pa- 
ganismo, navega sobre una galera cargada de opu- 
lentos esclavos hacia los archipiélagos de púrpura 
del mundo heleno, donde apura las delicias car- 
nales; y después de haber visto marchitarse los 
días como rosas breves, parte, en pos de otras 
fantasmagorías, para lejanos países. — A. Ferdi- 



78 vfCJTOR TÉREZ PETIT 

nand Herold, viviendo en las leyendas olvidadas 
y en las historias remotas, vislumbra entre nim- 
bos ambarinos y claridades de gemas, las Da- 
mas de Lys y las Reinas rubias, Anfélize, Ma- 
rozie 6 Aélis, subyugando nuestro corazón con sa 
poesía dulce y suave, con su poesía perfumada y 
pura. — Tristán Corbi^re, el marino bretón que 
dialoga con las cóleras del Océano y se embriaga 
con las auras salinas, desliza en sus versos, en 
frases cortadas y bruscas, risas y lloros, burlas y 
quejas, asustándonos con las contradicciones de 
su alma y conmoviéndonos con sus chispazos de 
genio. 

De Paul Verlaine y de Arthur Rimbaud, — los 
dos amigos que cortaron en Bruselas su amistad 
con un pistoletazo, — no tengo por qué repetir lo 
que puede leerse en otras páginas de este libro. 
Pero sí os hablaré de ese encantador poeta de 
Les Vies endoses. Georges Rodenbach es triste, 
dulce, sutil; adora los medios tonos y gusta de 
describir estados de alma leves y fugitivos; la 
naturaleza desfila ante sus ojos como un miraje del 
desierto ; la vida pasa sobre su corazón como la 
sombra de una bandada de golondrinas, dejándole 
nostalgias invencibles y ensueños de sufrimiento. 



cAh ! qu'on ne parle pas trop haut prés de leurs yeux 
Oü les doux enfants morts sommeillent panui Panse 
Que leur foDt ees yeux froids ombrés de dls Boyeux.. 



LOS MODERNISTAS 79 



Y en otra parte aún : 

«Puis le malade mire au miroir saos mémoire 
, — Le miroir que concentre un momeo t ton eau noire — 
Bes mains qu'il roit sombrer comme un couple jumeau ; 
O vorace foDtaine, obstinée et maigrie, 
Oíi le malade sent ees mains, daña quel recul ! 
Couple blanc qui B'enfonce et de plus en plus nul 
Jusqu'á ce que l'eau du miroir se soit tarie. » 

— Jean Moréas es un griego de la decaden- 
cia, un adorador de los mármoles de Scopas^ que 
al cruzar bajo los vidríales de los templos deca- 
dentes, lleva aún, en sus pupilas, la blancura de 
la Afrodita^ y en sus oídos, la vibración sensual 
de la lira de Catulo; j como una teoría de si- 
renas jónicas, sus versos revuelan perezosamente 
sobre la gloria inflamada de un sol que agoniza en 
occidente. — Jules Laforgue es el ironista deli- 
cado ante la pequenez del hombre, lo irremediable 
del destino y la insuficiencia de las cosas, que 
va cantando sus trovas con la muerte que lleva 
en el corazón . y las hondas tristezas que llueven 
sobre su alma. — Gustavo Kahn, extraviado en 
un oasis del Sahara, ve alzarse sobre las lejanías 
de las arenas una ciudad ideal, esos palacios nó- 
mades que refulgen sobre el cielo como una vi- 
sión de esperanza hasta que el aliento abrasador 
de los vientos nublos los derrumba implacable- 
mente ante los ojos atónitos. — Saint - Pol - Roux, 
el poeta filósofo mitad panteísta y mitad místico, 



80 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

creador del arte magnífico 7 sonoroso^ cruza la 
selva de la imaginación cantando como un leña- 
dor divino BUS esplendorosos cantares, semejantes 
á seculares encinas que alimentaran sus raíces en 
las verdades de la madre naturaleza y refrescaran 
sus ramas soberanas con las brisas fantásticas 
que ruedan al pie de las estrellas. — Louis Le 
Cardonel, en su gloria mística, vislumbra clámides 
de oro y estolas recamadas de plata y pedrerías, 
que arrastran su conciencia taciturna á la soledad 
imponente de los templos. — Ivanhoé Rambosson, 
en sus versos musicales, parece un gran lago mis- 
terioso turbado por los vientos del espanto y de 
la fiebre. — Rene Ghil emplea las palabras del 
idioma en experiencias de daltonismo. — André 
Ibels intitula sus versos Chansons colorees. — 
Montesquiou Fezensac hace juegos malabares co¿ 
los sustantivos, trazando versos como éstos : 

€ Aurone, pergulaire, ananas, amalgames ; 
Bigarade, kus-kus, neroli, touroesol. 
OriganB, orviétans, orpimento, orcanétes ; 
Miroane, axongue, alcoolats, spermaceti ; 
Macilagea, glycérolés et savonettea, 
Vin de lys, lai¿ de ro&e, étalé, bu, sentí. » 

¡He aquí á lo que ha venido á parar aquella 
poesía centellante de los viejos románticos, aquella 
aurora que resplandeció sobre el patíbulo de Ché- 
nier cuando el divino Apolo, con un presentimiento, 



LOS MODEBNI8TA8 81 



golpeó SU frente exclamando: c siento que aquí 
había algo»! ¡He aquí á lo que se ve reducida 
la lírica francesa después de haber escalado los 
Himalayas del pensamiento! ¡He aquí los últimos 
resplandores de aquel sol que escaló el cénit 
guiado por el inmortal creador de La Légende des 
Siécles! 

La última etapa de la lírica francesa no es 
más que la consecuencia de las anteriores. Más 
aún: el escritor italiano Enrique Panzacchi, autor 
de un trabajo sobre Los Decadentes^ hace notar 
que en muchos versos de Víctor Hugo el deca- 
dentismo se encuentra en germen, c . . . . especial- 
mente, — dice el autor de I miei racconti, — en 
las Canciones de las calles y los bosques, 6 yo 
mucho me equivoco^ 6 la vegetación viciosa y es- 
trambótica empieza ya á trepar visiblemente en 
torno de los árboles majestuosos de la floresta 
hugoniana. > — Leconte de Lisie les presta su acento 
épico y su impasibilidad; su amor á lo exótico y 
á lo raro ; Teófilo Gautier les enseña la magia del 
estilo y el arco -iris del idioma; Baudelaire les 
da su satanismo, sus rebeldías, sus extraordina- 
rias flores del mal; Banville les dicta las reglas 
estéticas y les revela el secreto de las rimas; y 
de todos ellos tomando algo y exagerándolo, los 
decadentes forman su credo. Y de este maridaje, 
precisamente, resulta también la confusión en que 

6 



82 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

han ÍDCurrido algunos críticos al pretender buscar 
el antecesor de los nuevos poetas en Leconte de 
Lisie, ó en Banville, 6 en Baudelaire. 

No, mil veces no. No es un poeta solo el que 
ha inspirado á estos modernísimos : es toda la ge- 
neración de Apolos fenecida, es la escuela román- 
tica, en una palabra. 

Pero el decadentismo es un momento en el arte. 
Su sol declina también al horizonte. Los últimos 
arpegios agonizan en las distancias. Después de 
Verlaine no ha surgido otro Pauvre Lélian; des- 
pués de Hallarme no se ha escrito otro poema como 
L'aprés-midi d'un faune. ¿Por qué ensañarse, 
entonces, contra esa enardecida afrodita que, si 
tuvo un alma enferma, en cambio lució las más 
luminosas formas que acaso se hayan admirado 
en el último cuarto del siglo xix? ¿No podría- 
mos repetir á los hirsutos profesores y á los des- 
piadados clínicos que se enconan contra el deca- 
dentismo, lo que el poeta latino escribió sobre la 
tumba de la joven Camila: «¡Oh tierral ¡No 
peses sobre ella; ha pesado ella tan poco sobre 
til»? 



GERHAET HAÜPTMANN 



Un día Gerhart Hauptrnann, muerto de tedio 
como su Johannes Bockerat, el protagonista de 
Almas solitarias, por no tener una persona con 
quien discutir sus ideas^ abandonó las selváticas 
y misteriosas orillas del Rhin y fué á llamar á la 
puerta del palacio de Paul Leroy - Beaulieu cons- 
truido sobre una margen del Sena en el radiante 
país del Sol. Venía pobremente vestido, los pies 
encerrados dentro de unos gruesos zapatones cu- 
biertos de polvo, y la cabeza casi oculta en un 
gorro de pieles raído y mugriento. 

— ¿Quién llama? — dijo el rico señor del esplén- 
dido palacio, casi malhumorado y displicente. 

— Abrid, señor, — contestó el cansado viajero. 
— Vengo de muy lejos, del país de las almas ne- 



84 VÍCTOR PÉREZ PETrr 

bulosas 7 solitarias; de la región de los grandes 
filósofos, á buscar un poco de sol 7 un poco de 
alegría en la morada del sabio economista. Me 
llamo Gerhart Hauptmann. 

Entonces Mr. Paul Lero7-Beaulieu corrió el 
cerrojo 7 dejó entrar al ptflido viajero vestido de 
harapos. El poderoso señor de aquel palacio se 
hallaba ese día de mu7 buen humor 7 no tenía, 
por desgracia, con quién echar un párrafo. Así, 
pues, el triste viajero veníale como de perlas. 

— Entrad, entrad, 7 sed bien venido. Os sacu- 
diréis el polvo del camino, os refrescaréis el ros- 
tro con agua clara 7 tomaremos juntos un bocado, 
una friolera. Pasad, pasad sin temor, mi buen hom- 
bre. 

Y Gerhart Hauptmann se encontró, de pronto, 
como en un sueño de las Mil y una fioches, su- 
biendo aquellas amplias 7 monumentales escale- 
ras de blanco mármol, sobre cu7as losas radiantes 
se reproducía su mísera silueta. 

— Pasad, pasad, mi buen hombre. . . . 

El piso, las paredes, el techo artesonado, todo, 
todo era lujosísimo 7 soberbio. Parecía aquél el 
templo de la Fortuna. Mullidos tapices orientales 
cubrían el suelo de las habitaciones ; extrañas se- 
derías 7 magníficas pinturas llenaban las altas pa- 
redes; objetos de arte valiosísimos se encontraban 
por doquier. 



LOS M0DEBNIBTÁ8 85 



— Pasad, pasad, mi baen hombre. . . . 

Las claras lanas de Venecia, de anchos biseles 
en sns bordes, le miraban sonriendo; algnnas es- 
tatuas de bronce, verdaderas maravillas artísticas, 
parecían preguntarse, con gestos severos, quién 
era aquel extraño ; algunos jarrones japoneses, de 
inestimable valor, se apretaban el abultado vien- 
tre con ambos brazos, riéndose á carcajadas. 

Pero Mr. Leroy-Beaulieu sonreía bondadosa- 
mente á su visitante: 

— Pasad, pasad, mi buen hombre .... 



Limpio ya, refrescado el rostro, más sereno el 
espíritu, Gerhart Hauptmann se sentó al lado de 
su huésped en un sofá del estudio. Había allí, 
en aquella habitación de un lujo severo, centena- 
res de libros ricamente encuadernados, reverbe- 
rando el oro de sus rótulos. 

— ¿Hay algunos libros, eh? — exclamó Mr. Le- 
roy-Beaulieu, siguiendo la dirección délas mira- 
das de su visitante y sonriéndole amablemente. 

— Sí, muchos hay, — contestó Hauptmann. 

Y luego, sacando de su bolsillo un manuscrito 
fregoteado, grueso y de caracteres negros y bo- 
rrosos, agregó: 

— En cuanto á mí, no tengo más que esto. 

— ¿Y qué es eso, señor Hauptmann? 



86 yíCTOB PÉREZ PETIT 

— ¿Esto? Esto son Los Tejedores. 

— ¡Oh! ;Los Tejedores! — exclamó Mr. Paul 
Leroy-BeaulieUy así que se hubo repuesto de su 
desagradable sorpresa. — ¡Los Tejedores! 

Gerhart Hauptmann le miró un instante sin des- 
plegar los labios. Después, dijo á su vez: 

— Los Tejedores, sí. ¿ Conocéis mi trabajo, ver- 
dad ? Pues bien : ya que le conocéis, discutamos. 
Vos representaréis al rico Dreissiger, al patrón; 
yo haré de Baecker, el mísero, el expoliado obrero. 
Ya lo veis: es un duelo á muerte el que os 
propongo. No he venido aquí para otra cosa. . . 
Los dos no cabemos en el mundo: 70 me muero 
de hambre; os he dado toda la sangre de mis 
venas para que disfrutéis del lujo y de las co- 
modidades que os rodean; vos me echáis á la 
calle, Á la miseria, después de haberme quebrado 
el espinazo frente á vuestros telares. ¿Acep- 
táis? 

— Sea, — contestó Mr. Leroy - Beaulieu, viendo 
que toda evasiva era inútil. 

Y ambos luchadores se contemplaron un ins- 
tante silenciosamente, midiendo sus respectivas 
fuerzas, prontos á destrozarse al primer encuentro. 

Gerhart Hauptmann fué el primero en acome- 



LOS MODEBNIBTAS 87 



ter. Nervioso, fino, vibrante, su primer golpe fué 
un terrible mazazo digno de la Edad Media. Su 
voz, á medida que avanza en la lectura del ma- 
nuscrito, tiene sordas resonancias de caverna. Su 
gesto es airado, un poco canallesco, bastante ofen- 
sivo. 

Está leyendo las primeras páginas de su terrible 
drama, y hace resaltar el contraste que hay entre el 
patrón y el obrero: aquél, corpulento, satisfecho, 
severo, autoritario, lleno de importancia y de 
desprecio por los seres humildes que trabajan en 
su fábrica ; éste, mísero, enflaquecido por el ham- 
bre y las privaciones, vestido con harapos, ba- 
jando humildemente la vista ante el amo y lle- 
vando en el rostro « una preocupación incesante 
é infructuosa». Es día de paga en la casa de Dreis- 
siger, y todos los tejedores, hombres, mujeres y 
niños, vienen á cobrar sus míseros haberes frente 
á la rejilla de Pfeifer. Y toda una larga suce- 
sión de miserias y de horrores empieza á des- 
arrollarse ante los ojos del obrero Baecker, — el 
futuro vengador, el gran revolucionario. 

« Nexjmann (pagando dinero). Quedan treinta 
y dos sueldos y dos centesimos. 

€ Tejedora (tomando el dinero con mano 
temblorosa). Gracias. 

« Neumann (viendo que la mujer no se va).^\Y 
bien ! ¿ No se va Vd. ? 



88 VÍCTOR PÉBEZ PETIT 

€ Tejedora (conmovida^ suplicante). Anticí- 
peme un pago de algunos centesimos. [ Tengo hoy 
tanta necesidad! 

€ Neumann. Yo tendría necesidad de an pago 
de centenares de escudos. ¡Si bastara tener ne- 
cesidad ! > 

Y siguen desfilando los obreros suplicantes^ 
pidiendo un mísero anticipo para acallar el ham- 
bre; mientras los amos^ impertérritos, los echan 
á la calle poco menos que á latigazos. 

€ Heiber (coloca su pieza sobre el bancOf mien- 
tras Pfeifer la examina. Heiber se le aproxitna y 
le habla á media vox, calurosa y persuasivamente). 
Tenga la bondad, señor Pfeifer; htfgame la caridad, 
— no se ofenda .... si me pudiera dejar el á 
cuenta hasta otra vez . . . 

€ Pfeifer (sardónicamente, continúa midiendo 
la tela con el compás y observándola con el lente). 
¡No faltaría otra cosa! ¿Se le ha hecho humo el 
anticipo, eh? 

€ Heiber (en el mismo tono). Estaría mejor 
hasta fin de esta otra semana ; he tenido que tra- 
bajar dos días en la calle, y para colmo he te- 
nido á la vieja enferma .... 

€ Pfeifer (pasando la pieza al pesador). \ Otra 
porquería! (Examinando ya otra pieza). ¡Vea 
Vd. qué géneros: unos largos, otros estrechos! 
¿Quién ha tupido la trama, quién la ha estirado 



LOS MODERNISTAS 89 



como con un peine? ¡Y lo menos setenta hilos por 
pulgada! ¿Dónde está la honorabilidad? Se puede 
engordar así ciertamente .... 

« Heib£R (reprhne las lágrimas, y queda hu- 
millado y desconsolado). 

€ Tejedora (que se había alejado entretanto 
algunos pasos de la mesa del cajero y que miraba 
alrededor con ojos extraviados buscando ayuda, 
sin moverse, se da ánimos y se vuelve nueva- 
mente al cajero, suplicando). No puedo, no puedo 
adelantar así ... . no sé cómo levantar cabeza .... 
si hoy no me da un adelanto . . . . ¡ Ay, Jesús ! 
¡ Jesús I 

€ Pfeifer (volviéndose á la tejedora, le grita). 
¡Dejadme en paz con vuestra jesuseríal Por lo 
común, no sois tan devotos. Haríais mejor en pe- 
garos á vuestro hombre, que no hace otra cosa 
que estarse en la hostería desde la mañana hasta 
la noche. No podemos dar anticipos. Nosotros 
tenemos que rendir cuentas. No es éste nuestro 
dinero. El principal lo cobra de nosotros. Quien 
es laborioso y conoce su oñcio y hace su trabajo 
con el santo temor de Dios, no tiene necesidad ja- 
más de anticipos. ¡ Y basta, ahora! > 

Implacables, cerrado el corazón á las miserias 
que cruzan ante su vista, sin dolerse de aquellos 
desventurados que no tienen un pedazo de pan 
para llevar á la boca, ni un trozo de leña con 



90 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

que dar fuego á la estufa para desentumecer sus 
miembros ateridos de frfo, los amos siguen arro- 
jando sus obreros á la calle, á lo desconocido, á 
la miseria. Y entretanto ellos viven felices j 
contentos en medio del lujo y las comodidades 
que se procuran á costa del sufrimiento de sus 
obreros. Pero esta situación no puede continuar 
así indefinidamente; hay que romper esas cade- 
nas odiosas ; hay que reivindicar los derechos del 
humilde trabajador; hay que obligar al patrón á 
pagar lo justo y razonable y negarle ese derecho 
que se ha atribuido á sí mismo para vencer y 
doblegar á los pobres. ¿Y quién es el que tal 
empresa acometerá ? ¿ Quién ? Él, el obrero libre, 
el obrero valiente, el obrero fuerte. Sí, él mismo 
es el que debe luchar por la reconquista de sus 
derechos ; él mismo tiene que hacerse valer ante 
el amo. Uniéndose, ayudándose los unos á los 
otros, sacrificando el interés individual al colectivo, 
es como se podrá contrarrestar la fuerza del po- 
deroso, del patrón. Y Baecker es el símbolo de 
esta unión, la fuerza omnipotente que irá á pe- 
dir cuenta de sus exacciones y robos al capita- 
lista ensoberbecido y triunfante. 

¡Qué escena terrible y conmovedora la que se 
desarrolla entonces entre el poderoso Dreissiger 
y el mísero Baeckerl La voz de Gerhart Haupt- 
mann sube entonces el diapasón y se hace aguda 



LOB MODEBNISTAS 91 



como un relámpago fulgurante y se toma sorda 
como un trueno vengador. El obrero habla por 
fin, 7 sus dolores^ sus penurias^ sus privacioneSi 
brotan como río de encendida lava para ir á 
ahogar al amo prepotente. Éste se yergue altivo; 
por sus ojos ha cruzado un rayo de ira ; sus labios 
se han contraído con una mueca de venganza. Es 
la primera vez que un miserable siervo se atreve á 
desconocer su autoridad 7 ie dice aquellas pala- 
bras terribles. Él sabrá castigar tamaña osadía ; 7^ 
volviéndose á sus dependientes, les dice: 

« Dreissigee. Para este hombre, no tenemos 
nosotros ni un céntimo de trabajo. 

« Baeckeb. ¡ Oh| si reviento de hambre frente 
al telar 6 en una fosa, todo me es igual I 

€ Dbelssioeb. ¡ Fuera, fuera en seguida ! 

€ Baeckeb (resuelto). Antes quiero mi paga. 

€ Dbeissigeb (arranca de las manos del cajero 
él dinero y lo arroja sobre la mesa^ de manera 
que algunos sueldos van á rodar por tierra). 
\ Aquí está I ¡ Y ahora, fuera I 

« Baeckeb. Primero quiero tener mi paga. 

« Dbeissigeb. Ahí está vuestra paga, 7 si ahora 
no 08 mandáis mudar en seguida .... casual- 
mente es medio día .... los tintoreros dejan al 
momento su trabajo 7 . . . . 

€ Baeckeb. La paga se me debe dar en la 
mano; la quiero aquí (se toca la palma de la 
mano). 



92 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

€ Dbeissiger (d la aprendixa) . Becogedla^ Pílg- 
ner. 

€ La Aprendiza (recoge Uzs monedas y las da 
á BaeckerJ. 

€ Baecker. Me gusta el orden en todo. (Ooloca 
el dinero en una bolsa vieja sÍ7i apresurarse,) 

€ Dbeissiger. ¡Y bien! (viendo que Baecker 
no se va). ¿Tendré que ayudarle?» 

Baecker sale entonces. ¿Está^ pues, vencido? 
N0| no está vencido. Ahora empieza la lucha. Las 
hostilidades han sido rotas, y ya se verá quién 
vence á quién .... 



Mr. Paul Leroy-Beaulieu, ante el rudo ataque 
de su contrincante, queda firme, sin retroceder 
un paso. Su frente se ha ensombrecido un poco, 
solamente ; pero su voz no es menos altiva ni su 
gesto menos airado al formular la réplica. 

— Bien, bien. He comprendido. Los obreros se 
quejan del patrón y le hacen la guerra por cuestio- 
nes pecuniarias. Baecker es despedido por su inso- 
lencia y va ahora á dirigir la huelga contra la casa 
de Peterswaldau. Comprendido, comprendido. Su 
tesis de Vd. en Los Tejedores es que las huelga» 
obreras se producirán mientras el capital no soco- 
rra á los trabajadores según sus necesidades. Vd.^ 
pues, las justifica. 



LOS MODERNISTAS 93 



— Sí, — contesta nerviosamente Hauptmann. 

— Pues bien: yo voy á enseñarle á Vd. todos 
los males que traen aparejados las huelgas á los 
Estados, á los patrones y á los mismos obreros. 
Hablaré con toda imparcialidad. Oiga Vd. 

Y después de sonreir maliciosamente á una es- 
pléndida estatua de bronce, — un amorcillo pica- 
resco que le miraba frente á frente, amenazán- 
dole con un dedo, — dijo: 

€ — El derecho de huelga puede ser útil para 
hacer respetar al obrero por los empresarios poco 
escrupulosos é inhumanos ; pero no se debe recu- 
rrir á él sino en la última necesidad. > 

— Creo que es el caso de Los Tejedores — 

interrumpe Hauptmann. 

— Sí, es ése el caso, y Vd. lo ha escogido á pro- 
pósito. Pero su Dreissiger es un tipo de excep- 
ción, y en general las huelgas se producen injus- 
tamente. Yd. ha querido hacemos creer que todas 
las huelgas son legítimas porque todos los empre- 
sarios y capitalistas son unos Dreissiger. Esto es 
lo falso de su obra. Pero, no me interrumpa. 

Hizo una pausa, y luego continuó con gesto doc- 
toral : 

€ —Las huelgas traen un enorme desperdicio de 
capital; generalmente las pérdidas sufridas por 
las asociaciones de obreros no son compensadas 
por las ventajas mismas de la victoria. Suponga- 



94 VÍOTOR PÉBBZ PBTIT 

moa que una huelga dure un mes: es una pér- 
dida para el obrero de más de un 8 7o de su 
salario anual ; si se obtiene al fin de ese mes de 
huelga un aumento de un 5 ^o de salario, no es 
sino al cabo de diecinueve meses que el obrero, 
por el aumento de su remuneración, habrá ganado 
lo que perdió en el mes de su descanso volun- 
tario. — Las huelgas, impidiendo á los industría- 
les hacer frente á sus compromisos ó tomar pe- 
didos nuevos, aprovechan á menudo á las industrias 
concurrentes, aun á las industrias extranjeras. 
Ciertas industrias han emigrado por causa de las 
huelgas : la de la construcción de navios ha aban- 
donado así á Londres; la ebanistería parisiense 
ha sido conmovida por la misma cansa, con gran 
provecho para la ebanistería alemana y austríaca. 
De que el obrero tenga el derecho de huelga, no 
resulta que deba usarlo frecuentemente ; hay mu- 
chos derechos que, por su propio interés, el hom- 
bre avisado y equitativo debe dejar dormir. > 

— ¡Hum! — hace Hauptmann, como hombre á 
quien no asustan tales argumentos y disponiéndose 
á dar otro golpe. — Pero, ¿qué me dice Vd. de la 
miseria en que viven los obreros, frente al lujo es- 
candaloso que gastan los industriales? Compare Yd., 
compare Yd. la morada Dreissiger que describo en 
el acto cuarto de mi obra, con la humilde estancia 
del tejedor Hilse que presento en el quinto .... 



LOS MODERNISTAS d5 



— ¡Oh, el lujo I — exclama Mr. Leroy-Beaulieu, 
eomo hombre que conoce bien el asunto ; — ¡ cuán- 
tos estúpidos prejuicios contra el lujo! Pero ¡si 
el lujo es uno de los principales agentes del pro- 
greso humano! La humanidad — ja lo he dicho 
antes de ahora— « debe estarle reconocida por casi 
todo lo que hoj decora y embellece la vida, por 
una gran parte de las mejoras que hacen más sana 
la existencia ! El lujo es el padre de las artes. Ni 
la escultura, ni la pintura, ni la música, ni sus 
similares populares el grabado, la litografía, ha- 
brían podido desarrollarse en una sociedad que 
hubiera declarado la guerra al lujo. » Sí, señor ; 
esto es innegable, como es innegable aquella otra 
aseveración también mía : « T^a cuestión del lujo 
no es otra cosa que una faz de una cuestión más 
vasta: la de la desigualdad de las condiciones. 
Está probado que la igualdad de las condiciones 
detendría todo progreso en una sociedad 7 la haría 
retroceder gradualmente hasta la somnolencia inte- 
lectual 7 las privaciones materiales de las eda- 
des primitivas. » Pero no es menester detenerse en 
estas filosofías ; vamonos á la práctica, si le place. 
¿A quién aprovecha el lujo? ¿Cree Vd. que sólo á los 
Dreissiger ? No, amigo mío. También aprovecha á 
los obreros, 7 más aún, si cabe. Pongtimos por caso 
que se dé un gran baile en una casa rica. Advierto á 
Yd. que este ejemplo lo presenta un ilustrado eco- 



06 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

nomista francés, Mr. Gide. Conque. ... se da un 
gran baile, ¿no es eso? Pues vamos á verlas conse- 
cuencias. Empecemos por el duefio de casa. ¿Qué 
debe hacer ? Primero : preparar los salones ; 7 he 
aquf que una nube de tapiceros, pintores, mueble- 
ros, gasistas, etc., etc., viene á arreglarle todo lo 
que él no puede hacer personalmente. Son otros 
tantos obreros que cobran su salario con motivo del 
baile. Segundo; hay que poner el buffet; y los 
confiteros, y con ellos sus dependientes, entran 
en juego, como asimismo los obreros del café, 
de la bodega, los conductores, los hombres para 
servir al páblico, etc. Nueva gente que gana 
dinero con aquel motivo. Tercero: la familia 
tiene que vestirse ; 7 he ahí que modistas 7 sas- 
tres, con toda su legión de costureras 7 cortado- 
res, se ponen en movimiento 7 trabajan. Agre- 
gúese que casi todos los invitados deben recurrir 
á sus sastres, zapateros, tenderos, peluqueros, ¡ qué 
sé 70!, para presentarse debidamente al dicho 
baile. Conque .... ¡ va7a Yd. sumando toda la 
gente que trabaja 7 cobra salario por culpa de la 
bendita fiesta ! Y esto, sin contar luego á los co- 
cheros que conducen á los invitados; sin contar las 
propinas 7 mil otras futilezas que, seguramente, no 
aprovechan al rico, sino al pobre. Y bien: ¿quién 
ha creado todo esto? ¿quién hace vivir á los 
pobres? El lujo. No ha7 vuelta que darle .... 



L08 MODEBNIBTAS 97 



Se interrumpid un instante^ cambió de postura 
en su asiento, y luego prosiguió : 

— Amigo mío, si los ricos necesitan de los po« 
bres para su mejor comodidad, también es cierto que 
éstos necesitan de aquéllos para vivir. Y entre 
la comodidad y la imprescindible necesidad de vi- 
vir, hay aún alguna diferencia .... me parece ! — 
Oiga Vd. ¿Qué quieren los obreros? ¿Qué exigen 
sus Tejedores 9 Ya lo ve Vd. : obtener un bienes- 
tar como el de Dreissiger, y esto es imposible .... 

— ¡ Ah I . . . . — hizo Gerhart Hauptmann. 

— No, no es una concesión la que le hago. No es 
tampoco que restrinja el alcance de mis ideas. Digo 
que Baecker no puede disfrutar de los bienes de 
Dreissiger, porque ambos están en situaciones 
muy distintas. Uno es el capitalista; el otro el 
obrero. Pero, ¿quién expone más capital en la 
realización de su empresa? ¿Dreissiger que se 
arriesga á .perder su fortuna, ó Baecker que no 
expone más que su trabajo diario ? Las ganancias 
deben estar en razón directa del capital empleado, 
y Vd. no querrá sostener que el obrero Baecker 
cobre igual que el capitalista Dreissiger, poniendo 
aquél menos que éste. Por eso, mi buen hombre, 
el único personaje de Los Te¡edores que no es, 
como los demás, un incoherente y un fanático, 
sino el tipo del sentido común, es ese viejo Hílse 
del último acto .... 



98 VÍCrOB FÉBEZ PETIT 

— ¿Hilse? ¿De veras? — dijo con ironía Ge- 
rhart Hauptmann poniéndose en pie y mirando 
á sa enemigo. — ^¿Conqne os parece que he tra- 
zado la figura de ese pobre viejo para que en 
Los Tejedores figurara también el sentido común ? 
¡Oh! Pero ¿Yd. no ha comprendido el papel que 
desempefia ese personaje en mi obra? Él es la 
rutina, el sopórtalo todo^ el gran resignadoi la 
eterna víctima. Él es el gran vencidoi — el ven- 
cido de antemano, porque no sabe luchar, — el 
esclavo de su propia debilidad é insignificancia, 
el gran ignorante que desconoce sus obligaciones 
y sus deberes. Por eso, le oirá Yd. exclamar en 
el último momento: cMi Padre celeste me ha 
destinado á esto que soy, y aquí quedaré y haré 
mi obligación, así la nieve se prenda fuego.» 
¿Lo oye Yd., señor economista acomodaticio, 
filósofo feliz del optimismo? Ese viejo Hilse, 
cuyo fatalismo be puesto bien de relieve, es, pre- 
cisamente, el más sólido argumento de mi obra 
contra el estado actual de las cosas, c ¡Me quedaré 
aquí, así la nieve se prenda fuegoil» ¡Hermosa 
filosofía, dioses inmortales I Según ella, todo está 
arreglado por adelantado; todo lo que acontece 
ha sido así dispuesto anteriormente por la ley 
eterna y absoluta: el hombre nada podría hacer 
por evitar ó torcer lo que debe efectuarse nece- 
sariamente de esta ó aquella manera.... Hay 



LOS MODERNISTAS 99 



I. 



qne someterse, hay que resignarse .... De modo 
que yo ó Vd. caemos enfermos y no llamamos 
al médico ni tratamos de tomar medicamentos, 
porque ya está escrito lo que ha de sucedemos 
forzosamente : si nuestro destino es morir, en vano 
es toda la ciencia del médico y toda la virtud 
de los remedios ; si, por el contrario, nuestro des- 
tino es salvarnos, nos salvaremos sin remedios ni 
médicos, y aunque éstos se empeñaran en matamos. 
¿Qué tal con el fatalismo? ¿Es absurdo ó no? 
Pues bien : ésa y no otra es la filosofía que se 
gasta el viejo Hilse. Y ya veis el castigo que le 
depara la Providencia: apenas acaba de pronunciar 
aquellas palabras, y va á sentarse frente á su telar 
para proseguir su tarea de esclavo, suena afuera, 
en la calle, una descarga de fusilería : son los 
soldados que hacen fuego á los huelguistas. ¿ Y á 
quién hieren las balas? ¿A los motineros? No sé, 
no nos importa averiguarlo; pero lo que vemos, 
lo palpable, es que una bala perdida viene á dar 
sobre el pecho del viejo Hilse y le arroja muerto 
sobre su patíbulo — el telar. — Ahora, haga Vd. 
todas las consideraciones que quiera sobre este 
hecho. 

El pálido viajero alza cada vez más la voz. 
Su gesto se haee imponente. Su frente de pensa- 
dor parece iluminarse con un destello de gloria 
tardía .... 



100 TÍCIOB PÍBEZ FBTIT 

— ¿Cuál ea entonces el deber de la javentud ? 
— profiigue. ¿No debe iluminar i los pobres de 
espirita? ¿No debe servir de báculo ala vejez? 
¿No debe salvar á los débiles? La juventad es 
la inteligencia, la fnerza y la verdad; ella,pi]ea, 
simbolizada en Baumer^ Baecker y Jaeger, cb la 
qne ha de triunfar y á ella hay que s^air. Bi 
el viejo Hilse es el sentido común, — este sentido 
es una antigualla casi siempre falsa, — la juven- 
tud de aquellos tres personajes es el buen sentido; 
y entre éste y aquél no cabe eacogitación. ¿ Estar 
moa? 

— Bien, bien, mi bnen hombre, — replica Mr. Le- 
roy-Beauliea míraudo al solitario del Bhin; — 
pero BU socialismo de Vd. no deja por eso de ser 
malo y peligroso. Mis aigumentos no han BÍdo 
vencidos ni replicados. El lujo es aecesario, y no 
sdlo es necesario, sino útil para el mismo obrero. 
La desigualdad de las fortunas es una ley econó- 
mica que da estabilidad á los Estados, y 

— Sí, y con tal que unos vivan felices, que los 
otros Be mueran de hambre .... 

— Elsa es otra ley, amigo mío : la ley de « la 
lucha por la existencias, — una ley natural, ine- 
ludible .... 

alvaje, querrá Vd. decir, sefior mío; 
de dentarse cuando la humanidad 
individuos, dejando de ser bestias. 



LOS MODERNISTAS 101 



86 transformen en ¿.éi-.iút^ent^'r }>aeno8 j 
libres .... --• 

Dicho lo cual^ 8é'dhigió.íi¿6iú.*'lir*.poéc^'T> ^ 
mirar una vez más al potentado señor del magní- 
fico palacio construido sobre una margen del Sena^ 
salió con ademán triunfante^ apretando bajo su 
brazo el precioso manuscrito de gruesos caracteres 
negros y borrosos. 

Gerhart Hauptmánn dejaba el país del Sol para 
volverse á su patria selvática y brumosa; 



II 



Pero el espíritu inmenso del creador de La 
Asunción de Hannele Mattern no puede alentar 
en medio de aquella atmósfera de biblioteca que 
le rodea en su tierra natal Su alma libre y apasio- 
nada sueña con otros horizontes donde la luz me- 
ridiana no se vea embozada por las brumas de la 
filosofía hegeliana. Su pensamiento cosmopolita y 
viril aspira á la lucha sin tregua^ á la difusión 
redentora^ á la conquista de las regiones ignotas. 
Y su arte^ de un realismo neto infiltrado por co- 
rrientes azoadas de simbolismo ultra, reniega de 
aquella impasible serenidad del arte griego, de que 
nos habla Winckelmann. 



102 YÍCTOB PÉREZ PETIT 

Muy^lQ&tOi etye9rf>tQéíobario pensador de las 
selváticas y misteriosas orillan, del Rhin volvió á 
sentir/^l: lísímiñ^ortil: .q¿«m alma^ 7 la nostalgia 
de otra alma gemela le llenó de zozobras^ de dudas 
y de melancolías. Su mirada se dirigió hacia to- 
dos los pantos cardinales, bnscando un ser con 
quien platicar 7 discutir. Á la manera del doctor 
Johannes Bockerat, él, Gerhart Haupimann, no 
puede vivir sin una Ana Mahr. Y, sábitamentei 
un gran gesto amistoso, algo así como la sombra 
del aletazo caudal de un tfguila que vuela hacia el 
Sol, detuvo su errabunda mirada. El profundo 
pensador de Skien le hacía sefias. 

El autor de Los Tyedores no vaciló un minuto. 
Cogió su saco de viaje, cubrió su cabeza con el go- 
rro de pieles, puso bajo su brazo izquierdo el enor- 
me paraguas de algodón, 7 emprendió la marcha. 
Algunos días después, sudoroso 7 cubierto de pol- 
vo, se detuvo frente á la modesta morada de Ibsen. 

— ¿Está en casa el constructor Solness? — pre- 
guntó á la vieja 7 enjuta criada que salió á abrirle 
la puerta. 

—Pase Vd. 

El € alma solitaria » del Rhin, el errante viajerO; 
penetró en el despacho del Maestro. 



— ¿Johannes Bockerat? — le preguntó el hom- 



LOB MODEBNIBTAS 103 



bre de la cara de oso polar, sin devolverle el sa- 
ludo. 

— Sí 7 no. Yo no soy ahora un hombre, sino un 
espíritu 6 una idea, como Vd. quiera. Hace mu- 
cho tiempo que he muerto ahogado en el lago 
que existe en mi jardín. Me suicidé por una mu- 
jer. 

Su interlocutor le miró eon mirada helada. Por 
entre sus labios entreabiertos se deslizaron, fur- 
tivas, algunas palabras : 

— También yo he muerto por una mujer. Caí 
desde lo alto de mi torre. 

— Somos, pues, dos espíritus: así nos enten- 
deremos mejor. 

— Sí, nos entenderemos mejor. Cuénteme Vd. 
8U historia. 

Entonces el solitario viajero empezó así : 

— Yo era doctor. Vivía en Friedrichshagen 
con mi vieja madre y mi esposa Catalina. Estas 
dos mujeres son creyentes ; yo no lo era. Tampoco 
era creyente el amigo Braun. Mi pensamiento, 
anhelante de verdades, se remontó más de una 
vez á la región de las ideas absolutas, y allí sola- 
mente fué donde vivió libre y feliz. Odié la tierra, 
las imbéciles costumbres sociales, las leyes absur- 
das de los pueblos y, sobre todo, la necedad é 
ignorancia de los burgueses. La alegría de los 
hombres me ha hecho mucho dafio : no he com- 



104 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

prendido jamás cómo podían reir esos hijos del 
dolor engendrados tan sólo para sufrir. En cuanto 
i las mujeres, nunca me movieron á lástima, por- 
que son perversas : viven como los vampiros, chu- 
pando la sangre de los hombres. 

El constructor Solness hizo una mueca, y ex- 
presó todo su pensamiento con una sola frase : 

— Es su venganza. 

— Ya sé, ya sé que Vd. dice — replicó el viajero 
del Rhin — que las mujeres tienen derechos, y que 
el hombre se los ha desconocido hasta ahora. 
Pero, ¿ es que éste mismo tiene derechos ? 

— No es una razón. 

— Pero es una justiñcación ; y, en todo caso, 
esa supremacía del hombre es una resultante del 
derecho del más fuerte. 

— ¿Vd. cree que yo lie sido más fuerte que 
Hilde? ¿ Vd: cree que la madre de esta muchacha, 
aquella Ellida de La dama del mar, era menos 
fuerte que su marido?. ¿Vd. cree que Rosmer y 
Hialmar son más fuertes que Rebeca y Gina? 
¿ Vd. cree que Torvaldo y Osvaldo son superiores 
á Nora y Mme. Alving ? ¿ Vd. cree eso ? 

El hombre de la cara de oso polar, saliendo de 
su apatía, se había puesto terrible. Su voz vibraba 
como latigazos de fuego. Sus ojos arrojaban lla- 
mas. Pero, súbitamente se calmó, y reclinándose 
en su sofá, dijo : 



LOS MODERNISTAS 105 



— Prosiga' SU historia. 

— Mí historia es la historia del pensamiento 
humano: buscar las alturas^ ascender un momento 
7 luego caer desesperanzado para que le huelle é 
insulte la planta de los tontos 7 zafíos. 

Hizo un gesto de cólera el gran vencido, y pro- 
siguió : 

— Ya dije á Vd. que no amaba á los hombres 
ni á las mujeres, y si se agrega ahora que no creía 
en Dios, que era ateo, se comprenderá fácilmente 
cómo es que me hallaba solo en medio del hormi- 
guero mundanal, cómo es que me veía perdido 
en medio de mis dudas y de mis pensamientos. 
Sólo era feliz cuando, seducido por la idea de que 
la vida intangible es la única realidad, me olvi- 
daba de todo lo terreno, hasta de mí mismo, y 
platicaba plácidamente con el Supremo Pensa- 
miento. Así, pues, respetando, como la respetaba, 
á mi vieja madre, y queriendo, como la queria, á 
mi mujer, que era una deliciosa criatura, me en- 
contraba solo, abandonado, sin un ser que me 
entendiera. Cuanto más próximos estaban sus 
cuerpos á mi cuerpo, tanto más lejos estaba mi 
alma de sus almas. Yo era, en una palabra, un 
alma solitaria. 

Un día entró á mi casa una estudiante rusa, 
y desde ese momento supremo concebí la Feli- 
cidad. Ana Mahr era una joven inteligente y 



106 VÍOrOB PÉBEZ PBTIT 

sola: ¿entiende Vd.? Es decifi que no tenía quién 
la comprendienii que no tenía un alma gemela; 
era lo que jo era, en fin. Su alma solitaria era 
hermana de la mía. Nos vimos y nos adivinamos. 
Desde ese instante nonos podíamos separar jamás. 
Nuestras aspiraciones eran^ también^ comunes. 
Suspirábamos por la libertad absoluta del indi- 
viduo 7 queríamos trozar esas cadenas sociales 
que aprisionan el ser humano á todo lo que éste 
odia^ precisamente. Y hablando^ hablando siem* 
pre con aquella mujer que entendía — ¿lo oye 
Yd.2 ¡me entendía! — mi pensamientOi buscando 
conjuntamente el significado de la vida y la ley 
eterna que gobierna todas las acciones humanas^ 
llegamos á unirnos de un modo tan estrecho^ 
que parecíamos marido y mujer. 

— ¡Hilde! — suspiró el constructor Solness, si- 
guiendo el vuelo de sus recuerdos. 

— Entretanto — prosiguió el errante viajero — 
la Desgracia velaba cerca de nosotros. ¡ Está es- 
crito que el hombre no ha de alcanzar jamás la 
Suprema Felicidad! Apenas mi alma^ unida al 
alma de Ana^ olvidaba su soledad y recreábase 
con la más luminosa fiesta de la inteligenoiai mi 
propia familia se alzd contra mí. ¡ Mi mujer tuvo 
celos de Ana Mahr! 

— ¡Hilde! — volvió á suspirar el viejo cons- 
tructor. 



LOB MODERNISTAS - 107 



Hubo entonces una gran pausa^ 7 en medio de 
aquel religioso silencioi el grandioso noruego 7 el 
sublime alemán se confesaron la gran desventura 
de sus almas solitarias. Hilde Wangel 7 Ana 
Mahr eran la encamación de la libertad, de la 
individualidad de aquellos dos grandes soñadores 
Halvard Solness 7 Johannes Bockerat ¡Y am- 
bos habían caído vencidos sin alcanzar la pose- 
sión plena de la risueña esperanza ! ¡ Ambos ha- 
bían sufrido todas las miserias de la vida^ los 
rencores de los amigos 7 los celos de la familia, 
por pretender perseguir la propia individualidad ! 

£1 triste viajero del Rhin fué el primero en 
romper el silencio. 

— ¡Qué lucha atroz, Dios mío, laque hube de 
sostener entonces para que mi familia 7 mis ami- 
gos no me robaran mi propio pensamiento. — ¡Ana 
Mahr! Porque ha de saber Vd. que hasta mi 
amigo Braun, inducido por mi madre 7 Catalina, 
me hizo una guerra despiadada. 

— ¡ El doctor Herdal I — murmuró el constructor 
Solness. 

•— Todos querían robarme á mi ventura. Y sin 
embargo — ¡lo juro solemnemente! — 70 7 Ana no 
oramos adúlteros. Yo no falté jamás á mi mujer. 
Nuestras relaciones eran puras; nos amábamos 
eon un amor intelectual, con el amor de las almas 
solitarias .... Buscábamos la dicha en la libre 



106 VÍOTOB PÉBES PEirr 

nanifeBtacitSn de oueatro pensamiento; j, jñ lo 
he dicho, Ana Mabr, para mí, no era una mujer : 
era mí yo, mi personalidad, mi idea, mi libertad! 

— iHildel 

— Aquella lucha eapantoaa no podía prolongarse 
por mÍB tiempa Todos sufríamos horriblemente. 
Pero, ¿(xJmo terminarla? ¡Ahí [lo de siempre! 
]La int«Iigenoia pisoteada por la ignorancia ! [La 
idea nueva y redentora, la libertad, sometida á las 
rancias costumbres preestablecidas, á la esctavi- 
tudt j Yo no era libre; yo no me pertenecía; 70 era 
de mi mujer ! ] Ana robaba á Catalina ; yo, mi yo, 
no estaba esclavizado i los derechos de mi mujer, 
debiendo estarlo! ¡Mi pensamiento no era mío: 
debía ser de Catalina! ¿8e concibe este absurdo? 
jYo debía besar la cadena que me bacía esclavo 
y maldecir el pensamiento que me hacía libre ! . . . 

— ¡Hildel 



— Se ha hablado de adulterio ideológico — con- 
tinuó el viajero del Rhin, después de una nueva 
pausa, — y se ha dicho que aunque mis relaciones 
con Ana eran puras, cometíamos pecado ; por eso 
lloraba y sufría mi mujer, j Imbéciles! No com- 
prenden que Aua no era una mujer, ni siquiera 
^rsona : era yo mismo, mi yo, mi peusa- 
. Y si es cierto que 70 tengo deberes para 



LOS HODERNISTAB 109 



con los otros, no es menos cierto qae los tengo 
para conmigo mismo. Yo cometo (adulterio ideólo* 
gico sin necesidad de que venga á mi casa una 
Ana Mabr; yo puedo enamorarme de una Idea, 
de una de esas mujeres encantadoras del Pensa« 
miento, nacidas de la soledad del alma, en un 
obscuro rincón del cerebro. Yo puedo tener secre- 
tos intelectuales que ignoren todos los demás j 
rendirle mi culto, mi pasidn .... Y, sin embargo, 
esto no levantaría resistencias, porque no se 
ve ... . ¡Ira de Dios! Pero, ¿es que yo veía en 
Ana á la mujer ? ¡ Ella no tenía sexo : era mi 
Ideal 

— ¡Hilde! ¡Hildel — susurró Solness. — ¿Tenía 
sexo Hilde ? ¿ Yo la besé de pequeña, como ella 
dijo? 

Y mientras el hombre de la cara de oso polar 
seguía el vuelo de sus recuerdos, el triste viajero 
del Rhin continuó su historia : 

— Mi mujer Catalina no era mala, no. Era una 
niña burguesa. ¿Queréis una prueba? Hela aquí. 
Ana va á partir, porque se ha tocado su corazón. 
Sabe que su presencia es la que llena de llanto los 
ojos de mi mujer, y de dolor el alma de mi madre. 
Pero, antes de partir, quiere nuestros retratos. 
¡Oh, qué escena espantosa ! ¡Qué lucha de pasio- 
nes ! ¡Qué amor en el odio ; qué rencor en la gene- 
rosidad I ¡ Parece mentira todo el mundo de pensa- 



lio VÍCTOR PÉBEZ FBTIT 

mientes 7 de ideas qae se crazan dos mujeres en 
oaatro 6 cinco frases! 

c Ana. ¿Quieres darme tu retrato? 

€ Catalina. Con mucho gusto. (Se pane á bus- 
carlo en un cajón del escritorio.) Pero, es muj 
antiguo .... 

€ Ana f golpeando con un dedo, ligeramente, la 
nv4XL de Catalina, y con conmiseración ).—'iQ,né 
pobre cuellecito tienes ! 

€ Catalina (siempre buscando, vuelve un poco 
el rostro, y con melancólica ironía). — i No tiene 
que sostener una gran inteligenciai Ana I ( Tiende 
una fotografía á Ana :) Aquí está. 

€ Ana. i Muy bonito I ¡ mu j bonito ! ¿ No tendrías 
alguno de tu marido? ¿Sí? 

€ Catalina. No sé. 

c Ana. Busca, busca, mi querida Catalina.... 
¿Tienes uno, verdad? 

€ Catalina. He aquí uno. (Le entrega un re* 
trato.) 

c Ana. ¿Es para mí? 

€ Catalina. Sí, Ana; guárdalo. (Ana guarda 
vivamente la fotografía en su bolsillo ). » 

— Así, pues, — continuó el interlocutor del viejo 
noruego, — mi mujer no era mala; comprendía 
su pequenez, su debilidad, pero quería conser" 
varme .... 



LOB MODERNISTAS 111 



— Así era Alina Solness, mi majer, — interrum- 
pid el gran constanictor. — Cuando ella creyó que 
Hilde había cons^uido de mí que no subiría á mi 
torre para colgar la corona, — es decir que^ por cotí" 
servarme, aceptaba la influencia que la mujer rival 
podía tener sobre mí^— le dio efusivamente las gra- 
cias^ agregando esta confesión de su pobre cora- 
zoncito sangrante: cYo no hubiera logrado ja- 
más retenerlo. » — ¡Oh Hilde^ Hilde ! 

— Sí^ nuestras historias son una misma — con- 
testó el errante viajero del Rhin^ — salvo el pro- 
blema de hipnosis que entraña la suya. Pero la 
mía es más humana : la de Vd. es más simbólica. 

— ¡No importa, no importa! ¿Ana abandona, 
al fin, su hogar, no es cierto? Y Vd., que no 
puede vivir sin ella, sin su pensamiento, se suicida 
arrojándose al lago que existe en su jardín, ¿ver- 
dad ? Pues yo lo mismo, amigo mío. Yo me he 
suicidado para ser libre. Yo subí á la torre para 
suicidarme, sabiendo que no había de resistir al 
vértigo: siempre había sufrido del vértigo. Los 
dos hemos muerto por una mujer. 

— ¿No hay, entonces, salvación para nosotros. 
Maestro ? 

— ¿Salvación? — repitió el grandioso noruego, 
bajando la cabeza y cayendo en profundo ensueño. 
— ¡ Oh, sí ! — exclamó de pronto, mirando con 
aire de soberbio triunfo á su interlocutor ; — ¡oh. 



112 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

8Í I — I todavía tenemos salvadón I | Devolvamos á 
la mujer los derechos que nosotros, los hombres, le 
hemos desconocido; 7 entonces seremos más libres I 



Cuando Gerhart Hauptmann volvió á las selvá- 
ticas 7 misteriosas orillas del Rhin^ en el país de 
las brumas filosóficas^ su alma estaba más triste 
que las Almas Solitarias 7 por sus labios rodaban 
las estrofas del c Juicio Universal» que canta- 
ban los tejedores debajo de las ventanas del fa- 
bricante Dreissiger. 



GABRIEL D'ANNÜNZIO 



Así como el filósofo SimdnideB nunca acertó á 
«lar á Híerón ana definición de Dios, así nadie lo- 
grará definir la esencia de la poesía del iluminado 
autor de Poema Paradisiaco. Hay cosas que se 
sienten muy hondamente, que esclarecen el espí- 
ritu con tibias claridades de luna, que vierten á 
nuestro alrededor perfumes sutiles y embriagado- 
res, que resbalan blandamente por nuestros oídos 
<M>n la misteriosa cadencia de las músicas lejanas; 
pero que no son dables de expresar en idioma al- 
guno con exactitud y que no logramos definir por 
más que ejercitemos en profundo análisis toda 
nuestra atención. La poesía de Gabriel D'Annun- 
zio tiene una música especial, un color extraño, un 
perfume de juventud tan grande y original, á la 

8 



\ 



114 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

vez, — aun en esos instantes en que canta las gran- 
des desventuras del corazdn humano^ — que nues- 
tra mente se puebla de visiones queridas y de 
recuerdos sollozantes. Y tiene^ por sobre todo eso^ 
una vida extraterrestre, grandiosa^ con escintila- 
ciones de estrellas lejanas y acordes celestes de 
harpas pulsadas por los arcángeles del empíreo. 
Tetis no podría mostrarse tan justamente orgu- 
Uosa de su hija inmortal, como podría hacerlo el 
poeta D^Annunzio de su divina poesía. 

Confieso con toda sinceridad el culto que tengo 
en mi corazón por el donoso poeta y novelista ita- 
liano. Hubo un tiempo en que mi espíritu inquieto 
é investigador, cansado de las brumas metafísicas 
de la poesía del Norte, abrumado por las violen- 
tas 6 enfermizas emociones que le procuraba la 
colosal literatura francesa y rendido completa- 
mente, de algunos años atrás, por los mármoles 
claros del clasicismo castellano, fué á reposar junto 
á las ondas azules del mar Adriático, allí donde se 
aduermen los vientos de los encanecidos Alpes 
y donde vaga aún el espíritu del inmortal gibe- 
lino. ¡Cuántos dulces recuerdos guarda todavía 
mi mente de aquellas horas pasadas en compañía 
de los soñadores italianos ! ¡ Cómo se estremece 
mi alma al evocar la memoria del cantor de Laura, 
del risueño Bocaccio, del decadente Marini — ese 
Góngora rebuscado y caprichoso, — de Vicenzo 



LOS MODERNISTAS 115 



Montii el Homero de Napoleón^ del dantesco 
creador del poema La Bassínlliana, de Alfieri^ de 
ManzoDÍ^ del infortunado de Recanati y del me- 
lancólico autor de Posiwna, que se pintaba enton- 
ces como un pobre tísico muerto en plena juven- 
tud cantando el último verso del cancionero : 

« Domani al mió balcón non tornera ! > 

I Cuántas dulces memorias de aquella patria del 
sol alegre j tibio, de aquella tierra del cielo lím- 
pido y azul, de aquel santuario del arte sahumado 
con el aroma de los limoneros en flor, donde aún 
viven los frescos admirables de Miguel Ángel y 
de su brillante cohorte — los Perugino, Signorelli, 
Pinturicchio y Boticelli, — donde nacieron las 
colosales visiones del sombrío Alighieri y discu- 
rrió aquel sabio que poseía veintidós idiomas, 
Pico de la Mirándola! Mi espíritu, sediento de 
idealidades, de plácidas sensaciones, de poesía 
dulce y arruUadora, se abrevaba en el límpido rau- 
dal del arte italiano sin saciarse jamás, sin tomar 
alientos, sin darse tregua un punto. Cuántos volú- 
menes leí entonces, no podría decir ahora : tan sólo 
sé que todo me encantaba, que todo me parecía 
hermoso, viril, nuevo, lleno de frescura y poesía, 
¡qué sé yo ! ... . No sospechaba siquiera, en me- 
dio de mi encantado ensueño, que Leopardi era 
aún más triste que Baudelaire, que Marini era más 



116 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

obscuro y rebuscado que ciertos decadentes france« 
ees moderDÍsimos y que la novela contemporánea 
de la itálica península — la novela de Verga, Ca- 
puana, Federico de Roberto y Enrique Butti — 
tenía todos los colores del naturalismo francés de 
que yo me encontraba abrumado. 

Un poeta y novelista me había cautivado sobre 
todo ; y no porque fuera, precisamente, el mejor 
novelista y el más grande poeta, no. Hay algunos 
escritores en Italia que le superan, sin contar, por 
supuesto, á los genios que ilustraron il secólo 
¿Poro; pero la verdad es que ninguno me hizo sen- 
tir más hondo ni arruUd mi espíritu con más inu- 
sitadas melodías que él. Fué con la lectura de sus 
versos que mi corazón latió más apresuradamente 
y mi cerebro se iluminó con todas las irradiacio- 
nes de un semillero de auroras. Sentí que un soplo 
inmenso, eterno, infinito, mareaba mi cabeza, y 
cuando quise averiguar su misteriosa esencia, me 
encontré tan impotente y confuso como el filósofo 
Símónides al ser interrogado por Hierón . . . Ese 
poeta era Gabriel D'Annunzio. 

Siendo tanto mi entusiasmo por el autor del 
Poema Paradisiaco^ y recordando, al mismo tiempo, 
aquella frase de Barbey D^Aurevilly : c la admira- 
ción toma á veces un telescopio para mirar las 
cosas de la tierra, sin que por eso las convierta 
en astros, » voy á tratar de reprimir mis sentí- 



LOfi MODERNISTAS 117 



mientos, aminorar mis elogios j contar^ sendlla* 
mente, € las aventaras de mi alma » al través de 
la obra de D'Annunzio. 



El primer tomo de versos de Gabriel D'An- 
nnnzio^ Primo Veré, publicado á los dieciocho 
años, fué una verdadera revelación, c Había en 
esos versos^ — dice el escritor italiano Enrique 
Montecórbolii — un sentimiento de la vida vivo 7 
ardiente^ una adoración de la gran naturaleza. Se 
sentía algo agradable^ de un gusto salvaje, en algu- 
nas de sus descripciones ; pero era vivo^ era el 
objeto vistOy adivinado 6 admirablemente com- 
prendido. Y además de todo esto, se sentía correr 
sobre aquellos versos uoa especie de viento abra- 
sador y la juventud triunfante. » 

La crítica saludó entusiasmada este astro nuevo 
que surgía en el horizonte de las letras^ y el novel 
poeta gustó todas las delicias del triunfo. Pero su 
genio inquieto 7 su gusto refinadísimo no le per- 
mitieron s^uir la denda que se abría ante sus 
ojosy toda sembrada de rosas 7 de mirtos. Prefirió 
buscar su Patmos, sin que le arredraran las aspe- 
rezas del camino. ¡Qué le importaban á él^ espíritu 
sutil 7 delicado, verdadera alma de artista se- 
dienta de mundos nuevos 7 de nuevas sensaciones, 
esa belleza sencilla que realizara con sus prímeroB 



118 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

cantos y que lautos aplausos le conquistaran ! Lo 
que él quería^ lo que su mente soñaba era marchar 
hacia lo desconocido^ trepar á las alturas, buscar 
lo nuevo, lo que se aparta del uso corriente y no 
lleva el sello conocidísimo de las cátedras. Quería 
asomarse á lo desconocido, apuñalear las tinieblas 
con su mirada de soñador y desentrañar los se- 
cretos de la Suma Belleza, de la Belleza Vedada. 
Entonces su pensamiento, azotado por los vientos 
del abismo, se dilata y estremece como un ave 
que va á emprender el vuelo, y tras las primeras 
ebriedades del vértigo, lánzase decidido y audaz 
por las ondas revueltas del torbellino. Y anhelante, 
siempre altivo, sin perder su vigor, sube, sube más, 
sube todavía en busca de regiones ignotas, de más 
secretos y más misterios. 

Abajo, la multitud que antes aplaudía al jo- 
ven cantor de la Belleza Sencilla, — á aquel her- 
moso poeta que llevó con manos puras una corona 
de rosas blancas al altar del Júpiter juvenil de 
Egeo, — ahora se vuelve indignada contra él al 
encontrarle convertido en lín < moderno » que 
lleva al Apolo isménico, como ofrenda de su nu- 
men refinado y exquisito, una corona de rosas tes, 
de perfume extraño y enervante. ¡ Ah, del osado 
escritor que olvida las firmes líneas de la Belleza 
clásica por los enfermizos contomos de la Afro- 
dita ! Sus amigos, avergonzados de él, le vuelven 



LOS MODERNISTAS 119 



la espalda ; la crítica arrdjale piedras, j la grita de 
la multitud es tan grande, que aún resuenan en el 
aire sus ecos destemplados. 

Pero Gabriel D^Annunzio es un espíritu fuerte 
y no desmaya por eso. Sus primeros libros, escri- 
tos de acuerdo con su nueva manera, H libro delle 
Vergine y Don Pantaleone, obras de subido color 
y de notas vibrantes como un toque de clarín gue- 
rrero, no son más que el preludio de su nueva 
obra, II Píacere. Este libro lo eleva súbitamente 
al primer rango entre los novelistas de su país, 
y no por su asunto, de seguro, que no es nuevo ni 
interesante : trátase de un joven de carácter irre- 
soluto, débil, cuya inteligencia poco común y cuyo 
corazón apasionado son presa de la duda, y que 
buscando el placer en el amor, tan sólo encuentra 
el sufrimiento. Pero si el tema es viejo y harto es- 
peculado, el análisis de Andrés, el protagonista de 
la obra, es agudísimo y notable por todos concep- 
tos. El libro, además, revela en su autor un alma 
de artista delicado, adorador de lo bello y de 
gusto aristocrático. Su estilo es rico, puro, esmal- 
tado con giros felicísimos é imágenes en relieve. 

Sin embargo, el autor no está aún satisfecho de 
sí mismo. Sus anhelos vuelan más alto. Su numen 
sueña con otras cumbres, donde busca en todo su 
esplendor la blanca luz del día. Su inteligencia 
sigue escrutando el crepúsculo de lo desconocido 



120 VfCTOB PÉREZ PETIT 

para dar con la forma nueva y soberana qae le 
enamore. De pronto se detiene. 

Allá, sobre las lejanías brumosas de las estepas 
rosas, un prístino resplandor ba lucido, que llega 
basta su dilatada pupila. Es el genio del arte mos- 
oovita, el genio de Dostoiewski y Tolstoí. El autor 
de II Pi(»cere se siente arrastrado hacia el templo 
donde quema aquella luz extraña, y después de 
entrado en él, bajo la égida de los nuevos dioses, 
oficia á su tumo ante el altar sagrado. Sus nuevas 
obras se llaman Episoapo y OJ^ y El Inocente. 

Es ya bastante conocida esta última obra, 6, por 
lo menos, el lector habrá oído alguna vez su argu* 
mente. Yo lo repetiré en pocos renglones. Juliana 
y Tulio Hermil constituyen un matrimonio her* 
moso, rico y feliz. Enamorados el uno del otro, su 
vida es la vida triunfal de la alegría. Pero un buen 
día — 6 mal día, por mejor decir — el esposo em- 
pieza á alejarse del hc^ar y otra mujer le aprisiona 
en el nido de sus brazos. Al notar el abandono 
que de ella hace su marido, Juliana siente que el 
dolor brota su zarza de espinas en su corazón, y á 
su tumo se entrega al adulterio. El marido, consa* 
grado á sus placeres y caprichos, nada sospecha 
hasta que un intraso le revela la falta de su mujer. 
Ese intruso es el inocente, el hijo de Juliana y su 
imante. 

ToHo Hermil se encuentra en una situación em- 



ijOS modernistas 121 



barazosa : no se atreve á acusar á la infiel porqae 
él es qaien le ha enseñado el camino del crimen^ 
pero tampoco puede castigar al niño que no tiene 
culpa alguna de haber venido al mundo. Entonces 
se despierta en él aquel espíritu bueno y honrado 
que le endulzó sus primeros años de matrimonio, j 
perdona. 

Si su corazón ha perdonado, no así su pensa- 
miento. En el fondo de su ser haj una voz que 
dama venganza : es la voz de la bestia, la voz ce- 
losa del instinto del macho. Aquella inocente 
criatura, constante testigo del delito de Juliana, 
concluye por serle odiosa. No ; él puede no perdo- 
nar .... Pero TnUo no es malo ; él se reconoce 

también culpado Y sobre todo, él no podría 

teñir sus manos con esa sangre que provocaría las 
espantosas visiones de Macbeth. ün día tiene una 
idea . . . . : si él abandonara el niño en un paraje 
frío j solitario, su crimen no serfa tan horrible 7 
BU conciencia no le acusaría sin piedad. Tulio 
realiza su idea y el inocente es castigado por el de- 
tito de haber nacido. 

El libro, como se ve, es vigoroso, fuerte, emi- 
nentemente sugestivo. La acción se desarrolla sin 
interrupciones, con una majestad imponente, arra- 
sando lo que encuentra á su paso, á la manera de 
on gran río desbordado. Las pasiones, los caracte- 
res descubren á aquel mismo artífice que talló el 



122 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

busto escultural de 11 Pi-acere : hay la misma fir- 
meza en los rasgos, idéntico relieve^ el mismo agu- 
dísimo análisis penetrando al través del ser hu- 
mano. Y en cuanto al sentimiento y á la moral de 
la obra, no pueden ser más verídicos. Aquel dolor 
inmenso de la esposa al verse abandonada y ven- 
dida por su esposo^ tiene retoques desgarradores 
que dejan sangrando las fibras más escondidas del 
alma ; y ese dolor del marido, que él mismo se ha 
procurado^ esas dudas, esas vacilaciones, ese cri- 
men á que se ve arrastrado fatalmente y que será 
su perpetuo remordimiento, nos hacen reflexionar 
sobre graves cuestiones éticas de capital importan- 
cia. D^Annunzio ha realizado así una obra maestra. 
¿ Se dirá, tal vez, que la obra del joven autor de 
La Chimera no es obra de espíritu nacional ? Esta 
observación, que se ha aplicado no sólo á la obra 
de Gabriel D^Annunzio, sino á la de todos los es- 
critores italianos contemporáneos, no es exacta 
más que á medias. Si se quiere significar que Ita- 
lia, á pesar de poseer literatos, no tiene literatura, 
porque ellos guían su numen por las escuelas é 
inspiraciones extranjeras, nosotros contestaremos 
que tal aseveración es falsa. Es cierto que la ma- 
yoría de los escritores italianos vuelven los ojos 
hacia el gran centro intelectual del mundo y si- 
guen las corrientes de los artistas franceses. Diré 
más : siguen también á los rusos, como D^Annun- 



LOB MODERNISTAS 123 



ziO| y siguen á Ibsen. Pero, ¿quiere esto decir 
que no hay literatura italiana ? ¡ No, por Dios ! Sí 
Butti y Di Roberto, entre los más jóvenes, como 
Verga y Capuana en ciertas obras, y antes que 
aquéllos, vuelven los ojos al naturalismo francés ; 
si D'Annunzio ha hecho sonetos simbólicos á lo 
Régnier, psicología á lo Bourget y moral á lo Tols- 
toí ; si, como éstos, otros literatos italianos siguen 
ideas artísticas del extranjero, no debemos olvidar 
que Italia cuenta con Matilde de Serao, — cuyo rea- 
lismo difiere bastante del francés de Zola y del in- 
glés de Jorge EUiot, — con Antonio Fogazzaro, Gio- 
vanni Marradi, Edmundo de Amicis, Bruno Spe- 
rani (Señora Speratz), Jacinto Gallina, Giacosa, 
que son bastante originales é italianos hasta la 
médula, — y con los mismos Capuana y Verga, 
ya citados, en algunas de sus novelas. — Ahora, si 
aquella observación significa que en Italia no hay 
literatura porque falta la unidad del idioma, — 
esa unidad que hizo tan grande al Dante y á la 
península itálica, su patria, — como lo ha demos- 
trado ügo Ojetti con los ejemplos de Praga, Car- 
ducci. Verga, Martini, Rovetta y Gallina í^), cabe 
decirse que los diversos dialectos empleados por 



( 1 } El ejemplo hablen sido más gráfico aún ti se hablen hecho 
con loB nombres de Salvatore di Giacomo, elBéranger de Italia, Atü- 
lio Sarfkttl, Glnseppe Olaoosa, Di Boberto, Ferdinando Basso, Ida Ba- 
dni, PascareHa, etc. 



13é VÍCTOB PÉBEZ P£TIT 

los escritores italianos perjudiean algo al genio 
nacional de la literatunu Y decimos algo^ porque 
esas literaturas regionales han servido para re* 
velar literatos individuales de la talla del antor 
de Los derechos del alma, del de Rime venexiane 
j del de Zi MunacéUa. Y si Los Novios de Man- 
zoní ganaron muchísimo con las seis mil correc- 
ciones que su autor kúso en la obra para darle el 
claro número de la lengua toscanai en cambio Se- 
veriano Ferrari, por citar algún poeta, y Fogazzaro» 
el novelista espiritualista, pierden bastante por 
culpa de la unidad del idioma. 

Y podría agregarse, con el citado Ugo Ojetti ^^\ 
que este individualismo é independencia que ca- 
racteriza á algunos escritores italianos, es un bien 
siempre que pueden así formar una obra grande 
j propia, completamente desligada de escuelas 6 
sectas literarias. No nos aflijamos, pues, porque 
€ el estilo adamantino de Carducci, los refinamien- 
tos calculados de D'Annunzio, la sencillez de Fo- 
gazzaro, la soltura de Verga, el sentimentalismo 
de Matilde de Serao, la forma luminosa de Pas- 
eoli, la elegancia cosmopolita de Remigio Zena, la 
tranquila claridad de Betteloni y el italianismo 
intransigente de Marradi y Manzoni » formen un 



( 1 ) Ugo Oj«tti M un jttren de muoko taloilo, queba paUinde iiii« 
Bidad de artíoaloi sobre le litaratium de sa país ea le Bssm dé Airit» 



LOS MODERNISTAfl 125 



caos endiablado y priven á Italia de poseer ana 
iiteratnra grande y clásica como la francesa del 
siglo xyn, — que en los tiempos que alcanzamos 
el individualismo artístico es ley en casi todas 
las naciones (¿no tiene su escuela propia cada 
uno de los escritores y poetas de Francia?) y 
no dejan tampoco por eso de aparecer genios po- 
derosos 6 ingenios preclaros. 

Buena prueba de ello es el escritor que hoy me 
ocupa. No será su obra inspirada en el espíritu 
nacional, de acuerdo ; pero eso no quita que haya 
escrito El Inocente y El triunfo de la mtierte^ 
— que son dos obras maestras, ni más ni menos. 



Rotos así los lazos artísticos con toda la glo- 
riosa tradición literaria de su patria, Gabriel 
D^Annunzio, como el ave que ha hecho ya los 
primeros esfuerzos par» volar y se da á sí misma 
cuenta del poder de sus alas, se lanza por la vía 
esplendorosa, cuajada de soles mágicos y rutilantes, 
del más refinado modernismo.- 

Su libro Poema Paradisiaco viene á compro- 
bárnoslo. Al través de todo ese poema — uno de 
los más bellos poemas con que podrá enorgulle- 
cerse la lírica contemporánea — discurre ese ex- 
quisito estremecimiento que es, actualmente, la 
nota dominante de todas las altas inteligencias 



126 VlCTOR PÉREZ PETIT 

modernas. Y hay suaves aleteos de inspiración 
que llenan el alma de erráticos perfumes y de 
avasalladoras nostalgias; hay rumores extraños^ 
sibilinos, melancólicos, que, como un coro de oceá- 
nidas, vuelan entre las palideces del crepúsculo á 
desposarse con las primeras estrellas que se en- 
cienden en los cielos, y hay, en fin, súbitos gritos 
de fiebre, de imprecación, de desaliento, que resue- 
nan metálicamente en nuestro cerebro como rudos 
mazazos sobre rodelas de oro bárbaro. 

El poeta busca las cumbres luminosas é ignora- 
das para lanzar al infinito sus interrogaciones. 

c Arte, o tremenda I, ancora 
ta non ti aei lyélata. 
Noi t'adorammo in yano. 



Á 



E dove siete, o fiori 
strani, o proítimi nnovif 
Noi tí cercammo in vano. > 



Su alma de artista refinado y excelso anhela los 
misterios de la revelación, busca los símbolos de 
la divinidad y quiere encontrar las flores raras 
y exóticas cuyo perfume enervante sea grato á 
la diosa. Aquellos versos del Prólogo así nos 
muestran esa alma. 

Detrás de tales ideales, D'Annunzio ha co- 
rrido delirante sin atemorizarse por los agrios 
peñascos que se oponían á su marcha. A veces 
ha tropezado. Pero sus bríos son los de un ti- 



LOS MODERNISTAS 127 



tan. Ha sufrido la conmociÓDi mas no ha desma- 
yado. Helada la sangre en sas venas por la brus- 
quedad y rudeza del choque^ volvió á calentarla 
emprendiendo con mayor brío su delirante carrera. 
Y en un esfuerzo supremo, casi perdido el aliento, 
extraviada la luz de sus ojos, tocó la veste de su 
ideal; de su Arte mágico, de su sofiada Poesía^ 
y entonces, nosotros los profanos, oyendo sus 
acentos, creímos oir, como el Stelio Effrena de 
II Fuocoj las errabundas entonaciones del músico 
divino de Bayreuth. El poeta ha triunfado. 

Ejemplos de ello, numerosos, están en este 
libro espléndido. Examinad cómo el poeta versi- 
fica; observad su soltura, el donaire de sus rit- 
mos, la pluralidad de sus consonantes, la caden- 
cia de sus acentos prosódicos, la tersura marmórea 
de sus endecasílabos y la morbidez elegante de 
sus heptasílabos ; contemplad, también, sus de- 
fectos estudiados, sus cesuras incoherentes como 
un suspiro erótico, sus versos prolongados en 
los subsiguientes hasta causar el desmayo del 
aliento, sus consonantes divididos en dos palabras 
simples por una dislocacióu macabra de sus sí- 
labas, sus pensamientos osados como hetairas 
lúbricas, los vuelos, espasmos, aberraciones y em- 
briagueces de su imaginación calenturienta, siem- 
pre arrebatadora, y hermosa y gigante siempre. 

Ved la poesía Alia mitrice, ese sentidísimo 



128 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

eanto digno de Petrarca^ 7 veréis códk^ el poeta 
basca sus efectos por medio de defectos : 

€ Bi rirela talor quasi éMna' 
mmUé in un raggio » 

Y en la composición Auiunno leed: 

cForse. Non domandai. Ma eod ptma- 
mmáí. a lei rispondean tatte le cose . . . . » 

Y| en fin, en el hermoso soneto Uesempio, 
esta nueva demostración: 

c erano co»! candidi, che twra- 
mmUó nalla piü candido in tomo en. » 

Tal vez s^ nos diga que el maestro Fray Lois 
de licón ya hizo igaal cosa en aquellos conoci- 
dísimos versos: 

« Y mientras miserable' 
menU se están los otros abrasando . . . . » 

Pero la no originalidad del recnrso, que ya es 
oasi un sistema en la lírica italiana^ no quita 
mérito á los efectos sacados por D^Annunzio del 
tan censurado defecto que hemos señalado. 

Tampoco tiene originalidad el sistema empleado 
por el poeta italiano al rimar palabras iguales 
las unas con las otras — pues varios poetas fran- 
ceses lo han hecho hace tiempo, — y, sin embargo. 



LOS MODERNISTAS 129 



nadie podrá negar que este defecto es de difícil 
ejecución 7 que logra una divina melodía en las 
composiciones La statua y La sera. 

Anche yoí non l'amate ; h yero ? Qli oodii 
▼OBtri, nel giorno, sonó stanchi. Pare 
quasi che non possiate soUeyare 
le pálpebre, sn qnei dolorosi oechi; 
e nulla, Tenimentey.nulla é piü 
triste de Pombra che le ciglia immote 
fftnno talTolta a sommo de le gote 
qaando la bocea non sorride piü. 

Por mi parte, declaro que sólo Jean Moréas 
compite en hermosura y cadencia con estos ver- 
sos^ cuando en Les Cantilénes escribe: 

Et j'écouterai les cris des álcyons 
Dans les cieuz plombés et noira comme an remoras, 
Leurs cris daña le yent aign comme un rmwrd», 

Et Je pleurerai comme lea cUcyonSf 
Et je cafillerai, triste jasqu'á la mortf 
Les I7S des sables pales comme la mort. 

Hay aún en D^Annunzio otro recurso retórico 
para obtener esa dulcísima melancolía que res- 
bala blandamente al través de los versos y que 
penetra insensiblemente en el corazón del lector 
llenándole de una poesía delicada y misteriosa. 
Consiste él en tomar una frase y repetirla con- 
secutivamente^ á veces con leves variantes, in- 
sinuándola por momentos, trayéndola por fin como 
cadencia final de verso, convírtiéndola casi en r¿- 



130 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tamello, por manera que el espíritu se compene- 
tra con ella y la siente en todo instante^ á se- 
mejanza de esos motivos de ópera que pasan al 
través de la partitura como una idea alada con- 
fundida con todas las riquezas y variantes de la 
instrumentación. 

Leed la poesía rotulada La Passeggiaia — ese 
poema divino que vale todo un libro — y nota- 
réis claramente lo que queda apuntado. 

Yo no sé — puede que sea un estado de mi 
espíritu — una comunión misteriosa del alma del 
poeta con la mía, — pero lo cierto es que esa 
poesía tristísima, de una melancolía avasalladora, 
sentida, armoniosa, genial, ha fluctuado muchas 
noches sobre mis párpados cansados y ha descen- 
dido á las soledades de mi corazón — de este po- 
bre corazón gastado en las orgías más esplendo- 
rosas del arte contemporáneo — para inundarle 
con el rocío sagrado de la más pura poesía. La 
mujer que no nos pinta el poeta, sino que nos 
deja entrever como al través de una niebla de 
ensueño, ha vivido en mis recuerdos y se ha al- 
zado como una deidad columbrada en las ardien- 
tes horas de inspiración. Y sus gestos lánguidos, 
sus pasos helados, sus movimientos silenciosos, 
su voz moribunda en la inmensa tristeza de la 
tarde que agoniza, su sonrisa que parece el úl- 
timo rayo de sol enhebrado en las lejanías del 



LOS MODERNISTAS 131 



horizonte^ su mirada titilaDte de astro arropado 
en la soledad infinita del espacio, y su silencio, 
SQ tristeza, sus pensamientos, hasta la pereza in- 
mortal con que las flores se desprenden de su 
mano, todo, todo en ella es suave como el abril 
brumoso de un pobre tísico convaleciente ... A la 
manera del poeta, nosotros, los lectores, no pensa- 
mos : sentimos solamente. 

¡ Oh ! vengan aquí los implacables retóricos y 
díganme que en La Passeggiata no hay más que 
un hacinamiento de palabras, que no hay poesía 
en repetir las mismas frases, ni rima alguna ha- 
ciendo concertar palabras iguales entre sí; que 
todas las estrofas son una pobre repetición de las 
anteriores; vengan, sí, y fulminen al poeta; ¡no 
importa ! Yo sé, y lo sabrá todo el que tenga un 
alma de artista; lo sabrá también el más ignorante 
con tal que posea un corazón humano, que La 
Passeggiata es el Credo del dolor, el himno pesi- 
mista de las grandes desventuras, la palpitación 
más sublime de los arcanos del pensamiento mo- 
derno. Yo sé que eso es grande; yo siento que 
eso es hermoso ; yo adivino que eso es genial. El 
corazón, que nunca engaña, responde simpática- 
mente á ese reclamo de un corazón sangrante y 
enfermo ; y el alma, que es espíritu, sabe de esas 
nostalgias increadas, de esos recuerdos perdidos 
en los panteones del pasado, de esos amores tele- 



132 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

páticos que viven en lo ignorado^ al través del 
tiempo 7 del espacio. Las palabras son ahí la fiel 
imagen de las ideas: balbucientes, extraviadas, 
temerosas, sencillas y amarguísimas. Se repiten 
con la obsesión de una idea fija, de un dolor in- 
tenso, de una desventura inacabable. Suenan sor- 
damente con los ahogos de las gargantas secas ; 
pasan como mariposas negras en un interminable 
y concéntrico revoloteo; queman como las cenizas 
de los volcanes heridos y sangrientos. Y para los 
escogidos, para los que saben leer entre líneas, 
para los que en las palabras encuentran la semilla 
de una idea floreciente, hay allí interlunios melan- 
cólicos, finas briznas de luz cómo estiletos napo- 
litanos, rosas sangrientas como corazones desga- 
rrados, y confidencias calladas, rumores de hoja, 
seca, exordios de músicas celestes cantados por 
las harpas celestiales frente al trono divino del 
Adelghi. 

Leyendo el Poema Paradisiaco de D'Annunzio, 
mi alma quedó arrodillada; mi corazón volcó to- 
das sus rosas de sangre, y hubo entre las som- 
bras de mi cerebro la fulguración de un sol en 
mediodía de pascua florida. ¡Oh, los dulces ver- 
sos de claror de ópalo, los hermosos versos blancos 
como un girón de rayo lunar^ los melancólicos ver- 
sos llenos de inenarrables nostalgias, de soñolientas 
y errabundas rapsodias ! ¡ Cuan dulces y acariciado- 



LOS MODERNISTAS 133 



res ! ¡ Cuan fugitivos, y tenues, y apesadumbrados ! 
¡ Cómo lloran las cadencias, y balbucean los ritmos, 
y desmayan los consonantes ! Y, súbitamente, ¡cómo 
estalla la frase en alaridos de clarines marciales; 
cómo centellea el período en rosas de rubíes, en 
graderías de mármol, en clámides de esmeraldas ! 
La luz, el canto y el perfume prestan sus notas 
al poema, y el poema resplandece como una mi- 
riada de soles, canta como un concierto de harpas 
celestes y arde como un dorado incensario en la 
gran fiesta de una iglesia medioeval. 

Oid, os lo ruego, oid religiosamente, oid con 
misterio, oid con los oídos del alma estas melan- 
colías taciturnas, estas sollozantes melancolías que 
caen, en el misterio de los bosques milenarios, 
en un pálido efluvio de luna: 

€ Parea che io non aves&i alcun pen&iero. 
Non pensara. Sentiva, solamente. 
Dite: non foste mai convalescente 
in un aprile un po' velato? £ vero 
che nulla al m<»ido, nulla h piü soave ? 

Qualche cosa era in me, di quel soave. 
Puré, Toi non mi amate ed io non vi amo. 
Puré, quando vi chiamo, io non tí chiamo 
per nome. E il yostro nome é quel de l'Aye: 
nome che pare un balsamo a la bocea ! 

Quando paríate, io non guardo la bocea 
parlare, o al men non troppo guardo. Ascolto ; 
comprendoi vi rispondo. II yostro yolto 
non muta se la mia mano yi tocca. 
La yostra mano é quella che non dona. 



134 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

Nalla di Yoi, nnlla di toí si dona. 
Per6, nalla io yí cliiedo, nulla attendo 
se bene, debolmente Borridendo 
come chi langue e pur non s'abbandona.... 
Oh, no ! Yoi eravate, jeri, stanea. 

Yoi eravate jeri moito stanea, 
oh tanto che vi caddero di mano 
i fiorí. Non é yero che di mano 
▼i caddero le rose, tanto stanea 
erarate ? Cosí tí yedo ancora. 

E fate che cosí tí yeda ancora, 
nn'altra yolta, un'altra yolta sola ! 
Forse.... Oh no. Sorridete. É una parola 
yana questa che io dico. Yoi, slgnora, 
siete per me come un giardino cliiaso. > 

Y así continúa el poeta, llorando en ios soli- 
tarios senderos de su memoria como un astro le- 
jano, como un astro muy lejano, muy lejano . . . Yo 
no sé qué invisibles lágrimas tiemblan en cada 
uno de esos versos; yo no sé qué desconsuelo 
fulgura en ellos con la amarillenta luz de los ci- 
rios; yo no sé qué frío de tumba, qué frío de 
mármol, qué frío cristalizado se irisa y crepita 
sobre los ritomellos que sigue el poeta ; — pero 
sé, oh, sí, lo sé, que mi alma ha visto cruzar por 
entre un camino de nieblas, muy húmedo, muy triste 
— por entre un camino de nieblas — á una visión 
blanca, á una mujer soñada, á una mujer que no ha 
amado, mas que la ha hecho llorar. Y también sé 
que tristezas como las de esos versos divinos, 
tristezas así pálidas, inmotivadas, las he sentido 



LOS MODERNISTAS 135 



en mi iafancia; hace mucho tiempo, no recuerdo 
cuándo. Y sé, por fín^ que hay en estas estrofas 
de La Passeggiata un soplo inmaterial, de seda, 
de luz invisible, que ondula lánguidamente y que 
es el soplo del genio. Yo no sé más. 

Del mismo género, aunque más humanay es la 
poesía Consolaxione que el poeta dirige á su ma- 
dre. Escuchad este vagido sublime del hombre, 
este reclamo doliente del hijo pródigo: 

Non pianger piü. Torna il diletto figlio 
a la tua casa. É stacco di mentiré. 
Vieni ; usciamo. Tempo h di riftorire. 
Troppo sei bianca : il yolto é qaasi an giglio. 

Vieni; uaciamo. n giardino abbandonato 
serba ancora per noi qualche sentiero. 
Ti dir5 come sia dolce il mistero 
che vela certe cose del passato. 

Ancora qualche rosa é ne' rosai, 
ancora qualche tímida erba odora. 
Ne l'abbandono il caro luogo ancora 
sorriderá, se tu sorriderai. 

Ti dir6 come sia dolce il sorriso 
di certe cose che l'obllo afflisse. 
Che proveresti tu se ti fiorisse 
la ierra sotto i piedi, all'improTviso ? 



Perché ti neghi con lo sguardo stanco? 
La madre fa quel che il buon figlio yuole. 
Bisogna che tu prenda un po' di solé, 
un po' di solé su quel viso blanco. 

Ahora, si queréis conocer un camafeo hermo- 
sísimo — un camafeo como no ha salido de la 



136 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tienda imperial del mágico Gautier— un camafeo 
esfumado en claridades lechosas, mortecinas, sú- 
bitamente cadavéricas — leed Unricordo: 

Ella teneTa a térra gli occhi flssi. 
Ke! silenzio itieredibili i luinuti 
pareano aprire Binisurati abisti. 

p 

Oh se per sempre, sotto un improTTiso 
colpo, fos&imo noi rimastí muti I 
Lenta mi solleTÓ quelli occhi al viso. 

Ancora la conrulsa bocea esangue 
yedo. Le prime sue parole, rare, 
cadono come gocciole di sangue 
da piaga che incominci a sanguinare. 

Quisiera ahora citaros Un sogno, poesía miste- 
liosa, 7 O rvs /, que es un verdadero diamante de 
limpísimas aguas; pero prefiero dejar esos dos 
modelos de poesía parnasiana, para haceros co- 
nocer mejor la índole del poeta. 

Escuchad, pues, este susurro de violines en el 
mar: 

Guarda le nnbi. Fendono leggére 
talone il cielo come le galere 
un ellee ponto canche di rose 
che si riyersan pe' rícuryl fianchi ; 
yanno talune come glorióse 
quadrighe iratte da cayalli bianchi : 
figurando la forza ed il piaceré. 

De pronto, el poeta siente que una ráfaga he- 
lada azota sus sienes ; y entonces los violines llo- 
ran un motivo entrecortado y flébil: 



LOS MODERNISTAS 137 



Oggi, per tar pih cupo il tuo palloro, 
per far piü triste Panima dolente, 
eyocheró, come piü trístameote 
non voUi mai — con una melodía 
infinita, continoa, che sia 
senza numero quasi — un grande amore 
passato, un grande Icntano dolore. 

Tendevi, nella luce ultima, jen, 
Terso i tuoi fuM alberi ancor yocali, 
teodevi tu l'orecchio, — ti ricordi T — 
proclive, come un músico che accordi 
una lira ; ed a te l'ombre dei neri 
capelli in fronte batteran come ali. 
E pare vi diffasa in quei misten. 

La cadencia se precisa poco á poco. El susurro 
lejano se ha hecho melodía. La melodía^ á su vez, 
en las estrofas que van á seguir, tomará relieves 
firmes, acentos más viriles, hasta que, en un pro- 
digio de acordes sonorosos, estallará llameante 
como una rueda ígnea del tearro de Febo. Y en 
medio del deslumbramiento, el dolor inmenso ple- 
gará sus alas para adormecer el corazón cansado 
del poeta. Decidme si no son admirables los ver- 
sos que siguen : 

Or tu m'odi ne l'atto che mi piacque, 
t'inclina al verso come a quel susurro 
di morienti nol letale occaso. 
Rimanesti in ascolto quando tacqne, 
immota ; e l'ora ti coprí d'azzurro 
e di Bilenzio pía. Solé, nel vaeo 
marmóreo, per te piansero l'acque. 

Pianaero quelle ch'eran si canore I 
Scendea l'azzurro col silenzio e il gelo 



138 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

notturno, eenn fioe; senza fine 
gli astri Bgorgmyan come adamantíne 
lacrime dal profondo cielo : e il cielo 
era lontano come un grande amore 
passato, un grande lontano dolore. 

¡ Oh, vosotros, los enemigos del poeta, los que 
le volvisteis la espalda cuando, arrojando la mar- 
chita corona del laurel clásico, se ciñó la empa- 
lidecida de rosas tes (la empalidecida por los 
insomnios creadores); oh, vosotros, los pobres de 
espíritu, los ciegos de entendimiento, los esclavos 
del hábito y de la rutina — venid aquí, 6 incli- 
nad la cerviz ante el Inspirado, ante el Fuerte! 
¿Qué? ¿No sentís que algo más grande que la 
vida humana, que algo más eterno que la vida de 
los asti*os, que algo más hermoso que la vida de 
las flores se exhala de esas estrofas? ]0h! Anfión 
movía las piedras con los solos acordes de su 
lira, y con los acordes de su lira Orfeo domesti- 
caba las fieras . . . ¿ Seréis vosotros más insensi- 
bles que las fieras y más rudos que las piedras? 

Cuando algo extraordinariamente hermoso flo- 
rece ante nuestros sentidos — música, pintura, 
[poesía, estatuaria — una conmoción desconocida 
sacude nuestro cuerpo; é ignorantes del arte y de 
sus leyes, sin saber por qué, sin analizar nues- 
tros propios sentimientos, nos inclinamos con res- 
peto y admiración. Pues bien: los versos de 
D^Annunzio tienen ese algo extraordinariamente 



LOS MODERNISTAS 139 



hermoso. ¿Dónele reside? ¿En qué parte del verso 
se le encuentra? No podría decirlo; pero él fluye, 
él mana de la estrofa — como el claror del hú- 
medo fósforo, como el perfume del almizcle en 
la caja vacía ha doscientos años, como la gama 
de los orbes en el ensueño de Eratóstenes. — Las 
palabras van, las unas tras las otras, como velos 
flotantes, dejando adivinar los contornos marmó- 
reos de la idea que visten ; y en larga teoría aca- 
démica desfilan lentamente, como sombras, deján- 
donos la vaga sensación de un perfil, de un matiz, 
de una línea fugitiva. 

Si se me comprendiera debidamente, diría que 
los versos del Poema Paradisiaco son versos blan- 
cos. Blancos como el muslo de Diana, como el 
azahar de una novia, como un icefiehl perdido en 
los mares antarticos, como el sudario de un an- 
ciano octogenario, como un lago helado por la luz 
del plenilunio. Si canta amores, el poeta adi\rina 
en el cielo nubes blancas como la lana de los cor- 
derillos; si pasea por los jardines, no falta una 
gran fuente de mármol con sus ninfas sonrientes ; 
si ve brillar una lágrima en los ojos de una mu- 
jer, es su resplandor tan dulce como el de la 
luna cuando un vapor la vela; si canta tristezas 
de su alma, sus tristezas son frías, muy frías, com- 
pletamente blancas. Y por esto, precisamente, 
toda esa poesía admirable lleva en sí un dejo 



140 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

de amargara^ uq sello de desconsuelo infinito. Sa- 
lís del templo con las sandalias húmedas 7 los 
cabellos encanecidos. Salís con un grito de deses- 
peración clavado en las entrañas. 

Pero voy á comparar el poeta con los poetas : 
así os daréis exacta cuenta de su inspiración. 
D^Annnnzio ha cantado las manos^ y también las 
han cantado Verlaíne y Gautier, Rodenbach, 
Régnier y Moréas. La justa caballeresca decidirá 
quién es el vencedor. 

Y Verlaine el primero, como un visionario, canta 
en ParalUlement : 

Elles 8ont maigres, longues, griseí, 
PhRlange large, ongle carré. 
Tela en ont aaz vitrauz d'égliaea 
Lea aainta soua le rinceau doré. 



Ce Boir ellea ont, cea maina séchea, 
Soaa lenra rarea poils hériaaés, 
Dea aira apécialement réchea, 
Comme en proie á d'áprea penaera. 

Le noir eoucí qui lea agace, 
Lear qnasi - aonge aigre lea font 
Faire une ainiatre grímace 
A leor fbgon, maina qu'ellea tont. 

Luego Teófilo Gautier se presenta á la liza 
con este admirable esmalte: 

Impérialea fántalaiea, 
Amour dea acmptuoaitéa; 
Voluptueuaea frenesíes, 
Réfea d'impoaaibilitéa, 



LOS MODERNISTAS 141 



Bomaos extramganto, poémes 
De hMchiach et de Tin da Bhin, 
Counet folies dans les bohémes 
Sur le dos des ooursiers sana frein ; 

On Toit toat cela dans les lignes 
De cette paume, Uyre blanc 
Oü Venus a tracé des signes 
Que l'amonr ne lit qu'en tremblant. 

A su yezy Georges Bodenbach dice: 

«o si sabtiles mains, expertes anx Inxures, 
Qni dosent le peché, qoi gradaent la langueur ; 
O si sabtiles mains, expertes auz priéres, 
Jointes conime les mains des Saints dans les Terrieres ; 
Mains — des outils poar se fagonner son bonbeur I 
Tontos ees mains : d'amants, de héros, de Aleases ; 
Les mains ont des reflets comme le fil d'une ean ; 
Les mains ont des écbos sans fin, Ó recéleuses 
I Des secrets de l'alcÓTe et de cenz da tombeaa. 

Y Henri de Bégnier^ el mágico de Épisodes, 
canta el madrigal que ee borda con hilos de lu- 
ces: 

o mains de chair snaTO, oü la lentenr des gestes 
Fait descendre le sang aa boat des doigts roses, 
Voas ferez, sar les fronte las oü tous Toas posez, 
Keiger le bon ropos de tos fraicheurs celestes ! 

i Et les poetes,- ceints de poarpres écarlates, 

Qui chantent le regret de lenr réve exilé, 
Toas baiseront, 6 mains, pour n'aToir pas ñlé 
Le lin des tíIs labeors et des taches ingrates I 

El últimO; Jean Moréas^ avanza lentamente, j 
en dos versos broncíneos, que despiden reflejos 
inmortales, dice el credo de su pasión : 



142 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

Les mains qa'elle tond oomme pour dei théurgies, 
Bes deux mains pales, ses mains aux bagues barbares.... 

¡Oh! ¿Hay más allá? ¿No tiene un límite la 
inspiración? | Silencio! Ha llegado la vez de 
D^Annunzio^ y el poeta canta : 

Le mani delle donne che incontrammo 
una Tolta, e nel sogno, e ne la Tita : 
oh quelle mani, Anima, quelle dita 
che fltringemmo una yolta, che sfioramme 
con le labbra, e nel sogno, e ne la vita 1 



Ci lasciaron talune una firaganaa 
cosí tenace che per una intera 
notte avemmo nel cuor la primavera ; 
e tanto auliva la solinga stansa 
che foresta d'april non piü dolce era. 



4 



I>a altre venne il dedo, quel violento jj 

fulmineo desio che ci percote 
come una sferza ; e imaginammo ignoto 
lussurie in un'alcova, un morir lento : 
-^ per quella bocea aver le vene vuote I 

Altre ( o le stesse 7) furono omicide : 
meravigliose nel tramar l'inganno. 
Tutti gli odor d'Arabia non potranno 
addolcirle. — Bellissima ed infido, 
quanti per voi baciare periranno I ^ 



¡No! ¡No! Es una profanación continuar extrac- 
tando así; es un sacrilegio dividir en pedazos 
esta hostia divina del Genio. Si los versos de 
Verlaine y Moréas, de Gautier y Régnier pueden 
cantarse aislados, no así los de D^Annunzio. ¡ No^ 
mil veces no ! No continuaremos esta horrible mu- 



Á 



LOS MODERNISTAS 143 



tilación ; tanto más, cuanto que la tarea resultaría 
inútil é impía. « Cortadle un seno á una mujer her- 
mosa » — exclama Verlaine en Les poetes mau- 
dits, para justificar su repugnancia á fragmentar 
los versos de Mallarmé. 

Id vosotros mismos, lectores creyentes y respe- 
tuosos ; id vosotros mismos á beber en la castá- 
lica fuente del querido poeta ; id á regalar vues- 
tros labios con la cristalina linfa de su blanca 
inspiración. Id á escuchar sus acentos implacable- 
mente hermosos, donde tiembla una nota del mi- 
nneto de Boccherini; id á oír sus melodías más 
claras y alabastrinas que las que cantaron las ar- 
moniosas flautas ^de las vírgenes bajo pabellones 
de mirtos helenos. Y al pie del ara, frente al 
Poeta pálido^ escuchadle, así, cantar las manos, 
— las manos intangibles, como hechas de tules; 
las criminales, con sangre de rubíes ; las manos 
sabias 7 voluptuosas de la lujuria, con ardores 
de cantáridas; las manos muertas, como nieves 
eternas ribeteadas por un hilo rojizo del poniente ; 
las manos sagradas, en sus lentas teorías de ges- 
tos; las manos amigas, que cerrarán los ojos del 
poeta en su postrer sueño, 7 sin que éste pueda 
ver ese último gesto, oh Dios ! 

Versos blancos, versos blancos, versos blancos. 
Lo son, cuando rememoran las soledades ; cuando 
van por los prados en flor con la imagen de una 



144 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

mujer querida ; cuando repiten los blandos susu- 
rros de las playas lésbicas ; ouando pintan la noche 
mística con su resplandor de astros; cuando escu- 
chan rodar silentes tristezas en las hojas marchitadas 
por los vientos otoñales ; cuando exhalan los lejanos 
^ pertumes del horttcs larvarum ; cuando cantan la 
risa de una niña; cuando celebran la hora somno- 
lienta que resbala bajo una ventana en las noches 
de abril ; cuando palpitan con los viejos motivos 
de un aire antiguo ; cuando sorprenden la náyade 
en un claro del bosque, cerca del agua silenciosa; 
cuando cantan la gloria de los lauros. Y cuando, 
entre las luces de la orgía, desnudan el seno de 
Pámphila, y beben en sus labios toda la ciencia 
del amor humano, y entre sus impuros miembros 
recogen todo el secreto del deseo, también enton- 
ces son blancos. Blancos como los místicos nardos, 
como los lujuriosos azahares. 
¡Un Poeta! 



LEÓN T0L8T0I 



« Era un hombre de unos cincuenta años, de 
rostro pálido, señalado por las viruelas, largos 
cabellos grises y algunos pelos de barba rojizos. 
Era tan alto, que tuvo literalmente que doblarse 
para pasar por Ja puerta. Su traje era de giro- 
nes 7 de una forma indefinible : era un término 
medio entre caftán y sotana. Llevaba en la mano 
un enorme bastón con el que golpeó el suelo 
con toda su fuerza al entrar; luego frunció las 
cejas, abrió una boca desmesurada y lanzó una 
carcajada espantosa. Era tuerto, y su ojo sin vista, 
siempre en movimiento, acababa de hacerlo ho- 
rroroso. 

— < ¡ Ah, ah ! ¿ Atrapado ? — gritó acercándose 
á Volodia y cogiéndole la cabeza. Le examinó 
atentamente el cráneo, lo soltó, se acercó á la 
mesa y sopló con aire muy serio bajo el hule, 
haciendo cruces debajo. — ¡Oh, oh, oh! ¡Qué 



10 



146 VÍCTOR TÉREZ PETIT 

lástima! .... ¡Oh^ oh, oh! ¡Mal hecho! 

¡ Oh, oh, oh ! ¡ Pobrecitos ! ¡Ha volado ! > 

Aquel hombre era Gricha. 

¿Quién era Gricha? El padre y la madre de 
León Tolstoí se querellan sobre el particular. 
Mientras aquél lo juzga un farsante, ésta opina 
que es un santo de Dios. 

— « No me han faltado las ocasiones para es- 
tudiar esa casta de pájaros — siempre tienes la 
casa llena de ellos — todos están cortados por el 

mismo patrón. Eternamente la misma historia 

Me irrito cuando veo á gentes inteligentes é 
instruidas dejarse engañar. 

— «Te contestaré con una observación. Es di- 
fícil admitir que un hombre que va descalzo en 
invierno y verano, á su edad, que lleva siempre 
bajo sus ropas una cadena que pesa más de se- 
senta libras, que ha rehusado siempre cuando se 
le ofrecía una vida tranquila donde todo lo tu- 
viera costeado, es difícil admitir que este hombre 
haya hecho todo esto únicamente por pereza. > 

¡ Ah! ¿conque Gricha lleva debajo de las ropas 
una cadena de sesenta libras? Esta noticia ex- 
cita la curiosidad de los niños. Es necesario 
averiguar si aquel hombre extraño, cuya proce- 
dencia es tan desconocida como sus padres y 
como el género de vida que lleva — una vida 
errante y misteriosa, recorrida entre» sollozos y pa- 



LOS MODERNISTAS 147 



labras incoherentes, — es preciso cerciorarse si 
aquel hombre es un farsante, según la opinión 
del papá, 6 un santo, según la de la buena ma- 
dre. Hay que ver esa cadena — se dijeron los ni- 
ños; y, silenciosamente, desde un escondrijo se 
pusieron á espiar á Grícha. 

« Andaba sin ruido, llevando en una mano su 
cayado y en la otra una candela en un candelero 
de cobre. Conteníamos el aliento. 

— « ¡ Señor Jesucristo ! ¡ Virgen santísima ! ¡ En 
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu 
Santo! 

«Se interrumpió para respirar y comenzó de 
nuevo con las varias entonaciones y las abrevia- 
turas usadas únicamente por las personas que 
repiten á menudo estas palabras. Sin dejar de 
rezar, dejó el cayado en un rincón, examinó la 
cama y comenzó á desnudarse. Soltóse el viejo 
cinturón negro, se quitó lentamente la blusa de 
nankín, la dobló cuidadosamente, y la puso en 
el respaldo de una silla. Su rostro había perdido 
la expresión inquieta é idiota que le era habi- 
tual. Al contrario, estaba sereno, pensativo y 
hadta majestuoso. Sus movimientos eran lentos y 
reflexivos. 

«Cuando estuvo desnudo se sentó dulcemente 
en la cama, que cubrió de señales de la cruz^ 
y arregló sus cadenas bajo la camisa, no sin es- 



148 VÍCTOR PÉBEZ PETIT 

fuerzo; se vid el esfuerzo en la coDtracciÓQ de 
BUS rasgos. Contempló un instante con aire pre- 
ocupado los agujeros de la camisa; se levantó, 
comenzando otra vez á rezar; cogió la candela, 
que levantó á la altura de las imágenes ; se per- 
signó 7 volcó el candelero. La candela crepitó y 
se apagó.» 

Entonces el cuadro se hace más emocionante. 
Apagado el velón, sólo la luz de la luna, esa 
luz tibia 7 macilenta que viste los objetos con 
nieblas de misterio, ilumina la cueva en que se 
debate el mfsero Gricha. Los niños continúan 
observándole. 

« Recitó al principio, muy bajo, oraciones co- 
nocidas, dándose golpes en el pecho al decir cier- 
tas palabras ; luego volvió á comenzar las mismas 
oraciones, más alto 7 animándose; por fin, se 
puso á improvisar. Trataba de expresarse en es- 
lavón, y se comprendía que esto le costaba tra- 
bajo. Aquello era incoherente, pero conmovedor. 
Rogó por todos sus bienhechores (llamaba así á 
las gentes que lo recibían en su casa ), entre otros, 
por mamá 7 por nosotros ; rogó por sí mismo 7 
pidió á Dios que le perdonara sus grandes peca- 
dos ; se puso á repetir : « ¡ Dios mío, perdona á 
mis enemigos ! » Se levantó gimiendo, se tendió á 
lo largo en tierra, repitiendo siempre las mismas 
palabras, 7 se volvió á levantar, á pesar del peso 



IX)8 MODEBNI8TA8 149 



de las cadenas, qae hacían an mido seco j me- 
tálico al tocar en el saelo. > 

« Machas cosas han pasado después — exclama 
Tolstoi al terminar este episodio de sn vida, que 
narra en el libro Mi infancia; — machos recuerdos 
han perdido para mí su importancia y se han con- 
vertido en visiones confusas. Gricba, el viajero, 
ha terminado hace mucho tiempo su último viaje ; 
pero jamás se borrará la impresión que produjo 
en mí ; jamás olvidaré los sentimientos que des- 
pertó en mi alma. ¡Oh, Gricha! ¡Oh, gran cris- 
tiano ! Tu fe era tan ardiente, que sentías la pro- 
ximidad de Dios ; tu amor era tan grande, que 
las palabras brotaban espontáneamente de tus la- 
bios; no pedías á la razón que las examinara . . . 
¡ Y con qué magnificencia loabas la grandeza del 
Omnipotente cuando, no encontrando palabras 
suficientes, te arrojabas á tierra llorando !....» 



Esa es el alma de Tolstoí. 

El sentimiento religioso ha hecho nido en el 
corazón del grandioso eslavo, y las ideas más puras 
del misticismo han batido sus alas sobre su pálida 
frente de visionario. Los embates de la vida, 
las rudas vicisitudes de su edad juvenil, las im- 
presiones todas del mundo exterior, no han hecho 
otra cosa que robustecer en su espíritu la idea 



150 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

religiosa. Tolstoí es el alma del neo -misticismo. 

En Rasia todos son creyentes — casi estoy 
por decir que lo son hasta los lectores de Scho- 
penhauer, Moleschott y Büchner. — El « Padre 
Nuestro » es el primer canto que arrulla el sueño 
de los niños ; la Biblia es el supremo código de 
las almas. La señal de la cruz hace amigos á los 
hombres^ estrecha los vínculos de la familia y 
trae la felicidad al hogar más frío y más pobre 
del labriego. La religión, pues, flota allí en el aire 
y es respirada por todos los seres. 

Tolstoí es la quinta esencia del alma rusa con- 
temporánea. En él se han explayado todos esos en- 
contrados sentimientos que viven embrionarios 
en el espíritu del pueblo. Es el Profeta bíblico ; 
el suspirado Mesías. De pequeño, los principios 
de la religión consolaron sus penas más íntimas y 
le abrieron todo un horizonte de luces brillanti- 
nas. Era de genio violento y caprichoso — como 
dice Hugo Delff, me parece, que lo tenía el rabbi 
Jesús de Nazareth; — pero la fe mitigaba sus 
arranques, y si acaso en un transporte de furor 
caía su mano sobre su profesor Saint - Jérome, 
muy luego el dolor le llenaba de lágrimas sus ojos. 
Era entonces un fantasista que revelaba al futuro 
visionario: recordad aquellas admirables páginas 
sobre su Adolescencia^ cuando nos describe el 
cambio de sus ideas. Todo esto le disponía muy 



LOS MODERNISTAS 151 



mal para la vida de sociedad 7 para los placeres 
que ella entraña. Es así que su estadía en la Uni- 
versidad de Kasan, donde siguió, sin concluirla^ 
la carrera del derecho, fué breve, como fué breve 
su carrera militar y su vida de aristócrata. En el 
Cáucaso, donde sirvió en la misma brigada de 
artillería en que servía su hermano ; en la guerra 
de Crimea, defendiendo á Sebastopol ; en su vida 
en las ciudades de San Petersburgo 7 Moscow ; 
en sus viajes por Alemania é Italia ; durante su 
matrimonio con Sofía Bechr, Tolstoí se nos 
muestra como un espíritu liberal, alegre, sediento 
de novedades y placeres, 7 atiborrado de doctri- 
nas pesimistas. « Durante treinta 7 cinco años 
de mi vida — dice él mismo en su libro Mi reli- 
gión — he sido nihilista en la rigurosa acepción de 
la palabra^ es decir, no mero socialista revolucio- 
nario, sino hombre que no cree en cosa alguna. » 
Pero, apresurémonos á decirlo, en el fondo de esas 
dudas 7 vacilaciones, en medio de todos esos 
arranques materialistas, aun en el seno de las 
diversiones que se procura, el autor de Ana Kare- 
nine conserva, sin sospecharlo él mismo, su espí- 
ritu religioso. Y, en efecto, ¿por qué su espí- 
ritu busca la esencia de las cosas 7 revuelve 
filosofías 7 tratados? ¿porqué su alma se mues- 
tra tan anhelosa de verdades? ¿por qué juzga 
.vanas apariencias todas las manifestaciones del 



152 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

mundo que le rodea, y y creyendo que no hay más 
realidad que la de su existencia, se lanza de 
lleno al nihilismo ? ¿ por qué acepta el pesimismo 
alemán y el materialismo de Grecia, formando 
con ambas doctrinas todo su credo de visionario? 
¿por qué durante veinticinco años se ha sepa- 
rado del Dios de sus mayores ? — Porque su co- 
razón inquieto y su espíritu investigador y sus 
facultades imaginativas querían encontrar inme- 
diatamente á Dios; porque veían la miseria y 
desventura del pueblo ruso; porque no encon- 
traban un remedio poderoso para calmar la fiebre 
de sus ardores juveniles. Y precisamente en esto 
encontramos, latente siempre, el sentimiento re- 
ligioso de Tolstoi. El mismo no lo ha compren- 
dido en su libro Mi religión. Vuelto á la fe, 
con todo el ardor de un alma mística, con toda 
la fiebre de un profeta alucinado, con todos los es- 
tremecimientos de un espíritu arrepentido de sus 
faltas y temeroso de Dios, no ve en los actos de 
su vida pasada más que el Pecado. Allí donde 
podría descubrir una manifestación de su religiosi- 
dad, júzgala un crimen si considera que ella le 
llevó á la discusión científica, en vez de llevarle á 
la ciega aceptación que ordena la fe. El buen 
creyente, según lo juzga ahora el escritor ruso, es 
el que no vive más que para su Dios ; y en tanto 
él pretendió averiguar la esencia de Dios ! ¡ Pe- 



LOS MODERNISTAS 153 



cade ! ¡ Pecado ! El sentimieDto religioso que se 
anidó en su alma desde la infancia j debilitado un 
tiempo por los ardores y fantaseos de su juventud, 
renace súbitamente en llamaradas que queman 
todo su ser. ¡Sí! Ahora Tolstoí siente el fuego 
divino calentar su pecho, y enardecer su fantasía, 
y despertar su caridad, y ennoblecer sus ideas ; 
ahora Tolstoí revive á la vida espiritual, y con 
mayores ardores; y su misticismo f€Í)riciente y 
loco no es el misticismo del alma latina, ese misti- 
cismo de Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, todo 
imaginación y todo sentimiento, sino un misti- 
cismo emanatista que tiene mucho del panteísmo 
de Goethe y no poco de la contemplación extática 
de los fakires indostanos. 

Habiendo palpado de cerca los vicios y lacerias 
sociales, el autor de ¿ Qué hacer ?, trata ahora de 
remediarlos utilizando los principios de la religión. 
Por eso predica contra el orden social establecido, 
ataca la misma institución del matrimonio, re- 
clama, como lo hace en su último libro La salva- 
ción está en vosotros, el desarme general, enaltece 
la vuelta del hombre á la vida primitiva, canta 
al trabajo, y él mismo, confundiéndose con sus 
siervos, que ya han dejado de serlo para con- 
vertirse en sus amigos y en sus hermanos, duerme 
sobre la paja, se alimenta de vegetales solamente, 
no lee jamás, empuña el arado, lleva el agua 



154 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

para el riego, siega los pastos y remueve el es- 
tiércol. Y como si DO fuera esto suficiente, como 
si no patentizara bien su fe predicando, como 
predica, contra todas las iglesias establecidas, y 
abandonando el arte que hizo glorioso su* nom- 
bre — gloria que detesta y de la cual reniega — 
para escribir apólogos y oraciones sencillísimas 
destinadas á los campesinos, déjase llevar añn 
más de sus sentimientos humanitarios y funda 
su escuela de Yasnaia Poliana en sus propias 
posesiones. Su vida de artista febril — esa vida 
genial que nos dio La Sonata de Kreutxer, La 
Querrá y la Paz y Ana Karenine, eternos monu- 
mentos del arte contemporáneo — ha sido susti- 
tuida por esta otra de extática contemplación 
mística. 

¡Maldito cien veces aquel mujik Sutayef que 
vino, con sus predicaciones imbéciles, á robar- 
nos uno de los primeros y más grandes novelis- 
tas modernos! 



La influencia de Tolstoí en el arte contempo- 
ráneo, desde que Melchior de Vogué lo reveló 
al público parisiense, es indiscutible. Hablemos, 
pues, del tolstoümo. 

¿Qué es el tolstoísmo? Ante todo, una doctrina 
moral y social. El más desenfadado desprecio por 



LOB MODERNISTAS 155 



la ciencia, por las nociones de ética que apren- 
demos desde pequeños, 7 por los usos, costum- 
bres y leyes preestablecidos, es el carácter dis- 
tintivo de esa doctrina. Recordad el asunto de 
la novela Marido y mujer. Un hombre, Serguei 
Mikhailovich, que ya ha pasado de su primera 
juventud, noble, recto, severo, de ideas justísi- 
mas sobre todas las cosas, contrae matrimonio, 
después de muchas vacilaciones, con María Ale- 
zandrovna, la hija de un su antiguo amigo. Es 
ésta una joven de quince á dieciocho años, 
que no conoce el mundo, que vive con los pla- 
ceres sencillos del hogar y que se enamora de 
Serguei insensiblemente, al observar en él su claro 
criterio, su seriedad y su benevolencia. La pri- 
mera época del matrimonio, vivida al lado de la 
severa anciana Tatiana Semionovna, madre de 
Serguei, es feliz y dichosa. Pero á poco, María 
empieza á aburrirse de aquella soledad en que 
vive; fastidiada la austeridad de la casa, la no- 
bleza altiva de Tatiana, la rigidez de los viejos 
criados y el silencio religioso que pesa sobre 
aquella morada antigua; y más que todo esto, 
enójala el que su marido la trat« como á una niña 
y no la entere de sus negocios serios. Empieza 
á establecerse cierta tirantez entre los esposos; 
pero el mal se conjura con la partida de la pareja 
para la capital. Aquí es donde empieza el daño 



156 VÍCTTOR PÉREZ PETIT 



j la infelicidad de marido y mujer. Dijérase que 
al abandonar sus posesiones rústicas j sus cos- 
tumbres sencillas por la vida agitada y febril de 
la ciudad^ toda la dicha de aquellos dos seres 
se evaporara al punto. — Serguei^ el marido, odia 
la sociedad, se aburre en ella y la teme ; María, 
la mujer, no sueña más que con la vida de los 
salones. El conflicto se establece entonces, 7 Ma- 
ría concluye por ir á un baile. ¿Hay en esto de- 
bilidad por parte del esposo ? Sí, la hay, para el 
que sabe leer entre líneas ; pero la verdad es que, 
según el texto, el esposo le permite á su mujer 
ir al baile para que se cure de su mal. La cu- 
ración no es brusca, y María Alexandrovna sigue 
yendo á recibos y saraos para curarse, según Ser- 
guei — para divertirse, según ella. — Porque esto 
es lo grave: la mujer no sabe cuál es el fin de 
la condescendencia del esposo y sólo se preo- 
cupa de vivir aquella vida que desconocía y que 
á ella se le antoja encantadora. Es cortejada, 
admirada ; las mujeres la envidian ; todos la ase- 
dian, la solicitan : su amor propio está satisfecho. 
Un día, sin embargo, Serguei quiere partir para 
Nikol&koe .... Precisamente, una amiga ha in- 
vitado á María para un baile, donde le será pre- 
sentado un príncipe. ) Es un crimen partir así ! 
Pero las maletas están hechas ; se ha avisado i 
Tatiana del viaje .... ¿qué hacer? Serguei ve que 



LOS MODERNISTAS 157 



SU mujer se muere de ganas por ir á ese baile^ 
por conocer á ese príncipe, y al fin toda la hiél 
refluye á su pecho. 

— cPero ¿qué es lo que te disgusta? — le pre- 
gunta entonces su mujer. 

— € Me disgusta ver que al príncipe le parezcas 
bonita, y que por esa razón te apresures á pre- 
sentarte á él, olvidándote de tu marido y de tu 
dignidad de mujer; y que no quieras compren- 
der todo lo que debe sentir tu marido cuando te 
olvidas de ti misma y pierdes la conciencia de 
tu dignidad ! Lejos de eso, tú eres la que vienes 
á decir á tu marido que estás pronta á hacerle 
sacrificios^ es decir : « es una gran felicidad para 
mí, poder presentarme á Su Alteza, pero ¡ te sa- 
crifico esa felicidad ! » 

La mujer se siente exasperada con estas re- 
flexiones, se siente herida en su amor propio y 
resuelve vengarse de Serguei : 
• — € Hace mucho que me esperaba esto — le dice ; 
— habla, habla .... 

— € No sé qué te esperabas — replica él ; — pero 
yo podía esperármelo todo al ver hundirte cada 
día más en ese fango de ociosidad, de lujo y 
de placeres mundanos, y no me he engañado .... 
Heme aquí llegado hoy al extremo de sentir 
vergüenza y de sufrir como nunca hasta ahora .... 
Sí, he sufrido, ¡y de qué manera!, cuando tu 



158 VÍCTOR PÉBEZ FETIT 

amiga me escarbaba el corazón con sus manos 
inmundas, hablándome de celos . . . . ¡ Celoso yo ! 
¿7 de quién? De un hombre que ni tú ni yo co- 
nocemos .... Y tú — se diría que lo haces adrede 

— tú no me comprendes^ ¿ y vienes á hablarme 
de sacrificios ? . . . . ¡ Vergüenza me ha dado por 
ti^ vergüenza de tu humillación ... víctima ! 

— « ¡ No ! — grita la mujer. — No te haré sacri* 
ficios. ¡ Iré el sábado á la reunión de la condesa, 
y me guardaré bien de faltar! 

— € ¡Pues que Dios te haga feliz ! pero todo ha 
acabado entre nosotros. » 

No acaba, no. María va al baile, previa re- 
conciliación de los esposos — pues aún se quieren ; 

— pero la felicidad conyugal ya ha sido tron- 
chada por esta escena dolorosa. De entonces en 
adelante no vemos en ese matrimonio más que 
hastío y separación. La mujer está en Badén, 
donde la corteja un marqués italiano; el esposo 
anda por Heidelberg con sus asuntos; y cuando 
se reúnen y vuelven á Nikolskoe, la felicidad ha 
muerto y es en vano que María Alexandrovna, llena 
de remordimientos, trate de resucitarla y reproche 
á su marido que no la haya detenido en la pen- 
diente, siendo él el más fuerte. 

— « Vuelvan las cosas á ser lo que antes ! . . . . 
Todo puede revivir, ¿verdad? » — dice ella, suspi- 
rando por el bien perdido. 



LOS MODERNISTAS 159 



Pero Serguei se siente viejo, se siente cansado. 
No, no pueden volver aquellas horas de ventura 
de la luna de miel. Ahora, su deber, y el de ella, 
es allanar el camino de la vida á su hijo . . . 

Como se ve, aún queda en esta novela, al tra- 
vés de tantas miserias y tristezas, un breve res- 
plandor de esperanza. Se sufre, se sufre mucho 
viviendo, pero aún se espera algo .... Y ese algOj 
es el que no aparece en La Sonata de Kreutxer, 

¡Oh! ¡qué tristeza inmensa, qué dolor infinito, 
qué espantosa desventura la que fluctúa sobre las 
páginas de ese libro grandioso ! ¡ Cuan horroriza- 
dos de la vida quedamos después de su lectura ! 
No hay allí un rayo de luz ni un lampo de espe- 
ranza. Todo es tétrico, sombrío, abominable, y al 
final, en aquellas últimas páginas de dolor y de 
fiebre, la nota más negra y pesimista no ha so- 
nado todavía .... Esa queda para cuando el lector 
ha cerrado el libro y reflexiona en la lección que 
nos ha dado el maestro .... 

Todos conocéis el asunto de La Sonata de 
Kreutxer : es la historia de un marido celoso que 
da muerte á su mujer. No puede ser más sencillo 
y vulgar el tema ; pero, ¡ qué mundo de ideas, qué 
semillero de teorías extrañas no asaltan nuestro 
cerebro ! Ahí es donde encontraremos una de las 
doctrinas morales y sociales más atrevidas del tols- 
to'ísmo. Oid lo que dice el eximio escritor ruso 



160 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

por boca de su protagonista Posdnicheff: cHay 
que comprender la verdadera importancia de las 
palabras del Evangelio de San Mateo, en el ver- 
sículo 28 del' capítulo V: c Que todo hombre que 
mira á la mujer con voluptuosidad comete adul- 
terio;» Y esas palabras se refieren á la mujer, á 
la hermana, y no sólo á la mujer ajeria^ sino ante 

TODO Sl la propia. » 

¿Qué alcance tiene esta idea atrevida? Tan 
grande es que debemos subdividírle en fraccio- 
nes: en primer lugar, todo hombre que ha bus- 
cado una vez el placer sensual, ya no puede tener 
en adelante relaciones puras con ninguna mujer; 
en segundo lugar, el matrimonio es la base de los 
infortunios de los hombres y mujeres, y la apro- 
ximación sexual es un crimen; en tercer lugar, 
debe llegarse al suicidio universal no engendrando 
más hijos, y, por último, el amor sólo debe ser 
intelectual. 

¡ Hay que ver con qué firmeza y decisión el no- 
velista ruso vilipendia y escarnece á la ciencia que 
declara necesaria esa función orgánica de la per- 
petuación de la especie ! ¡ La ciencia envía los 
jóvenes á los lupanares ! — grita Tolstoí por boca 
de su héroe. — ¡ La ciencia los incita á ese acto in- 
fame y degradante curándolos de sus enfermeda- 
des ! ¡ Y el Estado — agrega — emprendiéndola 
así con las leyes sociales — también ayuda y pro- 



LOB MODERNISTAS 161 



tege el crimeD reglamentando la prostituciÓQ y 
no persiguiendo las casas de lenocinio ! ¡ Y hasta 
las madres ejercen de Celestinas buscando un 

hombre para sus hijas ! 

Tolstoí no encuentra que las mujeres de socie- 
dad vivan por otro interés que las prostitutas. 
Oidle : 5 Si los seres difieren entre sí segñn el 
objeto de su vida, según su Hda interior^ eso 
deberá reflejarse también en sít exterior, y su 
exterior será enteramente diferente. Pues bien: 
compare usted á las miserables, á las menospre- 
ciadas, con las mujeres de la más alta sociedad: 
el mismo vestir, las mismas maneras, los mismos 
perfumes^ la misma desnudez de brazos, de hom- 
bros y de pecho, el mismo polisón, la misma pa- 
sión por las piedras preciosas, por los objetos bri« 
liantes y muy caros, las mismas diversiones, bailes, 
músicas y cantos. Las primeras atraen por todos 
los medios; las segundas también. ¡Ninguna dife- 
rencia, ninguna!» Es decir, que ese sentimiento 
de coquetería en la mujer es una degradación. 
Ellas saben que con esos jerseys que les hacen 
más provocativo el seno, atraen á los hombres y 
los enardecen, y no vacilan en usarlos. La mujer 
no es casta, no tiene moral, no sabe de ideas pu- 
ras y elevadas ¡Lástima grande que el nove- 
lista ruso haya olvidado un hecho insignificante^ 
pequeñísimo, que explica todo esto y echa por 

11 



162 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tierra toda su teoría ! Qué, ¿ ignora las leyes de la 
naturaleza? ¿Por qué ese Dios, en que cree el 
ruso insigne, ha creado dos sexos en vez de uno? 
No insistamos más. 

Respecto á la emancipación de la mujer, pre- 
tende Tolstoí que no ha de buscarse en las cáte- 
dras ni en las cámaras de diputados, sino en la 
alcoba. « Hay que combatir la prostitución — dice, 
— no en las casas de lenocinio, sino en el seno 
de la familia. Se emancipan las mujeres en las cá- 
tedras y en las cámaras; pero siguen reducidas 
á instrumentos de placer. Enseñadlas á mirarse 
como tales, según hacemos nosotros, y seguirán 
siendo siempre seres inferiores. Y entonces, una 
de dos: ó con ayuda de un médico canalla tra- 
tarán de prevenir la concepción del hijo, y serán 
unas completas prostitutas, rebajadas, no al nivel 
de un animal, sino al de un objeto; ó serán lo 
que son en la mayoría de los casos: unas en- 
fermas, unas míseras histéricas, sin esperanza de 
progreso espiritual. » 

El matrimonio es, pues, un atentado á los de- 
rechos de la mujer y el más horroroso crimen mo- 
ral. Las relaciones sexuales son una inmundicia 
que ahoga el amor puro, el afecto, la considera- 
ción mutua de los esposos, su felicidad y su ho- 
nor. ¡No le arguyan á Posdnicheff (léase Tolstoí) 
que esas relaciones son naturales ! 



LOS MODERNISTAS 163 



— « ¡ Dice usted natural ! Natural es comer : he 
ahí una función provechosa, agradable, y que á 
nadie da vergüenza cunoplír desde su nacimiento». 
¡ Pero eso ! \ Si eso avergüenza, repugna y daña ! 
No : ¡ qué ha de ser natural ! . . . . 

— «¿Pero, cómo se propagaría el género hu- 
mano? 

— «¿Y qué falta hace que se propague?» 
Aquí estamos en pleno budhismo, predicando 

el Nirvana. No lo haría mejor el filósofo Hart- 
mann, ni lo hizo cuando escribió el capítulo de 
su ensayo de suicidio cósmico; como no lo haría, 
como no lo hizo en su ascetismo el mismo Scho- 
penhauer suprimiendo el comercio sexual. 

Estas relaciones, por otra parte, son las que 
engendran los celos — continúa Tolstoí; y, por vía 
de ejemplo, nos enseña su obra. La Sonata de 
Kreutxer. En esto tal vez no ande descaminado 
el eminente escritor. Paul Bourget, en uno de los 
más bellos capítulos de su libro Physiologie de 
Vamour moderne, trae esta máxima : f No 6C)n las 
traiciones de las mujeres las que nos enseñan á 
desconfiar de ellas : son las nuestras ; » y> en 
efecto, todo hombre que ha poseído una mujer, y 
la ha poseído queriéndola y deseándola, sufre ho- 
rrorosamente con la sola idea de que otro hom- 
bre pueda disfrutar de aquellos encantos que fue- 
ron suyos. La imagen representativa de la pose- 



164 YÍCTOB PÉREZ PETIT 

bí<5q de una mujer querida por otro que uno mismO; 
despierta correlativamente nuestros celos; j más 
aún si esa mujer ya no nos pertenece. También 
Goethe, en el Segundo Fausto, ja dijo algo de esto : 
€ Así como el sonido que arroja la trompeta hiere 
7 desgarra el oído j las entrañas, así los celos 
penetran en el corazón del hombre, que nunca ol- 
vida lo que poseyó una vez, lo que ha perdido y 
que ya no posee. » 

Nuestros actos de lascivia y nuestras traiciones 
son las que engendran los celos, y si éstos nos 
hacen desconfiar de la mujer, aquéllos, haciéndo- 
nos ver todo el horror de la escena, nos muerden 
el corazón despiadadamente. Si Posdnicheff no 
hubiera conocido mujer alguna antes que su mujer; 
si no supiera de traiciones amorosas, y si no hu- 
biera mantenido relaciones sexuales con ella, ¿ hu- 
biera sentido celos de Trujachevskí y hubiera 
apuñaleado á la madre de sus hijos ? Es seguro 
que no; y á sentir celos ellos, no serían más que 
intelectuales, no de los sentidos. 



Hemos visto el tolstoísmo por una sola de sus 
fases, por la más patente y clara. No nos detendre- 
mos más tiempo en ella: Félix Schroeder ha ago- 
tado el tema. Queda otra de más alta filosofía, y 
ella nos reclama ahora. 



LOS MODEBNI8TAS 165 



En SU hermosa novela Ana Karenine, Tolstoi 
había dicho : c No puedo vivir sin saber lo que soy 
y para qué existo^ y puesto que no puedo llegar á 
este conocimiento^ la vida es imposible. » Pero al 
propio tiempo^ en esa misma obra y en La Guerra 
y la PaXf resalta un hecho elocuentísimo que con- 
signa el escritor ruso : la resignación de las clases 
populares^ cuya miseria es tan dura y grande^ re- 
signación que^ en los campesinos y labriegos, se 
traduce por un amor á la tierra y una esperanza 
en Dios marcadísima y firme. Es indiscutible: 
leed las dos obras citadas y sentiréis que bajo 
aquella corteza de roble^ admirablemente escul- 
pida, corre una savia sutil que tiene ricos gló- 
bulos de oxígeno y venenosas sustancias minera- 
les. Es el nihilismo, el terrible nihilismo ruso, la 
euforbia de la revolución social, el tétrico pesi- 
mi^o, la desesperación de alcanzar la felicidad 
y el bienestar; y es, igualmente, la vuelta á Dios, 
la humildad, la resignación, el elixir del cristia- 
nismo, la esperanza en aquel que murió sobre la 
cumbre del Calvario extendiendo sus brazos re- 
dentores para estrechar sobre su noble seno á 
los pobres, á los buenos, á los oprimidos y á los 
tristes. Tolstoi no hace otra cosa que retratarse 
á sí mismo al perfilar las figuras de Besakof y 
de Levine — y aun al pintarnos al príncipe An- 
drés ó á Wronski, — Pedro Besukof es ese es- 



166 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

pírítu eslavo lleno de dudas y vacilaciones, co- 
rroído por el veneno del nihilismo, revolucionario, 
inquieto, soñador — mezcla híbrida de fantasista 
refinado y de escéptico budhista — que busca la 
tranquilidad del corazón, la paz de su concien- 
cia, la certeza de su pensamiento y la regenera- 
ción de sus hermanos inútilmente, hasta que un 
infeliz soldado, á quien fusilan después los fran- 
ceses, le da todo ello enseñándole la vía del 
cielo y la indiferencia mística. Y en cuanto á 
Constantino Dmitrievich Levine, le vemos asfi- 
xiándose en la ciudad, desesperando también de 
alcanzar la dicha, haciéndose cada vez más nihi- 
lista, hasta el momento en que un labriego infe- 
liz que revuelve montones de heno, le da el se- 
creto del reposo y de la voluptuosidad vegetativa. 
— Pues bien : Tolstoí, como Pedro Besukof y como 
Levine, fué convertido nuevamente á la fe per- 
dida, según dije antes, por el sectario Sutayef, 
uno de esos miserables mujiks que andan vagando 
por los campos con los versículos del Evangelio 
en los labios. Para este Sutayef, el verdadero cris- 
tianismo, la suprema verdad, la ley fundamental 
residen en el amor humanitario; y es bajo el 
lema de esta inspiración que el autor de La 
Muerte entra en una nueva vida espiritual y em- 
prende un análisis teológico de los J^vangellos. 
El Sermón de la montaña viene súbitamente á 



LOS MODERNISTAS 167 



derramar viva claridad en su espíritu acongo- 
jado, y dos versículos solos le dan toda la clave 
del enigma que martirizaba su conciencia. « Oís- 
teis que fué dicho á los antiguos : ojo por ojo y 
diente por diente. » «Mas yo os digo: que no re- 
sistáis al mal; antes á cualquiera que te hiriere 
en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra. > 
Este es el verdadero sentido de la vida : no re- 
sistir al mal pagando con mal el daño que se nos 
haga; soportar al malvado, cualquiera quesea la 
violencia que emplee, y devolverle bien por mal y 
el amor en la más amplia acepción de la palabra. 
Y es bajo el imperio de esta nueva doctrina del 
amor, que exclama, rendido, el visionario ruso : 
€ Yo no comprendía esta vida ; me parecía horri- 
ble,^ de pronto oí las palabras de Jesús y las en- 
tendí ; la vida y la muerte cesaron de parecerme 
un mal ; en vez de la desesperación, gusté un goce 
y una felicidad que la muerte misma no podían 
destruir. » Todo el cristianismo está aquí, segán 
Tolstoí, y de ese principio único del amor univer- 
sal fluyen consecuencias hermosas é iuvaríables : 
la independencia del individuo traerá la indepen- 
dencia de la colectividad, y entonces veremos caer 
todos esos mitos absurdos que se llaman autoridad, 
riqueza, arte, guerra, ejércitos, prisiones y tribu- 
nales. Las naciones suprimirán las fronteras para 
estrecharse en un abrazo fraternal ; la comunidad 



168 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

7 la igualdad dejartfn de ser incomprensibles pala- 
bras para trocarse en hermosas realidades ; el amor 
no será mero egoísmo al unir los hombres entre sí, 
ni vergonzosa prostitución al acercar los dos sexos^ 
sino la confraternidad de todas las inteligencias ; 
la paz bajartf á todos los espíritus^ dando alegría á 
todos los hogares, y por consiguiente ya no existirá 
el mal en la tierra, y se cerrarán las cárceles j 
tribunales, y se reducirán á leyendas antiguas de 
los tiempos bárbaros la pena de muerte y las gue- 
rras internacionales y civiles. 

Lo cierto es que en todas estas ideas se nota 
una inconsecuencia marcadísima. En teoría, ya se 
ha visto que Tolstoi condena la revolución, y, sin 
embargo, en la práctica la proclama con sus refor- 
mas socialistas. El cristianismo destruye al Estado, 
dice él ; y agrega : « Es así como fué compren- 
dido desde un principio, y por eso se crucificó á 
Cristo. Así fué comprendido en todos los tiempos 
por los hombres á quienes no ata la necesidad 
de justificar el Estado cristiano. Sólo en el mo- 
mento en que los jefes de Estado aceptaron el 
cristianismo nominal exterior, se inventaron las 
sutiles teorías según las cuales se puede con- 
ciliar el cristianismo con el Estado. Pero, para 
todo hombre sincero de nuestra época, es evi- 
dente que el cristianismo, doctrina de la resig- 
nación, del perdón y del amor, no puede con- 



LOS MODERNISTAS 169 



cilíarse con el Estado^ con su despotismo^ su 
violencia, su justicia cruel y sus guerras. > Por 
otra parte, el ideal social de Tolstoí no es en- 
riquecer al pobre é instruir al ignorante, levan- 
tando al uno y al otro hasta el nivel de la civiliza- 
ción y el poderío, sino, al contrario, destruir el lujo, 
los refinamientos de las artes y las molicies del 
pensamiento elevado, para formar así un único es- 
tado de pobres y seres sencillos. En fin, que el 
autor de Mi confesión quiere convulsionar la so- 
ciedad haciendo carne aquella idea de Gogol : « el 
hombre debe volver á la naturaleza. > 

En seguida el visionario ruso la emprende con 
los teólogos y ataca la aseveración de la resurrec- 
ción en el día del juicio para el castigo de los mal- 
vados y la recompensa de los buenos. « Por ex- 
traño que parezca, no podemos privarnos de decir 
que la creencia en una vida futura es una concep- 
ción bajísima y muy grosera, fundada sobre una 
idea confusa del parecido del sueño y de la muerte, 
idea común á todos los pueblos salvajes. > Por lo 
tanto, según Tolstoí, el bien debe practicarse, no 
en vista de una ulterior recompensa, sino por el 
bien mismo, es decir, por el goce que se experi- 
menta al ejecutarlo y por el placer que nos procura 
el ver la dicha de nuestros semejantes. Es la idea 
que preside á la máxima de Sócrates : < Haz el 
bien porque es tu deber hacerlo. > 



170 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

Lanzado por esta vía, Tolstoí ha llegado á un 
ascetismo que no sólo predica, sino que también 
pone en práctica. Todo goce del cuerpo, toda ex- 
pansión del espíritu es un pecado bochornoso, un 
delito imperdonable. Lo justo, lo raciona!, lo santo 
€S sufrir, aniquilarse, confundirse en el gran Todo. 
El ascetismo de Tolstoí tiene así ribetes del pan- 
teísmo de los Vedas. La vida es una Unidad y 
los individuos meras partículas que no deben sub- 
sistir miís que para aquélla. Fuera de ese gran 
Todo, el hombre es una molécula insignificante, y 
no empieza á vivir y á tener importancia sino 
cuando so sacrifica á él y tiende á formarlo por 
el principio del amor. La moral que se desprende, 
pues, de esta filosofía es la de la destrucción del 
ser individual. Hay que ser mísero, sencillo, hu- 
milde; hay que ulsMdar el placer y los goces te- 
rrenos, que de no hacerlo así jamás lograremos 
la ventura del espíritu, la úuica que puede anhe- 
lar y procurar:^e el hombre como personalidad. 
Por eso, Le vine v Besukof no son seres dichosos 
mientras no visten el traje del mujik, se alimen- 
tan como los siervos y siegan en los campos de 
sol á sol como el más mísero de los labriegos; y 
por eso Serguei y Posdnicheff son desgraciados y 
llevan sobre su pálida frente el rojo estigma de los 
reprobos. — El mismo Tolstoí, como queda dicho, 
practica esta ruda moral de la mortificación y del 



LOS MODERNISTAS 171 



sufrimiento. Á la manera de Rousseau, se aisla del 
mundo y reniega de la sociedad, de la ciencia, de 
las artes y del placer. Vive en sus posesiones de 
campo, olvidado de su título nobiliario y de los 
lujosos salones de San Petersburgo.y Moscow (que 
frecuentara antaño), trabajando con la azada, ha- 
ciendo de zapatero y durmiendo en un armatoste 
de cuero cubierto de paja. El misticismo contem- 
plativo y las disertaciones teológicas son el festín 
de su inteligencia; así como el alimentarse con 
vegetales y el flagelar su cuerpo son los goces' de 
sus sentidos. Reza y piensa en Dios; se marti- 
riza y duerme sobre la paja; perdona á sus ene- 
migos y bendice á sus siervos, sus hermanos: es 
Gricha que resucita; — es aquel Grícha de que nos 
hablaba en su libro Mi infancia con tanta admi- 
ración, con tanto cariño, con tanto respeto .... 
«¡Oh, Gricha! ¡Oh, gran cristiano! Tu fe era tan 
ardiente, que sentías la proximidad de Dios, y al no 
encontrar palabras para loar su grandeza, te arro- 
jabas á tierra sollozando!. . . . > — Como se ve, la 
teoría moral de Tolstoi es empírica. En esto sólo 
habla como un libro Pompeyo Gener, cuando dice 
en Literaturas malsanas : « El defecto del racioci- 
nio de Tolstoi está en su ignorancia, y, á causa de 
ella, en generalizar demasiado. Más que al hombre 
conoce al ruso, ó á lo más, al hombre del nordeste, 
mezcla de eslavo, de germano y de mogol. El 



172 TÍCTOR PÉREZ FBTIT 

embrat«G¡míento por el alcohol amílico, y sobre 
todo por el tabaco mezclado al opio, afortanada- 
meote no es aquí ni general ni siquiera naado. 
Desconoce el papel que representa el alcohol etí- 
lico, 6 mejor, el vino y la cerveza, en la econo- 
mía, como elemeutoB reepiratoríoB indispensables, 
sobre todo iC los que tienen que hacer gasto de 
energías vitales; nada sabe de la acciiSn fajnica 
de ciertos digestivos ; y al formular su raciocinio, 
construye nn hombre demasiado simple, dividido 
en dos mitades simétncas : el consciente y el or^ 
gánico, sin ver que la conciencia no indica para 
nada juicio, sino un cierto feni5meno de sensibi- 
lidad que consiste en sentir todo lo que en nos- 
otros pasa, 6 sea todas las impresiones recibidas 
con sus diferencias y analogías. El juzgar, el pon- 
derar, esa función esencialmente intelectual, sólo 
consiste en apreciar las diferencias de los datos 
suministrados por la sensibilidad. > En cuanto á 
ese otro error de este sistema de moral, referente 
á las relaciones sexuales, muy poco habríii que 
agregar después de lo que al respecto dijo en su 
Nuevo Teatro Crítico la eminente escritora Emilia 
azán. 

ablaremos tampoco muy extensamente del 
> altruista que informa esa singular doc- 
)e8truir el individuo para crear la co- 
id es, sencillamente, una aberración. El 



LOS MODERNISTAS 173 



egoísmo es necesario para la vida 7 conservación 
del individuo^ 7 sin él no puede subsistir el al- 
truismo. Para que los padres puedan desempeñar 
sus funciones 7 cumplir con la le7 natural de la 
conservación de la especie^ es decir^ para que 
puedan dar vida^ conservar 7 proteger á sus hijoS| 
es necesario que ante todo obedezcan á las le7es 
imperiosas del egoísmo. Los actos mediante los 
cuales se conserva la propia existencia deben an- 
teponerse i aquellos que^ perjudicando á ésta^ 
redundan en beneficio de un tercero; 7 toda ac- 
ción que, mediante un relativo sacrificio personal, 
aprovecha á los demás, debe ejecutarse á pesar de 
dicho sacrificio. De ahí^ pues, que sea una ver- 
dad incontrovertible, un verdadero axioma de mo- 
ral, la aseveración de Herbert Spencer, de que 
€ si es falsa la máxima vivir para si, también lo 
es la de vivir para los demás; » ha7 que buscar 
una fórmula conciliatoria, 7 esa no nos la dan ni 
el ascetismo ni el nihilismo búdhico del conde 
León Tolstoí. 



Hemos dado una idea general de lo que es, filo- 
sóficamente, el tolsto'ismo. Ahora estamos habilita- 
dos para hablar de sus manifestaciones literarias 
7 de su desarrollo en el arte contemporáneo. — 
Examinando las obras literarias que de cincuenta 



171 VÍCTOR PÉREZ PÉTIT 

años á esta parto nos llegan de toda? las nacio- 
nes europeas, hemos podido notar el sello pesi- 
mista que á todas ellas informa. Lo que conside- 
níi)amod como una enfermedad característica de 
la raza germánica y sólo encontrábamos entre el 
elemento latino en la poesía de Leopardi, fué des- 
arrollándose cada vez más^ hasta ser la nota única 
de las producciones intelectuales de nuestra raza. 
En Francia, con los primeros albores del roman- 
ticismo, se levantó ese grito desesperanzado que 
ha llenado todos los ámbitos del firmamento; 
luego, vino á su vez la escuela naturalista, y con 
ella la nota lúgubre se extremó más aún. Hasta 
hace muy poco, aún se oían los sollozos de Al- 
fredo de Vigny y las carcajadas fúnebres del autor 
de las Flores del Mal; Balzac nos enseñaba todo 
un mundo, en efervescencia, de desgraciados, y 
los Rougon- Macquart desfilaban ante nosotros, á 
la luz de pálidos blandones, mostrándonos sus 
llagas y desventuras ; Maupassant, Bourget y Loti 
parecían perseguidos por la visión desconsoladora 
de la non curanxa que ahogaba al genial poeta, y 
los mismos parnasianos^ los impasibles, los poetas 
de mármol, sentíanse morir de tedio en la soledad 
imponente de sus templos helénicos. Kusia no 
sentía en su ambiente otra cosa tampoco que el 
rumor de sollozos contenidos; y Nicolás Gogol, 
el poeta épico de Les Ames Mories, resumía en 



LOS MODERNISTAS 175 



Tchitchikoff, Puchkine, Maniloff, Nozdref y Mme» 
Koroboutchine todas las miserias y lacerias que 
agobiaban al pueblo ruso. « El mal del siglo t> fluc- 
tuaba en toda la atmósfera, amargando todas las 
existencias y pronunciándose cada vez más» 
Cuando los jóvenes de última hora quisieron 
hacer un esfuerzo para encontrar una sensa- 
ción nueva, la terrible enfermedad volvió á acosar- 
los con ardor y enloqueció su cerebro. Huysmans 
nos ha legado todo un ^ mundo de incoheren- 
tes; Richepin escupió sus iras al cielo; Coppée 
desmayó de dolor en el hogar de los humildes; 
Claudio Larcher, el protagonista de Mensonges, 
fué á llorar su desventura con el infeliz amante de 
Les demi'Vierges; y Rosny, Margueritte, Wyzewa, 
Paul Hervieu, primero, y después Mallarmé, Mo- 
réas, Jules Bois, Reynaud, Moeterlinck, etc., nos 
contaron sus ansias secretas, sus dolores inena- 
rrables, sus visiones frenéticas y sus locuras ex- 
trañas. 

De todo este gran clamor de tristeza y deses- 
peranza, aún queda un leve estremecimiento, un 
vago runrún prolongado y funerario, un histérico 
sollozo á duras penas contenido. Allá, por el Norte, 
una antorcha ha brillado, y la nueva generación, 
tendida agonizante sobre el suelo, se ha alzado 
sobre el codo para observarla, asombrada y an- 
helante, al través de sus lágrimas. ¿Hs un nuevo 
Profeta? ¿Es el Mesías suspirado? 



176 VÍCTOR PÉREZ PETrr 

El pálido eslavo de luenga barba blanca 7 
ojos de visionario ha abandonado la ciudad fas- 
tuosa por la vida sencilla del campo. Su voz re- 
suena calma 7 grave predicando el Evangelio. Su 
mano^ llena de arrugas^ se extiende majestuosa para 
dar Á los pobres^ á los humildes, á todos los desven- 
turados^ su bendición. ¡Oh ! ¡ Una resurrección de la 
fe! ¿Y por qué no? La ciencia no ha satisfecho la 
sed de saber que sentía nuestra inteligencia, no ha 
aplacado el hambre de reposo que sentía nuestro co- 
razón. El positivismo nos ha engañado. Las viejas 
ideas, que teníamos por verdades incontrovertibles, 
nos han resultado pobres 7 nos han hecho desgra- 
ciados. No tenemos 7a esperanzas ; estamos has- 
tiados de todo; no podemos soñar más; nues- 
tra vida se ha marchitado. ¿Por qué no hemos 
de retornar á la fe como al postrer refugio? 
Desde sus laboratorios, acaso nos digan los sa- 
bios: ¿qué habéis hecho de las ideas 7 doctrinas 
que os enseñamos? Y nosotros les responderemos: 
— Las hemos olvidado porque con ellas no he- 
mos ido al templo de la felicidad. Ellas nos han 
hecho desgraciados. Ellas jios han dicho que el 
mundo planetario se formó de una nebulosa, pero 
no han satisfecho los porqués de nuestra inteligen- 
cia, que pretendía averiguar quién hizo esa nebu- 
losa; ellas han buscado el origen del hombre 7 han 
trazado el árbol genealógico de Hseckel, pero la 



LOS MODERNISTAS 177 



duda ha continuado mordiendo nuestro corazón; 
ellas nos han dicho^ por boca de Darwin^ que hay 
€ lucha por la existencia > 7 « selección natural »^ 
y esto nos ha llenado de congojas sin cuento; ellas 
nos han hablado con Spencer de « la relatividad 
de los conocimientos humanos », 7 desde entonces 
la idea de no poder averiguar lo absoluto nos ha 
aniquilado 7 reducido al estado de bestias ; ellas 
nos han prometido una sociedad mejor con los 
sistemas de Fourrier, Proudhon, Stirner 7 Kro- 
potkine, 7 en tanto el mundo no ha mejorado; ellas 
no nos han podido dar el placer, ni el reposo, ni 
la alegría, ni esas sensaciones nuevas que eran 
todo el afán de nuestras conciencias frenéticas 7 
solitarias; ellas, en ñn, nos han mentido hacién- 
donos creer que resolverían todos los problemas 
planteados por nuestra curiosidad é inteligen- 
cia. He ahí por qué olvidamos vuestras doctri- 
nas. Ahora marchamos de nuevo hacia la fe; 
vamos á buscar el consuelo en Dios; volvemos á 
la religión que besó nuestras frentes en la cuna. 
Somos mu7 desventurados 7 queremos olvidar, 
orando, nuestra desventura; sentimos que el ana- 
tema del cielo nos ha doblegado, 7 vamos á ren- 
dimos ante el retablo de Bethleem para implorar 
nuestro perdón. He ahí lo que sentimos, lo que 
hacemos ahora. Gricha nos ha convertido: vamos 
con él á buscar la senda que conduce al Paraíso. 

12 



178 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

Y todos escuchan así las voces de los profetas. 
Tolstoi ha predicado ya su religión. En Franoiai 
Le Disciple, de Bourget, j en España^ La Fe, de 
Palacio Valdés^ han iniciado la evolución hacia 
el neo - misticismo. Hay que buscar la regenera- 
ción del género humano; haj que perseguir la 
verdad. 

Hace ya bastante tiempo que Schelling, el gran 
filósofo - poeta^ escribió este aforismo : « Así como 
el relámpago surge de la sombría nube y estalla 
por su propia fuerza, así brota del seno de Dios 
una afirmación infinita . . . . > Nosotros, los pobres 
desterrados del ideal que llevamos en el alma 
constantemente la nostalgia de esa luz divina, he- 
mos olvidado aquella hermosa idea tan brillante- 
mente expresada, y hemos purgado^ con nuestras 
propias desgracias y dudas, ese olvido. Hoy te- 
nemos que aprender de nuevo el código supremo 
de la fe, y recurrimos al visionario ruso, al 
P. Taconet de Mensonges y al filósofo desengañado 
de Le Disciple. La conversión del P. Gil de La 
Fe nos llena el corazón de consuelo; los pujos de 
misticismo de Ángel Guerra y el triunfo moral 
de Leré son, á pesar de la pasión amorosa, emi- 
nentemente humana que los acerca, un sublime 
bálsamo derramado sobre nuestro pecho; la « al- 
ternancia :» que busca el desheredado Chiripa — 
ese admirable personaje de una de las más 



LOS MODERNISTAS 179 



admirables novelas de Clarín — nos procura una 
alegría plácida y dulce; y esa alma sublime de 
Naxaririf mitad locura, mitad santidad, que rueda 
entre el fango de la vida, sin mancharse, que ha- 
bla de Dios y sabe hacérselo sentir á la miserable 
Andará, que doblega al ogro poderoso de la Co- 
reja, don Pedro de Belmonte, con el solo talismán 
de la humildad, que soporta las injurias más bajas 
con la grandiosidad del Nazareno, es el alma por 
que nosotros suspiramos, la que queremos, la única 
capaz de darnos la paz que ansia nuestra mente 
fatigada. Todo, todo ello resulta, para nosotros, 
bienhechora enseñanza, reposo y consuelo serení- 
simos, algo así como una ninfa Egeria moral. Es- 
tamos ahitos de sensaciones violentas, descorazo- 
nados del mundo, cansados de la ciencia, y no 
valen paliativos como el catolicismo de Barbey 
D^Aurevilly y las moralejas de Goldsmith: nece- 
sitamos reactivos poderosos y nuevos, < talentos 
cristianos», que diría el P. Taconet, capaces de 
sacudir de su letargo al alma moderna. 

Estos ensueños de religión novísima — « amal- 
gama de mil ideas opuestas, de impulsos propios y 
de teorías ajenas, de antiguas costumbres y de 
modernas aspiraciones,» como dice el reputado 
crítico catalán Ramón D. Peros — nadie los satis- 
face mejor que el genial artista de La Sotiata de 
Kreutxer, En todos sus libros hay un sutilísimo 



180 VÍCTOB PÍBBZ PETIT 

aroma de misticismo que envuelve nuestro espíritu 
con las ondas rutilantes del incienso para hacerle 
pensar en la divinidad. Su ascetismo es puro 7 sin 
mácula, digno de realizar las fantasías doradas del 
milagro 7 con algo en sí que nos hace pensar en la 
severa moral del sublime Crucificado. Al revés de 
Benán^ el gran revolucionario del idealismo mo- 
dernOy Tolstoí nos hace creer en la divinidad de 
CristO; cre7endo tal vez él mismo, como lo cree el 
autor de la Historia de los Orígenes del Cristianismo^ 
que no ha7 tal divinidad. El misterio^ el milagro, 
lo sobrenatural no existen para el historiador de 
Jesús, 7 á sus ojos, esto engrandece la figura del 
mártir del Gólgota; pero, para Tolstoí sí existen, 7 
no puede caber la menor duda al respecto. Estu- 
diando la doctrina del alucinado ruso, examinando 
despacio su fe 7 aplicando á la historia sus conclu- 
siones, no sólo creemos en las caóticas fantasías 
del Evangelio, sino que estamos tentados de creer 
en los oráculos de las sibilas de Cumas, de las pi- 
tonisas de Delfos^ en los misterios de Isis 7 hasta 
en los pronósticos de los gansos sagrados del Ca- 
pitolio. La religión se le impone con todas sus con- 
secuencias, 7 por eso, precisamente, nos parece tan 
viva 7 tan ardiente su fe, 7 por eso, también, su 
palabra encuentra eco simpático en todas las almas 
sonámbulas. Si Tolstoí vacilara un segundo en su 
doctrina ó nos la revelara con prudentes restriccio- 



LOS M0DEBNISTA8 181 



neSf 6 tratara de fundarla en la ciencia y en datos 
precisos^ á la manera de Renán^ no le creeríamos y ^ 
sería uno de tantos predicadores ; pero mostrándo- 
senos tan resuelto^ tan ferviente^ tan dominado por 
su creencia que, llegado el caso^ no vacilaría en 
creer en los trasgos y demonios de la Edad Media 
si ellos informaran su religiosidad^ nos cautiva y 
nos arrastra. No es un moderno, no es un hombre 
como nosotros ; es, por el contrario, un sacerdote 
antiguo, una aberración del misticismo — y ahí está 
el secreto de su fuerza. Además, sabe hablarnos 
nuestro lenguaje para arrojarnos al rostro nuestras 
miserias y vacilaciones — y esa es su superioridad. 
En una palabra : Tolstoí es la encarnación de la 
frase de Tertuliano: ^ Credo quia ahsurdurm>] y 
éste es el único apóstol del neo -misticismo que po- 
damos concebir nosotros. 

¿Puede reformar la sociedad y curar sus miserias 
y dolores semejante doctrina? No; es imposible. 
Gricha vencerá por un instante^ durante los prime- 
ros momentos, y arrastrará en pos de sí á nuestras 
almas débiles, á nuestros corazones infantiles (á 
pesar de su corrupción ó por eso mismo, tal vez \ 
á nuestros cerebros inquietos y preñados de som- 
bras; pero lo incontestable es que no hay tal 
€ bancarrota de la ciencia >, que aún quedan inteli- 
gencias vigorosas, que aún viven espíritus sanos 
y robustos, y de éstos, al cabo, será el reino de 



182 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

los cielos. La mansedumbre cristiana que predica 
Tolstoi, jamás se realizará por completo mien- 
tras exista un Posdnicheff^ un Claudio Larcher, 
aunque más no sea un Armando ; la duda corroerá 
el espíritu á medida que los futuros Leverrier 
vayan escrutando los abismos infinitos del espa- 
cio sin encontrar < la primera causa > ; el dolor 
germinará en el corazón humano mientras la vida 
tenga un plazo fatal^ el amor una niebla de des- 
confianza, la mujer una ironía en los labios j el 
sol una mancha en su periferia; la sociedad será 
siempre la misma j conservará sus cárceles y có- 
digos^ sus autócratas y esclavos, su lujo y paupe- 
rismo, en tanto vivan dos seres y no se destie- 
rre la ineludible ley de € la lucha por la existencia »; 
— por manera que el neo -misticismo se verá 
arrojado al olvido muy pronto, cuando cese de ser 
lo que es : un mero oportunismo. 

Ved lo que pasa en la realidad. ¿Ha triunfado 
alguna vez una idea que no se adaptara á la na- 
turaleza? Nunca. Para que triunfe el ascetismo 
es necesario cambiar la constitución del ser hu- 
mano. Para volver al estado de naturaleza habría 
que destruir la ley de evolución. Para reformar al 
hombre sería necesario ante todo aniquilar la ley 
de herencia. Para vencer las relaciones sexuales 
fuera menester destruir á todos los hombres ó á 
todas las mujeres : una sola pareja que existiera^ 



LOS MODERNISTAS 183 



remedaría al patriarca Noé. Y así por el estilo. ¿Se 
han curado en salud las mujeres con La So7iata 
de Kreutxer? ¿ Se han curado los hombres con Fany 
y Manon ? ¿Se ha reformado el mundo con el íJmí- 
fóo?¿Ha concluido el dolor en Rusia con Les ames 
mortes? ¿Se aborrece el amor carnal con la Phy- 
siologie de Vamour moderne y el amor platónico con 
Werther? ¿Se hacen otras señoritas con Les demi- 
vierges? ¿No hay más neurasténicos después de Á 
rebours ? ¿ Concluyeron las desesperadas con María 
Bashkirtseff? Y la misma religión^ que casi puede 
llamarse una ley natural ... del espíritu, ¿ha 
triunfado con el sublime Gefíio del Cristianismo ? 
No, es imposible. « Mientras exista una mujer 
hermosa, habrá poesía, » y, también adulterio — 
aunque no sea hermosa la mujer; — y todas las 
doctrinas que se prediquen, por muy buenas que 
sean, serán inútiles. No se transforma el mundo, 
por poderosa que sea la inteligencia que tal em- 
presa acometa: á lo sumo, le conmoverá. Mens 
agitat molem. Pero nada más. 

¡ Oh, pobre Gricha ! ¡ Pobre gran cristiano ! Tu 
fe es tan ardiente que, cuando no encuentras pa- 
labras con que loar la grandeza del Omnipotente, 
te arrojas á tierra sollozando . . . ; pero, alza tus 
ojos llenos de lágrimas, deja esas cadenas que, 
en vez de ganarte el Paraíso, sólo sirven para apri- 
sionar tu genio y privamos de una nueva Sonata 



184 VÍCTOR PÉREZ FETIT 

de Kreutxer: álzate un instante sobre la nabe 
de misticismo que te envuelve allá en las leja- 
nías del Oriente, 7 contempla el alma contempo- 
ránea encarnada en el desdichado é incrédulo sa- 
cerdote de Lourdes, en el vencido de Roma. ¿ Le 
ves? Pues bien: ¿acaso esperas que en Paris 
triunfe la religión 7 se le imponga como la luz de 
la verdad? ¡Oh, pobre Gricha! ¡Mísero visiona- 
rio! Pierde toda esperanza de tener un San Pa- 
blo como lo tuvo Cristo para propagar su doctrina. 
Ese Pedro te dejará solo -en tu camino de Da- 
masco, 7 ese Pedro, te lo repito, es el alma 
contemporánea. 



PAUL VERLAINE 



Cada vez que su nombre poético 7 melodioso 
ha saltado bajo. mis ojos en las frías páginas de 
un libro, me ha dominado una especie de rara 
sugestión, j una figura elegante y caballeresca^ 
digna de los tiempos de Alejandro Borgia, ha vi- 
vido ante mí con todas las líneas 7 colores de la 
realidad. Entonces me he representado al cantor 
de Fétes galantes vestido con un traje magnífico 
y ornado de pedrerías cual el de un príncipe : — 
sayo de brocado escarlata, cuyo cuello cerrábase 
con una gola rizada de finísimo encaje de Flan- 
des y cuyas mangas de raso color de púrpura, 
con cuchilladas tomadas sobre oro muerto, tenían 
la tersura y morbidez de las porcelanas ; cinturón 
bordado de lentejuelas de oro y con piedras en 
los centros de las flores, del cual pendían, i la 
derecha, una elegante limosnera que cruzaba un 
pequeño puñal florentino, y á la izquierda, una 



186 VÍCTOR TÉREZ PETIT 

espada con empuñadura de oro incrustada de ná- 
car y vaina de terciopelo rojo; calzas de grana 
7 borceguíes de púrpura sangrienta, á la manera 
de Mefistóf eles ; y, en fin, sobre su cabeza de 
altivo soñador, sombreando su frente de una limpi- 
dez de cielo, harmonizando poéticamente con las 
ondas encrespadas de su rubia y larga cabellera, un 
birrete de fino brocado de oro recamado de perlas, 
con joyel de diamantes. Y este príncipe de mis 
visiones, gentil caballero de la más grande y no- 
ble cruzada artística, vivía en un espléndido retrete 
donde luchaban por superarse el lujo y la volup- 
tuosidad. El techo de la estancia ostentaba hermo- 
sos frescos paganos — un sátiro sorprendiendo á 
las ninfas bajo la tibia claridad del cielo de Gre- 
cia; Venus Citerea surgiendo délas espumosas on- 
das en medio á un coro de rosados amorcillos que 
soplan en marinos caracoles ; una fiesta del dios 
Pan 6 una orgía desenfrenada de Bacantes; — las 
paredes veíanse tapizadas de claras sederías, osten- 
tando cuadros de vírgenes cristianas que contras- 
taban con las olímpicas figuras del techo, y sobre 
el piso de mosaicos, que cubría una gruesa alfom- 
bra de Oriente, de intrincados arabescos, desparra- 
mábanse mesas de laca, pebeteros de pies de 
bronce sobredorado, columnas de mármol y de 
ébano que sustentaban estatuas, prodigios de cin- 
cel, jarrones raros y exóticos, maravillas de orfe- 



LOS MODERNISTAS 187 



brería^ 7 viejos candelabros de plata^ macizos^ 
pesados^ con bujías perfumadas 7 semi-transparen- 
tes . . . No había allí biblioteca ni estantería de 
libros : la ciencia estaba desterrada del primoroso 
retrete del príncipe poeta ; sólo, aquí y allá, sobre 
la mesa de trabajo ó tirado al descuido en una 
otomana de lujosa tapicería, veíanse un tomo de 
Kempis, las eróticas poesías de Catulo y un ejem- 
plar de la Biblia encuadernado en viejo pergamino 
con incrustaciones y llave de oro. Así, al leer sus 
versos, he soñado á Verlaine.... ¿Es necesario 
que os diga que la realidad dista muchísimo de 
este ensueño encantador? Todos habéis visto el 
retrato del poeta: es un hombre de cincuenta y 
dos años, calvo, barba y bigote enmarañados, ceji- 
junto, grueso, el cuello rodeado por una vieja boa; 
su mirada revela el carácter irascible ; su gruesa 
nariz, el temperamento sensual; tienen, en fin, en 
conjunto, su rostro y su cuerpo, figura de burgués 
caído en la miseria. Como en Leconte de Lisie, el 
físico traiciona al alma y se nos presenta como 
la vulgaridad misma, casi casi como la imagen de 
la miseria. En cuanto á su vivienda, tampoco 
la realidad condice con las ficciones de mi ima- 
ginación : su casa es el banco de una plaza pú- 
blica, la mesa de un café, la cama de un hos- 
pital. Recordad la anécdota que nos refiere Gó- 
mez ' Carrillo en su librito Sensaciones de Arte: 



188 VÍCTOR PÉBEZ P£TIT 

cHace pocos días estuve á ver en el Hospital 
Broossais al poeta genial de La buena canción j 
de Las fiestas galantes, que, como hace dos in- 
viernos^ busca hoj^ en el brasero de la caridad 
pública, algún calor reconfortante para sus viejos 
huesos enfermos. Un billete arrugado, cujas fra- 
ses burlonas se helaban entre la amargura del 
fondo, anuncí<5mQ, hace ya algunas semanas, lo que 
Yerlaine llama su cambio de domicilio. — c Ya 
estoy instalado en mi palacio de invierno — me 
decía. — Venid á verme para que hablemos de Cal- 
derón y de Oóngora (ese simbolista!). Mi día de 
recepción es el domingo 

A pesar de todo, cada vez que leo el nombre 
de Yerlaine — este nombre que tiene entre sus 
sílabas de mármol helénico yo no sé qué encan- 
tados misterios y qué raras melodías — no puedo 
menos de representarme á un príncipe rojo, des- 
lumbrante como un sol y hermoso como uno de 
esos caballeros de los tiempos de Felipe II. Es 
una extraña sugestión, ya lo he dicho, producida 
por la lectura de sus versos y la historia de su 
vida frustrada — versos triunfales, variadísimos, 
contradictorios, como su vida bohemia, arrastrada 
infantilmente desde las visiones afrodíticas del 
ajenjo hasta los ensueños celestes del paraíso cris- 
tiano. — Porque Paul Yerlaine es á un tiempo 
luces y tinieblas, canto de alborada y elegía de 



LOS MODERNISTAS 189 



crepúsculo, cima escarpada 7 abismo tenebroso, 
lujuria mitológica é idealidad mística. Cuando 
sui^ió su numen en el cielo de las letras fran- 
cesas, Erato se desposó con un Apolo de mar* 
mol. El corazón del Dios de Claros se heló 
súbitamente; ja no fué el rubio Febo que derra- 
maba otrora, desde su carro triunfal, la límpida 7 
caliente luz del día.; tampoco en sus labios roda- 
ron dulces querellas de amor por la Afrodita. Tan 
sólo el olímpico dios conservaba su arco de plata, 
macizo, duro, deslumbrante, frío. Verlaine era 
parnasiano. El editor Lemerre empezaba la publi- 
cación del Pamasse contemporain 7 el futuro can- 
tor de Romances sans paroles concurría á las cé- 
lebres reuniones de Leconte de Lisie. Allí conoció 
á los jóvenes poetas de la época, á CatuUe Men- 
dés, á Dierx, é intimó con Fran50is Coppée. El 
medio venció á su temperamento: alma sensible, 
corazón preñado de deseos, cerebro sediento de 
idealidades, carácter infantil, temperamento pasio- 
nal 7 arrebatado, Yerlaine torció sus gustos, sus 
naturales inclinaciones 7 se hizo parnasiano. Esta 
es la historia de su vida 7 de toda su obra : apar- 
tarse continuamente de la recta vía dé su numen. 
Su primer volumen de versos se llamó Poémes 
satumiens; el cual refleja claramente esta primera 
manera del poeta. También es cierto que en todo 
el libro no ha7 un solo verso de Verlaine, es de- 



190 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

m 

cir, del Verlaine de Jadis et Naguére, Sagesse y 
Paralléhínejitj que nos presenta un alma tan múl- 
tiple como apasionada en cada uno de sus deli- 
quios. Son versos hieráticos, de una sola pieza^ 
como cristalizados. Ese sentimiento divino j arre- 
batador que siempre ha vivido en el poeta y que 
estalla fulgurante en todo momento en sus pos- 
teriores versos, está allí muerto y helado. Es un 
Apolo de mármol. Erato se estremece friolenta- 
mente bajo sus besos de ultratumba. Oidle: 

€Eet-elle bruñe, blonde ou rousse? — Je l'ignore. 
Son nom ? Je me Bonviens qa'il est doux et Bonore 
Comme ceux des aimés qae la yie ezila. 

Son rcgard est pareil au regard dea stataes, 
Et, poar sa toíx, lolntaine, et grave, et calme, elle a 
L'inflezion des toíx chéres qoi se sont tues. » 

El período rueda sonoro, cadencioso, con ritmos 
metálicos, sin una nota de pasión, sin un acento 
del alma. Es frío, yerto, escultórico, y el verso pa- 
rece una estatua animada, una gran estatua de 
plata, cuyas articulaciones crujen con sonidos ar- 
gentinos. El sentimiento y la inspiración han sido 
arrojados del templo del arte. ¡ Ah! la inspiración, 
« la ninfa Egería de ojos profundos y luminosos, > 
« la Paloma, el Espíritu Santo, el santo Delirio, » 
«la Musa que hace surgir en los cerebros juve- 
niles todo un jardín de poemas nuevos, » la ins- 
piración se evoca á los dieciséis años — exclama 



LOS MODERNISTAS 191 



el poeta; — y confesando el martirio de su alma^ 
gritando á los cielos su credo artístico, su profe- 
sión de fe, rima las leyes supremas de los parna- 
sistas : 

« Ce qu'il nous faut h noas, les Saprémes Poetes, 
Qui Ténérons les Dieux et qui n'7 croyons pas, 
A neus dont nul rayón n 'auréola les tetes, 
Dont nuHe Beatriz n'a dirige les pas, 

A nous qui ciselons les mots comme des coupes 
Et qui faisons des yers émus tres froidemeot, 
A nous qu'on ne Yolt point les soirs aller, par groupes 
Harmonieux, au bord des loes et nous pámant, 

Ce qu'il nous faut á nous, c'est, aux lueurs des lampes, 
La sdence conquise et le sommeil dompté, 
C'est le front dans les mains da vieux Faust des estampes, 
C'est l'Obstination et c'est la Yolonté I 

Libre h nos inspires, coenrs qu'une oeillade enflamme, 
D'abandonner leur étre au rent comme un bouleau. 
Pauyres gens ! L'Art n'est pas d'éparpiller son ame : 
. Est - elle en marbre ou non, la Venus de Milo 7 » 

¡ Cómo desmentiría Verlaine más tarde, con sus 
propias obras, estos gritos de satánica rebelión 
contra la poesía del alma, pasional y sentida! 
¡Cómo abjuraría poco después el mismo poeta 
esta profesión de fe, este arte parnasiano que reem- 
plaza la Inspiración con la Voluntad ! Los parna- 
sianos, los impecables son .... du bais, du bois 
et encoré du bois, escribirá el mismo Verlaine, el 
mismo autor de «Mon réve familier^, rechazando 
así todo el arte marmóreo de los poetas impasi- 
bles y renegando de sus primeros versos. Aun en 



192 VÍCTOR PÉREZ PBTIT 

Féies galantes, publicado poco tiempo después de 
Poémes saturniens, el poeta conserva rastros de 
BU impasibilidad parnasiana^ y en ciertas poesías 
del volumen^ en las tituladas € Clair de lune > y 
€ Mandolino », parece que aleteara el espíritu del 
autor de Émaux et Carnees ; pero después^ en otra 
recopilación de versos^ en La bonne chansorif se 
resarce con creces de aquella vigilia de inspiración 
que se impuso á sí mismo. Toda la sensibilidad 
del poeta brota resonante al exterior en forma de 
gemidos, de súplicas ardientes, de sollozos entre- 
cortados, de gritos de placer y de deseo, y enton- 
ces encontramos en Verlaine un poeta nuevo, un 
gran poeta tal vez, que tiene en su harpa los 
negros acordes de Baudelaire, es cierto, pero que 
al fin nos resulta humano, con nervios, con mise- 
rias, con tristezas como los demás hombres. El 
Apolo de mármol que tenía contristada á la dulce 
Erato ha desaparecido ahora, y en su lugar renace 
el Apolo de los rayos de oro, el Rey Sol, el que 
calienta el corazón y puebla los ojos de los mor- 
tales con mirladas de pimtitos luminosos. Pero el 
poeta es versátil; su inspiración está ebria; su 
capricho es tornadizo. Él no sabe aán qué secre- 
tos anhelos le arrastran; anda, con tanteos, bus- 
cando la senda de su arte; como un niño, se 
distrae del camino que le conduce al Pindó, y co- 
rre, por sendas transversales y extraviadas, detrás 



LOS MODERNISTAS 193 



de la primer mariposa que seduce su vista. Su 
cabeza está poblada de sueños^ de visiones ra- 
rísimas, de fantasmagorías extrañas 7 fugitivas. 
€ El hada verde > ha soplado sobre su frente 7 
ha puesto ebria á la inspiración del poeta. Esto le 
divierte, 7 continúa bebiendo ajenjo para emborra- 
char su pensamiento. 

Era en 1871 ; acababa de unirse con los más 
estrechos lazos de la amistad á un poeta raro^ 
al autor del célebre soneto de las Vocales. La 
teoría poética de Arturo Rimbaud sedujo á Ver- 
laine. Yerlaine acababa de abandonar el taller de 
los parnasianos, 7 la blancura deslumbrante del 
mármol aún cegaba un poco su retina. En su co- 
razón, sin embargo, había llamas de pasión. Su 
sensibilidad lo llamaba á gritos á la vía de su 
verdadero numen. Verlaine iba á ser, tal vez, el 
poeta más grande de Francia, cerrando con él 
la era grandiosa del romanticismo. Pero Rimbaud 
se cruzó á su paso 7 le habló de su arte. El 
autor de Poémes saturniens escuchó una teoría 
extraña, una teoría mu7 original, algo que par- 
ticipaba de las genialidades de la locura 7 del en- 
sueño. Y € el hada verde > volvió á soplar sobre 
su frente, 7, al través de la niebla con que en- 
volvía sus facultades intelectuales, le habló de 
aquel arte supremo, exótico, satánico. Verlaine 



13 



194 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

torció por segunda vez el rumbo de su genio^ j 
fué el cantor de Romances sans paroles. 

Fué entonces cuando el poeta entró osadamente 
en el cenáculo decadente^ llegando muy presto á ser 
uno de sus más grandes pontífices. Seducido por 
los principios 7 refinamientos de su amigo el 
autor del Sonnet des voyelles, trató de oficiar ante 
el altar sagrado con plena conciencia de sus de- 
beres. El único fin de la poesía era la emoción, 
j ésta debía obtenerse, no por los medios comu- 
nes j vulgares utilizados por todos los poetas, 
sino valiéndose de palabras vagas, de harmonías 
imitativas, de frases simples, aéreas, casi incor- 
póreas, que, reunidas 7 dispuestas sabiamente, 
dieran ó procuraran la sugestión de los senti- 
mientos, emociones é ideas soñadas por el poeta ; 
y entendiéndolo así Paul Verlaine, cuyo espíritu 
era, precisamente, sencillo y vago, dedicóse con 
ahinco á usar las asonancias, en vez de las rimas 
sonoras y opulentas que usara en sus primeros 
versos y de los ritmos pares y simétricos que 
prestaban aquel timbre marmóreo á sus estrofas 
parnasianas, y manejó con soltura y primor ese 
lenguaje amorfo, de medias tintas, de modulacio- 
nes equívocas y sugestivas, que debía traducir 
los secretos vuelos de su imaginación desordenada, 
las fiebres que infiltraba en su cerebro el amor 
del «hada verde» y las extrañas y complicadas 



LCN3 MODERNISTAS 195 



emociones de su alma febril^ llena de vacilacio- 
nes y temoreS; afrodisíaca con rubores de casti- 
dad y femeninamente nerviosa y mística en sus 
mejores horas de serena abstracción y de dicha 
sosegada. Rimbaud había triunfado^ y Yerlaine, 
realizando lo que su amigo no logró jamás^ nos 
dio esa suprema forma del arte decadente que 
quedará como arquetipo. 

La poesía de ese entonces, «el verlainismo 
poético », como se denomina esta manera de 
nuestro poeta^ es obscura^ caprichosa^ cuajada de 
estremecimientos y de sensaciones agudísimas. Del 
fondo del poema, de la estrofa suelta y algunas 
veces de un solo verso, aislado, parece que se ele- 
vara una nota moribunda, nacida á la distancia y 
ahogada dulcemente en el espacio y el tiempo; 
una nota que llega hasta nosotros casi impercepti- 
ble, diluida en otras notas más débiles y variadas ; 
una nota extraterrestre, salvaje ó exótica, que nos 
procura mil sensaciones indefinibles y vagas; — 
y al advertirla nuestro espíritu, dijérase que en- 
contrara simpático eco en nuestros pequeños dolo- 
res, en nuestras tristezas más escondidas, en nues- 
tros sollozos ahogados, en nuestros recuerdos, en 
fin, más lejanos, más vagos y melancólicos. 

€ n plenre dans mon coeur 
Comme il pleut dans la Tille; 
Quelle est cette languenr 
Qui pénétxe mon coeur? 



196 VÍCrOB PÉREZ PETIT 

O donx Imiit de la piule 
Par terre et sor lea toital 
Ponr on coeor qoi B'eimaie, 
O le ehant de la piole ! 

n pleore aana nlaon 
Dana ce coeur qnl a'écoenre ; 
Qaoi I nalle trahiion ? 
Ce deofl eat sana raibon. 

C'est bien la pire peine 
De ne MToir poarqnoi 
Sans amonr et aans haine, 
Mon coeor a tant de peine. » 

Este balbuceo infantil — ritomeUo amorfo — 
vagido de hembra abandonada, con sus cadencias 
pueriles, sus repeticiones melancólicas y arrullado- 
ras, con su ritmo sencillo y yago á la par, dice bien 
á las claras cuál es el carácter del € verlainismo 
poético». Es la € manera» según la cual Jean 
Moréas obtiene los raros efectos de sus Canti- 
lenes: 

« Et j'irai le long de la mer étemelle 
Qoi ba^e et gémit en les roches coneayea, 
En tordant sa qaeue en lea roches concayea, 
J'irai tout le long de la mer éternelle. > 

Y así de los demás poetas del decadentismo 
militante. No hay que buscar, pues, en esos versos 
una idea 6 un sentimiento determinado ; la sensa- 
ción en ellos reproducida es compleja é indetermi- 
nada, y no tiende á otro fin que el de despertar en 
nosotros, los lectores, otra sensación igualmente 



LOS MODERNISTAS 197 



indeterminada y compleja. ¿Que no la sentimos 
6 no nos damos cuenta de ella ? ¡ Tanto peor para 
nosotros ! Prueba acabada de que no tenemos tem- 
peramento artístico — nos dicen los vates deca< 
dentes. — Pero lo cierto es que Verlaine, con su 
prurito de mantener la emoción como único prin- 
cipio de arte y con su afán de lograrla desgon- 
zando sus frases y haciendo juegos malabares con 
sus pensamientos, llegó á escribir versos que ya 
no eran versos desde el punto de vista de la mé- 
trica y á componer cuartetos sin sentido común, 
por lo menos. Son conocidísimas las estrofas de 
esta Arte poética incluidas en el volumen que 
siguió á Sagesse: 

« De la musique ayant toute chose, 
£t pour cela, préfóre I'Impair, 
FluB vague et pías soluble dans l'alr, 
Sana rien en lui qui p^e ou qui pose. » 

Es, como se ve, una fantasía de melómano, un 
capricho de paranomasias arrancadas al genio de 
las sílabas y del ritmo — capricho y fantasía que 
Teodoro de Wyzewa ha expresado así en su es- 
tudio sobre Stéphane Mallarmé : € La poesía debe 
ser un arte, crear una vida. Pero, ¿ qué vida ? Una 
sola respuesta es posible : la poesía, arte de los 
ritmos y de las sílabas, debe, siendo una música, 
crear emociones. > 

Y sigue Verlaine en Jadis et Naguére : 



198 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

* 
« De la musiqae encoré et toi^onrs I 
Que ton Ytn soit la chose «n^olée 
Qu'on aent qui íuit d'nne &me en allée 
Ven d'autreB cieux á d'autreB amoun. » 

¿ No OS parece esta Arte poética de Verlaine 
una ampliación 7 comentario de aqaella página de 
Los Héroes, en que dice Carlyle : « Un pensamiento 
musical es un pensamiento hablado por un espí- 
ritu que ha penetrado en lo más íntimo de la cosa, 
que ha descubierto el misterio más interior » ? 
En efecto ; los simbolistas 7 los decadentes bus- 
can empeñosamente la traducción de sus emocio- 
nes 7 sentimientos por melopeas 7 combinaciones 
de sonidos que hagan su pensamiento vago, con- 
fuso 7 sugestivo. Por lo demás, ¿ qué emociones 7 
sentimientos son los que tratan de expresar estos 
poetas ? Los más abstrusos, los más indefinibles, 
los más imposibles de contar. Buscan una idea de 
contornos vagos, esfumada, casi incoherente, ape- 
nas sospechada, que escapa á las nociones de la in- 
teligencia, que es vagamente advertida por nues- 
tros, sentimientos, 7 esa es la idea que sólo el 
< verso musical » puede traducir acabadamente. 
¿No es la música la más inmaterial de las artes? 
Pues nadie mejor que ella reflejará las ideas in- 
materiales. Y es lo que dice el mismo Carl7le : 
€ Ved profundamente, 7 veréis musicalmente. » 
Pero, si es verdadero el pensamiento de aquel her- 
moso soneto de Burger : € es preciso ser un águila 



LOS MODERNISTAS 199 



para contemplar impunemente el sol y la gloria, » 
muy difícil será contemplar el sol del decaden- 
tismo tal como él es, según Yerlaine, sin tener 
todas las cualidades de un águila -poeta. Por eso 
han escollado, después de Arturo Rimbaud, los 
mismos Gustavo Kahn, Jules Laforgue y los auto- 
res de Complaintes y Centón; mientras el autor 
de Bonheur, á pesar de haber desviado su espí- 
ritu de la senda por que lo arrastraba su verdadero 
numen, triunfó por completo, llegando á mirar, 
sin quemarse la pupila, la luz del sol decadentista. 
He insistido en esta € manera» poética de Ver- 
laine, porque siendo ella la más absurda y la más 
contraria á sus naturales inclinaciones y á su 
mismo temperamento, nos enseña palmariamente 
cuan grande es el poeta, qué inmensas son sus fa- 
cultades y qué genio hubiera ilustrado el Parnaso 
contemporáneo si él se hubiera contentado con ser 
un simple romántico — el último de los románticos. 
£1 alma de Verlaine es un alma inmensa; su cora- 
zón está abierto á todas las pasiones ; su espíritu es 
un espíritu cíclico que, por cualquier vía, se lanza á 
la más alta concepción de la belleza ideal ; y, sin 
embargo, Yerlaine quiso hacer su alma estrecha 
é individual, quiso cerrar su corazón según lo 
hacían los parnasianos, quiso dobleg'ar su gran 
espíritu con la languidez del decadentismo, y pese 
á todo esto fué un gran poeta, un digno rival del 



200 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

cincelador Oautier, un hermano digno del escul- 
tórico Leconte de Lisie. 

¡Qué poeta no hubiera sido el poeta Verlaine 
sí en vez de utilizar todas las fuerzas de su inte- 
ligencia en producir versos amorfos, de coloridos 
fugaces^ que semejan affiches de Chéret, se hu- 
biera lanzado por la senda de su verdadero nu- 
men, de ese numen que le dictaba estos versos : 

« Sur Totre j<)une sein Itisaez rouler ma tete, 
Toute Bonore enoor de tob dernien baisen .... I » 

Con todo, esta < manera » del autor de La bmine 
chanson, que tanto ruido levantó en el mundo li- 
terario, no fué, afortunadamente, cosa que durara 
largo tiempo. La ruptura de Verlaine con Eím- 
baud pareció arrancar al primero de la especie de 
sueño hipnótico en que le tuviera postrado el se- 
gundo. Estaban los dos amigos en Bruselas, cuando 
el autor del célebre soneto le anunció que había de- 
terminado abandonarle. Verlaine, á quien < el hada 
verde » tenía enloquecido ese día, sacó un revól- 
ver de su bolsillo é hizo fuego sobre Rimbaud. 
Detenido por la justicia, fué condenado luego á 
dos años de prisión. Y allí, en la cárcel, es donde 
empieza á trabajar su espíritu ingenuo por el an- 
cho campo del arrepentimiento. Poco á poco su 
alma va sintiendo la necesidad del perdón, 7 su 
corazón la del olvido, y su cuerpo la del reposo. 



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L08 MODERNISTAS 201 



Pero sus ensueños cristianos, su conversión no se 
realizan hasta algún tiempo más tarde, después de 
una nueva condena. Es entonces cuando Verlaine 
se nos aparece como autor de versos místicos — 
nueva faz del poeta que hace olvidar al parnasiano 
de los Poémes saturniens y al decadente de Ro- 
manees sans paroles. — Sagesse es una de sus 
más bellas colecciones de versos, 7 en ella encon- 
tramos poesías verdaderamente notables, como la 
siguiente : 

«Seigneur, j*ai penr. Mon ame en moi tressaille toute. 
Je toíb, je sena qu'il faut vous ftimer. Mais comment 
Moi, ced, me ferais-Je, ó mon Dieu, votre amant, 
Justice que la vertu des bons redoute 7 

Oui, comment? Car yoici que s'ébranle la Toúte 

Oü mon coeur creusait son ensevelissement 

Et queje aens fluer á moi le firmament, 

Et je Tous dis: De youa á moi quelle eat la route? 

Tendez-moi rotre main, que Je puisse lerer 
Cette chair accroupie et cet esprit malade. 
Mais receyoir jamáis la celeste accolade, 

Est-ce possible? Un jour, pouvoir la retrourer 
Dans votre sein, sur votre cceur qui fat le nótre. 
La place oü repésala t^te de l'apótre?» 

Estos hermosísimos versos en que el sentimiento 
se desborda á raudales y en los que encontramos^ 
al fin, el corazón del verdadero poeta que vivía 
en Verlaine — versos suaves como una caricia 
de terciopelo y puros como la primer sonrisa de la 
mañana; — versos de una música adorablemente 



202 VÍCTOR PIÉBEZ PETIT 

sencilla, de un ritmo límpido j encantador, re- 
cuerdan los de aquella otra alma delicada 7 miste- 
riosa que se llamó Marcelina Desbordes - Yalmore 
— á quien tanto admiró el propio autor de Sa- 
gesse—j que dicen así: 

• Purdonnes - mol, Seigneur» mon visage «itri^té . . . 
Mait, loaB le front Jojeuz, toub aviez mis lea larmea : 
Et de Toa dona, Seignear, ce don aeul m'est reaté. 

C'eat le moina envié ; c'eat le meilleur, peut - éfcre. 
Je n'ai plus á mouiir á mea llena de fleura. 
lia Tona aont toua rendua, cher auteur de mon étre, 
Et Je n'ai plua k mol que le ael de mea pleura .... 

Lea fleura aont pour Penfitnt, le aol eat pour la femme : 
Faitea - en l'innocence et trempez - j mea joura. 
Seignenr, quand tout ce ael aura lavé mon ftme, 
Youa me rendrez un coeur pour TOua aimer totijoura. 



O Sauveur I Soyez tendré au moina á d'autrea mérea 
Par amour poar la sdtre et par pitié pour nona. 
Baptiaez leura enfants de noa larmea amérea 
Et relevez lea miena tombéa á yoa genonz. » 

Dijérase que el infinito amor que arde en esta 
composición — como carbones perfumados en un 
incensario de oro — inspiró á Paiivre Lélian para 
dictarle las páginas más sublimes de Sagesse. Y 
hay, en efecto, en este libro excepcional, un 
acento tan grande de sinceridad, hay tanta poe- 
sía y tanta dulzura, que sólo un amor inmenso, 
extraterreno, verdaderamente místico, puede haber- 
los inspirado. En la segunda parte del libro se 
encuentra una serie de sonetos, en los que el 



LOS MODERNISTAS 203 



poeta dialoga con Dios, que respiran la fe más 
ingenua y sumisa — no esa fe lírica, llena de imá- 
genes de los románticos, no esa fe de ostenta- 
ción de las almas mundanales; sino esa fe que 
hace doblegar la frente sobre las losas del tem- 
plo, anega los ojos en lágrimas 7 enciende el co- 
razón con las llamas del martirio. El poeta, hu- 
milde y rendido, oye la voz celeste que le dice : 
c Mon fils, il faut m^aimer » ; y, temblando, con 
pavor, responde : « Mais, vous aimer I Voyez 
comme je suis en bas . . . Oserai - je adorer la 
trace de vos pas ?....» Y Dios replica : « II 
faut m^aimer ! Je suis Tuniversel Baiser. » — € Oh, 
non! Je tremble et n^ose .... Je ne veux pas! 
Je suis indigne. » — «II faut m^aimer, » repite la 
Bondad infinita ; y entonces el poeta desgrana de 
su alma todas sus perlas luminosas (una de ellas 
es el soneto que he transcripto más arriba), 
hasta exclamar en el paroxismo de la alegría : 

€ — Ah ! Seigneur, qu'ai • Je ? Helas I me yoid toat en larmeB 

D'ane Joie extraordinaire : Totre toíz 

Me fait comme da bien et du mal á la foifl, 

Et le mal et le bien, tout a les mémes cbarmes. 

Je lis, je pleure, et c'est comme an appel aux annei 
D'un dairon poor des champs de bataille oü Je TOis 
Des anges bleos et blancs portes sar des pavois, 
Et ce dairon m'enlé^e en de fíéres alarmes. 

J'ai l'extase et j'ai la terrear d'étre cboisi. 
Je suis indigne, mais Je sais Totre clémence. 
Ab ! quel effort, mais quelle ardeur ! Et me Toid 



204 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

•■ 

Plein d*onehamUe pxi^, eneor qo'an tronble immeiise 
Bronille l'espoir qae rotre toÍx me revela, 
Bt J 'aspire en tremblant. 

~ PauTre ame, c'est cela I » 

Esta nueva época de la poesía de Yerlaine es, 
tal vezy la más notable y la que vivirá por más 
largo tiempo. Ella participa de las dos maneras 
culminantes del poeta — de la más regular 7 vi- 
gorosa 7 de la más incoherente 7 lánguida. Su 
pensamiento se levanta, al fin, 7 bate sus alas 
inmensas por el espacio infinito, buscando las más 
nobles ú osadas concepciones, libre al cabo de 
los caprichos déla fantasía 7 de los mandatos 
de la voluntad; 7 su lenguaje se hace á veces 
firme 7 sonoro para cantar los secretos anhelos 
de su alma, 7 otras, dulce 7 arruilador, como las 
letanías de los viejos poetas religiosos, para ex- 
presar los estremecimientos de su pecho acongo- 
jado. Leed cualquiera composición de Sagesse 7 
la ma7oría de las que formati los volúmenes 
Bonheur 7 Amourj 7 encontraréis siempre un 
poema acabado, de robusta inspiración, sano, triun- 
fal, de frase muelle 7 acariciadora 7 de senti- 
mientos hondamente vividos. 

El poeta se había convertido, había vuelto los 
ojos hacia el cielo; mas, ¡a7! su alma verda- 
deramente infantil lo arrastraba de continuo hacia 
el pecado. Es así que Anatole France, en un 
artículo sobre Bonheur, pudo sintetizar toda la vida 



LOS MODERNISTAS 205 



del poeta en esta anécdota qae resumo aquí con- 
tra mi voluntad, pues el elegante crítico la narra 
con un arte encantador.-*- Después de una no- 
che de orgía, el poeta de Romances sans paroles, 
hondamente arrepentido 7 apesadumbrado, lleno 
de mortales dudas y de desilusiones amargas, pe- 
netra en una iglesia y se arrodilla ante un con- 
fesonario. € Padre, Padre !»y murmura dulcemente, 
la voz ahogada en sollozos 7 llamando con los 
nudillos de los dedos en la pequeña ventana. Na- 
die contesta. Llama más fuerte, 7 nadie acude á 
su llamado. Entonces eleva la voz: «La confe- 
sión, por favor ! . . . . Oh ! señor cura I . . . . oh I 
vicario !....» 7 el mismo silencio sucede á sus 
gritos. Desesperado 7 lleno de ira la emprende á 
garrotazo limpio con el confesonario, conmoviendo 
los ecos de la silenciosa iglesia, que recién se 
abre para la primera misa matinal, 7 en medio 
del escándalo que arman sus golpes se destaca 
su voz iracunda de titán : « Ah ! pues, conque 
me van á dejar morir sin confesión? Entonces 
esto es peor que en el 93; ¿no lo 0768, viejo 
Barrabás? Te digo que quiero reconciliarme con 
Dios, s . . . . nom de D . . . . ! » — Arrojado á la 
calle por el suizo que barría la sacristía, Yer- 
laine busca en un café á su « hada verde > para 
consolarse, 7 el ajenjo, en efecto, le hace olvidar 
por un momento su pesadumbre. 



206 ylcroB pérez petit 

Tal era el poeta : alma de nifio con pasiones de 
hombre. Su carne sostenía continua lucha con su 
espíritu, 7 mientras su frente, inclinada reveren- 
temente ante el trono de estrellas del Dios de 
los cielos, se bañaba en refulgentes 7 blancas 
claridades, su cuerpo de bohemio, sus labios deseo- 
loridos buscaban los besos mortales 7 pecadores 
de la Ebriedad 7 del Placer. No es, pues, una 
mera ocurrencia, más ó menos feliz, la idea que 
preside al título de su volumen ParálUleinent: 
Yerlaine arrastra, á la vez, dos existencias parale- 
las, la una pura 7 mística, una vida de idealidades 
7 de visiones 7 arrepentimientos cristianos, 7 
la otra desordenada 7 sensual, una vida de degra- 
daciones 7 miserias, en que la baja materia obe- 
dece ciegamente á las más torpes pasiones. Ver- 
laine tiene por madrina á la Miseria, es un hués- 
ped de los hospitales 7 de las cárceles, se ha 
desposado con la Lujuria ; luego se ha arrepentido, 
ha llorado lágrimas amargas 7 ha temblado ante 
Dios; en seguida ha vuelto á pecar, 7 después 
ha clamado con fervor por la Virgen María. . . . 
7 así sucesivamente. Es un pobre ser, corroído por 
el licor asesino, por los abrazos fatales de las ha- 
das del Placer, degradado por la Miseria 7 la des- 
gracia, que vuelve los ojos al cielo 7, con verda- 
dera contrición, sin una sombra de pose^ murmura 
su credo divino, sus recónditos afanes, sus ensue- 



LOS MODERNISTAS 207 



ños más queridos — como en aquellos versos de 
Amour: 

« Simplement, comme on verse un parfüm tur une flamme 
£t comme un Boldat répand son sang poar la patrie, 
Je Toudi-ais ponvoir mettare mon cceur ayec mon &me 
Dans un beau cantique ^ la sainte Yierge Marie — » 

para recaer nuevamente en el pecado y ensalzarlo 
en trovas paganas, en hinmos IibídinosoS| en ma- 
drigales sensuales, cuajados de fiebres y estremeci- 
mientos, con espasmos convulsivos de placer, tales 
como «Moesti et errabundi» 6 «Ces passions». 
Y hétenos llegados aquí al Yerlaine de su úl- 
tima época. Es el Yerlaine más confuso, más múl- 
tiple : su Musa viste cien trajes distintos, y es, 
alternativamente, sabia, sensual, mística, aristocrá- 
tica, irónica, plebeya, pesimista, encantadora, audaz 
y tierna. Su alma de artista se abre lujuriosa- 
mente en una explosión de encontrados sentimien- 
tos, de los más raros matices, á la manera como 
estaUa en perfumes y colores un jardín primaveral. 
Y como si espíritus distintos vivieran dentro de 
su ser, vuelve á ser el diamantino pamasista de 
Poémes saturniens; arrúllase con las salvajes sin- 
fonías de los decadentes, y mientras en cLitur- 
gies intimes » hace rodar el perfumado misticismo 
de Sagesse, en « Dans les limbes » y « Odes en son 
honneur» hace estremecer aquellos espasmos y de- 
liquios que son toda la vida de Parallélement Un 



208 VÍCTOR PÉBEZ PETrr 

solo lazo une todas estas variacioDes de su numen : 
el de la sencillez más noble y elevada en el amor, 
en la fe^ en la vida 7 en el arte. El genial cantor 
que lleva en su alma todos los estremecimientos, 
todas las dudas^ delirios y deseos de esta genera- 
ción fin de siglo, complácese en revelamos un 
espíritu infantili martirizado por crueles sensacio- 
nes 7 celestes anhelos de misticismo. Y es esa 
c sencillez complicada »^ si vale la expresión, la 
que más nos cautiva en Yerlaine, la que más nos 
hace pensar 7 sentir. Así, con esa variabilidad, es 
como concebimos al poeta. Es más aún : cuando 
no le hallamos mucha diferencia con los otros 
poetas franceses contemporáneos, nos basta poner 
frente á frente dos formas de su poesía, la de Poé- 
mes saiurnie^is 7 la de Sagesse, por ejemplo, para 
que alcancemos la más alta nota de su originalidad. 
Leed del primero de los libros citados estos ver- 
sos verdaderamente parnasianos : 

« La lime plaquait sea teintes de zinc 

Par angles obtus ; 
Bes bouts de fumée en forme de dnq 
Sortaienfe drus et noirs des hauts toits pointns. 

Le ciel était gris. La bise pleurait 
Ainsi qu'un basson. 
Au loin un matón friieux et discret 
Miauíait d'étrange et gréle fá^on, » 

7 comparadlos luego con estos abalorios del rosario 
espiritual de Sagesse, donde las mismas repeticio- 



LOS MODERNISTAS 209 



nes simétricas tienen algo de aquellos salmos 6 
misereres que entonaban los frailes por la noche 
en las negras cuevas de sus templos medioevales : 

€ Dieu de terrear et Dieu de sainteté. 
HálaB ! Ce noir •bime de mon crime, 
Dieu de terrear et Diea de sainteté, 

Voas, Dieu de paix, de Joie et de bonheor, 
Toutes mes peora, toutes mes ignorances, 
Yoas, Dieu de paix, de Joie et de bonheur, 

Yoas connaisaez tout cela, toot cela, 
Et qae je suis plus pauvre que personne. 
Vous connaissez tout cela, tout cela. 

Mai8 ce que j 'ai, mon Dieu, je tous le donnt ; » 

y entonces veréis claramente el rasgo distintivo 
de este temperamento de poeta que he tratado de 
señalar. — Ya lo he dicho más arriba : Verlaine, 
aun en medio de sus visiones afrodíticas — cuando 
las deidades de la Lujuria y la Corrupción y las 
sacerdotisas del Histerismo vienen á danzar frente 
á él haciendo resurgir las líneas de sus caderas y 
temblar el mármol de su pecho y estremecer la 
carne de sus vientres para darle al poeta la sen- 
sación del placer hierático^ de las curiosidades vi- 
ciosas y de las sutilezas 7 refinamientos camales 
— es un alma ingenua^ un corazón tierno y sencillo 
que tan sólo canta y se queja como se quejan y 
cantan los ruiseñores de la selva, porque eso y 
no otra cosa es su vida, su consuelo y su único 
arte. « Es un loco, » dicen muchos, considerando la 

u 



210 VÍCrOB PÉREZ PETIT 

obra del poeta; pero á los que tal dicen, contesta 
Anatole France con muchísima verdad : € Cierta- 
mente, es un loco. Mas tened cuidado, que este 
pobre insensato ha creado un arte nuevo 7 tiene 
alguna probabilidad de que se diga algán día de 
él lo que hoy se dice de Fran90Ís Villon, al cual 
es necesario compararlo : Era el mejor poeta de 
su tiempo. » 

Sus ritmos extraños, sus versos impares, sus 
frases aéreas y musicales han espantado á los vie- 
jos retóricos, acostumbrados al legendario ritmo 
clásico, á la majestad del alejandrino de Racine y 
Corneille y á las frases líricas, serenas é irrepro- 
chables : tal se espantaba aquel sátrapa de Jonia 
al oir las más divinas entonaciones del músico Is- 
menias ; pero los hombres de hoy, los que llevamos 
en el espíritu la sed eterna de un Tántalo por la 
felicidad y el placer, los que buscamos sensacio- 
nes aun en los mismos antros del Genio del Dolor, 
los que suspiramos por ideas nuevas y nuevos en- 
sueños, agotado ya todo el caudal de los goces ju- 
veniles, de los entusiasmos eróticos y de la es- 
peranza mística, nosotros tenemos que agradecer 
á Verlaine sus versos ininteligibles, sus períodos 
espasmódicos, sus ritmos desordenados y su len- 
guaje extraño, y reconocer al mismo tiempo, con 
Emilio Zola, á quien no se tachará, por cierto, de 
decadente, que < si la poesía no es otra cosa que 



LOS MODERNISTAS 211 



el manantial natural que surge de un alma ; si ella 
no es más que una música^ que una queja 6 que 
una sonrisa; si ella es el libre capricho vagabundo 
de un pobre ser que goza y que llora^ que peca 
y se arrepiente, Yerlaine ha sido el poeta más 
admirable de este fin de siglo.» Yo de mí sé 
decir que^ sin aprobar de ningún modo á la igle- 
sia decadente en todo lo que tiene de fanática, 
desordenada é incoherente, admiro en el autor de 
La bonne chanson esa libertad de su métrica — 
libertad en la forma únicamente, pues el poeta se 
complace en encadenar su numen llevándole por 
sendas que no son las suyas y creándose dificul- 
tades á cada paso con su nueva retórica y poé- 
tica — y más que esa libertad, la espontaneidad 
é inocencia de su espíritu, la impresionabilidad y 
sensibilidad dolorosa de su sensorio y el encanto 
de sus párrafos, tejidos como una de esas maravi- 
llosas telas de Oriente, donde el valor de los hi- 
los de seda y el de los colores y tintas que les 
dan vida, desaparecen en medio á la magia del di- 
bujo y del conjunto. 

Como el de Novalis, el arte de Verlaine es una 
enfermedad^ y es necesario estar uno mismo real- 
mente enfermo del espíritu, sentir una dolorosa 
necesidad de < ideal », en la más alta y noble 
acepción de la palabra, para alcanzar todo el mé- 
rito que tiene la imaginación, como cualidad psí- 



212 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

quica del artista creador, en la obra del aator de 
Amour. En los tiempos qae alcanzamos, atiborra- 
dos de prosaísmo 7 vulgaridad — qae es como se 
ha entendido el realismo por los espíritus estre- 
chos — causa risa hablar del ideal 7 hasta se 
reprocha á Buskin la frase c el miraje del desierto 
es más bello que sus arenas; » mas lo cierto é in- 
discutible es que en el arte de áltima hora 7 en 
las más nobles manifestaciones de los artistas 
contemporáneos, 7a no se contesta con la realidad 
brutal .con que Rosalinda, por ejemplo, contestaba 
á aquel Orlando que le decía: cTe amaré siem- 
pre 7 un día». — La esperanza, 7 hasta el mis- 
ticismo, renace en el alma de los Bourget de 
última hora ; y de la colosal creación del genio de 
Medán, acéptase sin restricción alguna, antes bien 
con aplauso sincero, esa hermosísima 7 dulce 
poesía que irradia en muchísimas páginas de sus 
libros. Pero esa esperanza 7 ese misticismo, ¿ qué 
son, si bien se les analiza, sino un producto mór- 
bido de nuestro cerebro visionario 7 descreído? 
¿ Qué otra cosa que una enfermedad del espíritu 
es este afán de sensaciones nuevas que nos mar- 
tiriza 7 doblega? 

Yerlaine es un loco; su poesía, una enferme- 
dad es cierto ; pero Erato, bajo los besos 

helados de aquel Apolo de mármol que reinaba 
deslumbrante 7 diamantino en el templo de los 



LOS MODEBNIBTAS 213 



parnasistas^ se ha vuelto loca y se embriaga con 
los licores exóticos del decadentismo. Todos esta- 
mos enfermos, y no sabemos concebir otra poesía 
que la creada por aquellos á quien Saint- Pol- 
Roux^ el príncipe real del « Arte magnífico », com- 
paraba á los € peregrinos luminosos». Nuestra 
alma; nuestro corazón, nuestra vida, todos y cada 
uno de los placeres, dolores, anhelos y deseos 
de nuestra sociedad están enfermos, y en este 
sentido la poesía de Yerlaine es la poesía de 
nuestra edad. 

Pero, ¿es legítima tal poesía? Y sobre todo, 
¿es artístico este misticismo de última hora? Sin 
negar rotundamente que esa «languidez» y esa 
< vaguedad », que son, ó parecen ser, el alma de 
tal poesía, hayan producido verdaderas obras maes- 
tras, no ya tan sólo en los cantos idealistas de 
Yerlaine, sino también en las obras de ingenios 
realistas — en el Redgauntlet, en el Melmoth ré- 
conciliéf por ejemplo, — y sin desconocer, tam- 
poco, que la « piedad » y el « sentimiento reli- 
gioso » que informan al neo - misticismo han 
producido y producirán, por supuesto, páginas más 
hermosas y sentidas que aquellas de Histoire sans 
nom y L'Ensorcelée, en las que late todo el fer- 
vor cristiano del alma creyente de Barbey D'Au- 
revilly, puede decirse, en general, que aquella poe- 
sía y este misticismo, como cosas inherentes á 



214 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

nuestra generación, desaparecerán con ella sin 
dejar otra huella que la que en nuestro espíritu 
supieron imprimir los verdaderos genios. Siendo 
tan sólo sencillos «oportunismos literarios », esa 
poesía 7 este misticismo caerán en desuso así que 
una escuela literaria, grande 7 científica como las ¡ 

que hemos cruzado, aparezca en el horizonte del 
arte. Y entretanto, á pesar de todas las disquisicio- 
nes artísticas, vivirán siempre los versos de Paul 
Yerlaine, porque ha sido el poeta cíclico de nues- 
tra edad, el verdadero aeda de ella 7 el único 
que, como dice Lemaitre, ha7a escrito hermosos 
versos católicos. 



EUGENIO DE CASTRO 



Abrí el libro . . . 

Y^ bruscameDte^ como al eco de un conjuro^ el 
maravilloso drama oriental se deslizó muellemente 
por los senderos de mi conciencia^ semejante á 
una gran serpiente voluptuosa vestida con esca- 
mas de pedrería. ¡ Oh^ la gran visión bíblica ama- 
necida en Saba^ cuna del Deseo, y agonizante en 
Israel, sepulcro del Amor! ¡Cómo vibra el alma 
ante esa rapsodia pasional cuajada de timbres ol- 
vidados, de notas extrañas, de susurros lejanos j 
melancólicos ! ¡ Cómo flamea el corazón ante esa 
virgen antigua (ante esa Belkiss tallada en oro 
bárbaro ), que muy luego vemos salir de la alcoba 
de Salomón hollando lirios manchados de san- 
gre! Mis ojos atónitos — mis ojos atónitos en la 
hora del crepúsculo — han adivinado en el alto 
mirador del real palacio de Axum á la extraña 
reina que tiene en el pecho un rebaño de corde- 



216 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

rillos sedientos de misterio 7 de amor. Y en el 
ocaso del día — un ocaso que debe ser de violeta 
y oro — sus primeras palabras me revelan las ho- 
rribles torturas de su corazón : — < .... Es casi 

de noche Y todavía una noche sin mi se- 

fior .... todavía una noche sin besos, sin cari- 
cias ...» 

¡ Pobre Belkiss ! ¡ Pobre reina voluptuosa ence- 
rrada en su palacio como una madaria en un inver- 
náculo ! [ Tus labios no saben de la huella de otros 
labios, y están, sin embargo, cargados con racimos 
de besos ! [ Tus senos parecen dos cisnes moribun- 
dos, y están, con todo, rebosantes con la miel del 
amor! ¡Tus ojos no han encontrado el espejo de 
otros ojos amigos, 7, á pesar de ello, están en- 
cendidos por el deseo como brasas de incensario! 
¡Pobre Belkiss, esclava de tus sentidos y tus 
ensueños! La fría razón viene á apuñalear tus 
ilusiones y á rezarte consejos y máximas : — 
€ Tus ojos, Belkiss, están claros como el cielo 
después de una gran lluvia. ¿Por qué has llo- 
rado ? » — Es Zophesamin el que así habla. Zophe- 
samin tiene más de ochenta años : el tiempo ha 
derramado su escarcha sobre su luenga barba ; la 
sabiduría ha apagado el fanal de sus ojos para 
que la lumbre de su espíritu irradie más esplen- 
dorosa. Y con muy cuerdas palabras 7- \ oh, las 
notas graves de los contrabajos! — incita á la 



LOS MODERNISTAS 217 



reina para que olvide sa amor ; la aconseja que 
siga soñando^ « que es dulce desear, pero realizar 
un deseo es matarlo. » [ Vanos razonamientos para 
un alma enamorada y encendida por el deseo ! Yo 
veo á Belkiss azotada por la marea creciente de 
su sangre y oigo el tic de sus deditos nerviosos 
que rabian por desgarrar el niveo veló de los 
amores ignorados .... «¡Quiero ser de Salo- 
món .... quiero ser suya ! ¡ Le amo con un amor 
de fuego ! » — clama la pobrecilla. Y su mentor 
replica inútilmente : — « Ese es tu mal. El amor 
es como la carne que comemos : se pudre con 
el calor y se conserva por largo tiempo en el 
hielo. El amor debe ser frío para ser duradero. » 
¿Ha amado alguna vez Zophesamin ? ¿Es cierto 
lo que dice? De cualquier modo que sea, la reina 
de Saba no puede sufrir más las tiranías de la 
continencia, y no puede continuar agostando su 
belleza con mortíferos simulacros que le presten 
las soñadas delicias. Es mujer y . necesita amar — 
¿para qué otra cosa ha sido hecha la mujer? — Y 
ella, que es hermosa como Thirsa y tiene unos 
ojos más transparentes que las pesqueras de Etse- 
bón, ¿ha de inclinarse al occidente de la vida 
sin haber floreado con rosas de púrpura su blanco 
manto de virgen ? Ella, la envidiada por las her- 
mosas hijas de Sión, la que tiene en los labios 
toda la dulzura del copher de las viñas de En- 



218 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

gaddi, ¿hade reclinarse en los brazos de la muerte 
sin que el Amado la cubra con la bandera de 
6u amor? ¡Ob^ no! ¡No puede ser! En sus oídos 
deben haber vibrado más de una vez aquellos 
candentes versículos del Cantar de los Cantares 
{¡los dulces versos de su dueño!) que dicen así: 
€ Ponme, como un sello^ sobre tu corazón, como 
un signo sobre tu brazo; porque fuerte como la 
muerte es el amor, y duro como el sepulcro es el 
celo. » — Y en vano será toda la ciencia de Zophe- 
samin, grabada en omoplatos de corderos y ci- 
aocéfalos .... — Y el drama inmortal continúa 
deslizándose lentamente, como un gran río de plata 
reverberante y sonoro bajo las pálidas ondas de 
un plenilunio. Las noches de Belkiss están conste- 
ladas de besos, de besos sabios, de besos adorme- 
cedores, de besos largos y voluptuosos, que resba- 
lan y se desgranan de los labios como rubíes 
incandescentes ; las noches de Belkiss están sal- 
picadas de lascivias, de tropicales lascivias, más 
quemantes que los vientos nubios del desierto y 
más acariciadoras que el roce de una gata pere- 
zosa ; las noches de Belkiss están pobladas de vi- 
siones nupciales, de largos gemidos de placer, de 
potentes gritos de celo y de esas contorsiones vio- 
lentas de la inmortal histeria que dejan temblo- 
rosos los senos, palpitante el vientre, h&medos los 
ojos, secos los labios y todo el cuerpo langui- 



LOS MODERNISTAS 219 



decido en una calma hierática y profunda. — 
Pero Zophesamin vela por la reina neurótica 
7 sensual. Zophesamin le entrega unas hojas de 
cnyza para que se frote con ellaS; 7 apenas lo 
ha hecho Belkiss^ todos sus deseos mueren de frío 
€ como leoncillos entre la nieve. » Entonces la po- 
brecílla cae en una laxitud desesperante. Bajo 
sus párpados de plomo^ sus ojos < son dos niñitas 
enfermas que arrastran cargas pesadísimas. » Bel- 
kiss se siente débíl^ < como si acabara de resucitar. » 

Y en medio de su largo hastío — ¡ cuan largos 7 
negros los hastíos de las víi^enes ! — experimenta 
caprichos infantiles « que orean con alientos de 
áloe las arideces del corazón. > €¡Cómo estaría 
contenta si ahora ardiera mi palacio ! — exclama 
la enfermita. — Si el fuego atacase el palacio, los 
surtidores del jardín parecerían de sangre .... 

Y las fieras, dentro de las jaulas, ¡ qué alaridos no 
darían ! . . . . ¡Y qué bello parecería el incendio 
visto al través de una esmeralda ! . . . > 

Entre tanto, Beikiss abandona su palacio de 
Axum por el de Saba. Y allí, frente al Mar Rojo, 
concibe la idea de ir á la selva próxima. Zophe- 
samin la aconseja que no va7a, pues la selva, 
hasta de día, infunde miedo á los más animosos. 
€ Ha7 árboles cargados de serpientes — dice el 
viejo sabio; — ha7 víboras á millares; 7 cuentan 
que, por las sombras, erran manadas de catoblepas 



220 VÍCTOR PÉBEZ PETIT 

que matan con la mirada, y manticoros feroces 
qae tienen tres hileras de dientes, rostro humano, 
ojos glaucos, cuerpo de león 7 aguda cola como 
los escorpiones. > Pero Zophesamin discurre en 
vano. ¿Quién pone valla á los caprichos infantiles 
de una pobre virgencita enferma, de una niña sin 
amor y sin caricias? Belkiss, viuda de deseos eró- 
ticos, combina los planes más candorosos para 
desterrar el hastío que se enseñorea de su espí- 
ritu; y así, sola, sin más acompañante que su 
sombra real, va á la selva. La selva está llena de 
luciérnagas, y Belkiss, maravillada con aquel en- 
jambre de abejas encendidas, se sienta sobre el 
césped perfumado. Entonces las luciérnagas, < pe- 
gándose á la felpa de su túnica, la visten de 
topacios incandescentes. » Pero, súbitamente apa- 
rece entre los árboles una mujer desgreñada y 
pálida — una mísera loca que huye espoleada por 
el miedo; — y Belkiss, contagiada por el pavor, 
huye, huye, huye al través de la selva. Rendida 
de cansancio, al ñn, cae como una cervatilla sobre 
una mata de anacámpseros, planta que tiene la vir- 
tud de despertar y reavivar las pasiones amoro- 
sas. Y entonces, como un sol joven, vuelve á irra- 
diar el amor de la reina por el hijo de Bethsabé. 
El sabio Zophesamin diserta gravemente sobre la 
dicha y dice : « Cada hora de felicidad cuesta mu- 
chos años de dolor. La felicidad es para el alma 



LOS MODERNISTAS 221 



lo que el perfume para la mirra : la mirra sólo 
tiene perfume después de quemada. » ¡ Vanos ra- 
zonamientos I Desde la terraza de su imperial pa- 
lacio, Belkiss divisa en lontananza unas naves que 
se acercan, inclinadas sobre el mar como una ban- 
dada de gaviotas. Es la flota que su padre había 
enviado á Siria 7 Arabia en procura de oro, 
perfumes 7 sederías. Nastosenén, el comandante, 
una vez llegado á palacio, semejante á un Príncipe 
del Ensueño, muestra á la reina las riquezas reco- 
gidas en sus viajes : todo un archipiélago luminoso 
de piedras preciosas, todo un jardín primaveral 
de telas multicolores 7 de perfumes exquisitos. De 
algunos odres agujereados se escurren hilos cen- 
tellantes de oro en polvo, Vense dientes de ele- 
fante, maravillosos de blancura. Ha7 plumas de 
reflejos metálicos ; abanicos hechos con gasas de 
luz; pieles fabulosas de regiones desconocidas; 
maderas aromáticas que deleitan los sentidos. 
Aqní, distínguense limones cogidos á orillas del lago 
Asfaltites, que parecen de oro 7 están llenos de 
ceniza ; allí, en una urna de bronce, nadan unas an- 
guilas, con pendientes de perlas; más allá ha7 
un gran derrumbe de esmeraldas rarísimas, que 
envejecen con el tiempo 7 se vuelven blancas, 7 
acullá, todavía, 7 entre mantos de púrpura de Tiro 
7 colchas de Babilonia, vense riquísimos vasos 
llenos de perfumes : olíbano, ungüento de nardo, 



222 VÍCTOB PÉBEZ PETIT 

almizcle 7 cinamoino. Mas lo que interesa á la reina 
es la relación que Nastosenén le hace del poderío 
y grandeza de Salomón. Belkiss está pendiente de 
sus labios, y y sin notar que una nube negra en- 
vuelve al palacio, sumiéndole en tinieblas, va ex- 
perimentando el deseo de marchar en busca de su 
amado. Cuando el jefe de la flota termina su na- 
rración, Belkiss está decidida : irá á buscar la di- 
cha entre los brazos de Salomón. 

lia libada de la reina de Saba á Jerusalén abre 
un ciclo de oro en el poema de Eugenio de Castro. 
Dijérase un sol nuevo que, después de enviar sus 
heraldos deslumbrantes, escala la línea del hori- 
zonte arrojando todo un enjambre volador de 
saetas de oro. Y cuando ya alto, en toda la glo- 
ria del día, parece que ha alcanzado su más glo- 
rioso triunfo, aún nos reserva una nueva sorpresa : 
como en una apoteosis cristiana, pártese en dos 
para llamear oleadas de lumbre y torrentes de chis- 
pazos. Así el maravilloso drama oriental : después 
de haber fulgurado de un modo supremo en la más 
alta cumbre del Arte, todavía nos sorprende con 
nuevas bellezas y más radiantes esplendores. El 
poema sale de la exposición para entrar en el idilio 
y concluir bruscamente en la tragedia, á la ma- 
nera de una reina antigua. La exposición está ves- 
tida con luces esmeraldas; el idilio tiene clarida- 
des blancas de mármol helénico^ y en un súbito 



LOS MODERNISTAS 223 



crepúsculo manchado de sangre, surge el desen- 
lace del drama que parece esfumarse^ en las últi- 
mas páginas, en tonalidades grisáceas. E! prólogo 
es épico, cantado con trescientas trompetas de 
plata; el drama es lírico, con un concierto de harpas 
azules, 7 el epílogo es lúgubre, con el bronco son 
de los instrumentos de cobre que remedan las 
grandes hecatombes. Hay en el poema una aurora 
larga, llena de encantos y de perfumes ; un medio*- 
día ecuatorial, bañado de sol; una noche triste, 
surcada por esos desmelenados cometas, que son 
largos sollozos, y por esos aleteos de estrellas, que 
parecen solitarias despedidas. 

Belkiss llega á Jerusalén en pleno estío. € La- 
minados de oro, los palacios arden al sol.» Los 
hierosolimitanos tienen las pupilas deslumbradas 
con las maravillas del cortejo. «Llueve oro. De 
pronto un clamor de victoria hace estremecer los 
palacios : el cortejo, con un deslumbramiento de 
colores y centelleos, penetra en la ciudad, por la 
puerta de las Piscinas .... Belkiss surge final- 
mente encima de un elefante blanco, adornado con 
un penacho de plumas preciosas y cubierto por 
una red de oro, entre cuyas mallas sangran gruesos 
rubíes. Engalanada como un ídolo; un amplio 
manto de púrpura le baja de los hombros ; los ca- 
bellos, á los cuales un polvo de plata da reflejos 
lunares ; el rostro velado por un tul amarillo de 



224 VÍCTOB PÉREZ PETIT 

Bactriana, casi inmaterial como an humo dorado ; 
toda cubierta de pedrerías rutilantes^ ardiendo en- 
tre temblores de tintas delicadas ; en medio de nn 
revuelo de pájaros maravillosos^ escarlatas^ azules, 
verdes, que se agitan en el aire, retenidos por ca- 
denitas invisibles, — Belkiss acompaña, indolente- 
mente, con su mosqueta de plumas de pavo real, 
el ritmo ondeante de las harpas .... En tomo al 
elefante real, las esclavas danzan, coronadas de 
flores, sacudiendo sistros argentinos y arrojando 
guirnaldas, con movimientos de voluptuosa mo- 
licie » 

El instante sublime se aproxima. Y una tarde, 
una gran tarde de amor, bajo la sombra de los no- 
gales, como debajo de un palio perfumado, los 
amantes entonan el celeste credo de su pasión. 

— « Muero de amor, amigo mío .... ¡ Qué dulce 
es el aire! .... ¡Qué contenta estoy! .... 

— « He mandado disponer nuestro tálamo, y un 
sendero de lirios deshojados te llevará á él . . . . 

— « En mi corazón hay un rebaño de corderitos. 
Apenas salga la luna, hallarán una piscina de aguas 
límpidas y calmarán la sed. 

— « Tus senos son dos tiendas reales á cuya som- 
bra se dormirán mis ojos . . . » 

Y así van los maravillosos amantes. Sus som- 
bras les siguen á la par, muy juntas, muy unidas, 
como dos mantos gemelos que arrastraran sobre la 



LOS MODERNISTAS 225 



tierra ; « y por donde ellos pasan brotan jardines. » 
La inmensa ternura que divaga en esas pala- 
bras sencillas — sencillas cual las cabanas del Ce- 
dar — no tiene nada que envidiar á la ternura in- 
finita que se desvanece en el Cantar de los Can- 
tares. Todos tenemos en los oídos la música melo- 
diosa de los versículos de Salomón : < ¡ Cuan her- 
mosos son tus pies en los calzados, ¡ oh hija del 
príncipe ! Los cercos de tus muslos son como ajor- 
caS; obra de mano de excelente maestro. Tu om- 
bligo^ como taza redonda, que no le falta bebida. 
Tu vientre, montón de trigo cercado de lirios. Tus 
dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama. > 
Y es que el idioma del amor, al pasar por los la- 
bios de los grandes inspirados, toma idénticas in- 
flexiones 7 se pronuncia casi con los mismos bal- 
buceos. Eugenio de Castro, como Salomón, lleva 
en su corazón el sello sagrado de la indestructible 
lujuria ; lleva en torno de sus sienes el nimbo de 
fuego de los arcángeles del pecado ; lleva en sus 
manos las pálidas rosas florecidas en una noche de 
orgía. Y sus frases son semejantes porque sus al- 
mas son gemelas. 

Pero, he aquí que la noche ha cerrado. La luna 
se balancea clara y límpida sobre el océano de la 

noche. Todo duerme y reposa ¿Todo? Las 

horas sollozan y mueren en la esfera. El centelleo 
de las estrellas es un desmayo de princesas nostálgi- 

15 



226 VfOIOB FÉBEZ PETIT 

cas. Hacia el oriente una sonrÍBa discarre tembla- 
dora sobre la línea del horizonte. Eknpieza á ama- 
necer. Desgreñada y pálida — tales son las náufra- 
gas del amor -^ Belkiss sale de los aposentos de 
Salomón, donde pas<S la noche. Y en su mano 
exangüe, en su mano fría, trae una lámpara de 
plata. ¡Y la lámpara está apagada! 

— ¡Oh I ¡los lirios están llenos de sangre! — 
murmura Belkiss, mirando con ojos aterrorizados 
aquellos pétalos que la guiaron, horas antes, al 
templo del amor. 

¡ Los lirios llenos de sangre! ¡ Pobrecita Belkiss! 
¡Desgraciada niña enferma! ¿Tenía, pues, razón 
Zophesamin? ¿No clamaba en vano cuando se 
oponía á tus queridos ensueños ? ¿ Es verdad, en- 
tonces, que la felicidad es una chispa fugaz, que 
huye Y ^^ pierde, apenas entrevista, como esas es- 
trellas voladoras que cruzan los cielos de verano 
sin dejar tras de sí más que una huella efímera 7 
fugitiva? ¿Conque es cierto que la verdadera 
dicha sólo existe en la esperanza? — ¿Para qué 
vivir entonces? El mortal que ha entrevisto du- 
rante un segundo el sagrado perfil de la suprema 
voluptuosidad, y c&e luego de la cumbre para vi- 
vir eternamente en la miseria, no puede ya amar 
la vida. La muerte es su único consuelo. Y al 
seno de la muerte se arroja Belkiss. 

Las últimas páginas del poema tienen resplando- 



LOS MODERNISTAS ^ 227 



res de lágrimas. Aquella canción de Belkiss mo- 
ribanda^ acongoja el corazón y entenebrece el 
pensamiento. ¡Pobre Belkiss! Satisfecho su deseo 
— ¡ oh^ negras flores de la curiosidad! — vuelve á 
la vida diaria con los ojos helados, con los labios 
exangües, con los senos marchitos como azucenas 
tronchadas. La desilusión ha agostado las rosas 
de su boca; el hastío ha enfriado el sol de su 
corazón; el dolor ha puesto su espina en el 
alma de su ideal .... Y así, de desilusión, de 
hastío y de dolor muere Belkiss, reina de Saba, 
de Axmn y de Hymiar, mientras que, desvane- 
cida la nube que envolvió el palacio cuando la 
princesa concibió el proyecto de ir en busca de 
Salomón, el Sol triunfante y alborozado penetra 
á grandes oleadas por las ventanas. 



Tal es Belkiss — esa joya oriental labrada ar- 
tísticamente por un orfebre mágico; ese poema 
de timbres hoy olvidados por la lírica contemporá- 
nea; ese deslumbrante espejismo, africano que 
tiembla, impalpable, sobre la inmensa quietud de 
una tarde que se muere. 

Todo el simbolismo de la obra puede ence- 
rrarse en esta idea de Renán que encontramos 
en uno de sus más bellos dramas filosóficos : « Pa- 
samos la vida persiguiendo un fin ; y una vez el 



228 VÍCTOR FÉREZ PETIT 

fin alcanzado; vemos que no es nada.» Y^ en 
efecto: el mentor de Belkiss, ese viejo huraño 
que va tras la silueta azul de la princesa^ des- 
trozando con sus rudos pies todas las rosas que 
ella deja . caer de su alma^ no sostiene otra teoría. 
Cuando Belkiss le dice : «JSasta las feas son be- 
sadas 7 abrazadas con amor^ y yo, 70 que soy 
bella, vivo aquí, pobre flor estéril, amordazando 
mis deseos y amamantando mis tormentos, » — 
él, sin turbarse, replica : c No digo que abando- 
nes ese amor, sino que lo purifiques .... Vuélvelo 
discreto, espiritual 7 vago como esas lunas que 
surgen poco después del medio día, en los días de 
sol. > — € ¡ Quiero los besos de Salomón! > — in- 
siste Belkiss desesperadamente; 7 Zophesamin, 
implacable, contesta : — c Continúa soñando tal 
delicia, pero no quieras cogerla. La realidad es 
más amarga que el eléboro. Es dulce el desear ; 
pero realizar un deseo es matarlo .... La pose- 
sión desprecia los objetos amados.» No puede 
darse una filosofía más desesperada; mas, el 
mismo poema nos da la triaca de ella. En la 
soledad no ha7 felicidad posible: nadie goza á 
solas, dice la síntesis del poema; 7 por eso Bel- 
kiss, así que las hojas de cn7za han acallado to- 
dos sus deseos 7 la han convertido en una soli- 
taria, se muere de hastío 7 murmura desespera- 
damente : «El terror .... el misterio me atraen .... 



LOS MODERNISTAS 229 



Aquí^ en Axum 7 en Adulis^ en estos palacios 
todos de piedra, me aburro .... Los días se des- 
lizan siempre monótonos; siempre sin sorpresas, 
siempre iguales .... Soy oomo un prisionero que 
ve siempre el mismo paisaje .... Estoy cercada 
de cosas muertas, y tan muertas que llego á du- 
dar de si realmente vivo .... Tengo sed de co- 
sas misteriosas, de cosas nuevas y extrañas, que 
me despierten, que me agiten^ que me sacudan. » 
Belkiss es el eterno femenino, con toda su sed 
de goces, con su hambre de vida, con todas sus 
neurosis, sus caprichos, sus erotismos. Belkiss no 
es tan sólo la mujer antigua, la Sulamita del 
Cantar de los Cantares que, loca de amor al oir 
el reclamo de su amado, abandona el lecho, y 
después de descorrer el candado con sus manos 
que destilan mirra, se sale á las calles de la 
ciudad en busca del que ya es ido ; Belkiss es 
eso y mucho más todavía: es la eterna enamo- 
rada, la mujer pasional, la virgen de sueños can- 
dentes, el hada de los refinamientos carnales, la 
sedienta de lo desconocido, de lo misterioso, de 
lo vedado .... Su sangre hierve como lava de 
volcán; su cuerpo tiene contracciones nerviosas, 
como una pantera en el celo ; su cerebro elabora 
imágenes obscenas y voluptuosas, como un sátiro 
perdido en los prados estivales. Y marcha sobe- 
rana y triunfadora, al par que esclava y envile- 



230 VÍCTOR PÉBES PETIT 

cida, hacia los brazos de Salomón, porqae no conoce 
la felicidad en los solitarios palacios de Axum y 
de Saba; porque ansia levantar el velo de los 
placeres ocultos ; porque^ en fin, á ello le inducen 
su amor y su deseo c más fuertes que la muerte. » 
Pero^ el sensualismo del poema de Eugenio de 
Castro tiene todos los caracteres de una religión. 
Es un sensualismo fino^ delicadoi con refinamien- 
tos 7 delicadezas orientales^ que no tiene el torpe 
erotismo moderno. Cada gesto de la lujuria es 
allí solemne como una imposición teúrgica; cada 
espasmo de placer es harmonioso como una teo- 
ría de ondinas. Aun los transportes más canden- 
tes lucen una serenidad augusta que los equili- 
bra 7 ennoblece. Y he aquí por qué^ también, el 
sensualismo de Belkiss no tiene, aun en sus pe- 
ríodos más álgidos, nada de común con el ero- 
tismo que sella, como una lápida de mármol, las 
obras avanzadas del naturalismo. Los sueños eró- 
ticos de la reina de Saba no excitan nuestros sen- 
tidos, sino que caen sobre nuestro sensorio como 
un blando revoloteo de flores deshojadas, en una 
maravilla de perfumes. Y cuando la enamorada, 
ardiente como un sol, se entra á la alcoba de 
Salomón, lo mismo que cuando sale de ella, cu- 
biertos sus deseos por un sudario de nieve, ho- 
llando un sendero de lirios salpicados con sangre, 
no flotan ante nuestra vista las ponzoñosas vi- 



LOS MODERNISTAS 231 



sienes que flotaron ante el santo inmortal de Flau- 
bert; sino que^ por el contrario, vemos bañarse 
nuestro espíritu en las claras linfas del idealismo 
— una verdadera lujuria dorada^ un revuelo de 
cantáridas en una mancha de luna . . . . ¡ Ahí 
No es Belkiss^ no, la ondulante 7 lasciva Salomé 
de Gustavo Moreau; no es la quiromántica Oleo- 
patra, que se desvanecía de goce bajo el abrazo 
musculoso del legionario romano ; no es la hila- 
rante Niñón de Léñelos, que mitigaba la fiebre de 
sus sentidos regando con la sangre de sus aman- 
tes las brasas de su capricho ; no es la candente 
bayadera Anithra que lleva en su diestra el loto 
de la India ( el loto simbólico del vicio ) 7 tras 
de la cual van los hombres como viejos Coriban- 
tes ensayando bacanales catalópticas 7 reprodu- 
ciendo las fiestas dionisíacas ; no es la astuta cor^ 
tesana que dio la primera lección al sencillo 
Dafnis, ni aquella otra potentísima princesa que 
clamaba por el asno de ^ Apule70 ; no, no es Belkiss 
la representación del celo prosaico 7 vulgar, del 
celo animal 7 rudo, del prepotente celo que hace 
retorcer sobre el lecho en desorden las carnes 
tropicales 7 sudorosas de las imperiales ninfóma- 
nas, de las aulladoras solitarias, de las viperinas 
tribádicas, de las refinadas sacerdotisas del placer 
7 del histerismo ; como no es, tampoco, el símbolo 
de la sangre, de la sangre cálida 7 salvaje, de la 



232 VÍCTOR PÉREZ PRTIT 

encendida sangre que corrió por las venas de los 
afeminados descendientes de Ninfas^ de la qae 
azota los flancos de las fieras del desierto 7 pone un 
rugido de celo en la caverna de su garganta cuando 
bajan^ en la hora de la siesta^ á beber las tibias 
aguas del Nimirín^ de la sangre que se despeñaba 
con alaridos salvajes por el tempestuoso seno de 
la prostituta Rabab (¡gran prostituta, madre de 
dioses I); no, mil veces no: no es la torpe, la bru- 
tal, la prosaica; no es el mero placer, el goce 
sexual, el espasmo violento ; no es grosería ni de- 
pravación : no es el erotismo. Belkiss es el ensueño, 
la ilusión, la poesía, lo intelectual de la lujuria. Es 
símbolo é idea, fuerza y abstracción, norma y vir- 
tud de la universal religión del placer. No habla 
á la carne, aun en medio de sus refinamientos, 
porque no es más que una representación del 
eterno femenino. Su lujuria es legal é hija de la 
más grande de las leyes de la naturaleza. Es la poe- 
sía del instinto, la deificación del sexo, el sím- 
bolo de la creación .... Y por eso sus refinamien- 
tos carnales, sus lascivias inmensas, sus caricias 
más ardorosas, sus besos frenéticos y devoradores 
no hacen de ella un vil hacinamiento de carnes 
femeninas, sino una diosa del placer, una virgen 
del deseo, una mártir del celo — trémula, desma- 
yada, inquietante como Atys — fugitiva, ideal^ so- 
fiadora como las enamoradas de Luhit. Y por eso, 



LOS MODERNISTAS 233 



en fin^ su sensualismo tiene todos los caracteres de 
una religión^ y es cada gesto de la lujuria solemne 
y hierático como una imposición teúrgica^ y tie- 
nen todos sus espasmos una augusta serenidad 
que los equilibra y ennoblece; y caen sus besos 
sobre nuestro sensorio como un blando revoloteo 
de flores deshojadas^ en una maravilla de perfu- 
mes .... 

Una brillazón de mandragoras refulge sobre la 
capital del libro^ dejando en nuestro corazón en 
vez de una sensación voluptuosa^ un angustioso 
anhelo de idealidad sensual. Entrevemos un muslo 
candente que latiguea nuestra imaginación^ pero 
que deja tranquilos nuestros dedos. Sentimos un 
capitoso perfume de heliotropo que nos enerva el 
cerebro^ pero que no logra conmover la médula 
espinal. Admiramos el gesto^ la contorsión y el es- 
pasmo de la enamorada; pero no sentimos el has- 
tío que derrama oleadas de hiél en nuestro pe- 
cho cuando las cuerdas asaz tirantes de nuestro 
sensorio; en una vibración suprema; se rompen y 
saltau; sumiéndonos en una laxitud poderosa y 
animal. 

¡ Oh; reina pálida; mirto delicado de SióU; dulce 
signo del deseo ! ¡ Oh lotus entreabierto en las pis- 
cinas del amor y agostado por los soles del des- 
engaño! Yo te he visto cruzar un crepúsculo 
manchado de tintas rojas — ¡ SLy, rojas como las 



234 VÍCTOR PÉBEZ PETIT 

alas de la paloma mística que vaela haoia el sol! — 
para sorprender bajo la égida del Bey Sabio el 
secreto de tu propia esencia ; y te he visto retor- 
nar á ta frío palacio con plomizas paraselenes en 
tomo de los ojos^ con un gesto de dolor incrustado 
en las soledades de tu rostro 7 con una lampara 
apagada entre tus manos desfallecidas .... 

]Una lámpara apagada! Así entra tu alma 7 tu 
corazóni después de la prueba, en el reino de la 
verdad. Así vuelves á la luz del día después de 
haber cruzado, del brazo de tu dueño, bajo la som- 
bra de los nogales; después de haber recorrido, 
en alas de la esperanza, el blanco sendero de lirios. 

Tu alma está ya fría, tu alma está ya muerta. 
Es una lámpara de plata, — apagada I 



AUGUSTO STEINDBERG 



No hay obra dramática reconocida como buena 
por toda la crítica que no refleje exactamente el 
medio en que actuó ¿1 artista que la compuso. 
En efectO; léanse las comedias y tragedias de la 
antigüedad clásica 7 de la era moderna^ desde 
Esquilo y Aristófanes hasta Planto y Terencio^ 
desde Tirso 'ó Lope de Vega hasta Ramón de la 
Cruz ó TamayO; desde Racine y Beaumarchais 
hasta Hugo y Dumas^ y en todas ellas viviréis 
la vida de la sociedad en que desarrollaron sus 
facultades los poetas y artistas que las engendra- 
ron^ ora en plena grandeza olímpica ó en degra- 
dada miseria con los autores de Prometeo y Las 
Ranas, ora en medio del caos moral traído á la 
sociedad por el catolicismo imperante^ ó de los 
seres mezquinos que gobernó Carlos lY, con los 
dramaturgos castellanos^ ya entre la lujosa corte 
francesa que remedaba el siglo de Augusto ó en- 



236 TÍCTOR PÉREZ FETIT 

tre las tempestades democráticas de la Revolación, 
con los poetas de Phédre y Hernani. Y cuando á 
distintas naciones rigen grados de civilización si- 
milares, manifiéstase con mayor claridad aquel 
aforismo, segán bastan á demostrarlo las obras 
dramáticas de Italia y Francia, cuando el Renaci- 
miento trajo á esta última, por intermedio de 
los artistas italianos, el gusto de las obras grie- 
gas 7 latinas, y más recientemente aún, el paren- 
tesco intelectual que existe entre obras de tan 
distintos países como lo son Los derechos del alma, 
de José Giacosa, 7 Nora, de Enrique Ibsen. 

Pero al leer el drama en tres actos de Augusto 
Strindberg, Pére, una duda viene á martirizar mi 
pensamiento. Y no es que me causen asombro, ni 
siquiera me espanten como á los Enrique Fou- 
quier de la crítica dramática, las ideas atrevidas 7 
originales del escritor sueco, pues mu7 bien me 
han curado de espantos, ya con sus propias obras, 
7a con lo que sobre ellos he leído, los Ibsen, Jones 
Lie, Ola Hansson 7 Hjalmar Christensen; es que 
al profundizar el alcance social de las observa- 
ciones hechas por el autor de Mademoiselle Julie y 
teniendo siempre en cuenta el aforismo con que he 
empezado estos apuntes, me pregunto si puede ser 
cierta la terrible preponderancia que se da á la 
mujer escandinava en el orden moral, 7, demostrada 
ésta, cuáles no serán sus nefastas consecuencias» 



LOS MODEBNISTAS 237 



Porque no todo se ha dicho con decir que Strind- 
berg es un misógino empedernido^ capaz de darles 
ciento Y raya á los Goncourt y de dejar tamañito 
al autor de La Sonata de Kreutxer; como nada 
se dice, repitiendo así las tonterías de ciertos crí- 
ticos franceses que no encuentran originalidad en 
los escritores escandinavos^ con mencionar el odio 
hacia las mujeres del autor de Pére j el sello de 
histéricas j desequilibradas que les presta el autor 
de Los Espectros, Es necesario; ante todo^ profun- 
dizar un poco la historia de aquellas remotas re- 
gioneS; y y sobre todo^ estudiar la vida de los referi- 
dos artistas. 

¿Calumnia á la mujer Augusto Strindberg? ¿Son 
símbolos y nada más los personajes dis Ibsen ? ¿No 
hay algo humano en los caracteres perfilados por 
estos artistas? ¿Son únicamente sencillas abstrac- 
ciones; seres -ideaS; elementos representativos esas 
Noras y Hedda Gabler, esas Lauras y Marías ? ¿No 
hay; acasO; rangos vividos por el autor; detalles 
exactísimod; escenas tomadas de la vida real; notas 
precisas y perfectamente humanas? Tenemos aquí 
muchas cuestiones que convendría resolver para 
dejar solucionado un problema más importante y 
general: cuál es el pensamiento sociológico que 
anima las obras de los escritores escandinavos; y al 
par, cuál es la moral que de ellas se desprende. 

Un drama y una novela de Strindberg me ayu- 



238 TÍCTOB PÉBEZ PETIT 

darán á resolver estas caestiones^ 7 con ellos so- 
lamente, empleando el método analítico, iremos en 
basca de la verdad. 

Ha aquí, en resumen, el drama Pére de Strínd- 
berg, que Jorge Loiseau ha traducido al francés. 
Adolfo, un oficial de caballería que se dedica con 
amor á los estudios científicos; espíritu liberal 7 
superior en todos conceptos, carácter autoritario 
7 variable, está casado con Laura, una mujer de 
temple, rebelde á la le7 que hace inferior al hom- 
bre á los seres de su sexo, que sueña con la igual- 
dad social de los cónyuges 7 á quien no atemoriza- 
ría el adulterio 6 el crimen para lograr serla dueña 
de su señor. De este matrimonio existe una hija, 
Berta, que, en vez de servir de lazo de unión, es el 
instrumento de que se vale la esposa para aniqui- 
lar á su marido. Adolfo, que desdeña la condición 
de su propia mujer, trata de hacer de su hija un 
ser superior á los de su sexo, preparándole así su 
independencia en el futuro hogar; 7, para lograrlo, 
cuídase de educar su cerebro 7 dirigir su alma« 
Laura, la esposa, no se resigna con el derecho so- 
cial que acuerda al marido la patria potestas deján- 
dole á ella tan sólo el sello de una capitis demi' 
nutio; é imbuida en sus creencias religiosas 7 
revolucionarias, trata de vencer á su marido 7 
robarle la dirección del alma de Berta. La lucha á 
la sordina queda así entablada, 7 desde ese mo- 



LOS MODERNISTAS 239 



mentó la mujer no deja de poner en práctica todos 
los medios^ arterías^ odios 7 craeldades^ para lograr 
su objeto. Pero ella va más lejos aún : conquis- 
tando el alma de su hija^ quiere al mismo tiempo 
destruir la supremacía intelectual del hombre 7 co- 
locarse ella misma al frente de la familia. No se 
resigna con tener constantemente ante sus ojos á 
on ser superior^ al que puede vencer: tal vez tiene^ 
también, la firme persuasión de que vale más que 
el hombre, de que su fuerza moral es superior, 7 
esto la anima, la decide 7 la encona. Entonces 
Laura pone en juego todos los recursos más trai- 
dores : observa los estudios científícos de su es- 
poso 7 se complace en hacerlos abortar, intercep- 
tando la correspondencia que había de darle datos 
precisos 7 decisivos. El fracaso que Adolfo obtiene 
en sus experimentos, el den*umbe de sus esperanzas, 
agrian su carácter 7 le vuelven más 7 más sombrío. 
La esposa no desperdicia este nuevo detalle. Em- 
pieza á minar las relaciones de su marido, se 
atrae sus amigos 7 les insinúa terribles dudas so- 
bre la salud de Adolfo. Entretanto, éste trata de 
alejar á Berta del hogar, para libertarla de la in- 
fluencia religiosa de la madre 7 educarla en un 
medio más cerebral ; pero, Laura, para quien este 
alejamiento tendría el efecto de un desastre, de- 
cide emplear un medio supremo : deja entrever á 
su esposo que Berta no es su hija. Adolfo se 



240 vicios PÉREZ PETIT 

doblega bajo aquel rudo golpe^ pero no por el 
adulterio de su mujer^ á quien desprecia por eso 
solo^ sino por la criatura que ama con delirio. 
Berta ¿es hija suya ó no? La duda terrible des- 
troza su corazón ; 7 entonces pide^ rnega^ ame- 
naza á su mujer para que la resuelva. Ésta se niega; 
7 él, desesperado, ante el desastre de sus más 
caras afecciones, en un momento de locura, trata 
de matar á su hija, prefiriendo verla muerta é te- 
ner que dudar de ella continuamente. Laura ha 
logrado la prueba que ansiaba : el revólver había 
sido descargado por ella misma, pero la acción 
horrible de su esposo se había consumado. ¡ Era 
un loco ! La acusación infame es interpuesta, 7 
Adolfo, esta vez loco de verdad, maniatado por 
la misma nodriza de Berta, es arrebatado del ho- 
gar. Laura ha vencido ; ha doblegado 7 muerto á 
la inteligencia superior, al amo que las le7es ci- 
viles le habían dado. 

Tal es la obra de Augusto Strindberg, ese atroz 
duelo mental trabado entre la mujer 7 el hom- 
bre, 7 en el cual la clara inteligencia 7 la buena 
fe son veúcidas por la perfidia más refinada. ¿ Es 
falsa la acción? ¿Laura es un símbolo? ¿El 
sexo impuro, con su ambición desmedida de pre- 
dominio, traerá siempre estas consecuencias espan- 
tosas? ¿Es el odio á la mujer el único senti- 
miento que guía al autor? 



LOS MODERNISTAS 241 



Tales son las acusaciones que se formulan con- 
tra el dramatui^o sueco, c Sólo el odio puede 
dictar esas obras acerbas 7 fulminantes, » dicen 
los críticos con una ligereza imperdonable, 6 con 
una evidente mala fe; csólo el odio más impla- 
cable puede haber engendrado las obras de Strind- 
berg, Mademoiselle JuUe, Pére, Le Plaidoyer d*un 
fouy^ agregan. ¿Serán justas estas aseveraciones? 

Le Plaidoyer d^un fou — ese libro tristísimo, 
de una filosofía desconsoladora, de una verdad 
brutal 7 amarguísima, que mana sangre en cada 
una de sus páginas, que nos agarrota la gar« 
ganta con sus mismos sollozos 7 gemidos — puede 
damos una idea del dolor intenso que ha ren- 
dido el corazón del escritor sueco 7 por ahí es- 
clarecer aquellas cuestiones presentadas por la 
crítica. El Axel de la novela no es otro que el 
mismo Stríndberg; 7 toda esa obra es, sencilla- 
mente, un alegato lanzado por el autor á la faz 
de sus detractores — de esos críticos, sus compa- 
triotas, que, en vez de ocuparse de sus libros, se 
ocupaban de su vida íntima. ¿T cuál es la ense- 
ñanza que nos da Le Plaidoyer d' un fou? Que 
la mujer, necesaria al hombre para el amor, se 
convierte en un ser peligroso 7 perverso cuando 
pretende equipararse á su esposo ó á su amante, 
en inteligencia 7 en el goce de los derechos civi- 
les. La mujer vive para la reproducción de la 

16 



242 YÍCTOB TÉBEZ PETIT 

especie ; posee todos los atractivos» debilidades y 
carifios para conquistar al hombre; está exenta 
de las tareas pesadas y rodas de la vida: es man- 

marido despaés : ¿ qué otra cosa puede desear en 
su existencia? ¿más libertad, acaso? Pero, ¿no 
la obtiene suficiente cuando se aleja del hogar pa- 
terno para convertirse de niña en mujer bajo el 
techo conyugal? Es cierto que el hombre es con- 
siderado intelectualmente como un ser superior 
á ella; mas este leve sacrificio de libertad indi- 
vidual, ¿ no está compensado con las atenciones, 
cuidados y carifios de que es objeto? 

Las opiniones de Strindberg, como se ve, no 
son las que le dan sus detractores : él no ataca á 
la mujer en general, sino á aquellas que preten- 
den igualarse al hombre. Y tal y no otra es la 
tendencia y fin de sus libros. En Le Plaidoyer 
¿Pun fou, como en Pére, como en las demás 
obras del autor sueco, siempre vemos á la mu- 
jer, ambiciosa y rebelde, luchar contra el hombre 
hasta lograr su triunfo decisivo. Mientras el uno 
procede de buena fe, la otra no conoce sentimien- 
tos morales y revela un alma mezquina é Impe- 
riosa. Cuando Axel, en Le Plaidoyer d'un foUy le 
aconseja á su querida que abandone el techo con- 
yugal y se refugie en la casa de su madre, para 
hacer menos vergonzosa la situación del marido 



LOS MODERNISTAS 243 



engañado y sacrificar todo i sus amores^ ella se 
niega rotundamente^ espantándose de las conse- 
cuencias que puede traer semejante resolución. Y 
ante la ruindad de aquellos sentimientos de su 
querida^ el amante exclama con toda la altivez de 
su alma honrada : c ¡ Que todo concluya entonces ! 
Yo no podría amaros sin estimarme yo mismo y 
sin estimaros.» — Y cuando el barón descubre 
todo, y en tanto que no inicia el juicio de divor- 
ciO; propone^ para burlar el qué dirán^ recibir to- 
davía á Axel en su casa. Este protesta : — « ¡ Cómo 
infligirle un oprobio semejante ! ¡ Jamás ! — digo á 
la baronesa. — Piensa que en ello va el honor 
de mi hijo, — me responde. — Pero, su honor de 
él es también alguna cosa! — ¡Ah, bah! Ella se 
ríe del honor de los otros. » 

Estos dos pasajes retratan de cuerpo entero á 
la mujer imperante y bastan á señalar cuál es la 
tendencia de Strindberg. ¿ Cómo, pues, no asom- 
bramos cuando algunos críticos afirman que el 
dramaturgo sueco ha hecho con Pére un drama 
falso, y con Le Plaidoyer d'un fou ha levantado una 
calumnia al sexo femenino? Sin tener para nada 
en cuenta el hecho de la inferioridad intelectual 
de la mujer respecto al hombre y de sus innatas 
pretensiones de superioridad y predominio, bueno 
es recordar á los que atacan ciegamente al dra- 
maturgo de Stockholmo que dos eminentes escri- 



244 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

tores franceses^ por citar los más admirados^ han 
manifestado desde hace tiempo ideas parecidas, 
¿Quién no ha leído Lcts mujeres de arüstcis, de 
Alfonso Daudet^ y Manette Saloman, de los Gon- 
court?¿Y cuál es la idea que se desprende de 
tales libros^ sino la misma que anima el drama de 
Strindbeig? ¿No es siempre el mismo caso, el 
eterno femenino minando arteramente una inteli- 
gencia superior^ descomponiendo lentamente su 
organismo, corrompiéndolo pérfidamente por el 
dolor, la crueldad, las asechanzas 7 las desilu- 
siones, hasta aniquilarle completamente? ¿Y por 
qué, siendo esto así, se aplaude á Daudet 7 los 
Goncourt 7 se reprueba á Strindberg? 

Por lo demás, la Laura de Pére será una abs- 
tracción 7 todo lo que se quiera, pero lo cierto, 
lo incontestable, es que en la vida del escritor 
sueco ha habido una Laura de carne 7 hueso. Ese 
odio de Strindberg no es un odio instintivo, ni 
puramente cerebral; lo mismo que esa carcajada del 
segundo acto de Pére, con la cual la esposa con- 
clu7e de doblegar á Adolfo, no es un recurso 
efectista, sino un detalle de la vida íntima, insig- 
nificante para la ma7oría del público, 7 que, sin 
embargo, vierte veneno en el corazón del artista. 
Strindberg, que está casado en segundas nup- 
cias, ha tenido que sufrir mucho con su primera 
mujer, 7 ese dolor, que amargó las horas de 



LOS MODERNISTAS 245 



SU yida^ es el que se refleja en todos sus libros. 

A otra razón obedecen aún las obras del autor 
de Les Camarades^ y ésta no es otra que la lu- 
cha sostenida hace algún tiempo en los países 
escandinavos por la emancipación de la mujer. 
Los que tanto atacan á Strindberg, debieran ente- 
rarse de la historia social de Suecia y Noruega. 
En ninguna nación europea se ha luchado como 
en aquellos países por la igualdad de los dos se- 
xos; ni se han producido tantos odios^ ni se han 
escrito más audacias. Los más ardientes defenso* 
res de la mujer en las regiones meridionales^ las 
más decididas Luisas Michel^ son niños de pecho si 
se les compara con los emancipadores del Norte* 
Allí sus pretensiones no han conocido vallas ni 
restricciones, 7 las mujeres han llegado al ex* 
tremo de exigir al hombre en la cámara nupcial 
la virginidad que nosotros, en nuestros países, les 
exigimos á ellas. 

Sí; sólo la mala fe ó la ignorancia más crasa 
y petulante de los que ejercen la crítica, puede 
inspirar las tonterías que se han escrito contra 
Ibsen, Strindberg, Ola Hanson, Soeren Kierkee- 
gard y demás escritores del Norte; porque si 
bien será cierto que por allá, como en nuestros 
países, habrá buenas mujeres y excelentes madres 
de familia, no es menos cierto que los usos y 
costumbres de los países del Norte y del Medio- 



246 VÍCTOR PÉBEZ FETrr 

día difieren mucho entre sí, que las ideas ñlosó- 
ñcas y sociales obedecen á preceptos distintos y 
quC; como queda dicho, la emancipación de la 
mujer ha revestido en el Norte el carácter de 
verdadera revolución, fenómeno hasta hoy des- 
conocido para Francia — país éste el mis avan- 
zado en las ideas democráticas é igualitarias. 

Y aun puede alegarse una tercera causa en 
abono de las ideas de Augusto Strindberg, pu- 
ramente individual. Es ella la instrucción del 
escritor; la indiscutible superioridad del genio; 
la supremacía que da la ciencia á un hom- 
bre, no ya sobre las mujeres, sino sobre los 
demás hombres. Augusto Strindberg es casi un sa- 
bio, un notable lingüista, un colega de los Dar- 
win y de los Virchow. Estudiando en la Univer- 
sidad de Upsala no adquirió un simple barniz 
científico, como la generalidad de los estudiantes ; 
sus estudios han sido detenidos y profundos, y 
es indiscutible su competencia en patología, etno- 
logía, botánica, química, etnografía, geología y 
economía política. Sabe historia como muy pocos, 
y ha escrito una del pueblo sueco en varios vo- 
lúmenes verdaderamente notable, al decir de 
Brandes, el gran crítico dinamarqués; conoce 
casi todos los idiomas europeos y, como una frio- 
lera, se ha aprendido el chino. ¿Qué nos debe 
extrañar, pues, que un hombre de tan vasta ilus- 



LOS MODERNISTAS 247 



tración^ que una inteligencia tan poderosa y cul- 
tivada^ no transija con el error^ odie la ignorancia^ 
menosprecie los seres inferiores^ infatuados 7 en- 
soberbecidos^ 7 reniegue de la emancipación de la 
mujer; 7a que esta emancipación implica la igual- 
dad de todas las inteligencias? El autor de Les 
Créanders es socialista^ sí; pero abomina la igual- 
dad de los ignorantes 7 de los sabioS; 7^ á la 
manera de Renán^ sueña con una democracia re- 
gida oligárquicamente por los más sabios. 

Esto es lo que no debieran olvidar los críticos 
modernos. Estas ideas filosóficas -sociales dan toda 
la clave del enigma 7 explican el odio de Strind- 
berg hacia la mujer. No es Suecia un país im- 
buido en las ideas neo - místicas de Tolstoi, tras- 
plantadas recientemente á ambas márgenes del 
Sena : su filosofía viene de la sombría Alemania^ 
7; modificada ligeramente bajo las nieblas húme- 
das del NortC; manifiéstase en las más claras in- 
teligencias; ora pietista^ ora neo -kantiana. 

De ahí también ese triste pesimismo^ esa des- 
consolada tristeza^ esa amarguísima ironía que 
alientan en las obras de Strindberg. Todos los des- 
engaños 7 desventuras que han ennegrecido las 
horas de la existencia del artista, están fielmente 
retratados en Pére y en Le Plaidoyer d'un fou, 
7 por eso, precisamente, esos libros, como cual- 
quiera de los de Qoncourt ó algunos de los de 



248 VÍCTOR PÉREZ PETIT ^ 

Bouiget (que, dicho sea de paso, tan admirable- 
mente reproducen el alma femenina), nos dejan 
hondamente impresionados, con un velo de som- 
bras ante los ojos y un dolor inenarrable en el 
corazón. 

Así como Ibsen crea hombres débiles, subyu- 
gados por la mujer imperiosa é histérica, así 
Strindbeig toma hombres fuertes para mostrarlos 
en s^uida vencidos por las artimañas y falseda- 
des de la mujer: el sexo traidor, sediento de ven- 
ganza por la superioridad intelectual del hombre, 
al que ataca sin s^undo y hiere en la sombra, 
hasta destruirle por completo. Es una campaña 
atroz, es verdad, la emprendida por el autor de 
Pére, una lucha sin cuartel, enconada, paciente y 
formidable; mas ella no es, como se ha preten- 
dido, un simple capricho de espectabilidad, una 
pose del escritor, un imperioso afán de originali- 
dad y decadencia. Yo encuentro en Pére y en la 
novela Le Plaidoyer d'un fou una idea más alta 
que esa de estrechas miras que Lemaítre, Paille- 
ron, Fouquier y otros críticos franceses le atri- 
buyen á Strindberg; y, aun atendiendo á la obra 
únicamente, encuentro un arte viril, hermoso y 
trascendental. Frente al romanticismo, frente al 
arte de los decadentes, frente á las ideas de los 
escritores empapados no ya tan sólo en el misticismo 
6 que hablan, como Brunetiére, de la bancarrota 



LOS MODERNISTAS 249 



de la ciencia^ sino que se creen vivir en el -Alfa 
del Centauro porque siguen las tendencias evangé- 
licas de un Tolstoí 6 las ideas igualitarias de un 
Bjomson — el drama de ideas de Ibsen y la tendencia 
sociológica de Strindberg se me representan como un 
esfuerzo poderoso y puro^ capaz de vivificar la mori- 
bunda literatura contemporánea. ¡ Cosa extraña! Pa- 
rís se afana en buscar nuevo sendero para su arte : el 
sendero que ha de iluminar un genio del porvenir 
tan grande como el glorioso poeta épico del natu- 
ralismo; examina anhelante todos los derroteros 
para escapar á esa enfermedad nerviosa que ha 
engendrado el decadentismo^ ¡7 ha tenido en su es- 
cena á Ibsen y á 'Strindberg! Ha^percibido la au- 
rora de la literatura del porvenir con sus tenden- 
cias sociológicas^ con todo un nuevo sistema de 
moral; ¡7 no lo ha sospechado siquiera! Por el 
contrario; las inteligencias más preparadas se han 
encastillado en el ataque^ 7 se ha mordido á los 
escritores noruegos 7 suecos^ como anteS; en sus 
comienzos; se mordió á los Goncourt 7 á los Zola 
— á los paladines de la entonces naciente escuela 
naturalista. 

Inglaterra es más feliz en este sentido. No han 
faltado inteligencias que comprendieran dónde se 
hallaba la salvación de su arte nacional. Sabido 
es que las costumbres rígidas 7 todopoderosas de 
la patria de Mílton 7 el legendario; que así puede 



250 YÍCTOB FÉREZ PETIT 

llamarse^ culto por Shakespeare^ han tenido esta- 
cionario al drama inglés. Lias obras dramáticas 
más avanzadas de aquella nación^ las que pueden 
vanagloriarse de ser independientes del soplo sha- 
kespeariano; son las de Sydney Grundy y Arthur 
Pinero. Pero, ¿qué son en nuestra época y si se 
los compara con los del teatro francés, por ejemplo, 
los dramas The new Woman y The Second Mrs. 
Tanqueray, obras dramáticas de aquellos autores, 
respectivamente? Hermosos y pequeñitos satélites 
cuyo brillo desaparece entre la lumbre cegadora 
de un espléndido sol. Era, pues, necesaria una re- 
forma en el arte dramático; vivificarlo con influen- 
cias extranjeras, ya que los artistas nacionales no 
podían prestarla; descubrir en el inmenso cielo 
de las letras al astro esplendoroso que pudiera 
servirles de norte. Y Edmundo Gosse, uno de los 
críticos más jóvenes y más inteligentes de la vieja 
Inglaterra, fué el salvador profeta. En 1873, y 
antes que nadie, apreció todo el talento de Ibsen 
y el partido que de él podía sacar el arte dramá- 
tico inglés. La lucha, al principio, fué un poco 
dura, pero después llegaron los secuaces y parti- 
darios: Arthur B. Walkley, H.-F.-Lord, Ca- 
talina Ray, Havelock EUis, Archer, traductores y 
actores, se empeñaron en la ardua empresa. Hoy 
día es indiscutible la influencia de Ibsen en el 
arte dramático inglés y no faltan admiradores que 



LOS MODERNISTAS 251 



le apelliden c el nuevo Shakespeare ». ¿Cómo 
Franciai más literaria que Inglaterra^ de miras más 
avanzadas^ menos apegada á la tradición, que ha 
olvidado á Racine y Comeille mientras Inglaterra 
aun guarda latente el culto de Shakespeare, no ha 
descubierto el partido que podría sacar de las 
ideas delbsen — 7 quien cita á este autor, bien 
puede recordar á Oehlenschláger 7 Strindberg? 

¡Oh! bien me sé 70 dónde está la causa de 
esta ceguera ! Francia no tiene ho7 un crítico de 
la talla de Taine; le falta su crítico, el crítico 
que, salvando los lindes de la patria, sabe huronear 
en las patrias extranjeras 7 desentrañar sus secre* 
tos. Mezquinas rencillas de escuela ó pueril afán 
de atacar todo lo nuevo 7 avanzado, todo lo que 
viene á contrariar los usos 7 principios estable- 
cidos, han causado esta guerra sorda contra los 
escritores del Norte. ¡ Y se busca al genio del por- 
venir 7 se cierran los ojos á los que señalan el 
camino que ha7 que seguir! 

Adolfo 7 Axel son nuestros guías; Laura 7 
María son un ejemplo. Pére es el patrón de un 
teatro que aun ignora Francia, 7 Le Plaidoyer d'un 
fou el corte de la novela del porvenir. No quiere 
, decir, por supuesto, que el artista moderno ha de 
ser un misógino 7 emberrincharse contra el eterno 
femenino á la manera de Strindberg; sólo indi- 
camos la tendencia general de la obra, la estruc- 



252 VÍOTOB PÉBEZ PETIT 

tora, como quien dioe^ ésa que se gobierna por 
leyes sociológicas y por un criterio de moral tal 
vez un poco avanzado para los sentimientos éticos 
que hoy aceptamos, pero que puede ser muy bien 
la moral de mañana, ¿Hemos siempre de tener 
las mismas ideas sobre los sexos, sobre el pudor, 
sobre el culto de la amistad, de la religión, de 
la patria? ¿Quién nos dice que por ineludibles 
leyes sociológicas y morales en el día de mañana 
no exista el culto de la patria, del suelo en que 
se ha nacido, y que, suprimidas las fronteras y 
los ejércitos permanentes, la patria del hombre sea 
todo el planeta? ¿Quién nos dice que el senti- 
miento del pudor, antes del cristianismo casi desco- 
nocido, después de él reconcentrado en un solo 
punto del cuerpo humano, se transforme y va- 
ríe? ¿No son relativas todas las leyes sociológico - 
morales? ¿No evolucionan en el tiempo y el es- 
pacio? Pues si esto es así, ¿por qué no buscar 
las leyes que las gobiernan? ¿Y qué campo de 
acción no encontrará el futuro novelista en senda 
tan virgen y fecunda? 



RUBÉN DARÍO 



^y 
]>'" 



La Imaginación es el cetro de oro de la Musa 
lírica. El Poeta imperial que ha celebrado sas 
bodas laminosas con la gentil Erato en el jardín 
eterno de la eterna Fantasía^ lleva entre sus ma- 
nos pálidas — más pálidas que las de los miste- 
riosos hierof antes — aquel cetro inmortal^ emblema 
de los ritmos de Orfeo^ de los colores del Iris y 
de los perfumes de un incensario; y con él pe- 
netra en el alma del mundo de nuestra alma para 
cantar los arcanos del pensamiento^ sus visiones 
frenéticas; los legendarios enigmas, sus pasiones 
hieráticas 7 las majestuosas 7 serenísimas curvas 
de las ninfas del Ensueño. La Imaginación es todo- 
poderosa. 

Al través de las siete cuerdas de la lira de 
Terprando han resbalado notas solitarias como 
parlas submarinas^ cadencias de diamante 7 arpe- 
gios rumorosos como achiras de oro. La Castalia 



254 vícroB pébez petit 

fuente no tuvo más ecos crístalinosi ni más me- 
lancólicos susurros el aura de Jonia al adorme- 
cerse entre los verdes laureles helénicos : la Ins- 
piración dejó su aliento tibio sobre las cuerdas 
dormidas, y al despertarlas, el alto Olimpo escuchó 
las quejas de los poderosos Atridas con Homero ; 
Cadmea se vio rodeada de murallas con Anfí<$n : 
Esparta triunfante de Aristomeno el mésenlo cpn 
Tirteo, y la Gloria palideció ante Gerón, rey Ule 
Siracusa, cantado en oda olímpica por Píndaro, 
el heraldo tebano. La virtud del Numen hizo cru- 
jir las ruedas sangrientas del carro de la Aurora; 
sorprendió las Bacantes desenfrenadas y detuvo 
en su galope salvaje á los colosales Centauros; 
puso un lampo esmeralda sobre la frente de Mi- 
nerva, un girón de espuma en los flancos de las 
ninfas y una sarta de notas pastoriles en la coma- 
musa del dios Pan; y, ebrio de claridades y de 
líricas mieles, encendió el falemo en la copa de 
Horacio, desnudó las altiveces marmóreas de la 
imperial Mesalina y derramó torrentes de hercú- 
lea fuerza y de resignado martirio sobre la arena 
del Circo para divertir el hastío de los soberbios 
Emperadores. Á su conjuro colosal anímase el aire, 
hierven las ondas del Egeo y bajan de sus pedes- 
tales las Galateas de piedra. Iol selva tiene can- 
tos desconocidos, los montes inclinan sus barbas 
de plata y los torrentes alzan el pecho, tronando, 



LOS MODERNISTAS 255 



para salpicar con espumas la frente de las estrellas 
solitarias. El hombre escacha estremecido y anhe- 
lante esos acordes gigantescos que llenan el firma- 
mento^ 7 entrevé^ en medio de un ensueño^ el perfil 
de Hécate y la desnudez de Venus; siente pasar 
la Helena por quien Paris encendió en guerra 
cruenta toda la Grecia, y la ve caer^ más tarde^ 
en' los brazos del doctor Fausto^ rejuvenecido; 
escucha los clamores de las Euménides incendiando 
la sangre celosa de Medea 7 se estremece ante el 
eco salvaje que esos clamores despiertan en el pe- 
cho del esposo de Desdémona; mira^ en fin^ el 
alma de Pigmalión^ ardiendo en deseos^ 7 vuelve 
á encontrarla^ deshecha 7 rota^ á los pies del ídolo^ 
en el joven Werther. 

La Imaginación es todopoderosa. Adolfo Garnier 
nos habla cde ciertos artistas en mosaicos que 
entre dos piedras^ que al parecer ofrecían los 
tonos más vecinos^ concebían un tono intermedia- 
rio» ^^K Descartes formuló toda una hipótesis^ los 
Torbellinos^ para explicar el movimiento de los 
cuerpos celestes. Aníbal asustó á sus enemigos re- 
curriendo á una estratagema que imaginó: puso 
fuego á unos montes. El canto rv de la Eneida 
arranca lágrimas gratísimas á San Agustín. Milton^ 
ciego^ se encontraba deslumhrado con los resplan- 

(1) Adolphe Garnier: TraM dea facuUés deVdme, 



\ 



256 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

dores del trono del Eterno. Colón descubrió un 
mundo, como Dante había descubierto el InfiemOi 
soñando; j soñando, soñando siempre, es como 
Franklin encadena el rayo de Júpiter, Wat encie- 
rra el vapor dentro de una caldera para obtener 
el secreto de la fuerza de los Sansón j Téseos, 
Jenner descubre la vacuna, Jacobo Metzu el teles- 
copio 7 Servet la circulación déla sangre. Soñando, 
los griegos declararon virgen á Temistoclea, sacer- 
dotisa de Delfos, después de haber concebido, 
7 soñando, también, los judíos desconocen la 
virginidad de María 7 crucifican á su esplendoroso 
Hijo. Tal es el poder de la Imaginación.^ 

El Poeta que tiene entre sus pálidas manos de 
hierofante el cetro de oro de la Musa lírica, la 
Imaginación, es el Supremo Pontífice del Universo, 
Ante su vista, se arrojan á tierra de rodillas todos 
los hombres 7 besan, llorando, el polvo del suelo. 
Habla, 7 su voz domestica las fieras, como Orfeo, 
ó levanta las piedras por sí mismas para construir 
murallas, como Anfión. El regenera al mundo, 
arrastra los pueblos al combate, dignifica el alma 
humana ó la degrada. El lo puede todo. 

¿Dónde está el secreto de ese poder de la Ima- 
ginación? Está en nosotros mismos, en los esclavos. 
Nosotros somos los que, voluntariamente, nos so- 
metemos al 7ugo. ¿Por qué, sino, nos horroriza 
más la Novia de Mesiiyí que Wallestein ? Porque 



LOS M0DEBNI8TA8 257 



la tragedia que concebimos y esperamos en la 
primera de estas obras de Schiller es más terrible 
que la que desenlaza la famosa trilogía. ¿ Por qué 
nos subyuga mucho más la obra de Gubernatis 
Nala que el Lohengrin de Wagner? Porque Da^ 
maianti, Nala é Indra son seres fantásticos^ mien- 
tras que en la historia de Elsa no hay otros ele- 
mentos imaginarios absolutos que I^^ohengrín,,sX^s^ 

v^ci3^ Todo hombre está sujeto á una ley de he- 
rencia que lo es á la vez social: tiene en sí algo 
del salvaje primitivo y de la infancia de las so- 
ciedades. La superstición^ primer elemento psíquico 
de los primeros hombres, vive aún en nosotros, 
y en ese sentido somos todavía contemporáneos 
de los mammouths y plesiosauros. Para cualquier 
época, pues, vienen de perlas estas palabras de 
Yoltaire: «los hombres aman todo lo que les pa- 

. rece terrible; hacen lo que los niños, que escu- 
chan con avidez los cuentos mágicos que los asus- 
tan. »v El misterio y la superstición aún tienen 
fanáticos, y si hoy han desaparecido los viejos 
mitos que horrorizaban las almas en los imponen- 
tes templos de Baal, Isis y Osiris, en cambio 
tenemos santuarios sombríos alzados á la Magia, 
al Budhismo moderno y á la Buena Diosa de la 
Lujuria : si las vírgenes de la antigüedad iban al 
templo de MUita para ser desfloradas por los ex- 



17 



258 VÍCTOR PÉBEZ peut 

tranjeroB^ nosotros tenemos otro templo leviatán 
DO menos misterioso que el de Babilonia. 

La superstición 7 el^aÜSÍSlio son la fuente pri- 
mordial de la poesía. Si la India nos ha l^ado 
sus colosales poemas-— el Ramayána, el Maha- 
bharatta — v los cantos de Hala, Bartrihari^ Ka- 
lilasa, Giayadeva 7 Avyar, esos eternos monu- 
mentos de la imaginación creadora; si todos los 
pueblos antiguos han tenido sus Ie7enda8 7 tradi- 
cioneSy á cual más asombrosa é imponente, débese, 
antes que nada, al misterio 7 á la superstición. 
Todo lo que el hombre no ha podido explicarse ra- 
cionalmente, ha sido atribuido á la divinidad 7 á 
los poderes ocultos. Así es que ha podido decirse 
con razón que la metafísica es casi toda la Poesía. 

¿Y quién es, sino el poeta, el que ha contado 
al pueblo estos grandes extravíos de la inteligen- 
cia por los dominios de lo Desconocido? ¿Quién, 
sino él, el que ha hecho más emocionantes las 
creencias que llenaban de sombras los inseguros 
cerebros de los hombres sencillos? En verso se 
impuso el credo divino creador de los orbes; en 
verso se celebró á Brahma, Yichnou 7 Si va ; en 
verso se arrastraron las legiones de Esparta contra 
Mesenia; en verso se hizo la unidad de Italia; en 
verso Camoens dividió en dos estados la penín- 
sula pirenaica, 7 en verso se han propalado todas 
las alegrías 7 todas las tristezas de los hombres 



LOS MODERNISTAS 259 



al través de los tiempoS; de las razas y de las 
generaciones. Sí; el Poeta, Supremo Pontífice del 
Universo, todo lo puede, y á él se deben las ma- 
yores glorias y los más grandes extravíos. Su cetro 
de oro es el gran agitador de las ideas y senti- 
mientos, y por él, por la Imaginación tan sólo, se 
ha creado un Olimpo de dioses para crucificarlo 
después^ en uno solo, sobre la cumbre flamígera 
del Calvario. 

La Imaginación está sujeta á grandes extravíos. 
Desordenada y loca, por naturaleza, es preciso 
encauzarla sabiamente para no desviarla del ca- 
mino del Ideal. En medio de sus alucinaciones, 
se encabrita á veces y echa á correr por sendas 
-e xtraviadas saltando risc os, despeñándose por los 
precipicios, hollando flores de exquisito perfume, 
tronchando espinas rígidas, subiendo por momen- 
tos hasta las cumbres donde reposan taciturnos 
los astros de la noche. Hay en la marcha de la 
Imaginación una recta línea de la que no le es 
dado separarse. Ella misma, ¡la osada !, ¡la li- 
jare !, está sujeta á ciertas reglas Wieland 

observó, con mucha verdad, que la frente de 
Minerva, los ojos de Juno, la nariz de Apolo 
y la sonrisa de Venus no formarían una obra 
maestra de Imaginación. ¿Qué decir entonces de 
la Imaginación revoltcdonaria? 



260 VÍCTOR PÉREZ FETET 

La ImagÍDación revolucionaria hace 7a algún 
tiempo que se querella con su hermana la del 
cendal ateniense. Ha cogido el prisma que ornaba 
la frente de la antigua Imaginación con sus poli- 
cromos matices, 7 le ha arrojado á tierra. El prisma 
se ha roto; se ha hecho mil pedacitos variados. 
Alegre 7 bullicioso, el Arte que tiene por bandera 
esta revolucionaria Imaginación ha recogido, se- 
gún la gráfica expresión de Bolet Peraza, las mi- 
gajas del iris, 7 de cada una de ellas hizo un 
r^alo á las nuevas sectas decadentes. Estos pri- 
mores de color, estas maravillas de luz han em- 
briagado la Imaginación de los decadentes, mistp' 
eos, impresionistas, magníficos 7 wagnerianos. Y 
toda regla fué olvidada, todo principio fué echado 
al cesto, toda teoría fué desquioiada.^a nueva 
Imaginación se ríe como una locuela de su hermana, 
la del cendal ateniense.^ 

La Imaginación es el cetro de oro de la Musa 
lírica. Mas, ¡ a7 del imperial Poeta que al despo- 
sarse con la gentil Erato en el jardín eterno de la 
Fantasía, recoge el cetro de la Imaginación revo- 
lucionarial El castigo más leve de que podrá ser 
objeto será el de no ser comprendido. Pero ¿es 
que se fatigaq los poetas modernísimos porque 
se les comprenda? ¿No luchan, por el contrario, 
por hacerse obscuros é indescifrables? 

Ha7 allá, en París, una colmena de exóticas 



LOS MODERNISTAS 261 



abejas que producen una miel extraña y rara. En 
vez de libar el néctar de las rosas y jazmines^ 
persiguen con ahínco los crisan temos amarillos 
comjjjaponesitas^enfgrnaas, las o rquíde as refinadas 
r*f>mn liAfafrf^a )<ihrífifiH Iah peonfasjmferíales^jos 
claveles sensuales jr las madarias elegante^ como 
madrigales an tiguos , y se envenenan^ con las subs- 
taofiiaí^ de laboratorio químico q^ue las pintan y 
colorean. Las exóticas abejas se vuelven locas con 
estas borracheras de colores, y su miel parece en- 
fermiza y extraña. Y nosotros, los profanos, los 
burgueses, los que sólo nos deleitamos con la 
Imaginación vulgar — con aquella Imaginación de 
los cuentos de Las mil y una noches, de los de 
Hoffmann y Poe — nos sentimos horrorizados, y la 
agriedad , de la miel nos sabe á veneno .... 

En principio, pues, no aceptamos el d^Qgden- 
láamo* El cetro que sostienen sus poetas es un 
cetro falso. El verdadero, aquel de oro de la Musa 
lírica de que hemos hablado, merece respeto, á 
pesar de todos sus errores. Pero este otro, no rei- 
nará mucho tiempo : sólo durará lo que la anar- 
quía que domina en todos los espíritus fin de 
siglo, ahitos de sensaciones, cansados de lo vul- 
gar y corriente, sedientos de nuevos ideales y de 
más paroxismos y estremecimientos. 



262 yfcTOB PÉREZ PETrr 

Siendo esto así^ ¡qué admiración no debemos 
al poeta americano que, oñciando como Supremo 
Pontífice ante el altar deslumbrante del Decaden- 
tismo militante^ ha sabido conservar su persona- 
lidad, nos ha legado joyas de arte valiosísimas, 
nos procura todavía sensaciones nuevas y nos re- 
gala con todas las claridades de su Imaginación 
poderosa! ¡Qué aplausos no han de tributarse al 
vate que en medio á sus orgías artísticas de sec- 
tario, en medio i sus elucubraciones frenéticas 
y de sus desórdenes verlainianos, aun parece sen- 
sato! 

Rubén Darío es un refinado, un impresionista, 
un mágico ; pero es, además, un espíritu sano, ro- 
bustS^y^cuerdo^ Tiene todas las exquisiteces, 
rebuscamientos y originalidades de un Corbiére, de 
un Betté y de un Rene Ghil; pero tiene, tam- 
bién, algo que aquéllos no poseían: ^un sen^ - 
miento exacto de la belleza, una noción clara y 
precisajde la unea griega, un^oncepción serena 
del arte escultural y marmóreoy^Es un moderno, 
deslumhrado por auroras boreales, que va á can- 
tar sus versos bajo el sol que quema las crestas 
de las Termopilas y dora los llanos dé Platea. 

Está de moda zaherir al inspirado creador de 
Prosas Profanas. Los que tal hacen, no debieran 
olvidar que si este poeta usa ritnafís^extraños, y 
versos que son prosas, y frases casi jeroglififiaS; 



LOS MODEBNISTAS 263 



es porque quiere hacerlo así 7 no porque no co- 
nozca la gramática 7 las reglas retóricas. Desde 
aquel mar de las Antillas^ que oreó la cuna del 
poeta; hasta éste del Plata, que mece los ensue- 
ños del hombre; desde las tierras del Pacífico, 
donde su libro Axul empezó á darle la popula- 
ridad de que era digno, hasta la ciudad de Bue- 
nos Aires, Rubón Darío ha recogido calurosos 
aplausos que deben haber satisfecho sus ensueños 
de gloria. Sus versos de ^ntaño son versos tan 
buenos como los mejores, 7 si entonces el poeta 
sabía hacerlos así, ¿se concibe que ho7 no sepa 
medir un endecasílabo ?J^ 

En lugar de atacarle ciegamente, como sólo 
puede hacerlo ese personaje universal que Bem7 
de Gourmont llamó Celui - qui - we - comprend - 
pos, examinemos su teoría artística. «Al través 
de los fuegos divinos de las vidrieras histo- 
riadas, me río del viento que sopla fuera, del 
mal que pasa,» dice el mismo Rubén Darío. 
La frase, una bonita frase, por lo demás, es 
un g^'tf> dft combate arrancado en momentos de 
polémica; pero es algo más que un grito de re- 
belión 7 de desprecio. El poeta quiere decirnos: 
Yo tengo mi torre de marfil, como Vign7, 7 desde 
ella me río de los gozquecillos de la crítica que 
vienen á ladrarme á la puerta\A solas con mis 
recuerdos 7 fantasías, en medio á mis visiones 



264 VÍCIOB FÉREZ PETIT 

y deleites^ celebro la i^íg<^ jnnn^^ ^ftl arfa con 
rituales que el valgo no comprende. Yo solo 
veo estas bellezas de mi culto j las gozo como 
un néctar divino. Alejado de la ola mundanal, 
penetro el secreto de las civilizaciones desapare- 
cidaS| enciendo las antorchas de los colosales 
templos de Palenque j Utatlán, evoco las sombras 
de los Incas poderosos, cuajadas de pedrerías y 
reverberantes como un sol, y les rindo el home- 
naje de mi alma moderna, cansada de vulgares 
sensaciones, flácida de lo trivial y de lo burgués. 
Yo tengo visiones de regiones ignotas, de países 
desconocidos, de seres extraños é imposibles; yo 
sueño historias arcanas que tienen refinamientos 
de acción y movimientos hieráticos^ yo siento 
espasmos frenéticos que me ponen todo el fuego 
de una fragua en el cerebro 7 cristales acerados 
de hielo sobre el pecho; pero el supremo deleite, 
la gran voluptuosidad de este arte no puede 
comprenderlos más que un alma gemela de la mía. 
He ahí lo que veo al través de los cristales his- 
toriados de mi imaginación, y h e ahí lo quej o J 
me importa que no comprenda el vulgo. ^ 

Perfectamente; pero, ¡por Dios! si se comprende 
la primera parte del parrafito que transcribo en 
seguida, ni aun un alma gemela de la de Rubén 
Darío sabría explicarnos lo que quiere decir la se- 
gunda. « La gritería de trescientas ocas no te impe« 



«t * 



LOS MODERNISTAS 265 



dirá^ Silvano/ tocar tu encantadora flauta^ con tal 
de que ta amigo el ruiseñor esté contento de tu 
melodía. Cuando él no esté para escucharte^ cie- 
rra los ojos y toca para los habitantes de tu reino 
interior. ¡ Oh pueblo de desnudas ninf as^ de rosa- 
das reinas, de amorosas diosas! Cae á tus pies 
una rosa, otra rosa, otra rosa. Y besos ! » Supon- 
gamos que pasen los diez años del precepto de 
Horacio. El mismo autor dé esas líneas, al sacar 
su libro del cajón del escritorio, donde las tu- 
viera encerradas sin leerlas durante ese tiempo, 
¿sabría decirnos qué quiso expresar con esas ro- 
sas y con esos besos? Juraría que no^ 

Y no se nos tilde de ser una de tantas mues- 
tras de aquel personaje de Remy de Gourmont, 
pues ya hemos dicho que aceptamos todas las 
originalidades de los decadentes, con tal que 
ellos mismos sepan lo que significan. Ahora bien: 
¿qué es lo que vemos nosotros al respecto? ¿Se 
entienden entre sí los retóricos del decadentismo ? 
No, pues mientras Rene Ghil asimila la U á la 
trompeta y al saxo, Arthur Rimbaud dice que la 
U es amarilla, y el amarillo corresponde á la 
flauta. Por otra parte, este instrumento « expresa la 
ingenuidad :», según el uno, mientras que aquéllos, 
el triunfo y las sonoridades, según el otro. ¿ Cuál 
délos dos tiene razón? Seguramente ninguno de 
los dos, y cada uno de ellos es, respecto del otro> 



266 YÍOTOB PÉREZ PBTIT 

un ilustre Celui-qui-ne-comprend-pas. ¿Qaé 
mucho que oosotroS; los profanos^ nos quedemos 
en ayunas al leer una estrofa de Kahn, Boden- 
bach 6 Rene Ghil, si ellos mismos, entre sí, no 
se entienden? 

Por lo demás, los estados anímicos del indivi- 
duo y cada una de las sugestiones é impresiones 
propias, varían según el temperamento, la educación, 
la sensibilidad, la herencia, etc., de cada cual; por 
manera que lo que en uno produce una idea, en 
otro puede producir otra muy distinta. Más aún: 
según sea la momentánea disposición de ánimo, 
una cosa que antes nos f uó agradable, ahora nos 
disgusta sobremanera. Y así hasta el infinito. 
Ejemplo : la pijabra iaxm hL nos sugiere el color 
blanco. ¿Por qué? Porque ése es el color de la 
flor; porque hemos visto un altar cubierto de 
ellas; porque hoy acabamos de ver una niñita 
toda vestida de tul y raso blanco que iba á co- 
mulgar; porque, en fin, se nos antoja que la vocal 
J, la más fuerte de las dos que lleva la palabra 
jazmín, no es ryja, según pretende Rímband, sino 
blanca, y muy blanca. Y extreniando la suges- 
tión, nos decimos: son blancos, también, violín, 
florida, risa, querida y ritmo, porque la J, en es- 
tas voces, domina á las otras vocale^Pero, ahora 
nos acontece que, hallándonos presa del más acen- 
drado dolor, vemos desfilar un entierro y mil 



LOB MODERNISTAS 267 



enervantes j pesados perfumes de jazmín llegan 
hasta nosotros^ 7 se nos ocurre que jaxmín es 
negro. ¿Por qué? Porque en nuestra conciencia 
asociamos la idea de tristeza^ que nos domina, con 
la idea de muerte 7 con las flores que cubren 
el ataúd; porque encontramos á la vocal I un 
sonido agudO; frío, helado como aristas de hielo, 
que nos hace estremecer^ que nos da espasmos 
de terror. Y extremando la sugestión, decimos 
entonces : son negros, igualmente, los violines que 
lloran un addio, la risa sardónica, la querida que 
nos engaña 7 el ritmo que nos llena de melan- 
colía, 
r^ S[o pretendemos negar que toda palabca tiene 
/algo en sí que es más que su propio silabepi Ha7 
/ la sugestión visual^ Así, al leer en Leconte de 
Lisie el nombre de Caín escrito así: Kaín; al 
ver las palabras Baghavat, Khons, Snorr, Ye- 
randah, Sigurd, kaolín, klepsidra, Thogorma, etc., 
en las que podrían suprimirse algunas haches 7 
reemplazarse las k por las c, experimentamos una 
sensación visual que se extiende del vocablo á 
la persona ó cosa que expresa, 7 dándonos la 
idea de hombres salvajes 7 de países exóticos, 
reforma la imagen vulgar que 7a teníamos sobre 
esos países 7 esos hombres. Como se ve, es una 
cuestión de pura ortografía, pero que trasciende 
al mundo emocional. Pero, ¿ querrá esto decir que 



268 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

esas voces pueden sagerimos ideas distintas á 
las ideas que realmente expresan? No^ de nin- 
guna manera. 

No vale^ pues, declarar que no le importa al 
poeta que no le comprenda nadie. El arte es so- 
ciológico, 7 si no procuramos trasmitir simpáti- 
camente á los demás hombres nuestras propias 
sensaciones, ¿para qué escribimos 7 publicamos 
lo escrito? ¿Para darles música «á los habitantes 
de nuestro reino interior?» Pues démosles mú- 
sica á esos habitantes, 7 no á los profanos. Y 
no ha7 vuelta que darle. 



Y á pesar de no aceptar la teoría de Rubén 
Darío, jcómo nos cautivan sus Prosas Profanas! 
Es que por sobre el decadente está el poeta — 
el Poeta imperial que, al celebrar sus bodas lumi- 
nosas con la gentil Erato en el palacio deslum^ 
brante de la eterna Fantigisía, alcanzó el cetro de 
oro de la Musa lírica.^ Su iBoagixuifiión es ujuaol 
de ju:p que ciega la retina, viste de tonos primave- 
rales la faz de la tierra 7 puebla de minadas lumi- 
nosas las soledades infinitas del espacio^Ha7 en 
sus acentos los ecos de las sonoras linfas, los :s^ 
oa^res^^el^bosque oentenario 7 las melodías salva- 
jes de los huracanes. Una Mujer que pasa en sus 
versos nos deja el perfume de su piel, el misterio 



LOS MODEBNISTAS 269 



de sus ojos lánguidos, el enigma de sus movi- 
mientos volu^uosos; al cruzar un Cejit^uro, re- 
suena en nuestros oídos el gran clamor de su 
galope desordenado^ la Hetaira^ que al través de 
los árboles callados va en busca de Adonis, levanta 
tras de sí una fuga de leopardos. Y como en un 
sueño 6 en un deslumbramiento, entrevemos la 
japonesita de_^pupilas llenas de visiones, la mar- 
quesa Pr>TnpftHnny onipn nna rn^^ sangrien ta, el 

luslo de marfil de Diana^ el blancor del cisne que 
anuncia á Helena 7 el heraldo de Yolanda^ una pa- 
loma; sentimos en el alma toda la nostalgia de 
Qos días brumosos 7 grisáceos^ la risa de los cie- 
los azules de la Grecia antigua 7 los espasmos 
voluptuosos de las siestas del trópico; 7 oímos, 
en fin, la risa de los faunos sorprendiendo á las 
ninfas en los claros de las selvas, el coloquio cla- 
moroso de los centauros 7 las notas perladas de la 
eterna Harmonía rodando desde la cumbre del 
Pindó sonoro hasta el ebúrneo triclinio de Horacio, 
desde un confín solitario de la Arabia hasta el 
patio morisco de la Alhambra, desde la tierra del 
sol 7 los claveles hasta la patria diamantina del 
cóndor. dfi.jaácmol, Leconte de Lisie! 
Oid cómo el poeta ofrece sus amores : 

« ¿ Vienes ? me llega aquí, pues qne suspiraSi 
Un soplo de las mágicas firagancias 
Qae hicieran los delirios de las liras 
En las Oreólas, las Bomas y las Franelas. 



270 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



I Siupin asf ! Beyneleii las abejas, 
Al*olor de la olímpica ambrosía, i 

En loe perfumes que en el aire dejas ¡ | 

Y el dios de piedra se despierte j ría, I 

I 

Y el dios de piedra se despierte y cante ! 

La gloria de los tirsos florecientes ^ 

En el gesto ritual de la bacante 
De rci)os labios y neyados dientes; 

En el gesto ritual que en las hermosas 
NinlUias gofa á la divina hoguera, 
Hoguera que hace llamear las rosas 
En las mandiadas pieles de pantera. 

Sones de bandolín. El rojo Tino 
Conduce un pi^e rojo. ¿Amas los sones 
Bel bandolín, y un amor florentino? 
Serás la reina de los decamerones. 

(Un coro de poetas y pintores 
Cuenta historias picantes. Con maligna ] 

Sonrisa alegre aprueban los señores. 
Clelia enrojece. Una duefia se si^a.) 



Ó amor lleno de sol, amor de España, 
Amor lleno de púrpuras y oro ; 
Amor que da el clavel, la flor extraña 
Regada con la sangre de los toros ; 

Flor de gitana, flor que amor recela. 
Amor de sangre y lúa, pasiones locas ; 
Flor que trasciende á dayo y á canela, 
Roja cual las heridas y las bocas. > 

¿Qué importa que haya algano qae otro verso 
de obscuro sentido en esta composición? ¿Qué 
importa que el último verso de la estrofa ence- 
rrada entre paréntesis y los dos versos finales del 
cuarteto anterior á aquélla no sean perfectos en- 



LOS IfODEBNISTAS 271 



decasílabos? Nadie negará que la composición 
€ Divagando » sea una de las más musicales de 
todo el libro^ como nadie sabría atacar al poeta di- 
ciéndole que no sabe colocar los acentos del 
verso^ después de leer^ por ejemplo^ la poesía 
€ Pórtico». 



«Libre la frente qneel casco rebasa, 
Casi desnuda en la gloria del día, 
Alza sn tirso de rosas la musa 
Bajo el gran sol de la eterna Harmonía. 



Y bajo el pórtico blanco de Paros, 
T en los bosd^es de frescos laureles, 
Píndaro dióle sus ritmos preclaros, 
mole Anacreonte sus Tinos y mieles. 

P^aro errante, ideal golondrina. 
Vuela de Arabia á un confln solitario, 
Y Te pasar en su torre argentina 
A un rey de Oriente sobre un dromedario. » 

¿Dónde más sonoridad y gentileza en el des- 
arrollo de una estrofa? ¿Dónde más música y más 
melodías? El período^ en toda esa composición, 
rueda majestuoso, recamado de ricos dibujos, ma- 
ravillas del cincel, como una gigantesca sábana de 
mármol que se desligara sobre ruedas de diamante. 
Y quien tales versos escribe, ¿ puede ser acusado 
de no saber que un verso endecasílabo debe llevar 
acento prosódico en la sexta sílaba, ó en su defecto 
en la cuarta y octava? |No digamos tonterías, por 
Dios ! Ataqúese la doctrina literaria que admite 



yj 



'272 '" VfCTOB PÉREZ PBTIT 

en concepto de bellezas á versos mal medidos 
(como los que en Prosas Profanas encontramos 
en las composiciones c Divagando »; c D ice m ía », 
cEl^ poe ta p rft gnnta ppr ^ tella» y c Canto de la 
sangre >); fundada en que las frases bien hechas 
tienen una música propia^ vaga, cadenciosa; que no 
escapa á los oídos educados — música que informa 
el paralelismo rítmico délos versículos bíblicos (^>^ 
pues en algo ha de diferenciarse la prosa, por me- 
lodiosa y poética que fuere, del verso, que tiene 
ineludibles y sabias reglas; pero no se acuse de 
mal poeta al que ha sido besado en la frente por 
la musa inmortal de la poesía lírica y ha com- 
puesto estrofas que tienen toda la cadencia de 
las melodías italianas. 

¿Queréis una prueba de ello? Leed esa estu- 
penda poesía titulada: « Srajunjiire suave. ...» 
— la mejor de Prosas Profanas, — y decid si el 
que tales cadencias concibió, si el que con tanto 
arte supo hermanar el sentido de las palabras con 

' (1) Los hebreos no tuvieron, como los griegos y latinos, un sistema 
de Tersificación por pies métricos 6 cualquier otra medida precisa. Toda 
la lírica judaica, desde Salomón y Job, Isaías y Jeremías hasta los 
poetas de la poesía post- bíblica (siglo y antes de J. C.) Simón él 
Justo, Antígono de Soko y Jossua - ben - Sira, está fundada en el 
parakUsmo rÜnUeo, que no es otra cosa que la aiftii^íi^fla colocació n 

"'^ Jas jsi^bras^ara que, en el desarrollo del período, adquierm una 
harmonía yaga y acompasada, no exenta de majestuosidad y de caden- 
cia. Así es como los oídos finos y educados pueden seguir en un yer- 
sículo bíblico el moyinüento rítmico que se sucede y reproduce en los 
yersículos subsiguientes. / 



LOS If ODERNI8TAS 273 



e] ritmo del^verso — al punto que cuando leemos: 

c Era un «iré suaye, de pausados giros, » 



sentimos la necesidad de hablar en voz baja, lenta, 
lentamente; con la dulzura y pereza que fluyen 
de esas palabras, — decid si el que tales maravi- 
llas musicales ejecutó en sus estrofas, puede ser 
acusado de no tener oído y rimar tan sólo con la 
hojarasca y con el viento. 

El inspirado poeta que hay en Bubón Darío es 
eminentemente ^osnjopol^ y á la par, jgaodemp 
vy^^clásico^ la vez. Pasea su espíritu por todos los 
horizontes al través de todas las edades, y tiene 
visiones formidables de hazañas épicas de los tiem- 
pos primitivos, siente el esplendor de la línea per- 
fecta en la estatuaria griega y de8maya.de placer 
ante los tintes mágicos y los contornos de porcelana 
de las emperatrices orquídeas. Su alma vibradora 
está abierta á todas las manifestaciones de la be- 
lleza ideal, y muchas veces, sin transición, pasa 
de la serena majestuosidad del arte griego, á las 
más inquietantes disquisiciones de la idea mo- 
derna. Así, no es de extrañar que el poeta, sujeto 
á uno de estos contrastes ultra -decadentes, haga 
escribir á Beaumarchais un epigrama sobre el 
plinto de una ninfa de Corinto, ó que, aguijo- 
neando su fantasía, más que su imaginación, en- 
trevea las almas de aquellos jóvenes que ofren- 



18 



274 vícroB pérez petit 

daron en el templo de Venus^ marchando á las 
v^atarnaleB guiados por el verso candente de D'An- 
I nunzio. De estos contrastes 7 de estas raras su* 
I gestiones el alma del lector sale azorada^ como 
un ave que al libertarse de su jaula^ se arrearara 
^de la infinita extensión del espacio y permane- 
ciera vacilante sin saber á dónde dirigir su vuelo. 
Y de esa harmonía del arte clásico con el más 
refinadamente modernista brotan destellos que cie- 
gan la retina é hipnotizan tiránicamente el pen- 
samiento. 

Esta es el alma de la poesía del gentil autor de 
Los Raro s. El dios Pan toca^ para él, los más 
misteriosos sones de su cornamusa; Término le en- 
seña el enigma de la risa de su máscara^ y Venus 
vuelve á surgir de las ondas azuladas; — Ana- 
creonte orla su sien con hojas de viña; Safo le 
regala con la fiebre erótica de sus versos canden- 
teS; y Simónides de Zeos le escribe un threno sobre 
la nieve del Paros; — luego bebe el Chipre en la 
copa de Horacio^ y pasea las tristezas del ostra- 
cismo con Ovidio, y canta las horas de amor en 
las alcobas con Catulo ; — en las colosales selvas 
indostanas dialoga con Bama, Ayodhya y Kusadh- 
vadja; ve pasar los elefantes taciturnos, se ena- 
mora de los lánguidos movimientos de una baya- 
dera y oye el rugido clamoroso del tigre real; — y 
en el Japón antiguo y en la China de los mons- 






LOS MODERNISTAS 275 



truos 7 las hadas^ observa los lujuriosos colores de 
los crisantemos y lotos; lee las figuras de las pin- 
turas de Li-tai-pé y Thu-Fhú, y sigue el vuelo 
tardo de la» .pi>T^pigtJYi^gm>fgypñjifl ; — Baudelaire le 
cuenta la triste melancolía del Albatros del Pen- 
samiento; Banville le enseña el secreto de las odas 
de Pierrot; Gautier le regala el tesoro oriental de 
sus esmaltes y camafeos; Laurent Tailhade le 
presta las figuras historiadas de sus Vitraux, y 
Yerlaine las riquezas polimorfas y multicolores 
de su estro sensual y místico. Por manera que el 
imperial poeta^ traído y llevado por cien corrien- 
tes distintas, seducido por encantos contradicto- 
rios, deslumhrado con cien ideas antagónicas; ren- 
dido á la vez ante dos artes opuestos, que son el: 
oriente luminoso y el poniente centellante de la 
lírica inmarcesible, fluctúa en un mundo imperso* 
nal, cantando las glorias, espasmos y estremeci- 
mientos del alma moderna con los rituales mar- 
móreos y serenísimos del arte antiguo. 

¡ Oh, sí ! Hemos oído cantar al poeta : « Amo 
más que la Grecia de los griegos, la Grecia de 
la Francia,» porque 

c Demuestran más encantos y perfidias 
Coronadas de flores y desnudas, 
Las diosas de Clodión que las de Fidias: 
Unas cantan francés, otras son mudas ;» 

y según estos gustos y tendencias, le hemos visto 



276 YÍCTOB PÉREZ PETIT 

celebrar los secretos mágicos del ^^iaí(Q..^^ej>ro9 
isit en camavaljsonjft ^áscara de jáomo, cantar 
á SteinTen prosa rítmicay^decirnos^l9fifiCfit'Q-49 
la sangre que cantaron Yerlaine j Richepín^ tejer 
la guirnalda primorosa de un epitalamio bárbaroj 
preludiar una sinfonía en gris majo)^ gorjear con 
la divina Eulalia j jna o rttflLjr ,^tgnia risa_d(g^orO|^ 
labrar una kamousa de hilos misteriosos y colores 
exóticos en el c País del Sol »; buscar el secreto 
de su amante en una melodía de un rayo de luna^ 
dar por heraldo de Makheda á un payo real y 
de Electra á un caballero con un hacha, describir 
las grandes visiones de un aliña errante . sobre el 
inmenso desiei^, de una página e n blancor ofren- 
dar mirra sagrada y flores priapeas al divino Pan 
de la lírica francesa -^todo ello con esos tercetos 
susurrantes que saltan y se desarrollan como linfa 
transparente sobre graderías de mármol, con esas 
batudas carnavalescas blancas y alegres cual el 
traje de Colombina y las risas de Pierrot, con esos 
versos libres S^redicados por el autor del Pele- 
rin Passioné) que se salen de los moldes estre- 
chos de la métrica y parecen escapar de la pá- 
gina y alzar el vuelo fuera de nuestro mundo, con 
esos cuartetos semejantes al carro flamígero de 
Febo que conducen los piafantes Rojo, Ardiente, 
Luminoso y Resplandeciente (la cuadriga divina), 
con esas silvas como bosques enmarañados del 



LOS MODERNISTAS 277 



trópico 7 con esos dísticos que son radiantes Al- 
fas del Centauro, y al través de cuyos versos 
aéreos, polimorfos, inmateriales 6 luminosos se 
vislumbran archipiélagos de ideas fosforescentes, 
criaderos de gemas del pensamiento^ frases con 
perfumes de ámbar jr opopónax, yacimientos de 
micas con cambiantes de luces multicolores y es- 
cintilaciones de pedrerías; todo ello, en fin, en 
una efervescencia de mandragoras y en un resplan* 
dor helado de blanquísimo alabastro, una explo- 
sión de begonias de terciopelo y de lujuriosas or- 
quídeas, un semillero constelado de estrellas azules^ 
flechas de oro, cisnes de nieve y aristocráticos 
lirios; — pero también lo hemos visto detenerse 
en la Isla de Oro, 

€En la isla en que detiene sn esquife el argonauta 
Del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta 
De las eternas liras se escucha : — Isla de Oro 
En que el tritón elige su caracol sonoro 
Y la sirena blanca ya á ver el sol .... » 

para sorprender el coloquio de los crinados cua- 
drúpedos divinos y estremecerse con sus alientos 
titánicos, bajo el verdeante follaje, á orillas del 
bramador Océano. \En Rubén Darío alienta un 
gran visionario junto á un gran artista; un enamo- 
rado de las púrpuras de "W^atteau y de las LoreU 
tes de Gavarni junto á un espíritu nostálgico de 
la blancura del Paros y de las líneas serenísimas 



278 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

de Fidias; un noctámbulo funambulesco que bebe 
en suLgop a de ch^ mp^ii, melancólicamente, agua 
pura de la fuente hipocrene. Y aunque él reniegue 
de su majestuosidad olímpica 7 pretenda decir- 
nos que las Yenus^ Minervas y Dianas que adora 
no son otras que las traídas de Grecia á las orillas 
del Sena por el pindárico Moréas^ lo cierto es que 
al través de la forma de sus cantos corre la savia 
clásica en límpidos raudales^ según puede verse 
en los cuatro versos siguientes^ escogidos entre 
mil semejantes : 

« Arquero luminoso, desde el zodiaco llegas ; 
Aún presas en las erines tienes abejas griegas ; 
Aún del dardo herákleo muestras la roja herida 
Por do salir no pudo la esencia de tu yida. » 

¿Puede expresarse una idea 7 traducir una ima- 
gen con mayor limpidez, sonoridad y estilo ático? 
— Pero la mejor prueba de que Bubén Darío es un 
poeta griego, la encontramos en la sección de su 
libro que lleva el nombre de <^Recreaciones Ar- 
queológicas^- su >& Friso » y su « Palimpsesto » 
son dos relieves atenienses que reverberan resplan- 
dores de mármol helénico. Y en esto, hay que de- 
cirlo, el autor de Prosas Profanas alcanza á 
Moréas, que es un griego de la decadencia igno- 
rante de cualquiera otra Venus que no sea la de 
Scopas, y va á oficiar ante el mismo altar en que 
Leconte de Lisie, cantando al colosal Olimpo con 



LOS MODERNISTAS 279 



heráldicos sones de trompeta de plata^ alza el cáliz 
consagrado^ lleno hasta las heces con el zumo ar- 
diente de las viñas de Corinto. Ved, sinO; la Diana 
cazadora de Darío tendiendo el arco para lanzar su 
dardo contra el centauro raptor de una ninfa, y 
decid si no es esa la Diosa cuyos músculos de már- 
mo l se hacen sentir en Joda k Mtoiaiaria del clasi- 
cismo griego. J) 

^^al es el sello característico de la poesía de Ru- 
bén Darío, repetimos. Nadie como él, hasta ahora, 
ha sabido hermanar la^^^pi^m^ Z^^SI^ con la idea 
(£^oderna. El antiguo cincelador de aquellos vasos 
artísticos que se llaman < El velo de la reina Mab », 
« La ninfa » y « La canción del oro », resurge siem- 
pre en el rapsoda de Verlaine. Pero él es único y 
solo: no puede tener discípulos ni secuaces. Y 
esto es, precisamente, lo que le hace más grande. 
Encerrado dentro de sí mismo, parece uno de esos 
errantes y solitarios astros de primera magnitud 
que cruzan majestuosos la imponente inmensidad 
de los ^spaci ps_celestes . 

Dijérase que el autor de Axul no ha hecho otra 
cosa que realizar la atrevidísima idea que Charles 
Morice apuntaba hace algún tiempo : « Nosotros, 
que estamos llamados á.hacer la síntesis del clasi- 
cismo, del romanticismo y del naturalismo, no po- 
demos agruparnos, sino que, por el contrario, de- 
bemos buscar el aislamiento para realizar nuestras 



280 YÍCTOB PÉBEZ PETIT 

obras. > Sí; Rubén Darío es una síntesis de es- 
cuelas literarias que fueron en un tiempo gloria y 
regocijo del arte^ 7, para hacerla^ se aisla de todos 
los artistas sus contemporáneos. « Yo no tengo 
literatura mía — dice él mismo — para marcar el 
rumbo de los demás : mi literatura es mía en mí;l 
quien siga servilmente mis huellas^ perderá su te-^ 
soro personal. » Por eso^ aunque se le considere 
el vexilífero del decadentismo en América, se ye- 
rra al atribuírsele el propósito de formar escuela 
7 adiestrar discípulos según sus cánones. Los de- 
cadentes son individualistas 7 no conciben que 
los rapsodas va7an por los prados del Arte unos 
en pos de otros como cameros de Panurgo. 

Prosas Profafias no es, pues, un Misal de la 
Iglesia Decadente ofrecido á los fíeles como devo- 
cionario 7 guía: éstos no sabrían jamás interpre- 
tar el Enigma del Maestro, ni concebir sus Ideas 7 
Oraciones, ni siquiera seguir los giros caprichosos 
de las líneas laberínticas de esas raras, góticas 7 
revesadas Iniciales que ornan la cabeza de los 
capítulos. El poeta « labra, esculpe, cincela > la 
frase 7 constru7e una imagen, un símbolo 6 un\ 
misterio, sin decir ni explicar el secreto de su arte^ 
^-íííJ^IÍ® — ®' d^u&^a^yo, propio — 7 no servi- 
ría á los demás. Por eso, después que Astilo ha 
dicho : « El Enigma es el soplo que hace cantar la 
lira, » 7 cuando creemos que el pesado velo de 



LOS MODERNISTAS 281 



Tanit VS; al ñn, á ser levantado^ el mismo poeta, 
por intermedio de Neso^ otro amable centauro, 
nos arroja en un mar de sombras 7 dudas, agre- 
gando : « El Enigma es el rostro fatal de Déya- 
níra. A 

No, no nos dirá Rubén Darío el alma de su 
arte, el iifima—de su Imaginación — ese cetro de 
oro que le ha discernido la gentil f^rato — y tan 
sólo se concretará á arrancar de su flauta las 
notas más misteriosas con que se deleite el ruise- 
ñor, su amigó; pero ¿qué importa? Así, único, 
grande, aislado, soberbio, como gigantesco cóndor 
cerniéndose en la inmensidad del arte contempo- 
ráneo, ^efíL_fí!Qmo le queremos y como. le admiramos;. 
Un Homero, seguido de cien rapsodas jóvenes, 
como un maestro de escuela, y enseñando el se- 
creto de sus Iniciales técnicamente, no nos admi- 
raría tanto ni nos parecería tan grande como un 
Homero solo, ciego, inmenso, arrojando á las eda- 
des y los tiempos futuros las notas únicas, las 
notas colosales de su canto grandilocuente y so- 
berbio. 

¿Y serán las Frosas Profanas el preludio del 
canto épico de un Homero americano? Cantando 
Eubén Darío las primitivas civilizaciones de esta 
Atlántida encantada, cantando á Palenke, por 
ejemplo, ¿le veremos escalar la cumbre escarpada 
desde la cual el cóndor del pensamiento habla, 



282 VÍCTOB PÉBEZ PETIT 

con la voz de los homéridas inmortales; á las ra- 
zas 7 pueblos del porvenir? 

«Y; la primera ley, creador: crear» — ha dicho 
el mismo poeta. — Las trompetas heráldicas han 
sonado ya sus notas de plata^ revibrantes. 

Queda emplazado el Poeta. 



BASILIO YAKCHAKOF 



En aquel momento supremo^ la fiesta estaba en 
su mayor esplendor. Un alegre vals arrastraba en 
los torbellinos de sus acordes á las numerosas pa- 
rejas que llenaban los amplios salones. La felici- 
dad más completa parecía batir sus alas impal- 
pables sobre las sienes de los jóvenes desposados. 
De pronto^ alguien se aproximó al novio 7 díjole 
al oído que le esperaban unos caballeros á la 
puerta de calle, 7 Basilio Yakchakof, sin que lo 
notaran sus convidados, en traje de etiqueta, 
abandonó los salones. Tres empleados de la po- 
licía secreta de Moscow lo esperaban en el vestí- 
bulo, 7 al verle aparecer, le rogaron con amabili- 
dad que se dignara acompañarlos para diligenciar 
un asunto urgente. Yakchakof no quiso asustar 
á la joven desposada 7 á sus parientes, pues sin 
duda se trataba de una equivocación, 7, lleno de 
confianza, abandonó la casa que en aquellos ins- 



284 YÍcroB PÉREZ PETrr 

tantes irradiaba con torrentes de laces 7 harmo- 
nías. Pero Yakchakof no volvió. Apenas descen- 
dió del carruaje, fué encerrado en una celda obs- 
cura 7 fría, donde, angustiado 7 febriciente, pasó 
BU noche de bodas. Al día siguiente, al iniciarse 
el sumario, supo recién la causa de su arresto : se 
le acusaba de complicidad en el atentado de ase- 
sinato verificado contra el Czar Alejandro II. 

La torpe é injusta inculpación le indignaron. 
Cuando los nihilistas Guelnikof 7 Kibalchics ase- 
sinaron al Czar Alejandro II, hacía pocos meses 
que Yakchakof había terminado sus estudios en 
la Universidad de Moscow, 7 desde entonces hasta 
hacía un año 7 medio próximamente, había vi- 
vido del producto de sus lecciones privadas á se- 
fioritas 7 damas de la aristocracia. No se dio 
jamás á la política, ni conocía nihilista alguno, ni 
se preocupó del crimen contra el Czar. ¿Cómo 
podía, pues, inculpársele? El empleado de policía 
no escuchó sus protestas. Puso ante los ojos del 
desventurado profesor ruso una carta de Kibal- 
chics, en la cual le pedía al entonces estudiante, 
€ el objeto ofrecido » . . . Yakchakof recordó en- 
tonces que el tal objeto era un sobretodo que ha- 
bía prometido á su amigo ; pero en aquella fecha, 
ni él sabía que Kibalchics fuera nihilista, ni éste 
mismo tal vez soñaba en fabricar las bombas que 
asesinaron al amo de las Busias. La carta había 



LOB MODEBNISTAS 285 



sido olvidada en un sobretodo que Yakchakof re- 
galó al encargado de la casa en que vivió de sol- 
tero. PerOy ¿cómo probar todo esto á los dos años 
de la ejecución de Kibalchics ? No se oyeron sus 
palabras; no se le aceptó defensa alguna. El des- 
dichado fué conducido otra vez á su celda^ de 
donde salió para ser trasladado á las minas de 
plomo de Nerchinsk, en la Siberia, habiéndosele 
conmutado nuignánimamenie la pena de muerte 
por la de trabajos forzados á perpetuidad. 

Por más de dos años, Yakchakof sufrió las ho- 
rribles torturas del presidio siberiano: el knutj 
el mineral de plomo fueron minando rápidamente 
su organismo, 7 en ese breve espacio de tiempo en- 
vejeció al extremo de que, no teniendo más de 30 
años, parecía un nonagenario. Cuentan su amigo 
Baikah'ef y otros de sus compañeros de infortu- 
nio, que lograron evadir, que todas las noches des- 
pertaban aterrados con los sollozos del infeliz 
Yakchakof, atormentado por el dolor de no haber 
visto á su novia 7 á sus padres siquiera por la vez 
última. Sus amarguras, sus dolores, sus sufrimien- 
tos, su inmenso desconsuelo, contábalos por la 
noche en unos pedacitos de papel que recogía al 
acaso, húmedos con sus lágrimas, borroneados en 
francés 7 en latín con pedacitos de plomo . . . Esos 
papeles que confió á un joven su compañero de 
cadena, Baikalief, son esas cartas tristísimas, im- 



286 VÍCTOB PÉBEZ PETIT 

pregnadas de un dolor inmenso 6 indescriptible, 
que acabo de leer al través de las lágrimas de mis 
ojos 7 con una angustia mortal en el corazón. De 
esas cartas, publicadas bajo el común título de 
Las minas de la Siberia, y que son la más terrible 
acusación contra el poderoso trono de los Czares, 
voy á hablar ahora. 



i Qué grande, qué inmensa, qué inenarrable im- 
presión la que subyuga el espíritu al concluir de 
leer esas cartas del profesor Yakchakof, conde- 
nado á trabajos forzados á perpetuidad por un amo 
despótico 7 omnipotente, 7 sepultado allá en el 
fondo de la Siberia cuando el sol de la juventud 
7 del amor se alzaba recién sobre el horizonte de 
su vida! Y una duda amarga 7 terrible á la vez, 
una interrogación sombría 7 espontánea sui^en 
en el cerebro, dominándonos 7 aturdiéndonos : ¿ es- 
tará condenado el pueblo de Pedro el Grande á 
devorar sus propios hijos cual nuevo Saturno? — 
¿llegará, acaso, una hora en que los humildes de 
la tierra despierten al grito de guerra que lanza 
ho7 la inteligencia rusay como llaman por allá al 
nihilismo, 7 va7an á romper sus cadenas contra 
el trono de granito de los Eomanof ? 

Esa duda 7 esta interrogación nacen espontá- 
neamente en el espíritu así que un libro cual- 



LOS MODERNISTAS 287 



quiera escrito en el gigante imperio de los Czares 
llega á nuestras manos. Cuando vemos al mártir 
* Tchemichewsky, el autor de la novela ¿ Qué ha- 
cer? . , . ; á Herzen, el de ¿ Quién tiene la culpa?; 
á Dostoyeuski^ á Turgueneff y á cíen otros hom- 
bres de lo más selecto é inteligente de Rusia 
arrancados de sus hogares para ser hundidos en 
las mortíferas minas de la Siberia; no podemos 
menos de dudar de ese poder absoluto é implaca- 
ble que aherroja el pensamiento y decreta la 
muerte civil del ciudadano á ñn de mantener la 
propia vida. Hasta el día de hoy los gritos de in- 
dependencia han sido ahogados en ríos de sangre 
6 apagados entre las obscuridades fúnebres de la 
Rusia asiática^ y los Herzen y Bakounine^ Ka- 
rakosof y Sofía Bardina^ Cholovief y Vera Cha- 
chuliks no han logrado conmover el trono pode- 
roso de las Rusias con esos feroces atentados 
contra el general Trepof, el príncipe Krapotkine, 
el jefe de policía de Pietrowsky, el coronetKnoop, 
el oficial Heyking^ y hasta contra el mismo Em- 
perador. El revólver y el puñal; y hasta la bomba 
de dinamita que hoy estalla entre las patas de 
los caballos del carruaje de un general y otro día 
hace volar el comedor del Palacio de Invierno 
del Czar^ son las armas de que se valen los nihi- 
listas ; pero á su poder escondido y terrorífico, el 
amo del imperio moscovita opone el suyo, no me- 



288 VÍOTOB PÉREZ PETIT 

nos terrorífico y salvaje. La lacha está empeñada;, 
lucha craenta 7 sinr cuartel; mas á pesar de sus 
resonantes estaUidos^ el labriego 7 el mujik duer- 
men pesadamente aún^ como dice aquel Nedjanof 
de una de las más bellas novelas rusas. T preci- 
BamentCi en este indiferentismo, en este culpable 
abandono de sus derechos, en este olvido de sus 
propios intereses que hacen el mujik 7 el la- 
briego, es donde debemos buscar la causa de la 
muerte moral del pueblo ruso; 7 todo ello reu- 
nido nos explica por qué la revolución nihilista 
no ha triunfado aún. 

Tiene razón que le sobra Emilia Pardo Bazán 
cuando en La revolución y la novela en Rusia 
afirma que « mientras no descienda de las clases 
cultivadas á la masa popular, la revolución habrá 
de contentarse con chispazos, intentonas 7 homi- 
cidios; mas si un día la propaganda socialista, 
que 7a ha prendido en los talleres, se comunica 
á las aldeas 7 el labriego presta oído á los que 
le dicen : álzate, haz la señal de la cruz 7 toma 
tu hacha, Rusia presenciará el más formidable 
de los levantamientos, 7 aquel océano de campe- 
sinos, rebaño paciente, pero fanático 7 tremendo 
en su exaltación, lo barrerá todo sin más que 
desatar sus ondas. > 

Pero, bueno es hacer notar aquí, porque mu- 
chos no lo saben, lo que significa ese «socialismo» 



LOS MODEBNIBTÁS 289 



qae corroe el imperio de los Czares (^). En Ru- 
sia son « nihilistas » los que pertenecen á la clase 
social denominada «la inteligencia»: ella com- 
prende todos aquellos que^ cualquiera que sea su 
profesión ú oficio, se preocupan 7 afanan por el 
progreso moral 6 intelectual dé la nación; pero, 
si es cierto que en todos los países las personas 
inteligentes forman una clase social, debe te- 
nerse en cuenta que ellas están subdivididas en 
sectas, escuelas 7 partidos, amén de buscar un 
mismo fin utilizando para ello medios diferentes; 
mientras que la «inteligencia rusa» marcha de 
acuerdo, unida, como que una é indivisible es su 
causa 7 siempre que representa una idea gene- 
ral 7 revolucionaria, á la que se sujetan, como 
subalternas, las demás ideas de secta ó de es- 
cuela. En Eusia, al revés de lo que sucede en 
otras naciones europeas, el pobre se olvida de 
su misérrima condición social, 7 el pauperismo 
no alza cabeza, como en Londres, por ejemplo; 
en cambio, las clases elevadas 7 las mejores ilus- 
traciones, los hombres más célebres por alcurnia 
ó saber, son los que hacen la revolución. 



( 1 ) No está de más adyerür que la palabra « nihiliamo > ha sido ro- 
chasada por los mismos á quienes se aplica: Tikomirof, el autor de La 
Butsi» polUique et sooSaU, entre otros. La tos € nihilismo», aunqao 
empleada desde hace mucho por algunos escritores franceses, puede 
decirse que frié inventada por Yran Turgnenelf, que la empleó en sa 
noTela Paáns S kSjot, 

19 



290 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

T he ahí por donde fácil nos será compren- 
der por qué las víctimas del Czar son siempre 
los escritores más reputados y conocidos. La gue- 
rra al libro 7 á la prensa es decidida: recorde- 
mos, tan sólO; que Nicolás I, el Emperador de 
Hierro, cerrd las puertas de Eusia á la vida in- 
telectual extranjera que había abierto la admira- 
dora de Voltaire, 7 que, si su sucesor permitió 
la entrada de la filosofía alemana, como Catalina, 
conocida en la historia con el nombre de la graa 
Semíramis del Norte, consintió la de la litera- 
tura francesa, mu7 pronto la censura policíaca 
volvió á establecerse en la frontera para mu- 
tilar á tajo destajo los libros 7 periódicos. De 
esta manera el pueblo ruso, que apenas logró 
entrever las doctrinas de Kant, Feuerbach, Scho- 
penhauer 7 Büchner, se encontró reducido á sus 
propias luces 6 ignoró, lo que 7a es el colmo, 
la misma Revolución Francesa 7 su proclama- 
ción de los derechos del hombre. Únicamente 
las clases elevadas han bebido en esas fuentes 
de la ciencia moderna, 7 únicamente ellas pueden 
haber concebido la idea revolucionaria. 

En principio está, pues, justificada la lucha que 
la « inteligencia rusa » ha emprendido contra la 
antigua sociedad; 7 si analizamos más á fondo 
la cuestión, igualmente justificaremos los medios 
extremos de que se valen sus más decididos pro- 



LOS MODERNISTAS 291 



sélitos. Lo que es un verdadero crimen en las 
otras naciones europeas — ese anarquismo torpe 
7 salvaje, más inconsciente que la misma antro- 
pofagia — en Eusia se convierte en recurso lógico 
y hasta lícito, por cuanto en los países occiden- 
tales el hombre, cualquiera que sea su clase, goza 
de todos los derechos que reivindicó la Revolu- 
ción Francesa, y la cuestión social tan sólo se 
reduce á la c desigualdad de las fortunas >, mien- 
tras que en el gran imperio de los Czares no 
existe la igualdad, j el pueblo, frente á los sobe- 
ranos, resulta un rebaño miserable. 

La represión que ejerce el Czar — represión 
ilegal en sus medios y terrible en sus fines — 
excusa también los recursos extremos utilizados 
por el nihilismo. No en balde se encadena el 
pensamiento humano 7 se persiguen las sagradas 
libertades de la imprenta; no en balde se sub- 
yuga al pueblo libre 7 se violan los más rudi- 
mentarios principios de los derechos individuales, 
encarcelando 7 sepultando vivos á los escritores 
más eminentes, á las inteligencias poderosas que 
constitu7en el ma7or timbre de gloria para una 
nación; pues día llegará en que el fallo inelu- 
dible de la historia marque con estigma infamante 
la frente marmórea de los Romanof 7 tribute la 
inmarcesible palma del martirio á los buenos que 
combatieron por el triunfo de las libertades del 
pueblo ruso. 



292 VÍCTOR PERES PBTIT 

PerO; ¿dónde encontrará el historiador los do- 
cumentos jastificativos de la idea revolacionariai 
si una barrera de granito separa el imperio de 
las Rusias de todas las otras naciones europeasi 
7 si, por otra parte, todos los hombres ilustres 
que podían abogar en su defensa son arrastrados 
al fondo de las minas siberianas? Fácil es la res« 
puesta: en las mismas novelas rusas; en las no* 
velas de Gontcharof, de Turguenefi, de Herzen 
7 de Gogol, de Chedrine y de Dostoyeusky; en 
esas obras que, por no tener visos de historia 
seria, han escapado á la miopia intelectual de los 
Czares. Y entre éstas, la historia del malogrado 
Takchakof, no será la que menos fulmine el trono 
imperial. Desde la primera página, los caigos son 
terribles : < Nunca hubiera creído — escribe el pro- 
fesor ruso — que las autoridades administrativas 
procediesen tan sumariamente con los subditos 
sospechosos. ¡Apenas se me ha tomado declara- 
ción! Desde el 8 de Enero, cuando se me de- 
tuvo por la carta de Kibalchics, comparecí tres 
veces ante empleados subalternos de policía que 
ni prestaban oído á mis declaraciones .... Cuando 
comparecí por segunda vez, se me notiñcó mi 
condena á muerte, 7 cuando por la tercera, la 
gracia del Czar que la conmutaba en trabajos for- 
zados en la Siberia á perpetuidad. » T al mismo 
tiempo que la sencilla exposición de los hechos 



LOS MODERNISTAS 293 



da toda la razón al desventurado Yakchakof^ ¡qué 
tristeza indefinible respiran sus palabras; qué 
sombrío desconsuelo resbala al través de sus re- 
cuerdos! cNo sé si jamás llegaréis á leer estas 
líneas. Las Torres de Moscow, en mi pobre pa- 
tria subyugada^ son tan altas que desde ellas 
puede verse un gran pedazo de los magníficos 
prados del Czar; pero mi cárcel se halla mucho 
más lejos^ y no quedaremos aquí. La cadena suena, 
y la cárcel; la cárcel entera marcha hacia el Este. 
Allí estará de ahora en adelante nuestra patria: 
el cen^nterio de los deportados. Este cementerio 
no es visitado como los demás por los deudos de 
los muertos. ¿Quién os dará noticias de mí? ¡Los 
que se llevan allí no tienen más facilidad que los 
muertos de volver entre los vivos ! . . . Sin em- 
bargo, algo me dice que vendrá el tiempo en que 
recibirás mis mensajes, en que los leerás, ya que 
no podrás oir mi voz .... Entonces yo ya habré 
muerto, pero tus lágrimas caerán sobre estos ren- 
glones y sentirás el abrazo de despedida de mi 
alma pisoteada en el polvo, ese último abrazo del 
cual nos privaron los siervos miserables del po- 
deroso Czar. ¡Adiós!» 

Y así ruedan las páginas, tristes, desconsoladas, 
llenas de una melancolía inmensa, iluminadas tan 
sólo con el amarillento fulgor de las lágrimas. Es 
un dolor inmenso, continuado, feroz, que estruja 



294 TÍCTOB p£bez pbtit 

despiadadamente nuestro corazón haciéndole com- 
partir la desventara del pobre Takchakof. Ya no 
encontramos en esta lectora de Lcís Minas de la 
Sibería esa descripción en parte consoladora de 
otros libros semejantes. Aqaí el principal carácter^ 
el elemento dominante es la sinceridad. Yakcha- 
kof escribe lo que piensa, sin jesuitismOi sin otro 
afán que contar la verdad 7 verter las lágrimas 
que inundan su corazón. Leed Mis Prisiones^ de 
Silvio Pellico, ó La casa de Jos muertos^ de Dos- 
toyeuski, y no experimentaréis esa angustia te- 
rrible que os dan las cartas de Yakchakof . Y es 
que en la obra del prisionero de Spielberg, como 
en la del alucinado ruso, no encontramos al 
hombre, á la partícula de polvo, al ser animal 
luchando contra las tremendas miserias de la vida, 
despedazado por las garras formidables del más 
fuerte, entre un montón de cieno, sangrante el 
corazón, poblando la mudez indiferente del cielo 
con el clamor desesperado de sus sollozos; sino 
que vemos al alma cristiana parapetada detrás 
del Evangelio, desafiar las cóleras mundanales 7 
elevarse en espíritu hasta los cielos para gozar 
de la dicha imperecedera de los mártires 7 bien- 
aventurados. En Mis Prisiones^ la nota cristiana 
vierte luz celeste por todos lados, idealizando la 
frente del pobre amigo de Pietro Maroncelli, 
endulzando su dolor, haciendo el día aun en el 



L06 MODEBNIBTÁS 295 



fondo de los plomos, a&í como en La casa de 
los muertos encontramos al pálido eslavo con la 
frente siempre alta, el alma resignada y el Evan- 
gelio en la mano, avanzando como profeta he- 
braico entre las miserias y dolores humanos que 
desdeña, soñando con los padecimientos del Ee- 
dentor; pero en Las Minas de la Siberia no 
existe esa suprema esperanza, no encontramos un 
rayo de luz, no entrevemos una sola ráfaga de 
reposo: todo es negro, tétrico, sepulcral, terrorí- 
fico. Mientras Pellico cruza su calvario con la 
Ronrisa en los labios y el bálsamo de la fe en el 
corazón, y Dostoyeuski abandona su sepulcro de 
vivos con mansedumbre evangélica, sin odios, 
sin protestas, sin cólera alguna, Yakchakof, el 
desgraciado ser humano escarnecido y destrozado 
por el brutal engranaje de la vida, se levanta ante 
nosotros tal cual es, humano, montón de cieno 
animado por un soplo divino ó lo que sea, pero 
real, grandioso — alma gemela de nuestra alma; 
corazón como nuestro corazón; con rebeliones y 
rencores y protestas que hablan directamente á 
nuestros sentimientos y sensaciones. — Yo de mí 
sé decir que, con ser tan grandes y tan justa- 
mente celebradas — 7 en la parte artística supe- 
riores á cualesquiera otras obras de su género — 
Mis Prisiones y La casa de los muertos no me 
han hecho sentir tan hondamente y tan alto como 



296 yfcrOR pérbz fbtit 

el libro del pobre Takchakof. En éste he encon- 
trado verdadi pasiones, odiosi carifioBi sentimien- 
tos, sinceridad; en aquéllos no he visto más que 
fe — la fe que miente perdones 7 promete re- 
compensas; — en Yakchakof he visto un hombre 
que es mi hermano, débil como 70 7 esclavo de 
su dolor como los demás hombres, que alza su 
brazo al cielo cual nuevo Job, para renegar del 
día en que se estremeció en el vientre de la ma- 
dre; mientras que en Pellico 7 Dosto7euski he 
encontrado solamente á los visionarios sublimes, 
envueltos en la hopalanda del genio antiguo, mar- 
chando al suplicio con el perdón en los labios 7 la 
alegría en el corazón — almas extranjeras para mi 
alma; espíritus inmateriales, locos, sin dolor, sin 
sentimiento. — El prisionero de Spielberg tiene en su 
melancolía una dulzura de dios que aleja de nos- 
otros toda idea de sufrimiento ; el revolucicniarío 
ruso que , sale de su cárcel bendiciendo el castigo 
que ha robustecido su alma, tiene en sí algo del 
budhista, que no habla á nuestro corazón ; mas el 
desventurado sujeto á su carretilla en las tenebro- 
sidades de las minas de Nerchinsk nos hace llorar 
con sus mismas lágrimas, nos comunica sus fiebres 
7 rencores, nos hiere directamente las más recón- 
ditas fibras de nuestro sensorio con sus recuerdos 
perdidos, con sus esperanzas frustradas. Ondas 
de hielo 7 latigazos despiadados nos hacen gemir 7 



LOB MODERNISTAS 297 



" retorcernos á medida que avanzamos en la lectura 
de sus cartas^ 7 por momentos sentimos en el pe- 
cho y la garganta esa angustia indefinible que pre- 
ludia las tempestades del dolor j aquncia el des- 
borde de nuestro llanto. Esto es humano; esto es 
grande; esta sinceridad noble 7 esta sencillez 
sin exclamaciones ni frases de efecto^ es lo que 
constitu7e la superioridad de Las Minas de la Si- 
beria. Y, por otra parte^ 70 no alcanzo á compren- 
der esa moral denigrante que manda ofrecer á los 
golpes una mejilla cuando la otra ha sido herida 
por un infame. Antes^ por el contrario^ ha7 verda- 
dera sublimidad^ un acto soberbio de rebelión que 
enaltece al oprimido^ cuando éste^ en medio de 
sus cadenas^ cual nuevo Prometeo, alza altivo su 
frente para maldecir al omnipotente dios que lé 
hiere. « ¡ Poderoso Alejandro ! — exclama Yak- 
chakof. — ¡Oh tú, tercero en la serie de los así 
llamados vampiros coronados! Aquí esto7 en tu 
poder. Basta una señal tu7a para que caiga mi 
cabeza, 6 que tus infames sicarios me sometan 
al tormento ; pero tengo valor para escribirlo — 7 
lo escrito es duradero — que sin acusarme en lo 
más mínimo de un delito, te mataría de una puña- 
lada cuando recuerdo este momento. Siento que 7a 
esto7 en el camino del nihilismo, pero sin culpa 
por mí parte. Era 70 un subdito paciente, pacífico 
7 conservador de tu corona, de tu persona, en 



296 TÍOTOB PÉREZ PETIT 

una palabra, de la Eusia, porque, en resumidas 
cuentas, tá eres la Rusia. No podía explicarme qué 
causa era la que podía armar al pueblo ruso contra 
tu persona. Pero ahora ya lo sé. Es el martirio de 
los inocentes, el pisoteo de los derechos del hom- 
bre 7 el trato que de una manera indigna j bru- 
tal haces sufrir á todos los que se hallan some- 
tidos á tu poder. ¿ Ó crees tá tener derecho de 
hacer todo esto invocando el nombre de Dios en 
que fundas tu poder? > 

Hemos justificado la revolución rusa: ahí, en el 
párrafo transcripto, tenemos una nueva causa que 
la explica; pero, ¿la justificaríamos con la doc- 
trina cristiana que ordena la mansedumbre del so- 
juzgado? El pueblo ruso ha llamado en su auxi- 
lio al Dios de las alturas, 7 el knut continué mor- 
diendo sus espaldas ; llamé luego en su auxilio á 
las puertas de la sabiduría, 7 el knut siguié 
silbando sobre su frente; llamé después á la triun- 
fante civilización del occidente de Europa, 7 el 
knut volvió á morder con nueva ira sus laceradas 
espaldas. La desesperación pronunció entonces 

una sombría palabra : nihil Sí, la nada, la 

muerte, el aniquilamiento total ¿Qué otro 

poder puede competir con el omnímodo poder de 
los Eomanof? ¿Quién más que la muerte con su 
guadaña de acero puede tronchar la mano que 
dirige el knut? Así nació el nihilismo, la religión 



LOS MODERNISTAS 299 



de los desesperados sin consuelo^ el arma de los 
oprimidos sin derechos, la idea redentora que 
condena sin alzada el supremo código de los Bo- 
manof. T al nihilismo se plegarán aún los ciuda- 
danos conservadores, como Yakchakof, mientras 
el amo de las Rusias continúe tratando á sus sub- 
ditos como seres irracionales 7 abofeteando sobre 
sus mejillas la inviolable dignidad humana. 



De Yogue recuerda la sombría pintura que 
Dostojeuskí nos da acerca de los terribles instan- 
tes que preceden al castigo delknut. En efecto: 
es espantosa esa descripción que nos hace el autor 
de Orímen y castigo ; pero, ¡ qué diremos de las 
páginas que Takchakof consagra á los castigados ! 
La ruda 7 descarnada descripción del suplicio, pre- 
cisamente porque narra con sinceridad lo que ha 
visto, sin emplear comentarios, nos hace estreme- 
cer de horror. Ved, en comprobación de ello, la 
terrible historia que se nos cuenta en el capítulo m* 
Á bordo del barco que conducía los prisioneros, 
iba también una pobre madre con dos hijitos. En 
Nichai-Nowgorod se habían repartido á los conde- 
nados algunos kopeks (monedas de cobre) que 
gastaron en comprar alimentos. Pero la pobre 
madre tenía que alimentar á sus pequeñitos, 7 así 
fué que pronto quedó sin provisiones. Los chicos 



900 YÍCrOB FÍBSZ PSTIT 

lloraron de hambre, y algúqos presos^ conmovidosi 

les dieron parte de su pan. Al día giguiente, el 

hambre volvió á tortorarlos. La mtfs hambrienta 

era la madre, paes había dado su ración á sus 

hijos ; pero ella, resignada sofría so dolor, tratando 

de acallar á los nifios. Entonces Takchakof trató i 

de mover á compasión á algono de los goardianes. 

— ¿Has derrochado to dinero, eh? — dijo ono 
de éstos brutalmente. 

La pobre madre asintió con la cabeza. Las 
dos criaturas lloraban siempre. 

Dos goardianes la cogieron de on braso 7 la 
sacaron del calabozo. Estovo algún tiempo foera, 
y coando volvió c so vestido estaba arrancado de 
los hombros 7 sobre so cotis desnodo se veían 
las sefiales sangrientas de foertes latigazos. Con 
los ojos llenos de lágrimas, qoe saltaban de sos 
cavidades á caosa del dolor, boscó ansiosamente 
á sos hijos. En las manos traía pedazos de pan 
negro. 

« Coando se abrió la poerta, la infeliz no entró, 
sino qoe, cayó hacia adentro del recinto. Sobre 
sos rodillas se arrastró hasta sos dos hijitos 7 les 
dio de comer á los dos á on tiempo; 7 mientras 
de so espalda brotaba lentamente la sangre, 7 los 
pontos qoe había tocado el látigo se hinchaban 
más 7 más, de so cara contraída parecía irradiar 
on brillo caloroso.» 



LOB M0DEBNI8TAS 301 



¡Á este precio la pobre madre hubo de com- 
prar el pan para sas hijos hambrientos ! Los hom- 
bres que presenciaron aquella escena^ dice Yak- 
chakof^ sintieron que la ira j la vergüenza les 
encendía el rostro; y hasta un bandolero que iba 
también en el barco, hombre desalmado y de cons- 
titución hercúlea, empezó á pasearse de un lado 
hacia otro, arrastrando sus cadenas como una ñera 
enjaulada y rugiendo de cólera ante semejante in- 
famia. 

Y como ésta que acabo de citar, { cuántas otras 
anécdotas igualmente tristes, á la par terribles y 
vengadoras ! De las (rías páginas del libro, de to- 
das esas cartas escritas entre las tenebrosidades 
de las minas siberianas, parece levantarse un 
grito frenético de rebelión, un alarido salvaje de 
protesta. Es el alma de un hombre honrado con- 
vertido al nihilismo por la injusticia y el martirio; 
el sollozo desgarrador del oprimido que, rasgando 
las tinieblas pesadas de su sepulcro, se levanta 
para ir á acusar el trono de los Romanof; el 
grito de guerra contra el opresor, franco, sober- 
bio, sin temores y sin vergüenza. En este sentido, 
Yakchakof inicia un movimiento atrevido y mo- 
dernista, en la amplia acepción de la palabra. Los 
escritores que han minado el poderío de los Czares 
describiendo el presidio siberiano y sus horrores, 
han cedido al temor del amo ó al supremo per- 



902 yfcTOB píbez petit 

don que ordena el Evangelio^ y no han terminado 
BQ obra eon un grito de venganza y de desafío. Tur- 
gneneff hace la crítica de la sociedad rusa; Dos- 
toyeuski sale de sn prisión perdonando á la mano 
que le hirió; Herzen no se atreve á resolver el 
problema sombrío que se ha planteado; Tolstoi 
se refugia en el templo consolador del misticismo; 
los escritores más atrevidos escapan al extranjero 
para lanzar su protesta; — pero Yakchakof enca- 
denado, Yakchakof en poder de su verdugo, desde 
el fondo de su mina, levanta el grito de guerra, 
atreviéndose á acusar al poderoso señor, formu- 
lando sus cargos, rugiendo de ira y de odio sin 
temor de que su voz sea oída por los espías del 
Czar. Mientras aquéllos dejan que el lector de- 
duzca consecuencias de lo que se les narra, éste 
plantea francamente sus terribles conclusiones. 

Y no se diga que el rebelde altivo 7 admirable 
que hay en Yakchakof es un mero predicador. 
El dramático fin del desventurado profesor ruso 
que nos cuenta el traductor alemán de sus cartas, 
dirá bien claramente cuánta fué la soberbia é in- 
flezibilidad de su alma en la práctica. 

< Á mediados de septiembre, el pelotón de pre- 
sos, después de un paseo prolongado por la nieve 
recién caída, pasó por delante de la cárcel, ün 
personaje venido sin duda de San Petersburgo ú 
otra gran ciudad de Rusia, insistió en ver á los 



LOS MODERNISTAS 303 



presos; y como no quería bajar á la mina^ 6 no se 
lo permitiese el inspector^ se colocó delante de 
la entrada de ella y los esperó. Los hizo pasar 
7 dirigió preguntas á uno que otro en tono bru- 
telf pero con marcada compasión ; finalmente^ se 
acercó Yakchakof. 

— €¿Cómo te llamas? — le dijo. 

< En vez de Yakchakof^ el jefe de la patrulla se 
apresuró á decir: 

— € Sefior^ es un idiota. Hace meses que no oye^ 
ni comprende^ ni siente nada^ y es mudo como un 
pez. 

€ Parecía que en efecto fuese así. Yakchakof ni 
siquiera movió la cabeza. 

— €¿ Quién es,— preguntó el extranjero, — y por 
quó está aquí? 

< El jefe de la patrulla le preguntó al inspector 
si podía contestar; éste le dijo que hablase sin 
rodeos, y el soldado dijo : 

— < Era catedrático de una Universidad de Ru- 
sia, pero no recuerdo su nombre. .Toda su juven- 
tud la pasó entre nihilistas y finalmente cayó en 
la sociedad de aquellos que conspiraron contra la 
vida del finado Czar. Él había provisto el mate- 
rial de las bombas que lo mataron. Fué conde- 
nado á muerte, como sus cómplices; pero el Czar 
bondadoso se apiadó de él y le conmutó la pena 
por la de trabajos forzados á perpetuidad. 



904 YÍGIOB PÉREZ PETIT 

€ En este momeDto hubo una escena espantosa. 
Durante la narración^ las manos de Yakchakof ha* 
bían apretado los mangos de la carretilla. Caando 
el soldado hubo concluido^ la levantó en el aire 
7 la dejó caer con tal fuerza sobre la cabeza de 
éste^ que lo dejó muerto en el acto. 

— € ¡ Mentiste, miserable^ — gritó en un tono tal 
que los presidiarios que más cercanos se hallaban 
se quedaron como petrificados. Su cara plomiza se 
encendió, sus ojos parecían querer salir de las 
órbitas é intentó volver á levantar la carretilla, pero 
sus fuerzas lo abandonaron. Rodó por tierra, 7 de 
su boca 7 nariz brotaba la sangre. » 

Algunos dfas después los sollozos del infeliz que 
estremecían las obscuridades de la mina, cesaron. 
Dos años, tan sólo, de trabajos forzados, habían 
concluido con aquel organismo vigoroso. Pero el 
testimonio de sus sufrimientos 7 la injusticia bra« 
tal de que fué objeto, vivirán mientras vivan sus 
cartas admirables: eternamente. 



STÉPHANE HALLARME 



He ido á París á visitar el orácaloi y he vuelto 
lleno de dudas y zozobras. 

Aún recuerdo el aspecto de la sibila: los años 
no han pasado sobre ella. Desde aquellos tiempos 
en los que sabios y reyes le enviaban sus mensa- 
jeros cargados de ricos presentes — pieles^ vasos 
de plata^ ungüentos^ marfiles y collares; — desde 
aquellos tiempos en los que ella sola fué bastante 
para hacer inmortal á la ciudad de Cumas, la 
sibila no ha envejecido, la sibila no ha desme- 
jorado, la sibila tampoco ha perdido su ciencia 
enigmática. Antes, por el contrario, parece más 
joven .... y más enigmática también. Se ha hecho 

parisiense ¡Figuraos que ha trasladado sus 

trípticos y sus ánforas á la calle de Roma, y 
que recibe los martes! 

Ahora Cumas llora la partida de la sibila, y 



20 



306 VÍOTOB TÉBJBZ PETIT 

París celebra bqs tariunfos sobre la l^endaria ciu- 
dad. También^ la cosa no es para menos. 

Yo he ido i París i visitar al oráculo, y he 
vuelto lleno de dudas y zozobras. 

He encontrado á la sibila sentada en un sitial 
antiguo de piedra, en cuyo respaldo alcancé á leer, 
cuando la diosa inclinó la cabeza para hurgarse un 
oído con el dedo meñique (indudablemente yo 
hablaba en voz muy baja, con voz devota ), esta 
inscripción francesa: Divagations. Me pareció una 
mujer muy amable^ bastante espiritual, un tantico 
coqueta, no poco comunicativa, pero atrasada en 
gramática. Por lo menos, yo no logró entenderle 
sus grandes frases; y á no haber estado allí toda 
una teoría de blancos sacerdotes — ¿quión no ha 
oído los nombres de Wyzewa, Mendés y Roujon? 
— que me traducían los pasajes culminantes, hu- 
biera salido de aquel recinto sagrado sin saber 
lo que se me había dicho. 

No. Ahora recuerdo una frase que comprendí 
perfectamente : 

— He adoptado el nombre de Stóphane. 

Dijo esto con limpidez, con toda la claridad del 
que desea ser entendido y recordado. 



Mi plegaria fué breve, pero ferviente. Quemtf 
mirra é incienso, encendí los carbones en los va- 



LOS MODERNISTAS 307 



SOS llenos de ungüentos olorosos^ llamé siete ve^ 
ees á los espíritus inspiradores^ y, postrándome de 
hinojos, echado el rostro sobre los tapices do repo- 
saban los pies de la sibila, le supliqué con frases 
elocuentes que me pronosticara lo que sería el arte 
en lo futuro. La legendaria sibila de Cumas — hoj 
la Stéphane de París — hizo los gestos y contor-» 
siones de ritual, que desordenaron la cadencia 
fisiológica de sus miembros, 7, con voz que velaba 
el humo desprendido del pebetero de bronce que 
ardía á sus pies, gritó desde el fondo de su boca 
abierta como una caverna antediluviana : 

«Aime-je un réTe? 

Mon doute, amas de noit ancienne, s'achéTe 
En maint rameau subtil, qoi, demenrés les Trais 
Bois mémes, prouTe, helas I que bien sen! je m'offiraia 
Pour tríomphe la íáute idéale de roses. » 

Yo confieso, para mi eterna vergüenza (¿seré 
acaso un ilustre Celui - qui-ne - comprend-pas ?), 
que no entendí otra cosa que lo que traducen lite- 
ralmente esas palabras: «¿Amo un sueño? Mi 
duda, conjunto de noches antiguas, acábase en 
ramajes sutiles que, siendo los verdaderos bosques, 
prueba ¡ ah ! que sólo me ofrecía por triunfo la 
falta ideal de las rosas. » Y es que 70 no era un 
iniciado, ni mucho menos ; y es que 70 por toda 
ciencia tenía en el cerebro esta tirada de Bruñe- 
ti^re — un amigo que me presentaron en la Revue 



906 VfCTOB PÉBB2 PBTIT 



des Deux Mondes, muy deBapasionado j nada 
retdrioo: — t Desgraciadamente^ an estilista^ per- 
tenexca i la escuela que pertcDecca — j hay bas- 
tantes escnelasi comprendida la de la incorrección 
y la del falso gusto ( que no es la menos nume- 
rosa) — un estilista es un hombre que cree que la 
palabra nos ha sido dada por sí misma; que los 
vocablos, independientemente de la idea que tra- 
duceuy tienen un valor intrfnsecoi j que, si el 
arreglo exterior es nuevo, imprevisto, sorpren- 
dente, por no decir funambulesco, después de esto 
importa muy poco que cubran un pensamiento 
justo 6 falso, 6 aún, si fuese necesario, que no re- 
cubran ninguno. » Es natural que, interpretado así 
el arte de hablar y escribir, é imbuido en esta 
crítica amplia y decadente^ jamás hubiera consi- 
derado como excelente el estilo de la sibila. Pero 
allí estaba un sacerdote, que se parecía mucho á 
Teodoro de Wyzewa, para combatir mis perple- 
jidades. Puso el índice sobre la frente y, cual si 
siguiera el vuelo de las tardas cigüeñas de su 
memoria, empezó á hablar lentamente, con una voz 
que parecía venir de muy lejos: c La poesía debe 
ser un arte, crear una vida. Pero, ¿qué vida? 
Una sola respuesta es posible : la poesía, arte de 
los ritmos y de las sílabas, debe, siendo una mú- 
sica, crear emociones.» Encarrilado en esta vía, 
el sabio sacerdote se me deslizó con una nebu- 



LOS MODEBNI8TÁ8 309 



losa teoría artística. Díjome que la sibila tenía 
ideas profnndísimas^ las qne jamás comprendería 
el vulgo ; que su decir era algo más retórico d^ 
lo que se figuraban los gramáticos triviales. Su 
arte no era arte de mera forma ; un arte en que 
sólo había palabras, palabras, palabras .... su 
arte tenía también un fondo. Ahora bien: ¿cuál 
era ese fondo^ esa idea, esa alma? Representar en 
el oyente las imágenes exactas que cruzan el 
cerebro del poeta; desentrañar el alma de los 
seres j los misterios de las cosas; formular el 
signo que preside á las ideas más abstractas é ilu- 
minar las tinieblas de la locura, de lo descono- 
cido, de lo absoluto. ¿Y cómo expresar una idea 
abstrusa, cuasi indefinible, indeterminada, vaga; 
cómo trazar los contornos, opacidades y medias 
tintas de un sueño ó una pesadilla ; cómo repre- 
sentar una imagen exótica, lejana, incoherente, 
desmedida, sin un nuevo léxico j una nueva sin- 
taxis? Para expresar tales sentimientos é ideas 
hay que hacer, necesariamente, combinaciones har- 
moniosas de palabras, de modo y manera que su 
acento, su expresión, su sonido propio y el silábico, 
los diversos matices de las vocales formen en el 
espíritu un apropiado ambiente — un ambiente ne- 
buloso, de ensueño — donde puedan revivir las 
ideas más extrañas é inmateriales, las imágenes 
más esfumadas 7 diluidas. * 



310 víGiOB p£bez fetit 

Brascamente se calló el raro sacerdote^ como si 
temiera dar demasiadas laces á un profano. Y en 
el gran silencio de la estancia sagrada — marmóreo 
silencio sobre el cual reverberaban los carbones 
encendidos del incienso — mi pensamiento acudió 
al amigo Brunetiére^ el cüal^ ¡cosa rara! se mos- 
tró esta vez huraño é insociable, c Precisamente, 
lo que debe decirse con major claridad es aquello 
más difícil de ser comprendido, » — dijo. 



En un nuevo misal, hecho para les profanos, la* 
Reme Blanche, he estudiado la contienda de Lu-* 
cien Muhlfeld y Marcel Proust sobre la c clari-» 
dad». Y estudiando, estudiando siempre — des- 
enterrando ideas de aquel exorbitante Hipogeo 
— he llegado á decirme con Charles Maurras (un 
crítico encantador que parece un Petronio), que 
aquellos valientes polemistas olvidaron lo princi'* 
pal por lo accesorio : olvidaron decimos que, las 
más veces, tantas y tantas obscuridades, una vez 
disipadas, no encierran ningún tesoro, no guardan 
ningún misterio, no cubren ninguna idea. ¡ Y, siu 

embaigo ! Aún resuenan en mis oídos algunas 

palabras de la sibila de la calle de Roma, que se 
me antojan rumores del aura entre los mirtos del 
archipiélago luminoso: 



LOS MODEBNI8TÁ8 311 



« Tache done, iBstnimeiit des fnites, 6 maligne 
STrinx, de reflenrir anx bu» oü tu m'attends 1 
Moi, de ma rumeur fier, je Tais parler longtemps 
Des déesses; et, par d4dolAtres peintares 
A leor ombre enleTor encoré des ceintures : 
Ainsi, quand des raisinsj'ai saeé la dartéi 
Pour bannir un regret par ma fdnte écartéi 
Bieor, j'éléTe au ciel d'été la grappe Tide 
Et| soofflant dans sea peaox lomineoses, ayide 
D'iyresse, Jnsqa'aa soir je regarde au traTers.» 

Tiene esta frase imágenes qae parecen impre- 
siones; j en el crepúsculo que envuelve el pen- 
samiento con desmayadas tintas y apenas som- 
breados perfiles^ adviértese la analogía con esa 
otra poesía de ensueño de que está impregnada 
La Sensitiva de Shelley. ¿ Será^ pues^ una torcida 
interpretación la que he dado á las enigmáticas 
palabras de la sibila de Cumas? 

Yo sé^ sí, estoy seguro de ello, que hay sen- 
saciones tan refinadas, tan sutiles, tan excesiva- 
mente aéreas, que no existen palabras para ex- 
plicarlas. Yo sé que hay imágenes tan incorpó- 
reas, nebulosas, místicas y subhumanas, que no 
pueden reproducirse ni con los mágicos colorea 
de la paleta ni con todos los vocablos del len- 
guaje. Yo sé que hay sentimientos tan recóndi- 
tos, tan vagos, tan complicados, tan escondidos 
en la conciencia, que el artista más genial no 
encuentra palabras para narrárnoslos y rompe su 
pluma. Yo sé, en fin, que hay ideas abstractas, 
inextricables, complejas, vaporosas, tenues y de- 



312 yíOTDB FÉBBZ PKTIT 

lioadasi que jamás enonentrui estricta tradaocitfn 
en el lenguaje vulgar. Pues bien: ¿por qué un 
arte fino, nervioso 7 deliouesoente no ha de en- 
sayar la expresión de esas sensaciones, imágenes, 
sentimientos é ideas mediante un estilo hecho de 
claridades de luna y opacidades de pesadilla ; un 
estilo cargado de joyeles y i las veces desnudo 
y blanco como el muslo de una ninfa; un estilo 
entrecortado, eztrafio, mitad mosaico, mitad me- 
lodía wagneriana; un estilo fundado, en fin, en 
una sintaxis nueva y en un nuevo léxico, s^án 
los cuales la prosa y el verso se compenetren 
de tal manera que formen un todo inseparable é 
irreducible? 



El pensamiento humano no puede escalar las 
cumbres que perforan, en el centro de los cielos^ 
las nubes del simbolismo, sin sentir los mareos 
del vértigo. Frente á la sibila que descorría ape- 
nas el pesado velo de Isis, mi razón vacilé como 
debió vacilar el mundo en una convulsión telú- 
rica. Y aunque en aquel templo todo era extraor- 
dinario y las palabras eran para mí como carac- 
teres rútnicos, sentí que algo grande batía sus 
alas sobre mi cabeza. La verdad no se impone 
bruscamente al cerebro, sino en determinados ca- 
sos: es necesario, por parte del hombre, un es- 



LOS MODERNISTAS 313* 



fuerzo colosal. ¿Qué tempestad no se habrá des- 
arrollado bajo el cráneo de Colón para concebir, 
contra su época^ contra todos los hombres, contra 
las ideas entonces corrientes, la existencia de las 
Indias? ¿Qué vigor sobrenatural no debió ani* 
mar la célula gris del cerebro de Newton para 
descubrir las leyes de la gravitación universal — 
esas fuerzas que encadenan entre sí las moles 
gigantescas del espacio, impidiéndolas lanzarse 
en una fuga inaudita al través del inconmensu- 
rable y aterrador infinito? 

Pero la sibila me hacía vacilar, y cuando vaci- 
lamos es cuando estamos más dispuestos á creer. 
La verdad fulguraba ante mí. Abrí los ojos para 
ver mejor; abrí mis oídos para escuchar todavía : 

« Le vierge, le TÍTaoe et le bel aqjoord'liai 
Va-t-il nooi déchirer areo nn oonp d'aile iTre 
Ce lac dar oablié qae hante bous le glTre 
Le tiansparent glader des toIí qnl n'ont pas ftii 1 

ün cygne d'aatiefois se tonvient que e'est lai 
Magnifiqae, mais qui sane espoir se déÜTre 
Pour n'avoir pas chanté la región oü viTre 
Quand da stérile hWer a resplendi l'ennol. 

Tont son col secoaera oette blanehe agente 

Par l'espaee Infligée & l'oiseaa qai le nie, 

Mais non l'borrear da sol oü le plamage est pris. 

Vmtím» q¡a* & ee lien son por édat aasSgne, 
n s'immobllise aa songe froid de mépris 
Qae Tét parmi Pexil inuiile le Cygne. > 

Una observación se encaramó en mis labios; 



314 VÍCIOB PÉBEZ PJBTIT 

pero callé por temor de decir una tontería. ¿No 
decimos siempre tonterías cuando replicamos á lo 
que no hemos entendido? 

Ctfnstame que para sentir (que es lo primor- 
dial en materia de arte) las obras modernistas, 
se necesita una conciencia severa, orgullosa, des- 
provista de prejuicios, vulgaridades 7 rencores; 
cónstame que para vivir un poema simbolista 
hay que poseer un sensorio fino, vibrante, casi 
femenino, 7 una inteligencia audaz, cosmopolita, 
robustecida por el estudio 7 la meditación. 

Las medianías abarcan sólo una teoría, una 
serie de hechos similares 7 un conjunto de obras 
concebidas dentro de una idea 7 de un estilo, 
de una escuela 7 de una forma; en cambio loa 
cerebros sanos 7 robustos, los verdaderos críti- 
cos, los artistas por temperamento saben com- 
prender 7 admirar las teorías más antagónicas, 
los principios más contrarios, las formas más 
opuestas 7 los estilos más exóticos. Admirar un 
hombre ó defender una tendencia literaria para 
rechazar todo lo demás, es propio de almas chi- 
cas 7 de cerebros raquíticos; pero es poseer un 
temperamento 7 una inteligencia soberbios 7 al- 
tivos admirar todo lo grande 7 defender todo lo 
bello, sin cuidarse de nombres, sin embanderarse 
en escuelas, sin atarse al 7ugo de los prejuicios. 

Veamos : sintamos. En medio de lo malo puede 



LOS M0DEBNI8TAS 315 



encontrarse algo bello — tal entre el fango suele 
latir un resplandor de astro. Por eso^ sin dada, 
dijo el filósofo Bías que nunca dio con un libro 
del cual no hubiera sacado algún provecho. 



Mi plegaria á la sibila de Cumas fué breve, 
pero ferviente. Abrí los viejos antifonarios, quemé 
mirra é incienso, encendí los carbones en los va- 
sos llenos de ungüentos olorosos y supliqué i la 
diosa, el rostro humillado en la tierra, que me 
pronosticara lo que sería el arte en lo futuro* 
La sibila me contestó con enigmas; y una vi- 
sión centelló ante mis ojos. Una mujer ideal — 
una silueta bizantina de de-Feure — se alejaba 
lentamente sobre un largo camino alfombrado de 
lirios. La distancia afinaba sus contomos, la con- 
vertía en un rasgo primoroso 7 la iba empeque- 
fieciendo. Y siempre se alejaba .... Por fin se 
irguió un momento sobre la línea del horizonte, 
allá abajo, lejos, muy lejos. Y antes de desapa- 
recer la vieron los ojos destacarse en relieve so- 
bre la hialina claridad del cielo: dijérase un to- 
que del pincel así, al acaso, sobre las húmedas 
tintas de una acuarela. Y sobre aquel fondo lu- 
minoso, fué su silueta una evocación que, durante 
^ parpadeo, pareció abalaiuairse sobre nosotros, 
E inmediatamente desapareció. — [Oh, sí! Mau- 



316 Tf oíOB fAbu rsxiT 

^■— I ■■!■■■ I I ■!■■ llWi» I I ■■!■ II ■ 

naa ha acertado: cEn la inocenoia de mi cora- 
zóüf jñ le he llamado literato de China. > Maa, 
¿no nos ha prevenido contra nosotros mismos 
Anatole Franco? £1 autor de Le lys rouge ha 
dicho: €¿Qaé hace el lector de una página es* 
crita? Una serie de &lsas interpretaciones y con- 
trasentidos. Leer, entender, es traducir. Haj tra- 
ducciones muy bellas, tal vez; perp no las hay 
fieles. ¿Qué me importa que admiren mis libros, 
puesto que lo que admiran es lo que ellos ponen 
en él? Cada lector sustituye sus visiones á las 

nuestras » 

¿Á quién oir, Dios mío? — He ido á Paifs á 
visitar el oráculoi 7 he vuelto lleno de dudas 7 
zozobras. 



FRIEDRICH NIETZSCHE 



Era muy nifio aún: acababa de cumplir seis 
aftos. Una noche llamó á la puerta de su casa, 
en Rocken, una mujer toda vestida de negro. 
Largo manto le cubría la cabeza, velando con su 
sombra toda la faz. Por lo tanto, sólo se veían 
bien, en la cara dura j huesosa, aquellos dos gran- 
des ojos n^ros y profundos como un abismo, 
cuya mirada fría y penetrante le persiguió des- 
pués toda su vida. 

— ¿Quién eres tú? — le preguntó la madre. 

— Soy una viuda, sefiora; soy una viuda. 

Quedó un instante en silencio, como si se re- 
cogiera en profundas meditaciones, y lu^o, tal 
vez inconscientemente, repitió: 

— Soy una viuda. 

Y lanzó una carcajada estridente. 

La buena sefiora, sobrecogida y presintiendo 



318 yíOTOB FÉBBZ PETET 

algún peligro horrible, le cerró el paso marmu- 
rando con espanto : 

— Es de noche. Mi marido duerme. S^oid 
vuestro camino. 

— Os he dicho que soy una viuda, ¿no habéis 
oído? 

Y riendo con más ganas que antes, agr^: 
-'S07 viuda de la Bazdn. . . , Ahora vengo á 

desposarme con vuestro marido. 
Entonces, aprovechándose del desmayo que acó- 

metid á la buena mujer, entró resueltamente en 

« 

la casa. El pastor estaba sentado en su amplio 
sillón. Hacía muchos días que la alaría no ilumi- 
naba de fiesta á su espíritu. Los n^ros cuervos 
de la desesperación batían sus alas en tomo de 
su frente. 

— ¡Amado mío! ¡Amado mío! — aulló aquella 
mujer entrando en la habitación 7 arrojándose en 
los brazos del pastor. 

— ¡ Tú ! ¡ Tú ! — exclamó éste. 

— Sí, 70 807. He venido á buscarte. 

Le besó con sus labios de mármol sobre la 
frente. Después, con aire de salvaje triunfo, gritó 
por repetidas veces: 

— ¡Ya eres mío, mío, mío!. . . . 



Muchos afios más tarde dijeron á Friedrich 



LOS M0DEBNI8TAS 319 



Nietzsche qae sa padre había muerto loco. Enton- 
ces él se acordó de aquella mujer vestida de luto 
que entró una noche á su casa^ 7 tembló. 

Le enviaron i la escuela y fué i ella sin chis- 
tar^ grave y reflexivo como una persona mayor. 
No hablaba con sus compañeros casi nunca; no 
jugaba; no se reía jamás. Se aislaba de todos para 
entregarse á profundas meditaciones, sombrío 
siempre y siempre huraño y rebelde. Desde muy 
niñO; pues, Nietzsche se revela un alma sola, té- 
trica, fría. Lleva sobre su frente taciturna el ósculo 
helado con que una mujer misteriosa cautivó á su 
padre. Correrán los años, y siempre su espíritu 
temblará como la llama que oscila ante el soplo 
que viene de fuera. Por eso, en su corazón reina 
la soledad, y su alma es árida como una mon- 
taña, y su inteligencia se manifiesta en raptos de 
ira, de dureza, de inmenso desconsuelo. Lee por 
ese entonces á los tr%icos griegos, y la impre- 
sión avasalladora que en su alma ocasionan, le 
inspiran una de las ideas más originales que sus- 
tentará su filosofía. También lee á Humboldt, á 
Shakespeare y á Tácito : aquéllos le enseñan que 
€ cuando se es dueño de sí mismo, se es dueño 
del universo; » éste le da la inspiración de su es- 
tilo conciso, de sus máximas sueltas, de sus afo- 
rismos á las veces contradictorios, mas siempre 
originales, incisivos, fulgurantes. Pero, tanto en el 



320 VfOTOB rÉXEZ pbtit 

cAebre ool^o de Scholpf orta como en las Univer- 
■ídades de Boon y de Léipsig, Níetzscbe se siente 
abrumado, Heno de contradicoionesi preso por mil 
dudas y temores. En 1869 se dedica al estudio de 
la filología y es nombrado profesor de idiomas y 
literatura clásica en una universidad alemana. Poco 
tiempo después, en la tienda de un librero, hace 
un hallazgo que cambia los rumbos de su pen- 
samiento. El mundo como voluntad y como re- 
presentación está allí, ante su vista. Lo compra y 
va á estudiarlo detenidamente. 

Schopenhauer le revela á Nietzsche cuál es su 
yo. Bruscamente, y como un chorro de luz que pe- 
netrara triunfante por una ventana entreabierta, 
las ideas del filósofo pesimista vienen á iluminar 
las soledades del alma torturada del mísero estu- 
diante. Y ve cuál es la tristeza de su corazón, y 
sabe por qué la duda martiriza su pensamiento, y 
adivina el secreto de sus íntimos anhelos y de sus 
propios temores. Nietzsche ha encontrado, por 
fin, la esencia de su alma, su mismo yo. Pero, al 
encontrarlo, una visión horrible viene á cruzarse 
ante sus ojos: 

— ¡Amado mío! ¡Amado mío! — grita á su oído 
una mujer toda vestida de luto, cuya mirada pe- 
netrante y honda le hiela el corazón. — '¡ Ya eres 
mío, mío, mío ! . . . . 

Xietzsche se acuerda de su padre y tiene miedo. 



LOS MODERNISTAS 321 



Entonces abandona sus estudios filosdñcos; arroja 
lejos de sí el libro del gran pensador y se entrega 
nuevamente á la filología. Pero al perder la com- 
pañía de Schopenhauer^ Nietzsche encuentra la de 
Wagner. Con aquél estudió los arcanos de su pen- 
samiento ; con éste va á descubrir los tesoros de 
sus sentimientos. En medio de todo^ Níetzsche tuvo 
la fortuna de hallar los únicos hombres que po- 
dían más legítimamente llamarse sus padres espi* 
rituales. ¡ Cuántas inteligencias permanecen igno- 
radas por no encontrar la única brújula que puede 
guiarlas ! 

La amistad de Wagner con Nietzsche fué estre- 
chísima. Tenían los mismos gustos^ las mismas ideas. 
Sentían por igual la belleza; concebían lo mismo el 
mito y el héroe. Un trozo musical del maestro 
de Bayreuth contenía un mundo de revelaciones 
personalísimas para el futuro autor de Also sprach 
Zarathustra. Sus sensorios vibraban al par. Y 
entonces la fiebre del trabajo domina á Nietzsche. 
Se encierra en su gabinete de estudio, 7, sin tomar 
alientos, escribe esos cuatro folletos Considerado^ 
nes extrañan á la época ( Unzeitgemásse Betrach- 
tungen), que llevan por títulos: L David Stratis, 
sectario y escritor; II. Ventajas é inconvenientes 
de la historia para la vida; IIL Schopenkauer 
como profesor^ y IV. Ricardo Wagner en Bay» 
reuth. Es imposible penetrar en estos cuatro extra- 
ai 



322 VÍCTOB FÉBEZ PETIT 

fiÍ8Ímo8 folletos por las raras contradicciones que 
encierran 7 que desorientan al espíritu del lector. Á 
veces caen en el misticismo ; otras sustentan el pesi* 
mismo más negro 7 desconsolador. Tienen notas hi- 
rientes 7 mordaces^ al lado de otras sentidísimas 7 
llenas de infinita dulzura. Parecen hijos de un alma 
desesperada por el dolor; 7 de pronto se convier- 
ten en un himno de amor 7 de alegría, como el 
que cantara el ser más glorioso de la tierra. ¿Qué 
piensa el autor? ¿cuál es la idea que le mueve? 
¿qué nos ha querido decir? La única verdad que 
se desprende de toda esta obra wagneríana de 
Nietzsche es su amor por el c sentido de lo trá- 
gico »| que él descubre en los siglos griegos an- 
teriores á S<$crates 7 que desearía ver dirigir la 
formación de la cultura alemana. Pero la Alema- 
nia que se formaba entonces era una Alemania 
utilitaria, ocupada únicamente en empresas co- 
merciales 7 en especulaciones de capitalistas, 6 
igualitaria, que admitía e} sufragio universal 7 el 
imperio de los convencionalismos sociales; por lo 
que Nietzsche, admirador del hombre de genio, 
del artista por antonomasia, 7 sectario de la aris- 
tocracia del talento 7 de la representación de la 
fuerza como elemento romántico 7 trágico á la vez, 
se sintió escandalizado de la vulgaridad 7 tonte- 
rías de sus compatriotas 7 cre7Ó necesario ful- 
minarles con sus observaciones no conformes con 
su tiempo. 



LOS MODERNIfiTÁS 323 



Pero he aquí que Wagner mismo, el único amigo 
del filósofo, le hace traición^ El numen que iba á 
componer Parsifál abandona el culto de la Edad 
Media gótica 7 va á cruzar sus manos reverentes 
ante la Cruz del Sinaí. Nietzsche recibe este 
rudo golpe en medio del corazón 7 rompe con su 
maestro. Desde entonces hasta su muerte, el odio 
á Wagner no tiene tregua. Fulmina á su antiguo 
maestro; 7 así como antes dijera: «Wagner re- 
sume lo moderno : somos wagnerianos aun contra 
nuestra voluntad, » ahora, al estudiar la partitura 
del Parsifál^ escribe: «Para entender semejante 
música es necesario ser cínico. » ¡ Oh, cuan solo 7 
cuan triste quedó el corazón del pobre filósofo! 
¡Y cómo se llenó su alma de dudas 7 de renco- 
res! 



El dolor es ahora la nota dominante en la obra 
de Friedrich Nietzsche. Había perdido las ilusioncB 
que le hicieron sofiar con un germanismo artístico, 
sentimental, 7 había roto con todo su pasado : con 
Schopenhauer 7 su organización metafísica del 
universo; con Bicardo Wagner 7 su arte inspi- 
rado en el mito 7 la le7enda. 

Y la ironía de su espíritu parece acrecentarse 
entonces lanzando ra70s terribles. ¡Qué inmenso 
desdén profesa á todas las manifestaciones del pa- 



324 YÍCIOB FÉRBZ PEIIT 

triotismo 7 á las caestíones políticas j económicas! 
En sa nuevo volumen La Aurora, coleooido de 
pensamientos sobre los prejuicios morales (Die 
Morgenróte) escribe: t Esas ocupaciones son bue- 
nas para los espíritus mediocres. » No debe consi* 
derarse^ sin embargo, como obra deñnitiva del 
espíritu de Nietzsche esta obra de aforismos^ ni la 
que publicó bajo el título de Cosas humanas, cosas 
demasiado humanas (Menschliches, AlLEumens* 
chliches): es ella, más bien, obra de transición — 
aunque la forma alada, rtfpida, lírica, compuesta de 
fragmentos, á la manera de Pascal, sea la forma 
definitiva 7 culminante del filósofo. 

Empieza á precisarse, también en este período, 
el altivo personalismo del gran escritor que ha7 
en Nietzsche. Cada libro SU70, cada una de sua 
páginas, 7 todo 7 cualquier pensamiento de sus úl- 
timos trabajos, lleva un sello característico, el de su 
altivo individualismo. El hecho está bien de relieve 
para que citemos ejemplos al caso. Por otra parte, 
este carácter individualista de la obra de Nietzsche, 
no es propio, exclusivamente, de este filósofo: to- 
dos los grandes escritores alemanes lo son también. 
Podría decirse con Borne, pues, que el individua- 
lismo es el carácter general de la literatura ale- 
mana ^^K 

( 1 ) Ea por esto, piedumente, que no haj en Alemania escuelas 
litenuiaa. Todoa loa eaoxitorea han ?iTido para al, con ana oInm, ain 



I 



LOS MODERNISTAS 825 



La afirmación y el amor^ que parecían ser las 
notas culminantes del alma de Nietzsche^ se con* 
vierten ahora en negaciones terribles 7 odios ful- 
minantes. La gran crisis cerebral del filósofo se 
aproxima. Los grandes problemas morales le atraen 
7 fascinan. ¿Qué es el Estado? ¿Qué son los 
hombres en sociedad? ¿Existe un principio único 
de ética? ¿El egoísmo es moral? ¿Existe Dios? 
¿Existe la verdad? ¿Existe el mundo? El alma 
del filósofo^ que había respirado en las más pesa* 
das atmósferas pesimistas^ parece buscar el idea* 
lismo ; pero nuevas dudas le asaltan^ 7 entonces 
tómase huraña é irónica. Y cuando escribe^ es 
obscura^ confusa^ enmarañada^ sutil, hiriente^ nega- 
tiva. Desea lo que antes desechó ; ama lo que le 
repugnó antes ; afirma lo que ha negado^ 7 al con- 
trario ; 7 á veces sofistica é incurre en círculos vi- 



enidane de los otros escritores ni de las demás obras. Encerrados en 
BUS yülas 7 aldeas, por desdén de la capital ( Qcethe y Schiiler yiyfan 
en Weimar^ Uhland en Tübingen, BQckert en Neusses, Juan Pablo en 
Bayreathf Taylor en Heidelberg, Heyse ea Munich, Freytag en Wies- 
badén, etc., etc. ), todos poseen un talento original, personalísimo, y 
eseriben sus obras sin cuidarse de imitaciones ó discípulos, subjctivn- 
nmUe y aun contra el gusto genera] y predominante. La llamada c es- 
cuela romántica alemana », «los poetas de Suabia», «la joven Alema- 
nia», no hacen prueba contra la tesis que sostengo y que algún día 
desarrollaré probablemente, pues no son sino influencias del mo- 
mento llegadas del exterior y que no han obrado seriamente sobre los 
más claros ingenios de Alemania. Algo de esto mismo que sostengo 
quiso dedr Mme. de StaSl cuando escribió : « La superioridad de los 
alemanes consiste en la independencia de su espíritu, en el placer 
del retraimiento, en la originalidad individual. » 



326 VÍCIOB PÉBEZ PETIT 

CÍ0808 para explicarse la existencia de las cosas. 
Es esta época de transicidn la más nebulosa de la 
vida del filósofo. Sus gastos j lecturas nos con- 
funden aún más. ¿Cómo se explica que el sofiador 
7 el lírico que alientan en Nietzsche se recreen con 
MaquiavelO; Stendhal 7 Spencer? ¿Cómo su alma^ 
toda en ruinas^ se alza de pronto rejuvenecida por 
la contemplación de las bellezas que la arruinaron ? 
De pronto el filósofo se encuentra solo. Rompe con 
todas sus amistades 7 va á encerrarse en un rincón 
de la montaña. Allí le domina la fiebre del trabajo. 
Y escribe libros 7 libros, á cual más grande 7 más 
hermoso^ sin notar que alguien anda rondando á sa 
puerta. 



La filosofía de Friedrich Nietzsche no se pro-» 
pone resolver^ al entrar en el campo de la moral, 
qué acciones son morales 7 cuáles inmorales : exa- 
mina solamente el valor de los diferentes sistemas 
de moral. Todos los sistemas morales son reduci- 
dos por el filósofo á dos tipos que nos muestran al 
hombre aceptando ó rechazando la existencia. El 
primer sistema ó tipo, lo representan las razas vi- 
gorosas 7 primitivas, las razas conquistadoras 7 
dominantes que, antes que la propia conservación, 
buscan el goce del vivir en las manifestaciones de 
su fuerza, en su agresividad 7 en su valor. Los 



LOB MODERNISTAS 327 



Arios representan esta raza dominadora y aris- 
tocrática: son los pueblos libres 7 sanos^ vigoro- 
sos y altivos : son los hombres inertes^ de aecidni 
en cuyas almas existe el amor de un ideal 7 el odio 
hacia la debilidad. Los primitivos Germanos tam- 
bién son de esta raza : hombres impetuosos 7 que 
tienen el derecho de sojuzgar al mundo : pueblos 
que conquistan la Europa^ no para constituir Es- 
tados — los Estados empequeñecen al hombre — 
sino para hacer sociedades aristocráticas^ duefias 
de sí mismas^ en las que cada hombre es amo 7 
sefior. Los conquistadores son voluntariosos 7 
despóticos. Tienen el derecho de serlo. A veces in- 
cendian villas 7 degüellan poblaciones. Es también 
su derecho. Atila condujo sus legiones bárbaras á 
la conquista de un pueblo gastado por los refina- 
mientos de la corrupción ; 7 donde su caballo posó 
el cascO; 7a no volvió á brotar la hierba. Atila hizo 
bien en hacerlo. El conquistador es como el hado, 
como el destino: es inevitable 7 necesario. Y á 
pesar de todo ello no se le puede odiar: se le teme 
como á una divinidad^ 7 nada más. Por otra partCi 
la nobleza 7 sinceridad con que proceden dan 
nuevos tintes trágicos al tipo del conquistador : 
no combaten porque se les ha7a hecho una injuria 
ó para castigar á los perversos. Combaten á un 
enemigo, por necesidad de su propio tempera- 
mento 7 para manifestar su fuerza 7 su vida. 



328 yícroB pébbz petit 

* 

El segando sistema 6 tipo de que hablábamos 
más arriba, lo representan t el ganado hamano », 
las medianíasi los desventurados, los pobres de 
espíritu, los ricos burgueses y los esclavos. Son 
los pueblos comerciantes j usureros; son los hom- 
bres débiles j temerosos, los preocupados por los 
convencionalismos j fórmulas sociales. Las ideas 
morales de este sistema son la consecuencia nece- 
saria del tipo anterior: los esclavos tratan de rebe- 
larse conti'a el señor que los domina ; y al par que 
tratan de envilecer á los conquistadores llamán- 
dolos orgullosos 7 perversos, ellos tratan de enal- 
tecerse llamándose débiles j oprimidos. 

£1 Cristianismo, seg&n Nietzsche, representa 
todo este sistema de moral. El Cristianismo es 
la formidable reacción de los esclavos contra los 
amos. La igualdad es su lema, j no admite entre 
los hombres otra división que la de buenos y 
malos. Aquéllos irán á sentarse á la diestra del 
Señor j á gozar de todas las dichas de los cielos; 
éstos sufrirán las horribles torturas del infierno. 
Y éstos son los conquistadores 7 aquéllos los 
débiles 7 oprimidos. ^ 

Los anarquistas son los herederos inmediatos 
de los cristianos, 7 Nietzsche los fustiga despia- 
dadamente, con inmenso desprecio. Incapaces de 
energías creadoras, niegan la legitimidad de una 
aristocracia que se ha impuesto por su inteli- 



LOB MODEBNISTAS 329 



gencia y por su lealtad. De tales seres envidiosos 
7 vengativos no puede surgir un héroe ni un 
artista. Son seres negativos. No son hombres» 
¡ Qué ironías sangrientas no emplea Nietzsche con- 
tra estos individuos t del montón »^ t del rebaño » \ 
Y en cambiO; ¡qué himno laudatorio el suyo 
cuando vuelve los ojos á Zarathustra! 

¡Zarathustra! Zarathustra es la Verdad, la Be- 
velación, el Profeta. Es la voz del Héroe, de 
la Sinceridad, que viene á predicar la buena 
nueva y á revelar á los hombres las grandes 
mentiras convencionales que los esclavizan. Y desde * 
su gruta observa c el rebaño humano » compuesto 
de reyes y de mendigos, y estudia sus caprichos 
y aberraciones, y adivina al super- hombre, el 
hombre ideal. ¿ Queréis oír á Zarathustra el pro- 
feta? 

Oid. 

ASÍ HABLABA ZARATHUSTRA: 

€ Entre nosotros existe el Estado. ¿El Estado? 
¿Qué es esto? ¡Y bien! Abrid vuestras orejas, 
pues ahora os anuncio la muerte de los pueblos. 
El Estado : así se llama el más frío de todos loa 
monstruos fríos. Miente también fríamente, y he 
aquí la mentira que sale arrastrándose de su. boca : 
cYo^ el Estado, soy el pueblo.» ¡Mentira! Fue- 



330 VÍOTOB PÉREZ FETIT 

roD creadores los qae formaron los pueblos, ci« 
fiándose las espadas de la fe 7 del amor: prestaron 
así un servicio á la vida ; 7 son destructores los 
que tienden lazos á muchas gentes 7 llaman á esos 
lazos el Estado.» 

Los hombres que viven en un Estado 7 que 
aceptan tan grande mentira son seres ruines, mez- 
quinos 7 nacidos para la ergástula. No tienen 
conciencia de sus derechos, ni los merecen. Una 
futileza les quita el sueño. Un capricho coman 
es para ellos la le7 revelada. Y así estos hom- 
bres de decadencia, llamados á desaparecer, se 
martirizan con los suefios más locos de su propia 
fantasía, 7 persiguen ideales de barro, 7 se enor- 
gullecen de lamer las botas que los pisotean. — 
El hombre es la pulga de la tierra. Y está sa- 
tisfecho de ser pulga 7 nada más que eso. Se 
ha hecho ideas origlnalísimas acerca del amor, 
del deber, de la felicidad, del honor, de la des- 
gracia; pero esas ideas hacen sonreir. ¡Son tan 
pobres, son tan chicas, son tan deleznables las 
ideas de las pulgas! Sin embargo, Zarathustra 
070 decir á los hombres : t Hemos inventado la 
dicha.» ¡Oh! ¡la dicha! Pero, ¿qué es la dicha 
para estos hombres -pulgas? Quién sabe. . . . Za-> 
rathustra mira á los hombres 7 ve que los hom- 
bres aman aún á sus vecinos 7 se recuestan 
contra ellos, porque tienen necesidad de calor. 



LOS MODERNISTAS 331 



Los hombres son todos iguales : muy bien hecho. 
Los hombres tienen que ser todos iguales: así 
son los rebaños. ¡Hermoso ideal! Los que no 
quieren pertenecer al montón tienen que mar- 
charse; 6 los encierran en una casa de locos. Así 
se logra la felicidad. ¡Viva la medianía! Tener 
salud, cuidarse el estómago^ trabajar un poco — 
porque el trabajo es un pasatiempo; — procurarse 
un placer por día; aunque sea breve; y una pe- 
queña voluptuosidad por la noche: esa es la 
vida; esa es la felicidad. . . . 

Cuando el profeta Zarathustra contempla este 
cuadrO; sus ojos despiden rayoS; su boca se con- 
kae con una mueca de asco 7 de horror. ¡Eso 
es el hombre! Entonces su voz toma las inflexio- 
nes atronadoras de la voz de Isaías y cada pa- 
labra que cae de sus labios parece un rayo lí- 
vido de las negras nubes de tormenta. ¡ Oid; pul- 
gas miserables; la voz del profeta! 

ASÍ HABLABA ZABATHÜSTR A : 

«% . . . Vosotros queréis más bien retornar al 
animal que crear el hombre superior al hombre. . . • 
El hombre es la razón de ser de la tierra. Vues- 
tra voluntad debe decir: que el super-hombre 
sea la razón de ser de la tierra!» 

Porque ha de saberse que el hombre perte- 



832 TÍCTOB PÉREZ PKTIT 

nece á la tierra y que es una mentira abomina- 
ble el paraíso prometido. La grandeaa moral, la 
sinceridad y la inteligencia robusta hacen el hom- 
bre-dios, el rey de la tierra, el dichoso por ex- 
celencia. Y el hombre tiene que luchar para ser 
hombre y dejar de ser animal. No debe ya de- 
cirse : el hombre y la tierra : no hay dos entida* 
des. El hombre es la tierra. — ¡Yo os enseño el 
snper- hombre I — exclama el profeta Zarathustra. 
Y el super- hombre no es medianía ni transición: 
es perfección 7 fin. Es fuerte y ha nacido para ser 
el amo. Tiene carácter personal y es porque es. 

¡Libro admirable este libro que Nietssdie ro- 
tuló Á8Í hablaba Zarathuatra (Also sprach Za- 
raihustra). Los extraños acentos que vibran en 
algunas de sus páginas — esos destellos de nueva 
esperanza que cruzan el corazón del filósofo — 
nos hacen presentir toda una nueva era intelec- 
tual. ¿Qué habría escrito el malogrado escritor 
si la luz de su inteligencia no hubiera sido apa- 
gada por la implacable locura hereditaria? 

Hacía ya algún tiempo que alguien rond|iba 
á su puerta. Por fin, llegó el instante supremo. 

— ¿Quién eres tú? — preguntó el filósofo al ver 
delante de sí una mujer de cara dura y huesosa, 
con ojos negros y profundos, toda vestida de luto. 

— ¿ Cómo ? ¿ no me reconoces ? Soy tu madre, 
hijo mío .... 



LOB MODEBNISTAS 333 



NietzBche había perdido á su madre hacía 7a 
bastante tiempo. ¿Cómo podría ser su madre 
aquella mujer vestida de luto que reía de un 
modo tan extraño? 

— Soy tu madrO; hijo mío .... — repetía la mu- 
jer del manto negro. — S07 la legítima esposa de 
tu padre. ¿Qué? ¿no recuerdas... en Bocken?... 

Nietzsche sentía que su conciencia se debili- 
taba poco á poco^ que su inteligencia se extin« 
guía por instantes. De pronto, en un minuto su- 
premo de lucidez, se acordó de su pobre padre 
7 de aquella extraña mujer, vestida de luto, que 
vino una noche á besarle en la frente con sus 
labios de mármol. 

— ¡Oh I — murmuró solamente al reconocerla. 

— ¡Ya eres mío, mío, mío!. . . — aulló entonces 
con aire de salvaje triunfo la fatídica madre: — 
¡Ya eres mío, mío, míol. . . 

Y como antes, en Bocken, había besado ai 
padre, ahora se inclinó sobre el hijo 7 puso sus 
labios de mármol sobre la pálida frente pensativa : 

— ^¡Ya eres mío, mío, mío! 



Fm 



ÍNDICE 



pi«i. 



LA LÍKICA EN FRANCIA 7 

GXBBABT HAÜFTMANN 88 

Gabbikl D'ANNÜNZIO 118 

LbónTOLSTOI 146 

Paul YEBLAINE 185 

Eugenio DE CASTRO 216 

AueusTO STRINDRERG 286 

Rubín DARÍO 258 

Basilio YAKCHAKOF 288 

Stíphanb hallarme 806 

Fbiedbicb NIETZSGHE 817 



14 DAY USE 

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LOAN DEPT. 

This book is due on the last date stamped below» or 
OQ che date to which renewed. 

Renewed books are sub ject co immediate recalL 



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MAR 3 1967 8a 



RECEIVED 



PFB25'67-12PW 



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L,D 21-50m-8,'57 
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General Librsuy 

Univetsity of California 

Berkeley 



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